Los profesionales de la salud ocupan una posición estratégica para identificar, atender y reducir las consecuencias de la violencia de pareja íntima porque el contacto sanitario constituye uno de los pocos espacios institucionales en los que las mujeres pueden ser evaluadas de manera periódica, confidencial y, potencialmente, sin la presencia de la pareja agresora. Esta función adquiere especial relevancia porque la violencia de pareja íntima con frecuencia permanece sin identificar incluso cuando las mujeres mantienen contacto con los servicios sanitarios, mientras que sus consecuencias pueden manifestarse mediante lesiones, dolor persistente, alteraciones de la salud sexual y reproductiva, trastornos de salud mental y diversas enfermedades o conductas relacionadas con el deterioro de la salud. La evidencia sintetizada en revisiones sistemáticas demuestra que las mujeres expuestas a violencia de pareja íntima presentan una carga considerablemente mayor de resultados adversos de salud física y que, por ello, requieren una atención clínica que tenga en cuenta específicamente la posibilidad de violencia.
La importancia del ámbito sanitario no deriva únicamente de que los profesionales puedan reconocer lesiones físicas. La violencia de pareja íntima comprende fenómenos que pueden no producir signos físicos evidentes y que, por su naturaleza coercitiva y progresiva, pueden permanecer ocultos durante períodos prolongados. Una consulta motivada por anticoncepción, embarazo, atención prenatal, dolor, síntomas ginecológicos, problemas psicológicos o cualquier otra necesidad asistencial puede constituir una oportunidad para detectar una situación de violencia que de otro modo permanecería desconocida. Precisamente por esta razón, la recomendación clínica contemporánea se dirige a mujeres en edad reproductiva, incluidas las mujeres embarazadas y aquellas que se encuentran en el período posparto, aun cuando no presenten signos o síntomas reconocibles de violencia. La recomendación vigente desde 2025 considera que la detección en esta población posee un beneficio neto moderado cuando se acompaña de la provisión o derivación hacia intervenciones de varios componentes y apoyo continuado.
La justificación científica de la detección sistemática procede, en primer lugar, de la capacidad de las herramientas de detección para incrementar la identificación clínica de mujeres que experimentan violencia de pareja íntima. Una revisión sistemática y metanálisis de ensayos realizados en contextos sanitarios encontró que los programas de detección aumentaban la identificación de violencia de pareja íntima, con un efecto particularmente pronunciado en la atención prenatal. Una actualización posterior de la revisión Cochrane confirmó que la detección realizada por profesionales sanitarios incrementaba la identificación de mujeres que experimentaban violencia. Estos resultados son importantes porque demuestran que el problema de la falta de reconocimiento no se explica exclusivamente por la ausencia de violencia, sino también por la ausencia de preguntas clínicas específicas capaces de facilitar la revelación de experiencias que las pacientes pueden no comunicar espontáneamente.
Sin embargo, detectar no equivale a resolver. Esta distinción es fundamental para comprender por qué la función del profesional sanitario no debe limitarse a formular una pregunta y registrar la respuesta. Los ensayos clínicos y las revisiones sistemáticas han mostrado de manera consistente que la detección aislada puede incrementar la identificación de casos, pero que sus efectos sobre la recurrencia de la violencia, la utilización de servicios especializados y otros resultados clínicos son mucho menos consistentes cuando no existe una intervención posterior estructurada. Un ensayo aleatorizado de gran tamaño realizado en múltiples servicios de urgencias, consultas de medicina familiar y servicios de obstetricia y ginecología no encontró una reducción estadísticamente significativa de la recurrencia de la violencia como consecuencia de la detección por sí sola, aunque observó una mejoría en determinados indicadores de calidad de vida. La revisión Cochrane llegó a una conclusión concordante: la detección aumenta la identificación, pero no existe evidencia suficiente para considerar que la detección aislada reduzca por sí misma la violencia posterior.
Esta evidencia explica por qué la pregunta de detección debe entenderse como el primer componente de un proceso clínico y no como el tratamiento de la violencia. Una pregunta breve sobre experiencias de agresión física puede ser útil porque disminuye la carga temporal de la evaluación y facilita la introducción del tema dentro de una consulta ordinaria. En una población de mujeres mexicanas y puertorriqueñas de 18 a 40 años, una pregunta única orientada a determinar si la pareja había golpeado o lastimado a la mujer mostró una especificidad elevada para violencia física, aunque su sensibilidad fue limitada. Este hallazgo tiene una consecuencia clínica importante: una pregunta única puede constituir una herramienta inicial de identificación, pero una respuesta negativa no permite excluir con suficiente seguridad la existencia de violencia de pareja íntima.
La limitación de una pregunta única se comprende mejor desde la teoría de la detección diagnóstica. Una prueba con elevada especificidad puede ser útil para confirmar que una respuesta positiva merece una evaluación posterior, pero una sensibilidad insuficiente implica que un número considerable de mujeres afectadas puede responder negativamente o no identificarse mediante esa única pregunta. Los estudios de validación de instrumentos breves han mostrado precisamente esta variabilidad. Por ejemplo, diferentes conjuntos de preguntas simples han alcanzado sensibilidades superiores cuando se utilizan varias preguntas relacionadas con agresión física, amenazas, control o destrucción de objetos, mientras que otras preguntas aparentemente sencillas han mostrado una sensibilidad demasiado baja para funcionar como instrumentos independientes. Por esta razón, la literatura científica contemporánea considera que las herramientas breves son instrumentos de detección y no sustitutos de una evaluación clínica integral.
La forma en que se realiza la pregunta también posee importancia clínica. La detección debe desarrollarse en condiciones que permitan privacidad, seguridad y comunicación sin interferencias. Una mujer puede encontrarse en una situación de dependencia económica, aislamiento social, vigilancia por parte de la pareja, temor a represalias o preocupación por la seguridad de sus hijos. En estas circunstancias, la ausencia de revelación durante una consulta no puede interpretarse automáticamente como ausencia de violencia. La investigación sobre los instrumentos de detección demuestra que la manera de formular las preguntas influye en la capacidad de identificar diferentes manifestaciones de violencia, y también indica que ninguna estrategia breve posee una capacidad diagnóstica universalmente suficiente para todas las poblaciones y contextos clínicos.
Una vez identificada una posible situación de violencia, la evaluación clínica debe desplazarse desde la simple identificación hacia la determinación de las necesidades inmediatas de seguridad y salud. El profesional debe establecer, según las circunstancias clínicas, si existe riesgo actual, lesiones que requieren tratamiento, amenazas, coerción reproductiva, necesidad de atención de salud mental, necesidades relacionadas con la salud sexual y reproductiva y necesidad de asistencia social o jurídica. Esta valoración es esencial porque la violencia de pareja íntima no constituye exclusivamente un problema interpersonal, sino una exposición capaz de producir múltiples consecuencias sanitarias. La revisión sistemática de los efectos físicos de la violencia ha documentado asociaciones con dolor crónico, enfermedades crónicas, diabetes, infecciones de transmisión sexual y conductas relacionadas con el consumo perjudicial de sustancias, además de consecuencias sobre diferentes dimensiones de la salud reproductiva y mental.
La derivación a recursos comunitarios representa, por tanto, un componente necesario, pero no debe confundirse con la entrega pasiva de información. La evidencia de implementación indica que los programas de detección tienen mejores posibilidades de funcionar cuando existen protocolos definidos, capacitación continuada de los profesionales, apoyo institucional y acceso inmediato a servicios especializados. Una revisión sistemática centrada específicamente en la aplicación de programas de detección en condiciones de práctica clínica encontró que, aunque la detección podía alcanzar una cobertura considerable, solamente una proporción de las mujeres con resultados positivos recibía una derivación posterior. La disponibilidad insuficiente de servicios de apoyo constituía además una barrera importante para la aplicación efectiva de los programas.
La diferencia entre una derivación pasiva y una intervención activa resulta particularmente relevante. Entregar a una paciente un número telefónico, una tarjeta o una lista de recursos presupone que dispone de seguridad, autonomía, tiempo, privacidad, capacidad económica y libertad suficiente para establecer contacto por iniciativa propia. Esas condiciones pueden no existir en una relación caracterizada por control coercitivo. Un ensayo realizado en un servicio de urgencias mostró que una estrategia de derivación reforzada consiguió una conexión con los recursos de salud conductual considerablemente mayor que una derivación básica. Este resultado proporciona una explicación práctica de por qué el acompañamiento, la facilitación de la conexión con los servicios y el seguimiento pueden ser más efectivos que la simple entrega de información.
La evidencia procedente de intervenciones desarrolladas en atención primaria también indica que las intervenciones que incluyen escucha empática, fortalecimiento de la autonomía, conversación sobre seguridad, estrategias de planificación y conexión con recursos comunitarios pueden producir beneficios en determinados resultados clínicos. Una revisión sistemática de intervenciones originadas en consultas de atención primaria encontró que una proporción importante de los estudios identificó al menos un beneficio relacionado con la intervención; entre los resultados favorables se encontraban reducciones de la persistencia de la violencia, incremento de determinadas conductas orientadas a la seguridad y mayor utilización de recursos comunitarios. Estos resultados respaldan una concepción del profesional sanitario como facilitador de un proceso continuado de atención, en lugar de considerarlo exclusivamente como un agente encargado de descubrir la violencia.
La necesidad de seguimiento adquiere especial relevancia porque la violencia de pareja íntima puede ser recurrente y dinámica. La identificación de una situación de violencia en una consulta determinada no significa que el riesgo desaparezca después de la derivación. Por el contrario, la intervención debe permitir reevaluar las necesidades de la paciente a lo largo del tiempo, especialmente cuando existen modificaciones en la relación, embarazo, separación, aparición de nuevas amenazas, incremento de la frecuencia o gravedad de las agresiones o cambios en las condiciones de seguridad. El modelo de atención recomendado actualmente incorpora explícitamente el apoyo continuado después de la detección positiva, precisamente porque la evidencia disponible indica que el beneficio clínico depende de la conexión entre identificación y atención posterior.
La experiencia de México resulta especialmente ilustrativa para comprender esta cuestión. En un ensayo clínico aleatorizado por conglomerados realizado en 42 clínicas públicas de Ciudad de México, las mujeres que experimentaban violencia recibieron, en las clínicas de intervención, una sesión proporcionada por personal de enfermería que integraba detección, derivaciones de apoyo y evaluación de riesgos para la salud y la seguridad, seguida de una sesión de asesoramiento de refuerzo después de 3 meses. Las clínicas de comparación proporcionaban detección y una tarjeta de derivación. A los 15 meses se observaron reducciones de la violencia en ambos grupos, pero no se identificó un efecto adicional estadísticamente significativo de la intervención reforzada sobre el desenlace principal. Este resultado es científicamente importante porque demuestra que una estrategia más intensiva puede ser factible dentro de los servicios sanitarios, pero también que no debe asumirse automáticamente que cualquier modalidad de seguimiento será suficiente para producir una reducción adicional de la violencia.
La afirmación de que la evaluación y la derivación pueden interrumpir o prevenir la recurrencia de la violencia debe formularse con precisión. La evidencia disponible permite afirmar que la identificación facilita el reconocimiento de las mujeres afectadas y que determinadas intervenciones de varios componentes con apoyo continuado pueden reducir la violencia posterior, especialmente en mujeres embarazadas y durante el período posparto. No obstante, la evidencia no permite atribuir a la detección aislada, a una pregunta individual o a una derivación pasiva un efecto preventivo demostrado sobre la recurrencia de la violencia. La revisión sistemática utilizada para la recomendación de 2025 identificó ensayos en los que determinadas intervenciones redujeron la violencia posterior, pero también señaló que los estudios que comparan directamente la estrategia completa de detección seguida de intervención multicomponente con la ausencia de detección siguen siendo insuficientes.
La afirmación relativa a la mortalidad requiere una precaución todavía mayor. La violencia de pareja íntima puede producir lesiones graves y se relaciona con consecuencias potencialmente mortales, pero no existe evidencia suficiente para afirmar que la detección sanitaria rutinaria, por sí sola, disminuya la mortalidad. De hecho, la revisión sistemática de evidencia publicada para la recomendación de 2025 señala que los ensayos de detección no han demostrado una reducción significativa de la violencia ni beneficios equivalentes sobre todos los resultados clínicos durante los períodos de seguimiento estudiados. Por ello, desde una perspectiva científica rigurosa, es más apropiado señalar que la identificación temprana ofrece una oportunidad para reconocer riesgos, tratar lesiones, desarrollar estrategias de seguridad y conectar a la mujer con servicios capaces de intervenir ante situaciones potencialmente graves, sin atribuir a la detección aislada un efecto demostrado sobre la mortalidad.
El papel del profesional sanitario puede sintetizarse, por tanto, como una cadena asistencial integrada: crear condiciones seguras para preguntar, identificar posibles experiencias de violencia, evaluar las consecuencias y los riesgos inmediatos, validar la experiencia de la paciente sin culpabilizarla, proporcionar atención clínica, facilitar el acceso a recursos especializados, desarrollar estrategias de seguridad cuando sean necesarias y mantener un seguimiento clínico apropiado. Esta concepción integrada coincide con la evidencia que muestra que los programas de mayor complejidad funcionan mejor cuando incorporan apoyo institucional, protocolos definidos, capacitación profesional y acceso oportuno a recursos de derivación. La competencia clínica en violencia de pareja íntima no consiste simplemente en conocer una pregunta de detección, sino en disponer de un sistema capaz de responder adecuadamente cuando una mujer revela una experiencia de violencia.
En términos de prevención, la principal contribución del sistema sanitario consiste entonces en transformar una oportunidad de contacto clínico en una oportunidad de intervención. La detección puede hacer visible una exposición que permanece oculta; la evaluación puede establecer las necesidades médicas y de seguridad; la intervención puede proporcionar herramientas para reducir riesgos; la derivación puede conectar a la paciente con recursos especializados; y el seguimiento puede mantener abierta la posibilidad de intervenir cuando cambien las circunstancias. La evidencia contemporánea respalda este modelo, pero también establece un límite importante: la detección no debe considerarse una intervención terapéutica suficiente en sí misma. El beneficio esperado aparece cuando la identificación se integra dentro de una respuesta clínica y social continuada.
Por consiguiente, la pregunta clínica breve acerca de si una pareja ha golpeado, pateado o causado otro daño físico puede conservar utilidad como puerta de entrada a la conversación, especialmente cuando se formula en un entorno privado y se acompaña de una respuesta clínica preparada. Sin embargo, su valor reside fundamentalmente en iniciar una evaluación posterior y no en funcionar como prueba diagnóstica definitiva. Una respuesta negativa no descarta la violencia, porque las herramientas de una sola pregunta pueden presentar sensibilidad limitada; una respuesta positiva, por su parte, debe desencadenar una evaluación individualizada de seguridad, salud y necesidades de apoyo. La evidencia científica disponible favorece así un modelo en el que la pregunta es el inicio de un proceso y no el punto final de la atención.
Los profesionales de la salud desempeñan un papel fundamental frente a la violencia de pareja íntima porque pueden identificarla en una población que con frecuencia permanece sin reconocimiento, evaluar sus consecuencias y facilitar el acceso a intervenciones capaces de modificar algunos de sus resultados adversos. La evidencia actual respalda específicamente la detección en mujeres en edad reproductiva, incluidas las mujeres embarazadas y aquellas que se encuentran en el período posparto, siempre dentro de un modelo asistencial que proporcione o facilite intervenciones de varios componentes y apoyo continuado. La evidencia también demuestra que la detección aislada incrementa la identificación, pero no constituye por sí misma una estrategia suficiente para prevenir la recurrencia de la violencia. Por ello, el seguimiento activo, la evaluación de seguridad, la derivación facilitada y la continuidad asistencial son elementos esenciales para convertir el reconocimiento clínico de la violencia en una oportunidad real de protección y atención.
Fuente y lecturas recomendadas:
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