Mecanismo de acomodación del cristalino
Mecanismo de acomodación del cristalino

Mecanismo de acomodación del cristalino

El mecanismo de acomodación del cristalino constituye un proceso fisiológico fundamental mediante el cual el sistema óptico del ojo modifica su poder de refracción para enfocar con precisión objetos situados a diferentes distancias. Este fenómeno depende principalmente de cambios dinámicos en la curvatura del cristalino, los cuales alteran su capacidad para desviar los rayos luminosos y proyectarlos de manera nítida sobre la retina.

En la infancia y en la juventud temprana, el cristalino posee una notable capacidad de modificar su poder refractivo. En estado basal, su potencia óptica se sitúa aproximadamente en veinte dioptrías, pero mediante el proceso de acomodación puede incrementarse hasta alrededor de treinta y cuatro dioptrías. Esto implica una amplitud de acomodación cercana a catorce dioptrías, lo que permite que el ojo enfoque eficazmente tanto objetos lejanos como aquellos situados a distancias muy cortas. Este aumento del poder refractivo se logra mediante una transformación en la geometría del cristalino: pasa de una lente relativamente aplanada a una estructura con una convexidad mucho más pronunciada.

Desde el punto de vista estructural, el cristalino de una persona joven está constituido por una cápsula altamente elástica que envuelve una masa interna transparente compuesta principalmente por proteínas estructurales organizadas en fibras especializadas. Este material interno posee una consistencia viscosa y mantiene una transparencia casi absoluta para permitir el paso de la luz. La cápsula que lo rodea actúa como una envoltura flexible con propiedades elásticas muy marcadas. Cuando no actúan fuerzas externas que la deformen, esta cápsula tiende espontáneamente a adoptar una configuración cercana a la forma esférica. Esta tendencia se debe a la retracción elástica inherente al tejido capsular.

No obstante, en condiciones normales el cristalino no mantiene esta forma esférica porque está sometido a la acción de un sistema de ligamentos suspensorios. Estos ligamentos, conocidos también como fibras zonulares, se disponen radialmente alrededor del cristalino y se insertan en su cápsula. En conjunto, forman una estructura que conecta el cristalino con la pared interna del globo ocular. Aproximadamente setenta de estas fibras principales se distribuyen alrededor del perímetro del cristalino, ejerciendo una tracción constante hacia la periferia del ojo.

Las fibras zonulares se fijan en regiones cercanas al borde anterior de la coroides y en la zona adyacente a la retina. Debido a esta disposición anatómica, permanecen en un estado de tensión continua. La fuerza que ejercen sobre la cápsula del cristalino tiende a estirarla en dirección radial, lo que provoca que el cristalino adopte una forma más aplanada. Esta configuración disminuye su curvatura y, por consiguiente, reduce su poder de refracción, situación adecuada para la visión de objetos lejanos.

El control activo de este sistema depende del músculo ciliar, una estructura muscular localizada en el cuerpo ciliar del ojo. Este músculo está compuesto por fibras musculares lisas organizadas en dos disposiciones principales que actúan de manera coordinada: las fibras meridionales y las fibras circulares. Cada uno de estos grupos contribuye de manera distinta al proceso de modificación de la tensión zonular.

Las fibras meridionales se orientan longitudinalmente desde las inserciones periféricas de los ligamentos suspensorios hacia la región de transición entre la esclera y la córnea. Cuando estas fibras musculares se contraen, desplazan las inserciones externas de los ligamentos hacia una posición más cercana al centro del ojo. Este desplazamiento reduce la distancia entre los puntos de fijación de las fibras zonulares, lo que provoca una disminución de la tensión que estas ejercen sobre la cápsula del cristalino.

Por otra parte, las fibras circulares del músculo ciliar se disponen formando un anillo alrededor del conjunto de inserciones de los ligamentos suspensorios. Al contraerse, estas fibras producen un efecto similar al de un esfínter, es decir, reducen el diámetro del círculo formado por dichas inserciones. Este acortamiento periférico también conduce a una relajación de las fibras zonulares, ya que disminuye la fuerza de tracción ejercida sobre el cristalino.

Como resultado de la contracción de cualquiera de estos dos grupos de fibras musculares lisas, la tensión transmitida por los ligamentos suspensorios se reduce de manera significativa. Cuando esta tensión disminuye, la cápsula del cristalino deja de estar estirada y puede expresar su elasticidad intrínseca. En consecuencia, el cristalino recupera una forma más redondeada y aumenta su curvatura anterior y posterior.

Este incremento de la curvatura produce un aumento del poder refractivo de la lente ocular, lo que permite que los rayos de luz provenientes de objetos cercanos converjan correctamente sobre la retina. De esta manera, el ojo ajusta su sistema óptico para mantener la nitidez de la imagen independientemente de la distancia del objeto observado.

 


La acomodación está controlada por nervios parasimpáticos

El control de la acomodación del cristalino depende principalmente de la actividad del sistema nervioso parasimpático, que regula la contracción del músculo ciliar y, por consiguiente, los cambios en la forma y en el poder de refracción del cristalino. Este control nervioso permite ajustar con gran precisión el enfoque visual cuando los objetos se encuentran a distintas distancias del ojo.

Las fibras musculares que componen el músculo ciliar reciben su inervación predominante de neuronas parasimpáticas cuyo origen se localiza en el núcleo asociado al tercer par craneal, denominado núcleo de Edinger‑Westphal. Este núcleo se sitúa en el tronco encefálico, específicamente en el mesencéfalo, y constituye una parte funcional del sistema parasimpático ocular. Desde allí parten fibras nerviosas que se integran en el trayecto del nervio oculomotor, el cual corresponde al tercer par craneal.

Las fibras parasimpáticas preganglionares viajan inicialmente junto con este nervio hasta alcanzar una pequeña estructura ganglionar situada dentro de la órbita denominada ganglio ciliar. En este ganglio ocurre la sinapsis entre las neuronas preganglionares y las neuronas posganglionares. A partir de este punto, las fibras posganglionares se distribuyen a través de los nervios ciliares cortos hacia diferentes estructuras intraoculares, entre ellas el músculo ciliar.

Cuando las señales parasimpáticas alcanzan el músculo ciliar, inducen la contracción simultánea de sus dos grupos principales de fibras musculares lisas: las fibras meridionales y las fibras circulares. La contracción de estas fibras provoca una disminución de la tensión ejercida por los ligamentos suspensorios del cristalino. Al reducirse esta tracción, la cápsula elástica del cristalino puede recuperar su forma más natural, caracterizada por una mayor convexidad.

Este cambio morfológico tiene importantes consecuencias ópticas. El cristalino se vuelve más grueso en su eje anteroposterior y aumenta la curvatura de sus superficies. Como resultado, se incrementa su poder de refracción, es decir, su capacidad para desviar los rayos luminosos. Gracias a este aumento en la potencia óptica, los rayos procedentes de objetos cercanos pueden converger correctamente sobre la retina, generando una imagen enfocada.

El proceso ocurre de manera gradual y continua en función de la distancia del objeto observado. Cuando un objeto se aproxima progresivamente al ojo, el sistema nervioso incrementa de forma proporcional la intensidad de las señales parasimpáticas dirigidas al músculo ciliar. Este aumento de la actividad nerviosa produce una contracción más marcada del músculo ciliar, lo que disminuye aún más la tensión de los ligamentos suspensorios y permite que el cristalino adopte una forma cada vez más convexa. De este modo, el sistema visual ajusta dinámicamente su poder refractivo para mantener la imagen enfocada en todo momento.

Además del control parasimpático, existe una modesta influencia del sistema nervioso simpático sobre el músculo ciliar. Las fibras simpáticas tienden a producir un efecto opuesto, favoreciendo la relajación del músculo ciliar. Esta relajación incrementa la tensión de los ligamentos suspensorios y contribuye a que el cristalino adopte una forma más aplanada, adecuada para la visión de objetos lejanos. Sin embargo, la intensidad de esta acción simpática es relativamente débil en comparación con el predominio del control parasimpático.

Debido a esta diferencia en la magnitud de los efectos, el sistema simpático desempeña un papel muy limitado en el mecanismo fisiológico normal de la acomodación. La regulación principal del enfoque visual cercano depende casi exclusivamente de la actividad parasimpática que actúa sobre el músculo ciliar y modifica la forma del cristalino.

 


Presbicia: pérdida de acomodación en el cristalino

La presbicia es una alteración fisiológica de la función visual asociada al envejecimiento, caracterizada por la disminución progresiva y finalmente la pérdida casi completa de la capacidad de acomodación del cristalino. Este fenómeno se produce como consecuencia de cambios estructurales y bioquímicos que ocurren gradualmente en los tejidos oculares a lo largo de la vida.

Con el paso de los años, el cristalino experimenta un crecimiento continuo. A diferencia de muchos otros tejidos del organismo, esta estructura no pierde sus fibras más antiguas, sino que nuevas capas de fibras se depositan de forma concéntrica sobre las ya existentes. Como resultado, el cristalino se vuelve progresivamente más grande y más grueso. Paralelamente, se producen modificaciones en la organización molecular de las proteínas que constituyen sus fibras internas. Estas proteínas, responsables de mantener la transparencia y la flexibilidad del cristalino, sufren con el tiempo procesos de alteración estructural que reducen su capacidad para deformarse.

Una de las consecuencias más importantes de estos cambios es la disminución de la elasticidad de la cápsula y del propio tejido del cristalino. En condiciones normales, la acomodación depende en gran medida de la capacidad de esta lente para modificar su curvatura cuando disminuye la tensión ejercida por los ligamentos suspensorios. Sin embargo, a medida que el cristalino envejece, su rigidez aumenta y su capacidad de cambiar de forma se reduce de manera significativa. Aunque el músculo ciliar continúe contrayéndose de forma adecuada, el cristalino ya no puede adoptar la forma más convexa necesaria para enfocar objetos cercanos.

Durante la infancia, la amplitud de acomodación es muy elevada. En un niño, el poder de refracción del cristalino puede aumentar aproximadamente catorce dioptrías cuando se activa el mecanismo acomodativo. Esta gran capacidad permite enfocar con facilidad objetos situados a distancias muy cortas. No obstante, esta amplitud comienza a disminuir gradualmente desde la adolescencia y continúa reduciéndose de forma constante durante la vida adulta.

Hacia la mitad de la vida, aproximadamente entre los cuarenta y cinco y los cincuenta años, la capacidad de acomodación suele haberse reducido a menos de dos dioptrías. En esta etapa, muchas personas comienzan a notar dificultad para enfocar textos u objetos cercanos, especialmente en condiciones de iluminación limitada. Con el envejecimiento adicional, la pérdida de elasticidad del cristalino progresa aún más, y alrededor de los setenta años la capacidad acomodativa puede llegar a ser prácticamente nula.

Cuando el cristalino pierde casi por completo su capacidad para modificar su curvatura, el ojo queda enfocado de forma relativamente fija a una distancia determinada. Esta distancia depende de las propiedades ópticas individuales del sistema ocular, incluyendo la longitud del globo ocular y el poder refractivo basal de las estructuras ópticas. Como consecuencia, la persona ya no puede ajustar voluntariamente el enfoque para observar objetos situados a diferentes distancias.

Este estado de pérdida funcional de la acomodación se denomina presbicia. Aunque no se considera una enfermedad en sentido estricto, sino un cambio fisiológico relacionado con la edad, produce dificultades prácticas en la vida cotidiana, particularmente en actividades que requieren visión cercana, como la lectura o el trabajo con objetos pequeños.

Además, en algunas personas la pérdida de acomodación puede afectar tanto la visión de cerca como la visión lejana, dependiendo de cómo estén configuradas las propiedades ópticas del ojo. En estos casos, la corrección visual suele requerir el uso de lentes con diferentes potencias ópticas para distintas distancias.

Una solución habitual consiste en el empleo de gafas con lentes bifocales o multifocales. Las lentes bifocales poseen dos zonas con diferente poder refractivo: la parte superior está diseñada para permitir una visión nítida de objetos lejanos, mientras que la parte inferior posee un mayor poder de refracción que facilita el enfoque de objetos cercanos, como ocurre durante la lectura. De esta manera, se compensa la incapacidad del cristalino envejecido para modificar su forma y ajustar el enfoque de manera natural.

 

 

 

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Fuente y lecturas recomendadas:
  1. Latarjet, M., Ruiz Liard, A., & Pró, E. (2019). Anatomía humana (5.ª ed., Vols. 1–2). Médica Panamericana.
    ISBN: 9789500695923
  2. Dalley II, A. F., & Agur, A. M. R. (2022). Moore: Anatomía con orientación clínica (9.ª ed.). Wolters Kluwer (Lippincott Williams & Wilkins).
    ISBN: 9781975154120
  3. Standring, S. (Ed.). (2020). Gray’s anatomy: The anatomical basis of clinical practice (42.ª ed.). Elsevier.
    ISBN: 9780702077050
  4. Netter, F. H. (2023). Atlas de anatomía humana (8.ª ed.). Elsevier.
    ISBN: 9780323793745
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