La proteína C reactiva (PCR) es una glucoproteína plasmática de fase aguda sintetizada predominantemente por los hepatocitos como parte de la respuesta inmunitaria innata frente a procesos inflamatorios, infecciosos o de daño tisular. Su producción constituye uno de los mecanismos sistémicos más importantes de la respuesta inflamatoria aguda y representa un componente esencial de la comunicación entre el sistema inmunitario y el hígado. Debido a la rapidez con la que aumenta su concentración sérica, a su amplia variación frente a diferentes estímulos y a la relativa estabilidad de sus determinaciones analíticas, la PCR se ha consolidado como uno de los biomarcadores más utilizados en la práctica clínica para detectar inflamación, evaluar su intensidad y monitorizar la respuesta al tratamiento.
En condiciones fisiológicas, la concentración plasmática de PCR es muy baja, generalmente inferior a 1 mg/L en individuos sanos, aunque puede presentar ligeras variaciones relacionadas con la edad, el sexo, la obesidad, el tabaquismo, el embarazo y diversas condiciones metabólicas. Cuando ocurre una agresión al organismo, como una infección, una lesión tisular, un traumatismo, una intervención quirúrgica o una enfermedad autoinmunitaria, las células del sistema inmunitario innato, especialmente los macrófagos, monocitos y células dendríticas, liberan citocinas proinflamatorias que inducen una respuesta sistémica coordinada. Entre estas citocinas, la interleucina-6 constituye el principal regulador de la síntesis hepática de PCR, mientras que la interleucina-1β y el factor de necrosis tumoral potencian este efecto mediante mecanismos de regulación transcripcional sobre el gen CRP. Como consecuencia, la síntesis hepática aumenta de forma muy importante en pocas horas, convirtiéndose la PCR en una de las proteínas de fase aguda con mayor incremento relativo observado en humanos.
Tras el inicio del estímulo inflamatorio, la concentración sérica comienza a elevarse aproximadamente entre las 4 y 6 horas, experimenta un incremento exponencial durante las siguientes horas y alcanza su concentración máxima entre las 24 y 48 horas, aunque este intervalo puede prolongarse hasta aproximadamente 72 horas dependiendo de la intensidad y persistencia del estímulo inflamatorio. En numerosos procesos infecciosos graves o inflamatorios extensos, sus concentraciones pueden aumentar entre 10 y 1000 veces respecto a los valores basales. Una característica particularmente útil es que, una vez eliminado el estímulo desencadenante, la concentración disminuye rápidamente debido a que su vida media plasmática permanece prácticamente constante, cercana a 19 horas. En consecuencia, las variaciones en sus concentraciones reflejan principalmente cambios en su velocidad de síntesis y no alteraciones en su eliminación, lo que convierte a la PCR en un excelente marcador dinámico para monitorizar la evolución clínica de los pacientes.
Desde el punto de vista estructural, la PCR pertenece a la familia de las pentraxinas cortas, un grupo de proteínas altamente conservadas desde el punto de vista evolutivo que participan en la inmunidad innata. La molécula presenta una estructura pentamérica característica formada por cinco subunidades idénticas dispuestas en forma de anillo alrededor de un poro central. Cada subunidad posee aproximadamente 206 aminoácidos y tiene un peso molecular cercano a 23 kilodaltons, de manera que el pentámero completo alcanza un peso aproximado de 115 kilodaltons.
La conformación tridimensional de la proteína genera dos caras funcionalmente diferentes. Una de ellas contiene los sitios de unión dependientes de calcio para fosfocolina, mientras que la cara opuesta participa en la interacción con proteínas del sistema del complemento y diversos receptores celulares. La dependencia del calcio resulta esencial para mantener la afinidad de la proteína por numerosos ligandos biológicos, ya que la ausencia de este catión altera significativamente su capacidad de reconocimiento molecular.
El ligando clásico de la PCR es la fosfocolina, componente presente en fosfolípidos de membrana de numerosas bacterias, hongos y parásitos, así como en células humanas lesionadas o apoptóticas. La unión a estas estructuras permite que la proteína actúe como una molécula de reconocimiento de patrones asociados tanto a microorganismos como a células dañadas. Esta propiedad explica su participación temprana en los mecanismos de defensa antes de que se establezca plenamente la respuesta inmunitaria adaptativa.
Aunque tradicionalmente la PCR fue considerada únicamente un marcador inespecífico de inflamación, actualmente se reconoce que desempeña funciones biológicas directas dentro de la respuesta inmunitaria. Una de sus acciones más importantes consiste en activar la vía clásica del complemento mediante su unión al componente C1q después de reconocer sus ligandos. Esta activación favorece la opsonización de microorganismos, incrementa la eliminación de restos celulares y potencia el reclutamiento de células inflamatorias hacia los sitios de lesión.
La PCR también funciona como una opsonina. Al recubrir microorganismos o células apoptóticas facilita su reconocimiento por macrófagos y neutrófilos, promoviendo la fagocitosis y acelerando la eliminación de estructuras potencialmente dañinas para el organismo. Esta actividad constituye un mecanismo fundamental para limitar la propagación de infecciones y favorecer la resolución de la inflamación.
Otra función relevante consiste en su capacidad para unirse a diversos receptores Fc-gamma expresados sobre monocitos, macrófagos, neutrófilos y células dendríticas. Mediante estas interacciones puede modular la producción de citocinas, influir sobre la activación celular y participar en la regulación de la respuesta inflamatoria. Dependiendo del contexto fisiopatológico, estos efectos pueden contribuir tanto a la amplificación como a la resolución de la inflamación.
En años recientes también se ha demostrado que la PCR puede existir en diferentes formas estructurales con propiedades biológicas distintas. La forma pentamérica circulante representa la principal molécula detectada por los métodos clínicos habituales. Sin embargo, en sitios de inflamación intensa el pentámero puede disociarse parcialmente originando una forma monomérica que posee una actividad biológica diferente y, en algunos modelos experimentales, muestra una mayor capacidad para promover inflamación local, activar células endoteliales y favorecer fenómenos trombóticos. El verdadero papel fisiopatológico de esta forma continúa siendo objeto de intensa investigación.
La extraordinaria utilidad clínica de la PCR deriva de varias ventajas analíticas. Presenta elevada estabilidad en las muestras, escasa variabilidad biológica intraindividual, excelente reproducibilidad entre diferentes métodos analíticos, rápida respuesta frente a cambios en la actividad inflamatoria y una amplia disponibilidad en prácticamente todos los laboratorios clínicos. Además, las determinaciones automatizadas permiten obtener resultados precisos en poco tiempo y con costos relativamente bajos.
En el contexto de las enfermedades infecciosas, la PCR constituye uno de los biomarcadores más utilizados para apoyar el diagnóstico inicial y monitorizar la evolución terapéutica. En las infecciones bacterianas invasivas suele alcanzar concentraciones considerablemente mayores que en la mayoría de las infecciones virales, aunque existe un amplio solapamiento entre ambos grupos y, por lo tanto, sus valores no permiten establecer por sí solos el origen etiológico de una infección. Valores muy elevados, especialmente superiores a 100 mg/L, aumentan la probabilidad de una infección bacteriana grave, sepsis o necrosis tisular extensa, mientras que elevaciones discretas pueden observarse en múltiples procesos inflamatorios no infecciosos.
Durante el tratamiento antibiótico, la disminución progresiva de la PCR constituye un indicador útil de respuesta clínica. Por el contrario, concentraciones persistentemente elevadas o nuevamente ascendentes pueden sugerir fracaso terapéutico, persistencia del foco infeccioso o aparición de complicaciones.
En la sepsis, la PCR se emplea ampliamente para evaluar la intensidad de la respuesta inflamatoria sistémica y monitorizar la eficacia del tratamiento. Aunque posee menor especificidad diagnóstica que otros biomarcadores como la procalcitonina para diferenciar infección bacteriana de inflamación estéril, continúa siendo una herramienta de enorme utilidad debido a su disponibilidad, bajo costo y elevado valor pronóstico cuando se interpreta junto con los hallazgos clínicos y microbiológicos.
Las enfermedades inflamatorias intestinales constituyen otro campo donde la PCR desempeña un papel importante. En la enfermedad de Crohn suele existir una buena correlación entre la concentración sérica y la actividad inflamatoria intestinal, lo que permite utilizarla para monitorizar la respuesta al tratamiento y detectar recaídas. En la colitis ulcerosa la correlación es generalmente menor debido a diferencias fisiopatológicas en la intensidad de la respuesta sistémica, aunque continúa siendo un marcador útil cuando se interpreta junto con parámetros clínicos, endoscópicos y otros biomarcadores como la calprotectina fecal.
En las enfermedades reumatológicas y autoinmunitarias, la PCR constituye un marcador ampliamente utilizado para valorar la actividad inflamatoria. En la artritis reumatoide forma parte de diversos índices de actividad clínica y ayuda a monitorizar la respuesta a los tratamientos inmunomoduladores y biológicos. En las vasculitis sistémicas también permite evaluar la intensidad de la inflamación vascular y detectar recaídas.
En contraste, en el lupus eritematoso sistémico la elevación de la PCR suele ser menos intensa que la esperada para el grado de inflamación presente, probablemente debido a mecanismos relacionados con la regulación de la interleucina-6 y la acción de interferones tipo I. En consecuencia, aumentos importantes de la PCR en pacientes con lupus deben hacer sospechar la presencia de infección concomitante u otros procesos inflamatorios adicionales.
Durante la pandemia por COVID-19 se demostró que la PCR constituye uno de los marcadores pronósticos más útiles para identificar pacientes con enfermedad grave. Concentraciones elevadas se asociaron con mayor compromiso pulmonar, necesidad de ventilación mecánica, ingreso a unidades de cuidados intensivos y mayor mortalidad. Su comportamiento dinámico permitió además monitorizar la evolución clínica y valorar la respuesta a terapias antiinflamatorias.
En pacientes con traumatismos, cirugía mayor, quemaduras extensas y lesiones tisulares importantes, la PCR aumenta de forma proporcional a la magnitud del daño. Después de una intervención quirúrgica no complicada suele alcanzar un pico máximo entre el segundo y tercer día posoperatorio, seguido de un descenso progresivo. La persistencia de valores elevados o un nuevo incremento posterior pueden indicar infección del sitio quirúrgico u otras complicaciones.
Diversas neoplasias también pueden acompañarse de elevaciones persistentes de la PCR debido a la producción continua de citocinas inflamatorias por el tumor y por el microambiente tumoral. En numerosos tipos de cáncer, concentraciones elevadas se han relacionado con enfermedad más avanzada, peor respuesta terapéutica y menor supervivencia global, por lo que la PCR posee interés pronóstico además de su utilidad como marcador inespecífico de inflamación.
La interpretación clínica de la PCR requiere considerar tanto el contexto clínico como el método analítico utilizado. En la determinación convencional o PCR estándar, la mayoría de las personas sanas presentan concentraciones inferiores a 1 mg/L. Valores entre 1 y 10 mg/L pueden observarse en inflamación de baja intensidad, obesidad, tabaquismo, diabetes mellitus, enfermedad periodontal, envejecimiento, embarazo o diversas enfermedades crónicas. Concentraciones iguales o superiores a 10 mg/L generalmente indican un proceso inflamatorio clínicamente relevante, aunque no permiten identificar su causa específica. Valores superiores a 100 mg/L son altamente sugestivos de infección bacteriana importante, necrosis tisular extensa o inflamación sistémica intensa.
La PCR de alta sensibilidad constituye un ensayo diferente diseñado para detectar concentraciones muy bajas con elevada precisión analítica. Este método permite cuantificar concentraciones inferiores a 1 mg/L y se utiliza principalmente para la estratificación del riesgo cardiovascular en individuos aparentemente sanos.
La inflamación crónica de bajo grado desempeña un papel fundamental en todas las etapas de la ateroesclerosis, desde la disfunción endotelial inicial hasta la formación, progresión e inestabilidad de la placa ateromatosa. En este contexto, la PCR de alta sensibilidad actúa como un marcador indirecto de inflamación vascular sistémica y aporta información pronóstica independiente de los factores clásicos de riesgo cardiovascular.
De acuerdo con las recomendaciones de la American Heart Association y los Centers for Disease Control and Prevention, concentraciones inferiores a 1 mg/L corresponden a bajo riesgo cardiovascular; valores entre 1 y 3 mg/L indican riesgo intermedio, mientras que concentraciones superiores a 3 mg/L se asocian con riesgo elevado de eventos cardiovasculares futuros. Cuando el resultado supera 10 mg/L debe sospecharse inicialmente la presencia de un proceso inflamatorio o infeccioso agudo, por lo que se recomienda repetir la determinación aproximadamente entre 2 y 3 semanas después de la resolución del cuadro clínico antes de utilizarla para estratificación cardiovascular.
Sin embargo, investigaciones más recientes han demostrado que la relación entre la PCR de alta sensibilidad y el riesgo cardiovascular es continua y aproximadamente lineal a lo largo de un amplio rango de concentraciones. Incluso valores persistentemente superiores a 10 mg/L pueden asociarse con un riesgo cardiovascular considerablemente mayor cuando no existe evidencia de infección aguda u otra causa evidente de inflamación. Por esta razón, dichos resultados no deben descartarse automáticamente como falsos positivos, sino motivar una evaluación clínica completa para identificar procesos inflamatorios persistentes, enfermedades autoinmunitarias, obesidad grave, enfermedad renal crónica u otras condiciones asociadas con inflamación sistémica crónica.
Resulta indispensable diferenciar la PCR estándar de la PCR de alta sensibilidad. Aunque ambas determinan la misma proteína, difieren en la sensibilidad analítica, el intervalo de medición y la finalidad clínica. La PCR estándar está orientada al diagnóstico y seguimiento de infecciones, procesos inflamatorios importantes y daño tisular, mientras que la PCR de alta sensibilidad se desarrolló específicamente para detectar inflamación vascular de bajo grado y estimar el riesgo aterosclerótico. Ambos métodos suelen expresar sus resultados en mg/L. Cuando un laboratorio reporta concentraciones en mg/dL, es frecuente que corresponda a una determinación convencional y no a un ensayo de alta sensibilidad, por lo que siempre debe verificarse el método empleado antes de interpretar los resultados.


Fuente y lecturas recomendadas:
- Black, S., Kushner, I., & Samols, D. (2004). C-reactive Protein. Journal of Biological Chemistry, 279(47), 48487–48490.
- Centers for Disease Control and Prevention, & American Heart Association. (2003). Markers of inflammation and cardiovascular disease: Application to clinical and public health practice. Circulation, 107(3), 499–511.
- Pepys, M. B., & Hirschfield, G. M. (2003). C-reactive protein: A critical update. Journal of Clinical Investigation, 111(12), 1805–1812.
- Ridker, P. M. (2016). From C-reactive protein to interleukin-6 to interleukin-1: Moving upstream to identify novel targets for atheroprotection. Circulation Research, 118(1), 145–156.
- Ridker, P. M., Danielson, E., Fonseca, F. A. H., Genest, J., Gotto, A. M., Kastelein, J. J. P., Koenig, W., Libby, P., Lorenzatti, A. J., MacFadyen, J. G., Nordestgaard, B. G., Shepherd, J., Willerson, J. T., & Glynn, R. J. (2008). Rosuvastatin to prevent vascular events in men and women with elevated C-reactive protein. New England Journal of Medicine, 359(21), 2195–2207.
- Sproston, N. R., & Ashworth, J. J. (2018). Role of C-reactive protein at sites of inflammation and infection. Frontiers in Immunology, 9, 754.
- Tanaka, T., Narazaki, M., & Kishimoto, T. (2014). IL-6 in inflammation, immunity, and disease. Cold Spring Harbor Perspectives in Biology, 6(10), a016295.
- Thompson, D., Pepys, M. B., & Wood, S. P. (1999). The physiological structure of human C-reactive protein and its complex with phosphocholine. Structure, 7(2), 169–177.
- Torres, A., Cilloniz, C., Niederman, M. S., Menéndez, R., Chalmers, J. D., Wunderink, R. G., & van der Poll, T. (2021). Pneumonia. Nature Reviews Disease Primers, 7(1), 25.
- Volanakis, J. E. (2001). Human C-reactive protein: Expression, structure, and function. Molecular Immunology, 38(2–3), 189–197.
