Ferritina
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Ferritina

La ferritina es la principal proteína de almacenamiento de hierro del organismo y constituye el indicador bioquímico más utilizado para estimar las reservas corporales de este elemento. Su determinación sérica posee un enorme valor clínico porque permite identificar, con alta precisión, la deficiencia de hierro antes de que aparezcan alteraciones hematológicas evidentes y, en determinadas circunstancias, orienta hacia la existencia de una posible sobrecarga férrica. Sin embargo, la interpretación de sus concentraciones requiere comprender tanto la fisiología del metabolismo del hierro como el hecho de que la ferritina participa en la respuesta inflamatoria sistémica, lo que limita su especificidad en numerosas enfermedades. Esta doble función explica por qué un valor disminuido casi siempre refleja agotamiento de las reservas de hierro, mientras que un valor elevado no necesariamente indica exceso de hierro corporal.

El hierro es un oligoelemento indispensable para la vida debido a que participa en múltiples procesos biológicos fundamentales. Es el componente central del grupo hemo de la hemoglobina y de la mioglobina, participa en numerosas enzimas mitocondriales implicadas en la fosforilación oxidativa, interviene en la síntesis de ácido desoxirribonucleico, en la proliferación celular, en la función inmunológica y en múltiples reacciones de oxidación y reducción. Debido a que el hierro libre puede catalizar la formación de radicales hidroxilo mediante la reacción de Fenton, produciendo estrés oxidativo y lesión celular, el organismo ha desarrollado mecanismos altamente regulados para mantenerlo unido a proteínas especializadas durante su absorción, transporte, utilización y almacenamiento. Esta organización evita tanto la deficiencia funcional como la toxicidad por hierro libre.

En un adulto sano existen aproximadamente entre 3 y 4 g de hierro corporal total. La mayor parte, alrededor del 65 al 70 %, se encuentra incorporada en la hemoglobina de los eritrocitos. Una proporción menor forma parte de la mioglobina y de diversas enzimas. El hierro restante constituye el hierro de reserva, almacenado principalmente en forma de ferritina y hemosiderina dentro de hepatocitos, macrófagos del sistema reticuloendotelial y médula ósea. Esta distribución permite que el organismo disponga de reservas suficientes para mantener la eritropoyesis incluso durante períodos transitorios de disminución del aporte dietético.

La ferritina es una proteína globular formada por 24 subunidades que generan una cavidad central capaz de almacenar hasta aproximadamente 4 500 átomos de hierro en forma de hidróxido férrico cristalino. Esta estructura permite mantener el hierro en una forma soluble, biológicamente disponible y no tóxica. Existen dos tipos principales de subunidades, denominadas H y L, cuya proporción varía entre los diferentes tejidos según sus requerimientos metabólicos. Las subunidades H poseen actividad ferroxidasa, facilitando la oxidación del hierro ferroso a hierro férrico antes de su almacenamiento, mientras que las subunidades L favorecen la estabilidad del núcleo mineral de hierro.

El hígado constituye el principal órgano de almacenamiento de hierro del organismo y alberga una proporción importante de la ferritina corporal. No obstante, también existen grandes cantidades de ferritina en los macrófagos esplénicos, en la médula ósea, en el músculo esquelético y en otros tejidos. Los macrófagos desempeñan un papel esencial en el reciclaje del hierro procedente de los eritrocitos envejecidos, recuperando aproximadamente 20 a 25 mg de hierro diariamente, cantidad muy superior al hierro absorbido desde la dieta. Este hierro reciclado puede almacenarse transitoriamente como ferritina o liberarse nuevamente hacia la circulación mediante la ferroportina para ser reutilizado en la eritropoyesis.

La ferritina sérica representa únicamente una fracción muy pequeña de la ferritina corporal total. Aunque inicialmente se consideró un simple producto liberado pasivamente por daño celular, actualmente se reconoce que una parte importante es secretada mediante mecanismos celulares regulados, principalmente por macrófagos y hepatocitos. En condiciones fisiológicas existe un equilibrio relativamente constante entre la ferritina intracelular y la ferritina circulante, razón por la cual las concentraciones séricas guardan una estrecha correlación con el contenido total de hierro almacenado en el organismo. Esta correlación convierte a la ferritina en el mejor marcador bioquímico disponible para estimar las reservas de hierro en ausencia de procesos inflamatorios.

La síntesis de ferritina está regulada por un sofisticado sistema de control postranscripcional dependiente del contenido intracelular de hierro. Cuando el hierro celular aumenta, las proteínas reguladoras del hierro disminuyen su unión a los elementos de respuesta al hierro presentes en el ácido ribonucleico mensajero de la ferritina, permitiendo una mayor traducción y síntesis proteica. De esta forma, el incremento del hierro intracelular induce directamente la producción de ferritina para almacenar el exceso de hierro y limitar su potencial tóxico. En contraste, cuando las reservas de hierro disminuyen, la síntesis de ferritina también se reduce, facilitando la movilización del hierro almacenado para cubrir las necesidades metabólicas.

La homeostasis del hierro está regulada principalmente por la hepcidina, una hormona peptídica sintetizada por el hígado. La hepcidina controla la actividad de la ferroportina, única proteína exportadora conocida de hierro en mamíferos. Cuando las reservas corporales aumentan o existe inflamación sistémica, la producción de hepcidina se incrementa, promoviendo la degradación de la ferroportina y reduciendo tanto la absorción intestinal como la liberación del hierro almacenado en macrófagos y hepatocitos. En cambio, durante la deficiencia de hierro, la hipoxia o el aumento de la demanda eritropoyética, la síntesis de hepcidina disminuye, permitiendo incrementar la absorción intestinal y la movilización de las reservas. Debido a que la ferritina refleja el hierro almacenado, sus concentraciones están estrechamente relacionadas con este sistema regulador.

La principal utilidad clínica de la ferritina consiste en la evaluación de la deficiencia de hierro. La disminución de las reservas corporales constituye la primera alteración detectable durante el desarrollo de la ferropenia. Inicialmente disminuye la ferritina sérica mientras la concentración de hemoglobina, el volumen corpuscular medio y otros parámetros hematológicos permanecen normales. Conforme progresa la deficiencia, disminuye la saturación de transferrina, aumenta la concentración de transferrina circulante y finalmente aparece anemia ferropénica. Por esta razón, la ferritina permite diagnosticar la deficiencia de hierro en una etapa preanémica, cuando aún es posible intervenir antes del desarrollo de manifestaciones clínicas importantes.

Una concentración baja de ferritina constituye el marcador más específico de agotamiento de las reservas corporales de hierro. La Organización Mundial de la Salud define deficiencia de hierro en adultos mediante una concentración sérica inferior a 15 μg/L cuando no existe inflamación. En niños menores de 5 años el punto de corte recomendado es inferior a 12 μg/L. Estos valores presentan una elevada especificidad porque prácticamente ninguna otra condición fisiológica produce concentraciones tan bajas de ferritina.

Sin embargo, la interpretación cambia cuando existe inflamación crónica o aguda. Debido a que la ferritina es un reactante de fase aguda, las citocinas proinflamatorias, especialmente la interleucina 6, estimulan directamente su síntesis hepática y macrofágica. Como consecuencia, las concentraciones séricas aumentan independientemente de las reservas reales de hierro. En estos pacientes, una ferritina aparentemente normal puede ocultar una deficiencia significativa de hierro. Por esta razón, la Organización Mundial de la Salud recomienda utilizar un punto de corte inferior a 30 μg/L cuando coexisten procesos inflamatorios.

Diversos estudios recientes han demostrado que un umbral de 30 μg/L ofrece una sensibilidad cercana al 92 % y una especificidad aproximada del 98 % para detectar deficiencia de hierro en la práctica clínica. Incluso se ha propuesto que valores inferiores a 50 μg/L podrían representar deficiencia funcional de hierro en determinadas poblaciones, especialmente en pacientes con insuficiencia cardíaca, enfermedad renal crónica, enfermedades inflamatorias intestinales o enfermedades reumatológicas, donde la inflamación altera considerablemente la interpretación de la ferritina. Estos puntos de corte más elevados buscan reducir los falsos negativos derivados del comportamiento de la ferritina como reactante inflamatorio.

En contraste, una ferritina elevada posee una interpretación mucho más compleja. Aunque puede reflejar incremento de las reservas de hierro, su especificidad para diagnosticar sobrecarga férrica es limitada. La Organización Mundial de la Salud considera sugestivos de aumento de las reservas valores superiores a 200 μg/L en hombres y superiores a 150 μg/L en mujeres, aunque numerosos laboratorios clínicos utilizan límites superiores de 300 μg/L y 200 μg/L, respectivamente. No obstante, estos valores no permiten establecer por sí solos el diagnóstico de sobrecarga de hierro.

La razón principal es que la ferritina aumenta en una enorme variedad de enfermedades no relacionadas con el metabolismo del hierro. Cualquier proceso inflamatorio estimula su síntesis mediante mecanismos mediados por citocinas. Asimismo, la lesión hepatocelular libera ferritina almacenada dentro de los hepatocitos hacia la circulación. En consecuencia, enfermedades hepáticas como la esteatosis hepática asociada a disfunción metabólica, las hepatitis virales, el consumo excesivo de alcohol y la cirrosis pueden producir elevaciones importantes sin que exista necesariamente exceso corporal de hierro.

El síndrome metabólico y la obesidad también se asocian frecuentemente con hiperferritinemia. En estos pacientes, la inflamación crónica de bajo grado, la resistencia a la insulina y la enfermedad hepática grasa contribuyen simultáneamente al incremento de la ferritina sérica. De manera similar, enfermedades autoinmunes, infecciones bacterianas, infecciones virales, neoplasias malignas y numerosos trastornos inflamatorios elevan la ferritina como parte de la respuesta inmunitaria.

Existen además síndromes hiperinflamatorios caracterizados por concentraciones extremadamente elevadas de ferritina, frecuentemente superiores a miles de microgramos por litro. Entre ellos destacan el síndrome de activación macrofágica, la linfohistiocitosis hemofagocítica y algunas formas graves de enfermedad de Still del adulto. En estos trastornos, la ferritina refleja principalmente una intensa activación inmunológica y no un exceso de hierro almacenado.

Debido a estas limitaciones, una ferritina elevada nunca debe interpretarse de manera aislada. El siguiente paso consiste en determinar la saturación de transferrina, que representa el porcentaje de sitios de unión de la transferrina ocupados por hierro. La combinación de ferritina elevada con una saturación de transferrina persistentemente aumentada orienta hacia una verdadera sobrecarga de hierro. En cambio, una ferritina elevada con saturación de transferrina normal o disminuida suele indicar inflamación, enfermedad hepática o alteraciones metabólicas más que hemocromatosis.

La hemocromatosis hereditaria constituye la causa genética más frecuente de sobrecarga primaria de hierro en poblaciones de ascendencia europea. La mayoría de los casos se relaciona con variantes patogénicas del gen HFE, especialmente la mutación C282Y. La disminución inapropiada de la producción de hepcidina permite una absorción intestinal excesiva de hierro durante años, produciendo acumulación progresiva en hígado, corazón, páncreas, hipófisis y articulaciones. En este contexto, una saturación de transferrina persistentemente igual o superior al 50 % en hombres o igual o superior al 40 % en mujeres, junto con ferritina elevada, justifica la realización de estudios genéticos y la evaluación especializada.

En la práctica clínica, el algoritmo diagnóstico ante una ferritina alterada depende de la dirección del cambio. Una ferritina disminuida generalmente confirma la existencia de deficiencia de hierro y obliga a investigar su causa subyacente. Las causas más frecuentes incluyen pérdidas sanguíneas gastrointestinales o ginecológicas, aumento de los requerimientos fisiológicos, malabsorción intestinal, enfermedad celíaca, cirugía bariátrica y aporte dietético insuficiente. El tratamiento comprende la corrección de la causa desencadenante, la suplementación con hierro y las recomendaciones nutricionales apropiadas.

Cuando la ferritina está elevada, el enfoque inicial incluye la medición de la saturación de transferrina, proteína C reactiva u otros marcadores inflamatorios, pruebas de función hepática y evaluación clínica dirigida a identificar enfermedades inflamatorias, infecciosas, metabólicas o hepáticas. Solamente cuando la saturación de transferrina permanece elevada de forma persistente debe sospecharse una verdadera sobrecarga de hierro y considerarse el estudio de hemocromatosis hereditaria u otras enfermedades por depósito de hierro.

Los valores de referencia utilizados habitualmente en adultos también deben interpretarse considerando el contexto clínico. De acuerdo con los valores propuestos para adultos sanos, las concentraciones habituales oscilan entre 40 y 300 μg/L en hombres y entre 20 y 200 μg/L en mujeres. Estas diferencias obedecen principalmente a las pérdidas fisiológicas de hierro relacionadas con la menstruación durante la edad reproductiva femenina. Sin embargo, los intervalos de referencia pueden variar ligeramente entre laboratorios dependiendo del método analítico empleado y de la población utilizada para establecer dichos límites.

La ferritina constituye el marcador más útil para estimar las reservas corporales de hierro debido a su estrecha correlación con el hierro almacenado en hepatocitos y macrófagos. Su principal fortaleza radica en que una concentración disminuida identifica con elevada especificidad la deficiencia de hierro, incluso antes del desarrollo de anemia. Su principal limitación consiste en comportarse como un reactante de fase aguda, elevándose en múltiples enfermedades inflamatorias, infecciosas, hepáticas, metabólicas y neoplásicas independientemente del estado real del hierro corporal. Por ello, la interpretación adecuada siempre requiere integrar la ferritina con el contexto clínico, la saturación de transferrina, los marcadores inflamatorios y las pruebas de función hepática para diferenciar entre alteraciones verdaderas del metabolismo del hierro y elevaciones secundarias a otras enfermedades.

 

 

 

 

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Fuente y lecturas recomendadas:
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  2. Camaschella, C. (2024). Iron deficiency. New England Journal of Medicine, 390, 1202–1214. https://doi.org/10.1056/NEJMra2305318
  3. Ganz, T., & Nemeth, E. (2012). Hepcidin and iron homeostasis. Biochimica et Biophysica Acta, 1823(9), 1434–1443. https://doi.org/10.1016/j.bbamcr.2012.01.014
  4. Kell, D. B., & Pretorius, E. (2014). Serum ferritin is an important inflammatory disease marker. Metallomics, 6(4), 748–773. https://doi.org/10.1039/C3MT00347G
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  7. Organización Mundial de la Salud. (2020). WHO guideline on use of ferritin concentrations to assess iron status in individuals and populations. World Health Organization.
  8. Worwood, M. (1997). Serum ferritin. Critical Reviews in Clinical Laboratory Sciences, 34(1), 1–32. https://doi.org/10.3109/10408369709082282
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