Reticencia a la vacunación
Reticencia a la vacunación

Reticencia a la vacunación

La relevancia sanitaria de las dudas, la reticencia y el rechazo a la vacunación se comprende mejor cuando se reconoce que la vacunación no constituye únicamente una intervención individual, sino una medida de protección poblacional cuya eficacia epidemiológica depende de que una proporción suficientemente elevada de la comunidad permanezca inmunizada. Cuando la cobertura disminuye, se acumulan personas susceptibles y se forman bolsas de inmunidad insuficiente que permiten nuevamente la transmisión de microorganismos que habían sido controlados durante años. La Organización Mundial de la Salud, UNICEF y Gavi han señalado que los brotes de enfermedades prevenibles mediante vacunación han aumentado y que esta tendencia amenaza los avances obtenidos durante décadas en la reducción de la enfermedad y la mortalidad infantil.

La magnitud del problema puede observarse en las cifras mundiales de inmunización. Durante 2024, aproximadamente 109 millones de lactantes recibieron las 3 dosis de la vacuna contra difteria, tétanos y tos ferina, correspondientes a una cobertura mundial cercana a 85%; sin embargo, casi 20 millones de lactantes no recibieron al menos una dosis de esta serie y 14.3 millones fueron considerados niños sin ninguna dosis de vacunación. Para el sarampión, solamente 84% de los niños recibió la primera dosis durante 2024, porcentaje todavía inferior al observado en 2019, cuando alcanzó 86%. Estos datos son epidemiológicamente importantes debido a que pequeñas disminuciones de cobertura pueden concentrarse geográficamente o dentro de determinados grupos sociales, generando comunidades susceptibles aunque la cobertura nacional promedio parezca elevada.

El sarampión constituye un ejemplo particularmente sensible de este fenómeno. Su elevada transmisibilidad hace que las deficiencias de inmunidad colectiva se manifiesten con rapidez mediante la aparición de casos y brotes. Por esta razón, las variaciones en la cobertura de vacunación contra sarampión funcionan como un indicador temprano de la existencia de brechas de inmunidad poblacional. La evidencia epidemiológica reciente muestra que los brotes de sarampión y otras enfermedades prevenibles mediante vacunación continúan ocurriendo incluso en países que disponen desde hace décadas de programas sistemáticos de inmunización. Una revisión sistemática publicada en 2026 identificó numerosos brotes de sarampión, parotiditis, rubéola y varicela en centros escolares, destacando especialmente al sarampión por el número de brotes y casos asociados.

La difteria proporciona otro ejemplo de las consecuencias que puede producir la disminución de la protección poblacional. Aunque se trata de una enfermedad prevenible mediante vacunación y cuya incidencia disminuyó de manera extraordinaria después de la introducción de la inmunización sistemática, continúa produciendo casos y brotes cuando existen comunidades insuficientemente vacunadas. Los datos mundiales registraron 25,146 casos notificados de difteria durante 2024, frente a 24,782 durante 2023 y 10,027 durante 2022. La Organización Mundial de la Salud señala además que los brotes recientes se relacionan con coberturas insuficientes y que las personas no vacunadas o vacunadas de manera incompleta constituyen el principal grupo susceptible.

La importancia de estos brotes no depende solamente del número absoluto de casos. Algunas enfermedades prevenibles mediante vacunación poseen una elevada capacidad de producir complicaciones graves o muerte. En la difteria no tratada adecuadamente, por ejemplo, la mortalidad puede aproximarse a 30% entre personas no inmunizadas, con un riesgo particularmente elevado en niños pequeños. La disminución de la cobertura vacunal, por tanto, no se traduce simplemente en un incremento estadístico de diagnósticos, sino en la reaparición de exposiciones capaces de ocasionar enfermedad grave, discapacidad y muerte.

La vacunación también ha tenido un efecto histórico de una magnitud extraordinaria. Un análisis mundial del impacto de los programas de inmunización durante los últimos 50 años estimó que las vacunas han contribuido a evitar al menos 154 millones de muertes desde el establecimiento del Programa Ampliado de Inmunización en 1974. La mayor parte de estas vidas salvadas corresponde a niños, lo que demuestra que la vacunación constituye una de las intervenciones sanitarias con mayor impacto acumulativo sobre la supervivencia humana.

Sin embargo, una reducción de la vacunación no debe interpretarse automáticamente como consecuencia de una actitud deliberadamente antivacunal. Esta distinción resulta fundamental para comprender el fenómeno. La reticencia a la vacunación comprende el retraso en aceptar o el rechazo de determinadas vacunas pese a que los servicios de vacunación se encuentren disponibles, y constituye un fenómeno complejo que cambia según el momento histórico, el lugar, la población y la vacuna considerada. La baja cobertura también puede originarse por ausencia de vacunas, dificultades geográficas, problemas económicos, deficiencias del sistema sanitario, horarios incompatibles, falta de oferta o interrupciones de los servicios. Estos obstáculos representan problemas de acceso y funcionamiento de los sistemas de salud, no necesariamente reticencia individual.

Esta diferenciación tiene consecuencias prácticas. Una persona puede no estar vacunada porque desconfía de la seguridad de una vacuna; otra puede estar convencida de que las vacunas son beneficiosas pero no disponer de un centro de vacunación cercano; otra puede haber iniciado una serie de vacunación y no haber completado las dosis posteriores por dificultades logísticas; y otra puede considerar que una enfermedad ya desaparecida representa un riesgo insignificante. Aunque todas estas personas aparezcan en las estadísticas como individuos no vacunados o insuficientemente vacunados, los mecanismos que explican su conducta son diferentes y, por tanto, requieren intervenciones diferentes. El modelo desarrollado por el Grupo de Trabajo del Strategic Advisory Group of Experts on Immunization organiza estos determinantes alrededor de confianza, complacencia y conveniencia, y posteriormente los integra dentro de una matriz más amplia que contempla factores contextuales, individuales, grupales y relacionados específicamente con las vacunas y la vacunación.

La confianza constituye el primer componente. Comprende la confianza en la eficacia y seguridad de las vacunas, en los profesionales sanitarios y en las instituciones responsables de proporcionar la vacunación, así como en las autoridades que determinan qué vacunas deben utilizarse. Cuando disminuye esta confianza, una persona puede interpretar los posibles acontecimientos adversos como más importantes que los beneficios esperados de la inmunización, especialmente cuando no ha observado directamente las consecuencias de la enfermedad que la vacuna previene. La percepción del riesgo puede quedar entonces desproporcionada respecto al riesgo epidemiológico real.

La complacencia representa un mecanismo diferente. Cuando una enfermedad se vuelve poco frecuente gracias al éxito de la vacunación, las personas dejan de observar sus consecuencias en su entorno cotidiano y pueden percibirla como una amenaza remota. Paradójicamente, el propio éxito de los programas de inmunización puede reducir la percepción de necesidad de continuar vacunándose. Si la enfermedad desaparece de la experiencia cotidiana mientras permanecen visibles los acontecimientos adversos posteriores a la vacunación, aunque estos sean infrecuentes, la comparación subjetiva entre ambos riesgos puede favorecer decisiones contrarias a la vacunación.

La conveniencia representa una tercera dimensión y comprende la disponibilidad física de los servicios, su accesibilidad geográfica, los costos directos e indirectos, la disposición de las personas a asumir gastos, la capacidad de comprender la información proporcionada y la facilidad con la que puede completarse el proceso de vacunación. Esto explica por qué determinadas intervenciones destinadas a reducir obstáculos prácticos pueden incrementar la vacunación incluso sin modificar profundamente las creencias de una persona. La evidencia de ensayos clínicos aleatorizados y de estudios de intervención demuestra que incrementar el acceso a la vacunación constituye una de las estrategias más eficaces para aumentar su aceptación, particularmente en contextos con menor disponibilidad de servicios sanitarios.

La comunicación sanitaria ocupa un lugar particularmente importante dentro de este problema, pero debe comprenderse con precisión. La información incorrecta puede modificar las percepciones sobre seguridad, eficacia y necesidad de las vacunas, mientras que la comunicación deficiente por parte de los servicios sanitarios puede favorecer incertidumbre y desconfianza. La expansión de las redes sociales ha aumentado considerablemente la velocidad con la que circulan afirmaciones relacionadas con la salud. Una revisión especializada señala que más de 75% de los padres y cuidadores pediátricos obtiene información sanitaria a través de internet, lo que convierte a las plataformas digitales en un espacio importante tanto para la difusión de información errónea como para la comunicación sanitaria basada en evidencia.

No obstante, corregir información falsa mediante la simple transmisión de más información no siempre constituye una solución suficiente. La reticencia surge de la interacción entre conocimientos, experiencias personales, confianza institucional, percepción del riesgo, normas sociales, accesibilidad de los servicios y características específicas de cada vacuna. Por esta razón, las intervenciones eficaces deben adaptarse al mecanismo que está produciendo la disminución de la vacunación. Una barrera relacionada con el acceso requiere facilitar la vacunación; una relacionada con la incertidumbre requiere comunicación clínica adecuada; una relacionada con la percepción insuficiente del riesgo requiere explicar las consecuencias de la enfermedad; y una relacionada con dificultades para completar una pauta puede responder mejor a sistemas de recordatorio y recuperación de personas que no han recibido las dosis correspondientes.

La evidencia acumulada indica que las intervenciones conductuales pueden incrementar de manera significativa la cobertura de vacunación. Un metaanálisis que incluyó 613 estudios encontró efectos favorables para diferentes estrategias, entre ellas campañas educativas, vacunación en el lugar donde se encuentra la población, vacunación gratuita, recomendaciones de instituciones y profesionales sanitarios, recordatorios, recuperación de personas pendientes de vacunación, diferentes formas de presentación de los mensajes y participación de personas que promueven activamente la vacunación. La recomendación realizada por profesionales sanitarios y la posibilidad de recibir la vacuna directamente en el lugar donde se desarrolla la intervención estuvieron entre las estrategias con mayores efectos observados.

La recomendación del profesional sanitario posee especial importancia debido a que la relación clínica proporciona un contexto de confianza en el que las dudas pueden abordarse individualmente. El profesional puede identificar la preocupación concreta, distinguir una contraindicación verdadera de una percepción errónea de contraindicación, explicar los beneficios esperados, contextualizar los acontecimientos adversos y establecer una decisión compartida basada en el riesgo individual y epidemiológico. En poblaciones pediátricas con reticencia, una revisión reciente identificó de forma recurrente la comunicación de los profesionales sanitarios, la educación de los padres y las intervenciones realizadas simultáneamente en diferentes niveles como componentes de estrategias exitosas.

Los recordatorios constituyen otra estrategia importante debido a que no todas las personas que no reciben una vacuna la rechazan. Algunas simplemente olvidan una cita, pierden una oportunidad de vacunación o no completan una pauta que requiere varias dosis. Un metaanálisis internacional que integró aproximadamente 6,125,795 participantes de 319 estudios encontró efectos positivos de las intervenciones destinadas a incrementar la vacunación. Las intervenciones basadas en diálogo aumentaron las tasas de vacunación en aproximadamente 43.1%, mientras que las intervenciones basadas en recordatorios y recuperación incrementaron la vacunación en aproximadamente 38.5%. Las intervenciones con varios componentes alcanzaron un incremento aproximado de 54.3%, aunque la magnitud del efecto dependió de las características de las poblaciones y de las coberturas iniciales.

Los resultados de otro metaanálisis que reunió 88 ensayos controlados aleatorizados y 1,628,768 participantes también mostraron que las estrategias de intervención incrementaron significativamente la probabilidad de vacunarse, con una razón de posibilidades global de 1.5. El incremento del acceso y los incentivos se encontraban entre las estrategias más prometedoras, mientras que el efecto del acceso era particularmente importante en países con menores ingresos y menor disponibilidad de atención sanitaria. Estos hallazgos refuerzan la idea de que la disminución de la vacunación no puede solucionarse exclusivamente mediante campañas educativas, debido a que una parte considerable del problema depende de barreras estructurales y conductuales.

La educación continúa siendo útil, especialmente cuando se integra dentro de una estrategia adaptada al contexto. En niños y adolescentes, una revisión sistemática y metaanálisis de 120 estudios encontró que las intervenciones educativas se asociaron con un incremento aproximado de 19% en la cobertura, mientras que los recordatorios produjeron un incremento aproximado de 15%, las intervenciones dirigidas a profesionales sanitarios alrededor de 13% y las intervenciones multinivel aproximadamente 25%. Estos resultados muestran que proporcionar información puede ser beneficioso, pero también que la educación funciona dentro de un conjunto más amplio de mecanismos capaces de modificar el comportamiento de vacunación.

La adaptación de las intervenciones al estado de disposición de la persona también parece relevante. Un metaanálisis reciente sobre intervenciones adaptadas a las diferentes etapas de disposición para modificar una conducta encontró un efecto favorable sobre la vacunación, con un tamaño del efecto combinado de 0.54. Los efectos fueron especialmente favorables entre adultos mayores y padres o cuidadores cuando la intervención buscaba aumentar la vacunación infantil. Este hallazgo es coherente con la naturaleza heterogénea de la reticencia: no todas las personas se encuentran en el mismo punto del proceso decisional y, por tanto, no deberían recibir necesariamente el mismo mensaje o la misma intervención.

En países de ingresos bajos y medianos, además, las intervenciones destinadas a incrementar la demanda pueden tener una importancia particular. Un metaanálisis de 11 estudios que incluyó 11,512 participantes encontró que las intervenciones orientadas a aumentar la demanda se asociaron con una mayor recepción de vacunas, con una razón de riesgo de 1.30. Las estrategias educativas y de transferencia de conocimientos mostraron una razón de riesgo de 1.40, mientras que las intervenciones que utilizaron incentivos mostraron una razón de riesgo de 1.28. Esto indica que las estrategias destinadas a reducir las barreras sociales y económicas pueden producir beneficios importantes cuando se combinan con intervenciones educativas.

Por ello, reducir la reticencia no debe plantearse como un intento de persuadir indiscriminadamente a toda la población. Una estrategia científicamente adecuada comienza identificando el mecanismo que genera la falta de vacunación. Es necesario distinguir entre desinformación, temor a acontecimientos adversos, desconfianza institucional, percepción reducida del riesgo de enfermedad, experiencias previas negativas, influencia de las normas sociales, dificultades económicas, problemas de transporte, ausencia de servicios, falta de recordatorios y problemas para completar esquemas de varias dosis. La matriz de determinantes de la reticencia propuesta por el Grupo de Trabajo del Strategic Advisory Group of Experts on Immunization precisamente intenta capturar esta heterogeneidad mediante la integración de factores contextuales, individuales y grupales, además de factores específicos de las vacunas y de los procesos de inmunización.

También es importante evitar que la discusión sobre reticencia transforme injustificadamente cualquier preocupación sobre la seguridad de las vacunas en una conducta irracional. Las vacunas, como cualquier intervención médica, pueden producir acontecimientos adversos, y una política de inmunización científicamente sólida necesita sistemas de vigilancia capaces de detectarlos, investigarlos y comunicarlos de manera transparente. La seguridad de las vacunas constituye solamente uno de los determinantes de la reticencia y no debe utilizarse como sinónimo del fenómeno completo. Cuando existe una preocupación legítima relacionada con un acontecimiento adverso, la respuesta adecuada consiste en investigarlo y proporcionar información comprensible y basada en evidencia, no en descalificar automáticamente la preocupación.

La comunicación de riesgos debe, por tanto, ser bidireccional. Informar de manera eficaz no significa simplemente proporcionar datos, sino comprender qué riesgo percibe la persona, cuál es la fuente de esa percepción y qué experiencias han contribuido a construirla. La comunicación clínica puede aprovechar la relación de confianza entre profesional y paciente para abordar específicamente esas preocupaciones. La evidencia disponible respalda especialmente las estrategias que incorporan recomendación profesional, diálogo y comunicación personalizada.

La respuesta tampoco puede limitarse al consultorio. Los sistemas de inmunización deben garantizar disponibilidad constante de vacunas, accesibilidad geográfica, horarios apropiados, mecanismos de recordatorio, sistemas de recuperación de personas con esquemas incompletos y capacidad para identificar rápidamente las comunidades donde están apareciendo brechas de inmunidad. Las experiencias recientes con enfermedades como sarampión y difteria muestran que la persistencia de grupos insuficientemente inmunizados puede permitir que microorganismos previamente controlados vuelvan a circular.

En consecuencia, las elevadas tasas de incidencia y mortalidad observadas durante brotes recientes de enfermedades prevenibles mediante vacunación constituyen una señal epidemiológica de que el control alcanzado históricamente no es irreversible. La inmunidad poblacional requiere mantenimiento continuo y depende tanto de la aceptación de las vacunas como de la capacidad de los sistemas sanitarios para proporcionarlas. Las brechas de cobertura pueden originarse por múltiples mecanismos y, cuando se mantienen durante suficiente tiempo, permiten la acumulación de personas susceptibles y aumentan la probabilidad de transmisión sostenida y de aparición de brotes. La evidencia internacional más reciente confirma que el aumento de los brotes constituye una amenaza para los avances alcanzados durante décadas.

Por ello, comprender las dudas, la reticencia y el rechazo a la vacunación no representa un objetivo secundario de los programas de inmunización, sino una condición necesaria para preservar su eficacia. La evidencia indica que no existe una intervención universal capaz de resolver todos los mecanismos de baja vacunación. Las estrategias más razonables combinan comunicación clínica de calidad, recomendación activa de profesionales sanitarios, educación adaptada a las necesidades de cada población, corrección cuidadosa de información falsa, recordatorios y recuperación de esquemas incompletos, aumento de la accesibilidad y eliminación de obstáculos económicos y geográficos. La selección de cada intervención debe basarse en el mecanismo predominante que explique la baja cobertura en la población concreta.

El objetivo final no consiste únicamente en conseguir que una persona individual acepte una vacuna, sino en mantener una cobertura suficientemente elevada y homogénea para impedir que se formen bolsas de susceptibilidad capaces de sostener la transmisión. Esta perspectiva permite comprender por qué una disminución aparentemente pequeña de la cobertura puede tener consecuencias desproporcionadas cuando se concentra en determinadas comunidades o grupos. La prevención de los brotes requiere, por tanto, combinar intervenciones individuales, clínicas, comunitarias y estructurales. La experiencia acumulada durante las últimas décadas demuestra que la vacunación puede prevenir una cantidad extraordinaria de enfermedad y muerte, pero también que sus beneficios dependen de la continuidad de los programas, de la confianza social y de la capacidad de los sistemas sanitarios para alcanzar a todas las personas que necesitan protección.

 

 

 

 

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Fuente y lecturas recomendadas:
  1. Harvey, H., Reissland, N., & Mason, J. M. (2015). Parental reminder, recall and educational interventions to improve early childhood immunisation uptake: A systematic review and meta-analysis. Vaccine, 33(25), 2862–2880. https://doi.org/10.1016/j.vaccine.2015.04.085
  2. Siddiqui, F. A., et al. (2022). Interventions to improve immunization coverage among children and adolescents: A meta-analysis. Pediatrics, 149(Supplement 5), e2021053852D. https://doi.org/10.1542/peds.2021-053852D
  3. Siddiqui, M. A., et al. (2022). Strategies to overcome vaccine hesitancy: A systematic review. Systematic Reviews, 11, 78. https://doi.org/10.1186/s13643-022-01941-4
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  10. A systematic review and meta-analysis of strategies to promote vaccination uptake. (2024). Nature Human Behaviour.
  11. Estimating the effects of interventions on increasing vaccination: Systematic review and meta-analysis. (2025).
  12. Effectiveness of stage-of-change tailored interventions in increasing uptake of any type of vaccination: A systematic review and meta-analysis. (2025).
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