Cuando una cirugía tiene un resultado desfavorable, el cirujano puede experimentar una combinación compleja de culpa, tristeza, ansiedad, frustración, miedo, vergüenza, impotencia y preocupación por el futuro del paciente. En algunos casos, estas emociones pueden ser tan intensas que interfieren con el sueño, la concentración, las relaciones personales y la confianza en sus propias capacidades profesionales. Sin embargo, no todos los cirujanos reaccionan de la misma manera, ni todas las complicaciones producen el mismo impacto psicológico. La intensidad de la respuesta depende de factores como la gravedad del daño, la posibilidad de prevenirlo, la relación que el profesional establece con el paciente, su experiencia, sus recursos para afrontar el estrés y el apoyo que recibe de sus colegas y de la institución donde trabaja. Una revisión sistemática de la literatura científica publicada en 2021 encontró que las complicaciones quirúrgicas pueden afectar profundamente el bienestar emocional, social y profesional de los cirujanos, y que algunas consecuencias persisten durante períodos prolongados.
La investigación científica permite comprender que el sufrimiento del cirujano no se explica simplemente porque una operación haya salido mal. Su reacción surge de la interacción entre la responsabilidad profesional, la incertidumbre inherente a la medicina, el vínculo con el paciente, la percepción de haber cometido un error y las consecuencias humanas de lo sucedido. Para comprenderlo adecuadamente, es necesario distinguir entre lo que siente el cirujano, las razones por las que experimenta esas emociones, la manera en que intenta controlarlas y las consecuencias que pueden tener sobre su vida y su práctica médica.
1. La primera reacción: impacto emocional, incredulidad y angustia
Cuando el cirujano reconoce que el resultado de una intervención es mucho peor de lo esperado, puede experimentar una reacción inicial de conmoción emocional. Esta reacción puede aparecer durante la operación, inmediatamente después de ella o cuando se confirma que el paciente ha sufrido una lesión, una discapacidad, una complicación grave o la muerte. En ese momento, el profesional debe procesar simultáneamente la información clínica, las decisiones que tomó, las posibilidades de recuperación del paciente y las acciones necesarias para evitar un mayor daño. La literatura sobre las consecuencias psicológicas de los eventos adversos en cirugía describe respuestas emocionales y cognitivas que incluyen ansiedad, tristeza, culpa, pensamientos repetitivos y dificultad para afrontar lo ocurrido.
La experiencia puede resultar especialmente intensa porque el cirujano no contempla el acontecimiento como un observador externo. Ha participado directamente en el procedimiento, ha tomado decisiones bajo presión y puede sentir que sus propias acciones están relacionadas con el desenlace. Incluso cuando la complicación era imprevisible o no podía evitarse, la cercanía temporal entre sus decisiones y el daño experimentado por el paciente puede generar una sensación de responsabilidad personal. Esta asociación entre responsabilidad profesional, percepción del error y sufrimiento emocional se ha identificado en investigaciones sobre la respuesta psicológica de los cirujanos ante los eventos adversos.
En algunas circunstancias, el profesional puede continuar trabajando con aparente normalidad mientras experimenta una intensa reacción emocional internamente. La necesidad de atender al paciente, coordinar al equipo, comunicar información clínica y tomar decisiones urgentes puede obligarlo a aplazar la expresión de sus emociones. Por tanto, una apariencia de tranquilidad durante una intervención o después de ella no demuestra necesariamente ausencia de sufrimiento. Las investigaciones cualitativas sobre el afrontamiento de las complicaciones quirúrgicas describen precisamente la tensión entre la necesidad de continuar desempeñando las funciones profesionales y la necesidad personal de procesar lo ocurrido.
2. La culpa: «¿Pude haber hecho algo diferente?»
La culpa es una de las emociones más frecuentes que experimentan los cirujanos después de un resultado adverso. Se manifiesta como la percepción de que uno ha contribuido a producir un daño y de que tenía la obligación, la capacidad o la oportunidad de haberlo evitado. En un metaanálisis publicado en 2026, que reunió 36 estudios sobre las consecuencias psicológicas de los eventos adversos en cirujanos, la prevalencia agrupada de culpa fue del 53,8 %. Este porcentaje describe los resultados combinados de los estudios incluidos, no la probabilidad de que cualquier cirujano experimente culpa después de cada operación complicada.
La culpa puede surgir incluso cuando no existe evidencia de negligencia o de una equivocación técnica. Esto sucede porque la evaluación emocional que una persona hace de sus propias decisiones no siempre coincide con la evaluación objetiva de los hechos. Un cirujano puede revisar mentalmente una decisión y preguntarse si debió elegir otra técnica, solicitar ayuda antes, intervenir en un momento diferente o reconocer más rápidamente una complicación. Sin embargo, al evaluar estas preguntas después del desenlace, dispone de información que quizá no estaba disponible durante la intervención. Este fenómeno puede favorecer una interpretación retrospectiva de las decisiones, en la que una alternativa parece evidente después de conocer el resultado, aunque no lo fuera en el momento de actuar. La literatura sobre el impacto de las complicaciones quirúrgicas identifica la percepción de responsabilidad y de error como factores relevantes para la intensidad de la respuesta emocional.
Por ejemplo, imaginemos una operación abdominal en la que se produce una hemorragia inesperada. El cirujano logra controlar el sangrado, pero el paciente requiere cuidados intensivos y presenta complicaciones posteriores. Aunque la hemorragia pudiera corresponder a un riesgo conocido del procedimiento y la actuación hubiera sido adecuada, el cirujano podría preguntarse durante días si una maniobra diferente habría reducido el daño. Esta situación ilustra cómo la responsabilidad percibida puede persistir aun cuando la revisión técnica del caso no demuestra una actuación incorrecta. Las investigaciones sobre las complicaciones quirúrgicas distinguen precisamente entre el impacto de los errores percibidos como evitables y el de las complicaciones que pueden producirse pese a una atención apropiada.
La culpa puede tener consecuencias diferentes según su intensidad. En una forma adaptativa, impulsa al profesional a revisar lo sucedido, reconocer los aspectos que pueden mejorarse y modificar los procedimientos para reducir la posibilidad de repetición. En una forma persistente y desproporcionada, puede convertirse en una autocrítica destructiva que impide distinguir entre una decisión razonable con un resultado desafortunado y una actuación realmente deficiente. Por eso, la investigación de un evento adverso debe considerar tanto las decisiones individuales como las condiciones clínicas, técnicas y organizativas en las que se tomaron.
3. La tristeza y el duelo cuando el paciente sufre
La tristeza puede ser especialmente profunda cuando el resultado quirúrgico implica una pérdida importante de la salud, una discapacidad permanente o la muerte del paciente. El cirujano puede sentir pesar por el sufrimiento de la persona, por el impacto que el desenlace tendrá en su familia y por la diferencia entre lo que esperaba conseguir y lo que finalmente ocurrió. La revisión sistemática y metaanálisis publicada en 2026 estimó que la tristeza o el estado de ánimo bajo estaban presentes en aproximadamente el 48,3 % de los cirujanos estudiados. En investigaciones centradas específicamente en la muerte de pacientes, la frecuencia de respuestas emocionales negativas fue todavía mayor, aunque los resultados variaron entre estudios.
El duelo del cirujano es distinto del duelo de los familiares, pero no por ello carece de importancia. La familia pierde a una persona con la que mantiene vínculos afectivos y una historia compartida; el profesional, por su parte, puede experimentar la pérdida de un paciente cuya recuperación constituía el objetivo de su trabajo y sentir que no logró cumplir aquello para lo que se había preparado. En determinados casos, especialmente cuando existió una relación clínica prolongada, el impacto puede incluir recuerdos de las conversaciones mantenidas, de las expectativas expresadas y de los esfuerzos realizados para conseguir un desenlace favorable. La literatura sobre el bienestar de los cirujanos identifica la tristeza, el sufrimiento emocional y las repercusiones personales de las complicaciones como componentes importantes de su experiencia.
La edad del paciente, la naturaleza de la enfermedad, la urgencia de la intervención y las circunstancias de la muerte también pueden influir en la reacción. La investigación sintetizada en la revisión de 2026 señala que algunos cirujanos experimentan un impacto emocional particularmente intenso cuando fallecen pacientes jóvenes. No obstante, no existe una regla universal que permita predecir qué caso afectará más a un profesional, porque la experiencia subjetiva depende de la relación clínica, las circunstancias del acontecimiento y los recursos personales para afrontar la pérdida.
Es importante destacar que sentir tristeza no significa necesariamente que el cirujano considere que ha fracasado profesionalmente. Puede reconocer que actuó de acuerdo con los conocimientos disponibles y, al mismo tiempo, lamentar profundamente que el paciente no se haya recuperado. La aceptación racional de que una complicación era inevitable no elimina automáticamente la reacción emocional ante sus consecuencias. La literatura especializada describe esta coexistencia entre la evaluación profesional del caso y el sufrimiento psicológico que puede persistir después del acontecimiento.
4. La ansiedad y el miedo a que vuelva a suceder
La ansiedad aparece cuando el cirujano anticipa nuevas consecuencias negativas, duda de sus decisiones o teme que un acontecimiento semejante vuelva a producirse. Puede manifestarse como preocupación persistente, inquietud antes de entrar al quirófano, dificultad para relajarse, tensión muscular, problemas de concentración o necesidad de revisar repetidamente las decisiones clínicas. En el metaanálisis publicado en 2026, la ansiedad fue uno de los síntomas más frecuentes, con una prevalencia agrupada del 56,3 %.
Una razón importante de esta respuesta es que el cirujano no solo evalúa lo que ocurrió, sino que también intenta anticipar sus implicaciones futuras. Puede preguntarse si volverá a confiar en su criterio, si sus colegas cuestionarán su capacidad, si tendrá que afrontar una investigación institucional o si un nuevo paciente podría experimentar una complicación semejante. La preocupación puede extenderse desde el desenlace clínico hasta la reputación profesional, la estabilidad laboral y la confianza de los pacientes. Las investigaciones sobre las consecuencias de los eventos adversos describen el temor a la evaluación de los compañeros, las repercusiones profesionales y la pérdida de confianza como factores que agravan el impacto psicológico.
En ocasiones, la ansiedad adopta la forma de anticipación catastrófica. Antes de una nueva intervención, el cirujano puede recordar involuntariamente la complicación anterior y pensar que algo parecido podría suceder otra vez. Esa preocupación no demuestra que haya perdido sus conocimientos o su habilidad técnica; puede reflejar una asociación aprendida entre determinadas situaciones quirúrgicas y una experiencia previa emocionalmente intensa. Sin embargo, cuando la ansiedad es persistente, puede afectar la confianza, el bienestar y la capacidad de concentrarse, por lo que resulta importante reconocerla y buscar apoyo cuando interfiere con el funcionamiento profesional.
El miedo también puede modificar la conducta clínica. Algunos profesionales responden aumentando las comprobaciones, solicitando segundas opiniones o modificando procedimientos para mejorar la seguridad. Estas respuestas pueden ser beneficiosas cuando se basan en una revisión objetiva de la evidencia. En cambio, si el miedo domina las decisiones, puede favorecer la evitación de intervenciones complejas, la práctica excesivamente defensiva o la pérdida de confianza. La literatura sobre el fenómeno de la segunda víctima describe tanto cambios constructivos en la práctica como respuestas de evitación y dificultades para recuperar la seguridad profesional.
5. La vergüenza y el temor al juicio de los demás
La vergüenza es diferente de la culpa. Mientras que la culpa se concentra principalmente en una acción —«quizá tomé una decisión equivocada»—, la vergüenza puede extenderse a la percepción que el profesional tiene de sí mismo: «quizá no soy tan buen cirujano como creía» o «los demás dejarán de confiar en mí». Esta diferencia es relevante porque la vergüenza puede amenazar la identidad profesional, no solamente la evaluación de una decisión clínica. Los estudios sobre las consecuencias psicológicas de los eventos adversos han identificado sentimientos de vergüenza, humillación y temor a la reacción de los compañeros como componentes del sufrimiento de los cirujanos.
En el metaanálisis publicado en 2026, la prevalencia agrupada de vergüenza o incomodidad por lo sucedido fue del 30,7 %. Este resultado muestra que una proporción considerable de los profesionales estudiados experimentó emociones relacionadas con la exposición de sus errores o con la percepción de haber quedado por debajo de las expectativas profesionales. Las cifras deben interpretarse teniendo en cuenta que los estudios incluidos utilizaron poblaciones, instrumentos y definiciones diferentes.
La cirugía suele exigir preparación rigurosa, capacidad de decisión, precisión técnica y responsabilidad ante situaciones de gran incertidumbre. Cuando se produce un resultado desfavorable, el profesional puede sentir que ese acontecimiento contradice la imagen de competencia que ha construido durante años. La reacción puede intensificarse si teme que sus colegas interpreten el resultado como prueba de incapacidad, si la complicación se comenta de manera humillante o si la institución fomenta una cultura en la que reconocer el sufrimiento se considera una señal de debilidad. La literatura sobre el bienestar de los cirujanos identifica la falta de apoyo y las barreras culturales para hablar de las emociones como problemas que dificultan la recuperación.
Este temor puede llevar al aislamiento. El cirujano quizá evite hablar de lo ocurrido, no porque no le afecte, sino porque teme ser juzgado o no encontrar comprensión. Sin embargo, ocultar el malestar no necesariamente lo resuelve. En los estudios revisados, la conversación con colegas y profesionales de mayor experiencia aparece como una de las principales estrategias utilizadas para afrontar las consecuencias de los eventos adversos.
6. La impotencia y la frustración ante los límites de la medicina
Una de las experiencias más difíciles para un cirujano es comprobar que el conocimiento, la experiencia y el esfuerzo no siempre garantizan la recuperación del paciente. La cirugía permite corregir determinadas lesiones, extirpar tumores, reconstruir tejidos y tratar enfermedades potencialmente mortales, pero no elimina la incertidumbre biológica. El estado previo del paciente, la respuesta inflamatoria, las infecciones, las alteraciones de la coagulación, las enfermedades concomitantes y otros factores pueden influir en la evolución, incluso cuando el procedimiento se desarrolla correctamente. La literatura sobre las complicaciones quirúrgicas subraya la importancia de distinguir entre un riesgo inherente al procedimiento y un error prevenible, porque ambos pueden producir resultados desfavorables, pero no representan necesariamente el mismo problema clínico o ético.
La impotencia aparece cuando el cirujano percibe que ha agotado las opciones razonables o que las intervenciones disponibles no bastan para revertir el daño. Puede sentir frustración porque su objetivo era curar y, sin embargo, debe aceptar una recuperación incompleta, una discapacidad o un desenlace fatal. Esa experiencia es especialmente dolorosa cuando se han invertido muchas horas en la operación, se han solicitado recursos adicionales y se han realizado maniobras de rescate sin obtener el resultado esperado. Las revisiones científicas describen el peso emocional que tienen las complicaciones graves y la dificultad de reconciliar el compromiso profesional con los límites reales de la medicina.
La frustración también puede dirigirse hacia el propio sistema sanitario. Un cirujano podría considerar que la falta de recursos, la demora en el diagnóstico, una comunicación deficiente, la insuficiencia de personal o problemas de coordinación contribuyeron al desenlace. Cuando el profesional percibe que existían condiciones institucionales que dificultaron una atención segura, el sufrimiento puede incluir una sensación de injusticia y un conflicto entre sus obligaciones clínicas y las posibilidades reales de cumplirlas. La literatura sobre el bienestar de los cirujanos destaca que la respuesta a los eventos adversos no depende exclusivamente de características individuales, sino también de las condiciones de trabajo, la cultura institucional y la disponibilidad de apoyo.
Por ello, un mal resultado no debe interpretarse automáticamente como una demostración de incompetencia. La evaluación debe determinar qué ocurrió, cuáles eran las alternativas disponibles, qué información se conocía en cada momento y si la atención se ajustó a los estándares pertinentes. Esta distinción protege tanto la calidad de la evaluación clínica como la posibilidad de que el profesional aprenda de lo sucedido sin asumir una responsabilidad que no le corresponde.
7. Los pensamientos repetitivos y la dificultad para dormir
Después de una complicación importante, algunos cirujanos continúan pensando en el acontecimiento incluso cuando ya han terminado su jornada laboral. Pueden reconstruir mentalmente la operación, recordar una maniobra específica, repasar las decisiones tomadas o imaginar cómo habría evolucionado el paciente si se hubiera elegido otra alternativa. Estos pensamientos repetitivos se conocen como rumiación y pueden mantener activa la respuesta emocional mucho después de que haya terminado la situación que la desencadenó. En el metaanálisis de 2026, la prevalencia agrupada de rumiación fue del 54,5 %, mientras que las alteraciones del sueño se situaron aproximadamente en el 50,5 %.
La rumiación puede comenzar como un intento de comprender lo ocurrido. El cirujano busca una explicación, identifica decisiones relevantes y trata de establecer qué podría hacer de manera diferente en el futuro. Este proceso es potencialmente útil cuando conduce a conclusiones concretas y a mejoras de la práctica clínica. Sin embargo, cuando se vuelve repetitivo, circular y predominantemente autocrítico, puede dejar de producir información nueva y prolongar el malestar. Las investigaciones sobre el afrontamiento de los eventos adversos distinguen entre la reflexión constructiva orientada al aprendizaje y las consecuencias negativas de permanecer atrapado en el recuerdo de la complicación.
Los problemas de sueño pueden aparecer porque la persona permanece mentalmente alerta, anticipa nuevas dificultades o revive aspectos del procedimiento. Dormir mal puede, a su vez, dificultar la regulación emocional y aumentar la sensación de agotamiento al día siguiente. No obstante, las cifras disponibles describen síntomas comunicados en estudios heterogéneos y no permiten concluir que todos los cirujanos desarrollen un trastorno del sueño clínicamente diagnosticable.
En los casos más graves, las experiencias pueden acompañarse de síntomas compatibles con una respuesta traumática, como recuerdos intrusivos, evitación de situaciones asociadas al acontecimiento, hipervigilancia o angustia intensa. Estos síntomas no deben confundirse automáticamente con un diagnóstico de trastorno de estrés postraumático, que requiere una evaluación clínica específica. La investigación sobre el bienestar de los cirujanos reconoce que algunos eventos graves pueden tener consecuencias psicológicas prolongadas, aunque la intensidad y la duración varían considerablemente entre individuos.
8. El fenómeno de la segunda víctima: cuando el profesional también resulta afectado
En la literatura científica se utiliza el concepto de segunda víctima para describir al profesional sanitario que experimenta consecuencias psicológicas, físicas o profesionales después de un evento adverso que afecta a un paciente. El término no significa que el sufrimiento del cirujano sea equivalente al daño sufrido por el paciente ni que el profesional deba ocupar el centro de atención en detrimento de la persona afectada. Su finalidad es reconocer que un acontecimiento clínico puede perjudicar simultáneamente al paciente y al profesional responsable de su atención. Este fenómeno se ha estudiado específicamente en cirugía mediante revisiones sistemáticas y estudios observacionales.
El fenómeno puede comprender varias dimensiones:
- Dimensión emocional: culpa, tristeza, ansiedad, vergüenza, miedo e impotencia.
- Dimensión cognitiva: rumiación, pérdida de confianza, dudas sobre las decisiones y dificultades para concentrarse.
- Dimensión física: agotamiento, tensión y alteraciones del sueño.
- Dimensión profesional: temor a cometer otro error, cambios en la conducta clínica, desgaste laboral y, en algunos casos, deseos de abandonar la profesión.
- Dimensión social: aislamiento, dificultades para hablar del acontecimiento y repercusiones en las relaciones personales.
Estas manifestaciones se han descrito en revisiones científicas sobre el bienestar de los cirujanos y sobre las consecuencias de los eventos adversos para los profesionales sanitarios. No todos los afectados experimentan todas estas dimensiones, y su intensidad depende de las circunstancias del acontecimiento y de los recursos disponibles para afrontarlo.
El fenómeno es especialmente importante porque el sufrimiento puede permanecer oculto. El cirujano puede continuar atendiendo pacientes, cumpliendo sus obligaciones y participando en intervenciones mientras experimenta una intensa preocupación. En ambientes profesionales donde se espera que los médicos sean siempre seguros y emocionalmente resistentes, admitir el malestar puede parecer incompatible con la imagen de competencia. Esta percepción puede retrasar la búsqueda de ayuda y favorecer que el profesional intente resolver en soledad una situación que requiere apoyo personal, clínico y organizativo.
9. ¿Qué siente el cirujano cuando el paciente fallece?
La muerte de un paciente puede representar uno de los desenlaces emocionalmente más difíciles de afrontar, particularmente cuando el objetivo de la operación era salvarle la vida y el fallecimiento se produce durante la intervención o poco después de ella. El cirujano puede experimentar tristeza, culpa, impotencia y una necesidad intensa de comprender si existían alternativas que hubieran permitido evitar el desenlace. En algunos casos, el impacto puede persistir incluso cuando la muerte se debió a la gravedad de la enfermedad o a una complicación que no podía prevenirse razonablemente.
El profesional también puede preocuparse por la comunicación con los familiares. Informar que una persona ha fallecido después de una operación exige transmitir hechos difíciles, explicar lo que se conoce y reconocer la incertidumbre cuando todavía no existe una explicación definitiva. Si el cirujano siente que no cumplió las expectativas que había generado, esta conversación puede intensificar la sensación de responsabilidad. La literatura sobre las consecuencias de las complicaciones quirúrgicas identifica la comunicación, el temor al juicio y las repercusiones emocionales y profesionales como elementos relevantes del proceso de afrontamiento.
La muerte también puede modificar la manera en que el cirujano recuerda al paciente. Puede recordar su estado antes de la intervención, las conversaciones sobre los riesgos, las expectativas de recuperación o los esfuerzos realizados durante la operación. Estas reflexiones pueden formar parte de un proceso normal de elaboración emocional, pero también pueden prolongar el sufrimiento cuando se convierten en una revisión incesante de lo ocurrido. La investigación disponible documenta que los resultados desfavorables, especialmente los más graves, pueden tener consecuencias emocionales persistentes para los cirujanos.
Es fundamental distinguir el sufrimiento por la muerte de un paciente de la responsabilidad profesional por esa muerte. El hecho de que un cirujano sienta culpa no demuestra que haya cometido un error, del mismo modo que la ausencia de culpa no demuestra que la actuación haya sido correcta. La responsabilidad debe establecerse mediante una evaluación objetiva de los hechos, las decisiones clínicas y los estándares aplicables, mientras que la respuesta emocional requiere atención por sus propios méritos.
10. ¿Qué ocurre cuando el cirujano considera que cometió un error?
Cuando el profesional cree que una decisión, una omisión o una maniobra contribuyó a producir un daño evitable, la experiencia puede adquirir una dimensión moral más intensa. Además de la tristeza por el paciente, puede experimentar culpa, vergüenza, temor a las consecuencias legales y preocupación por haber incumplido sus propias obligaciones. Los estudios sobre el impacto de los eventos adversos indican que los acontecimientos interpretados como errores pueden generar una respuesta emocional más intensa que algunas complicaciones reconocidas como riesgos inherentes a la intervención, aunque esta asociación no aparece de forma uniforme en todos los estudios.
En estas circunstancias, el cirujano necesita distinguir entre tres cuestiones. La primera es qué ocurrió clínicamente. La segunda es si las decisiones tomadas fueron razonables con la información disponible en aquel momento. La tercera es qué medidas deben adoptarse para proteger al paciente, reparar el daño cuando sea posible y evitar que se repita un problema semejante. Confundir estas preguntas puede llevar a dos extremos igualmente perjudiciales: atribuirse una culpa injustificada por una complicación inevitable o evitar reconocer una equivocación real por miedo a las consecuencias. Las revisiones sobre el bienestar de los cirujanos destacan la importancia de combinar el análisis del evento con el aprendizaje y con mecanismos de apoyo profesional.
Si se confirma un error, una respuesta profesional adecuada incluye reconocer los hechos, participar en la revisión clínica, comunicar la información pertinente conforme a las obligaciones éticas e institucionales y contribuir a las medidas correctivas. El sufrimiento emocional no elimina la obligación de rendir cuentas, pero la rendición de cuentas tampoco exige que el profesional permanezca sin apoyo psicológico. La seguridad del paciente y el bienestar del cirujano no son objetivos incompatibles: pueden reforzarse cuando existe una cultura que favorece la transparencia, el aprendizaje y la prevención de nuevos daños.
11. ¿Por qué algunos cirujanos se recuperan y otros permanecen afectados durante mucho tiempo?
La recuperación no depende exclusivamente de la fortaleza individual. Influyen la gravedad del evento, la percepción de responsabilidad, la experiencia acumulada, las estrategias de afrontamiento, el apoyo de los colegas y la respuesta de la institución. La revisión de alcance publicada en 2021 concluyó que las consecuencias psicosociales de las complicaciones son variables y que la recuperación depende de una combinación de factores personales y organizativos.
Un cirujano con amplia experiencia puede disponer de mejores recursos para contextualizar el acontecimiento, reconocer que los resultados adversos forman parte de una actividad clínicamente compleja y recurrir a colegas de confianza. Sin embargo, la experiencia no inmuniza contra el sufrimiento. Los profesionales con muchos años de práctica también pueden verse profundamente afectados, sobre todo si el acontecimiento es grave, inesperado o contrario a sus valores. Las investigaciones han encontrado diferencias entre grupos de profesionales, pero no permiten establecer una regla universal según la cual los cirujanos experimentados siempre se recuperen mejor que los principiantes.
También es importante la interpretación del acontecimiento. Cuando el cirujano consigue convertir la revisión del caso en un proceso de aprendizaje concreto, puede recuperar gradualmente la confianza. Cuando interpreta el desenlace como una prueba definitiva de incompetencia personal, puede desarrollar una visión más negativa de sí mismo y de su futuro profesional. La reflexión estructurada, el apoyo de colegas y la contextualización del evento se encuentran entre las estrategias de afrontamiento descritas en la literatura especializada.
Por otra parte, una respuesta institucional punitiva, humillante o poco transparente puede agravar el sufrimiento. Si el cirujano percibe que no puede hablar honestamente sobre lo ocurrido, que será juzgado sin una investigación adecuada o que la institución se desentiende de su bienestar, puede sentirse aislado. Por ello, la recuperación debe considerarse una responsabilidad compartida entre el profesional, sus compañeros y la organización sanitaria.
12. ¿Cómo afronta el cirujano estas emociones?
Las estrategias de afrontamiento varían, pero la evidencia identifica varias respuestas relativamente frecuentes. En el metaanálisis publicado en 2026, el 72,5 % de los participantes incluidos en los estudios pertinentes comunicó que hablar con colegas o con un cirujano de mayor experiencia era una estrategia de afrontamiento utilizada. El 52,0 % recurrió a familiares o amistades, y el 45,3 % comunicó la práctica de ejercicio físico. Estas cifras corresponden a las estrategias identificadas en los estudios incluidos y no significan que todas las personas utilizaran cada una de ellas.
Hablar con otros cirujanos. Conversar con un colega de confianza permite revisar los hechos, contrastar interpretaciones y reconocer que el sufrimiento después de una complicación no es una experiencia excepcional. Esta conversación puede ayudar a distinguir las dudas clínicas que necesitan una respuesta técnica de las emociones que requieren elaboración personal. El apoyo entre colegas es una de las estrategias más documentadas en los estudios sobre las segundas víctimas.
Revisar el caso de manera estructurada. El análisis clínico permite identificar los factores que contribuyeron al resultado, determinar si existieron oportunidades de mejora y establecer medidas preventivas. Cuando se realiza de manera rigurosa y no humillante, puede transformar una experiencia dolorosa en conocimiento útil para la seguridad de futuros pacientes. La participación en revisiones de casos y en actividades de mejora de la calidad se encuentra entre las respuestas profesionales descritas después de los eventos adversos.
Buscar apoyo emocional. La familia, las amistades y los profesionales de salud mental pueden ayudar a procesar la tristeza, la ansiedad y la culpa. Sin embargo, no todas las personas disponen de redes de apoyo adecuadas y algunas pueden evitar pedir ayuda por temor al estigma profesional. La literatura señala que los recursos institucionales de apoyo han sido insuficientes en diversos contextos y que es necesario facilitar el acceso a servicios apropiados.
Recuperar una perspectiva equilibrada. Recordar intervenciones previas satisfactorias, reconocer las limitaciones reales de la medicina y considerar las circunstancias concretas de cada paciente puede ayudar a evitar que un único resultado desfavorable defina toda una trayectoria profesional. Esta contextualización no consiste en minimizar el sufrimiento ni en justificar automáticamente las decisiones tomadas, sino en evaluar el acontecimiento dentro de su contexto clínico real. La reflexión y la reinterpretación constructiva figuran entre las estrategias descritas en la investigación sobre el afrontamiento de las complicaciones quirúrgicas.
Recurrir a ayuda profesional cuando sea necesario. Si el malestar persiste, altera el sueño, afecta las relaciones personales, reduce significativamente la confianza o interfiere con el desempeño clínico, puede ser apropiado solicitar una evaluación psicológica o psiquiátrica. La ayuda profesional no implica necesariamente que el cirujano padezca un trastorno mental; permite determinar la naturaleza del malestar y ofrecer una intervención proporcionada a sus necesidades. Las revisiones científicas recomiendan desarrollar sistemas de apoyo específicos para los profesionales afectados por eventos adversos.
13. ¿El sufrimiento puede afectar las siguientes cirugías?
Sí, en determinados casos. Una complicación previa puede modificar la manera en que el cirujano se prepara para intervenir, evalúa los riesgos, solicita ayuda o decide qué procedimientos realizar. Algunas modificaciones son beneficiosas porque surgen de una revisión crítica de la experiencia y mejoran la seguridad. Otras pueden resultar perjudiciales si el miedo lleva a evitar situaciones clínicas necesarias, a adoptar una práctica excesivamente defensiva o a perder confianza sin que exista una razón objetiva para ello. Estos efectos sobre la conducta profesional se describen en las revisiones de las consecuencias de los eventos adversos en cirugía.
El agotamiento y las dificultades de sueño merecen especial atención porque pueden coincidir con las exigencias cognitivas de la práctica quirúrgica. La cirugía requiere mantener la atención, integrar información, tomar decisiones y coordinar acciones bajo condiciones de presión. Por ello, un profesional que experimenta un deterioro importante de su funcionamiento debe disponer de evaluación y apoyo adecuados, en lugar de verse obligado a ocultar sus dificultades. La investigación sobre el bienestar de los cirujanos subraya la relación entre los eventos adversos, el bienestar profesional y la necesidad de respuestas institucionales.
A largo plazo, algunos profesionales recuperan su confianza y continúan ejerciendo con una comprensión más profunda de los riesgos y de sus propias limitaciones. Otros pueden desarrollar desgaste profesional, pérdida de satisfacción laboral o deseos de abandonar la cirugía. La evidencia identifica estas consecuencias como posibles, pero no permite afirmar que sean inevitables ni que todo cirujano que experimenta una complicación vaya a sufrir un deterioro duradero.
14. ¿Qué necesita un cirujano después de un mal resultado?
La respuesta más adecuada combina una evaluación clínica rigurosa con un entorno humano y profesional que permita reconocer el impacto del acontecimiento. No basta con pedirle al cirujano que sea fuerte o que aprenda de sus errores. También es necesario que pueda comprender qué sucedió, comunicar los hechos con honestidad, recibir apoyo y participar en las mejoras que resulten necesarias. Las revisiones sistemáticas sobre el bienestar de los cirujanos recomiendan abordar el problema mediante medidas individuales, departamentales e institucionales.
Un sistema de apoyo eficaz puede incluir conversaciones confidenciales con colegas preparados para ofrecer ayuda, reuniones de revisión clínica que eviten la humillación, acceso a profesionales de salud mental y procedimientos claros para responder a los eventos adversos. También debe facilitar la identificación de problemas organizativos, porque atribuir automáticamente todo el desenlace a una sola persona puede impedir que se detecten factores del sistema que contribuyeron al daño. La literatura sobre el fenómeno de la segunda víctima destaca la necesidad de intervenciones estructuradas, apoyo entre colegas y cambios culturales que normalicen la búsqueda de ayuda.
El apoyo al cirujano no debe confundirse con eximirlo de responsabilidad. Si existió una actuación incorrecta, es necesario investigarla y establecer las medidas correspondientes. Si el desenlace fue consecuencia de una complicación inevitable, también es necesario reconocerlo para evitar que el profesional cargue con una culpa injustificada. En ambos casos, la atención al paciente, la transparencia y el aprendizaje deben mantenerse como prioridades, junto con el reconocimiento del impacto psicológico que el acontecimiento puede producir.
Fuente y lecturas recomendadas:
- Bryan, J., Ketley, A., Cavanagh, K., Bisset, C., Moug, S., Wyld, L., & Morgan, J. (2026). Second victim syndrome in surgeons: Systematic review and meta-analysis of the impact of adverse events on surgeons. British Journal of Surgery, 113(1), znaf258. https://doi.org/10.1093/bjs/znaf258
- Le, H. D., Wolinska, J. M., & Baertschiger, R. M. (2023). Complication is inevitable, but suffering is optional—Psychological aspects of dealing with complications in surgery. European Surgical Research, 64(3), 181–190. https://doi.org/10.1055/s-0043-1767830
- Siddaiah-Subramanya, M., To, H., & Haigh, C. (2021). The psychosocial impact of surgical complications on the operating surgeon: A scoping review. Annals of Medicine and Surgery, 67, Article 102530. https://doi.org/10.1016/j.amsu.2021.102530
- Srinivasa, S., Gurney, J., & Koea, J. (2019). Potential consequences of patient complications for surgeon well-being: A systematic review. JAMA Surgery, 154(5), 451–457. https://doi.org/10.1001/jamasurg.2018.5640
- Turner, K., Bolderston, H., Thomas, K., Greville-Harris, M., Withers, C., & McDougall, S. (2022). Impact of adverse events on surgeons. British Journal of Surgery, 109(4), 308–310. https://doi.org/10.1093/bjs/znac031
Síguenos en X: @el_homomedicus y @enarm_intensivo Síguenos en instagram: homomedicus y en Treads.net como: Homomedicus


