Tratamiento de la coartación aórtica
Tratamiento de la coartación aórtica

Tratamiento de la coartación aórtica

La coartación de la aorta es una malformación cardiovascular congénita caracterizada por un estrechamiento localizado de la aorta, habitualmente situado en la región próxima a la inserción del conducto arterioso y distal al origen de la arteria subclavia izquierda. Sin embargo, desde una perspectiva fisiopatológica contemporánea, no debe considerarse exclusivamente como una obstrucción anatómica puntual, porque forma parte de una alteración más amplia de la aorta y del sistema vascular. Puede coexistir con hipoplasia del arco aórtico, válvula aórtica bicúspide, aneurismas de la aorta ascendente, alteraciones de la circulación arterial colateral y aneurismas intracraneales. Esta naturaleza sistémica explica por qué la corrección anatómica del segmento estrechado no siempre elimina completamente el riesgo cardiovascular y por qué la vigilancia debe mantenerse durante toda la vida.

La necesidad de tratar la coartación de la aorta se comprende, en primer lugar, a partir de las consecuencias hemodinámicas producidas por el estrechamiento. Cuando el diámetro de la aorta disminuye de manera importante, aumenta la resistencia al flujo sanguíneo a través del segmento afectado y se genera una diferencia de presión entre las regiones situadas proximal y distalmente a la obstrucción. Como consecuencia, el ventrículo izquierdo debe desarrollar una presión sistólica mayor para mantener la perfusión de los territorios situados después de la coartación. La exposición prolongada a esta sobrecarga de presión favorece el desarrollo de hipertrofia ventricular izquierda y, con el tiempo, puede contribuir al deterioro de la función ventricular y a la insuficiencia cardíaca. De manera simultánea, los tejidos de la mitad inferior del organismo pueden recibir una presión de perfusión menor, mientras que las extremidades superiores y los órganos situados proximalmente a la obstrucción quedan expuestos a una presión arterial elevada.

La importancia de intervenir no significa, sin embargo, que toda coartación deba tratarse mediante el mismo procedimiento ni que todas evolucionen exactamente de la misma manera. La expresión clínica depende de la gravedad de la obstrucción, de la edad, del desarrollo de circulación colateral, de la presencia de hipoplasia del arco aórtico y de las anomalías cardíacas asociadas. Las formas graves pueden producir insuficiencia cardíaca y compromiso circulatorio durante el período neonatal, mientras que las formas menos pronunciadas pueden permanecer sin diagnóstico durante años y manifestarse posteriormente principalmente como hipertensión arterial. Por ello, la ausencia de síntomas no demuestra que la enfermedad sea fisiológicamente inocua. En adultos, la coartación puede descubrirse durante el estudio de una hipertensión arterial aparentemente primaria, especialmente cuando existe una diferencia de presión arterial entre las extremidades superiores e inferiores o cuando se identifica hipertrofia ventricular izquierda.

Por qué es necesario prevenir la progresión de la enfermedad

La afirmación de que la coartación puede empeorar con el tiempo debe interpretarse con cierta precisión. No todas las coartaciones experimentan una progresión anatómica lineal y uniforme, pero una obstrucción significativa mantiene una alteración hemodinámica que puede producir consecuencias progresivas sobre el corazón, la aorta y la vasculatura. La presión arterial elevada proximal a la coartación incrementa continuamente la carga contra la cual debe trabajar el ventrículo izquierdo. Además, la propia enfermedad se asocia con anomalías estructurales de la pared arterial y con alteraciones de la elasticidad vascular. Por esta razón, incluso cuando el diámetro de la zona estrechada permanece relativamente estable, la repercusión cardiovascular puede aumentar con el transcurso de los años. La historia natural de la enfermedad antes de la generalización de la reparación mostró una mortalidad considerablemente mayor que la esperable en la población general, particularmente a edades relativamente tempranas.

La evidencia histórica de la evolución natural demuestra la gravedad potencial de una coartación no corregida. En una serie clásica de pacientes, la supervivencia se reducía progresivamente con la edad y las principales causas de muerte incluían complicaciones cardiovasculares graves. Aunque estos datos proceden de una época anterior a las técnicas diagnósticas y terapéuticas modernas y, por tanto, no deben utilizarse para estimar directamente el pronóstico actual de una persona diagnosticada y tratada, sí establecen un principio fundamental: una coartación hemodinámicamente significativa no constituye una alteración anatómica meramente incidental. El tratamiento moderno ha transformado considerablemente el pronóstico, pero lo ha hecho precisamente mediante la reducción de la obstrucción y el control de sus consecuencias, no porque la enfermedad carezca de riesgos intrínsecos.

Prevención de la hipertensión arterial y del daño cardiovascular

Una de las razones más importantes para tratar la coartación es reducir la exposición prolongada a la hipertensión arterial. La hipertensión puede estar presente antes de la reparación y puede persistir después de una corrección anatómicamente satisfactoria. Cuando existe una obstrucción significativa, el aumento de la presión arterial proximal puede estar directamente relacionado con la resistencia al flujo; no obstante, después de la reparación intervienen mecanismos adicionales que pueden mantener una presión arterial elevada. Entre ellos se encuentran la activación del sistema renina-angiotensina, las alteraciones de la elasticidad de la aorta, la disfunción endotelial, las modificaciones de la geometría del arco aórtico y el aumento de la rigidez ventricular. También pueden existir hipertensión arterial durante el ejercicio e hipertensión arterial enmascarada que no se detectan mediante una medición aislada en reposo.

La persistencia de hipertensión después de la reparación tiene importancia pronóstica porque la presión arterial elevada continúa sometiendo al ventrículo izquierdo y a la pared arterial a una carga mecánica anormal. Estudios de seguimiento a largo plazo han demostrado que la hipertensión después de la reparación es frecuente y que la presión arterial sistólica posterior a la intervención constituye un factor asociado con el pronóstico. En una cohorte contemporánea de adultos sometidos previamente a reparación, se observó una carga cardiovascular sustancial durante décadas de seguimiento, con aparición de nuevas intervenciones sobre el arco aórtico, la válvula aórtica y la aorta ascendente, además de persistencia de hipertensión y enfermedad residual o recurrente. Estos resultados explican por qué la reparación debe entenderse como el comienzo de una estrategia de tratamiento y vigilancia, y no como el final definitivo de la enfermedad.

Prevención de insuficiencia cardíaca y mejoría de la función ventricular

La sobrecarga de presión producida por la coartación obliga al ventrículo izquierdo a generar presiones mayores para expulsar la sangre hacia la circulación sistémica. Inicialmente, el miocardio responde mediante hipertrofia de sus paredes, mecanismo compensatorio que permite mantener el gasto cardíaco frente a una mayor poscarga. Sin embargo, cuando la sobrecarga persiste durante períodos prolongados, la hipertrofia puede acompañarse de incremento de la rigidez ventricular, alteración del llenado diastólico, deterioro de la reserva contráctil y, en determinados pacientes, disfunción ventricular. La reducción de la obstrucción mediante una intervención eficaz disminuye la poscarga y elimina el componente mecánico principal de esta sobrecarga, lo que puede favorecer la recuperación o estabilización de la función ventricular.

La relación entre reparación y función cardíaca no debe reducirse, por tanto, a una simple disminución de la presión arterial. El objetivo es restablecer una distribución de presiones y un flujo aórtico más fisiológicos, disminuir el gradiente producido por la obstrucción y evitar que el ventrículo izquierdo permanezca sometido a una carga excesiva. El beneficio potencial es especialmente importante cuando la intervención se realiza antes de que aparezcan cambios miocárdicos irreversibles. Los estudios de seguimiento han asociado una edad más temprana al momento de la reparación con una menor frecuencia posterior de hipertensión, aunque la decisión terapéutica debe individualizarse según la anatomía, la gravedad de la obstrucción y las características clínicas de cada paciente.

Prevención de aneurismas, disección y otras complicaciones vasculares

La coartación de la aorta se relaciona con un riesgo aumentado de alteraciones de la pared aórtica. La hipertensión crónica incrementa el estrés mecánico sobre la pared vascular y, junto con la alteración estructural propia de la aortopatía asociada a la coartación, puede favorecer la formación de dilataciones aneurismáticas. Los aneurismas pueden aparecer en la aorta ascendente, especialmente cuando existe una válvula aórtica bicúspide, o en regiones relacionadas con el segmento previamente reparado. También pueden aparecer pseudoaneurismas en los sitios de reparación. Estas lesiones son clínicamente relevantes porque pueden progresar, producir compresión de estructuras vecinas, sufrir rotura o asociarse con disección aórtica.

La asociación con enfermedad cerebrovascular constituye otra razón para considerar la coartación como una enfermedad vascular sistémica. Los pacientes pueden presentar aneurismas intracraneales, y la hipertensión crónica incrementa el riesgo de acontecimientos cerebrovasculares. Un estudio poblacional encontró que los adultos con coartación presentaban accidentes cerebrovasculares a edades significativamente menores que las personas sin esta anomalía. En quienes presentaron accidentes cerebrovasculares hemorrágicos, también se observó una mayor prevalencia de aneurismas intracraneales. Por consiguiente, el tratamiento de la obstrucción y el control riguroso de la presión arterial forman parte de una estrategia destinada no solamente a proteger el corazón, sino también a reducir la carga vascular cerebral y sistémica.

La enfermedad coronaria prematura también forma parte de las complicaciones descritas durante el seguimiento de personas con coartación reparada. La hipertensión persistente, las alteraciones de la función vascular y la exposición prolongada a factores hemodinámicos adversos pueden contribuir al desarrollo de enfermedad cardiovascular adquirida. En series de seguimiento prolongado, la enfermedad coronaria ha figurado entre las principales causas de mortalidad tardía. Por ello, corregir la obstrucción durante una etapa apropiada y mantener un control cardiovascular permanente tiene como finalidad disminuir la exposición acumulativa a estos factores de riesgo.

Endocarditis infecciosa

La endocarditis infecciosa también ha sido descrita como una complicación de la coartación, aunque esta relación debe explicarse con mayor cautela que la hipertensión o las complicaciones aórticas. La coartación puede asociarse con alteraciones anatómicas y lesiones cardiovasculares concomitantes que modifican el flujo sanguíneo y pueden favorecer fenómenos de lesión endotelial. Además, la enfermedad puede coexistir con una válvula aórtica bicúspide, que por sí misma constituye una anomalía cardiovascular relevante. Existen series históricas que documentaron endocarditis en personas con coartación y estudios de seguimiento que encontraron una incidencia acumulada de endocarditis después de la reparación. Sin embargo, la evidencia contemporánea no justifica afirmar que la reparación de toda coartación elimine el riesgo de endocarditis ni que todos los pacientes con coartación requieran profilaxis antibiótica. La prevención de la endocarditis debe determinarse de acuerdo con las características cardiovasculares específicas y con las recomendaciones vigentes para los grupos de mayor riesgo.

Alivio de los síntomas y beneficio funcional

La reparación puede mejorar síntomas derivados de la obstrucción y de la hipertensión, aunque la ausencia de síntomas no debe utilizarse como criterio único para decidir si una persona requiere intervención. Las manifestaciones clínicas pueden incluir cefalea, mareo, epistaxis, disnea, fatiga, dolor torácico, claudicación de las extremidades inferiores y disminución de la tolerancia al ejercicio. En los casos graves durante la infancia pueden aparecer insuficiencia cardíaca y compromiso de la perfusión sistémica. En adultos, la enfermedad puede permanecer silenciosa durante años y manifestarse únicamente por hipertensión, diferencias de presión arterial o hallazgos de imagen. La reparación reduce la obstrucción y puede mejorar la hemodinámica, pero la persistencia de hipertensión después de la intervención demuestra que la mejoría anatómica y la normalización completa de la fisiología vascular no son equivalentes.

Tratamiento quirúrgico: resección y anastomosis

La cirugía convencional continúa teniendo un papel fundamental, particularmente en recién nacidos, lactantes y niños pequeños, en quienes las características anatómicas pueden hacer preferible una reconstrucción quirúrgica. El procedimiento clásico consiste en resecar el segmento coartado y establecer una continuidad directa entre los segmentos aórticos sanos mediante una anastomosis terminoterminal. Cuando el estrechamiento se extiende a una longitud mayor o existe hipoplasia del arco, puede realizarse una anastomosis terminoterminal ampliada, que permite reconstruir un segmento más extenso y obtener una luz aórtica de mayor calibre. Otras técnicas quirúrgicas incluyen la utilización de un colgajo de la arteria subclavia, parches protésicos, interposición de un injerto y derivaciones vasculares, cuya elección depende de la edad y de la anatomía individual.

Es importante corregir la afirmación de que la denominada “ablación quirúrgica” constituye una modalidad independiente y habitual de tratamiento. En la terminología quirúrgica de la coartación, lo apropiado es hablar de resección o coarctectomía seguida de reconstrucción aórtica, especialmente mediante anastomosis terminoterminal o terminoterminal ampliada. La finalidad no es realizar una ablación en el sentido empleado para procedimientos destinados a destruir tejido mediante energía, sino eliminar el segmento obstructivo o reconstruirlo de manera que se restablezca un conducto aórtico adecuado. La anastomosis terminoterminal constituye una de las técnicas históricamente fundamentales y continúa siendo una de las técnicas preferidas para la coartación aislada en lactantes y niños pequeños.

La afirmación de que la cirugía presenta necesariamente una mortalidad de entre 1% y 4% tampoco puede considerarse universalmente válida. El riesgo quirúrgico depende de la edad, del peso, de la presencia de hipoplasia del arco, de las anomalías cardíacas asociadas, de la experiencia del centro y del estado clínico. En una gran cohorte pediátrica histórica, la mortalidad global fue de 4.2%, pero descendió a 2.0% entre quienes presentaban coartación aislada; en las series contemporáneas de adultos con anatomía sencilla, las guías europeas señalan que el riesgo quirúrgico puede ser inferior a 1%, aunque aumenta con la edad y con la complejidad anatómica. Por tanto, presentar un intervalo fijo de 1% a 4% como riesgo aplicable a todos los pacientes sería científicamente impreciso.

El daño de la médula espinal constituye una complicación reconocida de la cirugía aórtica, debido a que la interrupción temporal del flujo sanguíneo hacia determinadas arterias intercostales y radiculares puede comprometer la irrigación medular. Históricamente se documentó paraplejia después de la reparación de la coartación; una revisión de miles de operaciones comunicó una incidencia aproximada de 0.3%. No obstante, las estrategias quirúrgicas y anestésicas modernas han reducido considerablemente este riesgo, y las guías actuales señalan que la lesión medular se ha convertido en una complicación extremadamente infrecuente. En consecuencia, debe reconocerse como riesgo potencial, pero no debe presentarse como una complicación frecuente de la cirugía contemporánea.

Tratamiento endovascular mediante endoprótesis

En niños de mayor tamaño, adolescentes y adultos, el tratamiento mediante catéter y colocación de una endoprótesis intravascular se ha convertido en una estrategia central cuando la anatomía es apropiada. El procedimiento permite atravesar el segmento estrechado mediante un catéter introducido habitualmente por acceso arterial, posicionar la endoprótesis en la zona afectada y expandirla para aumentar el diámetro de la luz aórtica. El resultado esperado es una disminución del gradiente de presión entre ambos lados de la obstrucción y una mejora del flujo sanguíneo. La elección de la endoprótesis depende de factores como el diámetro de la aorta, la longitud y morfología de la coartación, la proximidad de las ramas arteriales, la presencia de aneurismas o pseudoaneurismas y las características del acceso vascular.

Las endoprótesis cubiertas presentan una ventaja importante en determinadas circunstancias porque incorporan una membrana que puede disminuir el riesgo de lesión de la pared aórtica y permite excluir determinadas áreas de dilatación o pseudoaneurisma. Su utilización ha aumentado especialmente en pacientes adultos y en anatomías consideradas de mayor riesgo para lesión de la pared. Un análisis contemporáneo de una gran base de datos de intervenciones mostró que el empleo de endoprótesis cubiertas se asociaba con mayor edad, menor diámetro inicial de la coartación, coartación nativa y presencia de pseudoaneurisma, factores que explican su utilidad potencial para reducir el riesgo de lesión aórtica durante el tratamiento.

La evidencia disponible también respalda la eficacia de las endoprótesis cubiertas expandibles mediante balón. Una revisión sistemática y metanálisis que incluyó 12 estudios y 411 pacientes estimó una tasa de éxito del procedimiento de 100%, con disminuciones significativas del gradiente de presión a través de la coartación y de la presión arterial sistólica. Las incidencias agrupadas de complicaciones relacionadas con la endoprótesis, complicaciones aórticas y complicaciones del sitio de acceso fueron aproximadamente de 2%, 2% y 3%, respectivamente. Estos resultados apoyan la eficacia de esta estrategia, pero no significan que el procedimiento esté exento de complicaciones ni que sea apropiado para todas las anatomías.

La distinción entre endoprótesis autoexpandibles y endoprótesis expandibles mediante balón también es importante. No puede afirmarse de manera general que ambas sean “especialmente efectivas” para todos los pacientes, porque su utilidad depende de la anatomía y del dispositivo específico. Las guías europeas contemporáneas consideran la colocación de endoprótesis como una estrategia de primera elección en muchos centros para adultos con coartación nativa o recurrente cuando la anatomía es adecuada y señalan una preferencia por endoprótesis cubiertas debido a su menor tasa de determinadas complicaciones. La selección del dispositivo debe realizarse, por tanto, de manera individualizada y en centros con experiencia en cardiopatías congénitas.

Por qué la reparación no siempre normaliza la presión arterial

La persistencia de hipertensión después de la reparación es uno de los aspectos más importantes para comprender la fisiopatología de la coartación. Si la hipertensión dependiera exclusivamente de la presencia física de una zona estrechada, la presión arterial debería normalizarse de forma permanente después de eliminar la obstrucción. Sin embargo, esto no ocurre en una proporción considerable de pacientes. La reparación puede eliminar el gradiente anatómico y, aun así, permanecer una tendencia hipertensiva debido a modificaciones vasculares y neurohormonales desarrolladas durante años de exposición a una circulación anormal.

El sistema renina-angiotensina puede participar en este fenómeno mediante mecanismos que favorecen la vasoconstricción y la retención de sodio y agua. Paralelamente, la disfunción endotelial puede reducir la capacidad de la pared vascular para regular adecuadamente el tono arterial. La rigidez de la aorta disminuye su capacidad de distenderse durante la eyección ventricular y puede modificar la transmisión de la onda de presión. La geometría residual del arco aórtico también puede afectar la distribución del flujo y las fuerzas de cizallamiento. Finalmente, la rigidez ventricular puede persistir como consecuencia de la hipertrofia y de la remodelación miocárdica producidas por la sobrecarga crónica. La hipertensión después de la reparación es, por tanto, el resultado potencial de múltiples mecanismos interrelacionados y no simplemente de una coartación residual.

La frecuencia de hipertensión tardía varía considerablemente según la población estudiada, la edad en el momento de la reparación, la duración del seguimiento y la definición utilizada. Una cohorte histórica identificó hipertensión en aproximadamente 25% de los pacientes después de la reparación, mientras que cohortes contemporáneas con seguimientos muy prolongados han comunicado proporciones considerablemente superiores. Por esta razón, la cifra de 25% puede utilizarse para describir un estudio histórico concreto, pero no debe presentarse como una estimación universal actual. La evidencia disponible indica que el riesgo permanece clínicamente relevante durante décadas y puede manifestarse tanto en reposo como durante el ejercicio.

Recurrencia de la coartación y necesidad de vigilancia

La recurrencia o persistencia de la obstrucción constituye otra razón fundamental para mantener seguimiento después de la reparación. Puede producirse una coartación residual cuando el diámetro de la reconstrucción no es suficiente o cuando persiste una alteración anatómica, y puede producirse una recoartación cuando vuelve a desarrollarse un estrechamiento significativo después de una corrección inicialmente satisfactoria. En la población pediátrica, el crecimiento corporal y aórtico añade consideraciones particulares; en los adultos, pueden aparecer complicaciones relacionadas con el sitio de reparación, como aneurismas, pseudoaneurismas o alteraciones del injerto.

La magnitud del problema queda demostrada por estudios de seguimiento prolongado. En una cohorte contemporánea de 834 supervivientes adultos de reparación de coartación, aproximadamente 30% requirió al menos una nueva intervención sobre el arco aórtico durante una mediana de seguimiento de 27 años. En el mismo estudio, una proporción importante presentó enfermedad residual o recurrente y más de la mitad de quienes contaban con información disponible presentaban hipertensión arterial en la evaluación más reciente. Estos datos no significan que todos los pacientes desarrollarán complicaciones, sino que demuestran que la reparación no elimina el riesgo cardiovascular y que una parte sustancial de los pacientes requiere vigilancia prolongada.

La vigilancia debe incluir valoración clínica de la presión arterial en las extremidades superiores e inferiores, evaluación de la respuesta de la presión arterial durante el ejercicio cuando esté indicada y estudios de imagen de la aorta. La monitorización ambulatoria de la presión arterial puede detectar hipertensión que no se identifica durante una consulta convencional. La resonancia magnética cardiovascular y la tomografía computarizada permiten valorar la anatomía del arco, la aorta descendente, las áreas reparadas, los aneurismas, los pseudoaneurismas y las zonas de recoartación. Las guías recomiendan seguimiento durante toda la vida y, después de establecer estabilidad anatómica, suelen contemplarse estudios de imagen cada 3 a 5 años, aunque el intervalo debe individualizarse según los hallazgos previos, el tipo de reparación y el riesgo de cada paciente.

Importancia de la intervención temprana y del seguimiento de por vida

El objetivo del tratamiento de la coartación no consiste únicamente en aumentar el diámetro de la aorta. Su finalidad global es interrumpir o reducir la cadena fisiopatológica que comienza con la obstrucción, continúa con la hipertensión y la sobrecarga ventricular y puede culminar, después de muchos años, en enfermedad aórtica, enfermedad coronaria, enfermedad cerebrovascular, insuficiencia cardíaca o muerte cardiovascular. Cuanto mayor sea la duración de la exposición a una circulación anormal, mayor puede ser la oportunidad de que se establezcan cambios estructurales persistentes en el corazón y en los vasos sanguíneos. Por esta razón, cuando existen criterios anatómicos y hemodinámicos de coartación significativa, las estrategias contemporáneas favorecen la reparación en lugar de mantener indefinidamente una obstrucción relevante.

La evidencia también demuestra que el éxito anatómico inmediato no equivale a curación definitiva. Una persona puede tener una aorta ampliamente permeable después de una intervención y continuar presentando hipertensión, rigidez arterial, alteraciones del arco aórtico o riesgo de enfermedad cardiovascular. Del mismo modo, una reparación aparentemente satisfactoria puede asociarse posteriormente con recoartación, aneurisma o pseudoaneurisma. Esta diferencia entre corrección anatómica y curación fisiopatológica explica por qué la coartación de la aorta se considera una enfermedad que requiere seguimiento permanente.

En consecuencia, la necesidad de tratar la coartación de la aorta se fundamenta en un equilibrio entre el riesgo de la intervención y el riesgo acumulativo de dejar una obstrucción hemodinámicamente significativa sin corregir. Las técnicas actuales han reducido de manera importante la mortalidad y la morbilidad relacionadas con la reparación, mientras que la selección entre cirugía, intervención endovascular o una estrategia combinada depende de la edad, el tamaño corporal, la anatomía del arco y de la coartación, la presencia de aneurismas o pseudoaneurismas, la existencia de una reparación previa y las enfermedades cardíacas asociadas. La decisión óptima, por tanto, no consiste en escoger universalmente una técnica, sino en seleccionar el procedimiento que proporcione la mejor relación entre corrección hemodinámica, seguridad inmediata y durabilidad a largo plazo.

En síntesis, el tratamiento es necesario porque la coartación de la aorta puede producir una alteración persistente de la hemodinámica sistémica, sobrecargar al ventrículo izquierdo, favorecer hipertensión arterial, acelerar el daño vascular y aumentar el riesgo de complicaciones cardíacas, cerebrovasculares y aórticas. La cirugía y las intervenciones endovasculares permiten corregir la obstrucción en pacientes seleccionados y han mejorado de manera sustancial el pronóstico. Sin embargo, ninguna modalidad garantiza la desaparición completa del riesgo cardiovascular. La hipertensión puede persistir debido a mecanismos vasculares y neurohormonales, y pueden aparecer recoartación, aneurismas, pseudoaneurismas, enfermedad valvular y otras complicaciones tardías. Por ello, el tratamiento adecuado debe concebirse como un proceso longitudinal compuesto por corrección anatómica cuando está indicada, control estricto de la presión arterial, evaluación periódica de la función cardíaca, vigilancia mediante imagen de toda la aorta y detección precoz de complicaciones que puedan requerir una nueva intervención.

 

 

 

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Originally posted on 14 de julio de 2023 @ 11:49 PM

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