La prevención y el control de las infecciones constituyen un pilar esencial de la práctica sanitaria contemporánea porque las enfermedades infecciosas siguen representando una amenaza persistente, dinámica y de gran impacto para la salud humana. La experiencia acumulada tras la pandemia causada por la enfermedad por coronavirus de dos mil diecinueve evidenció con claridad que los agentes infecciosos no solo pueden propagarse con rapidez a escala global, sino que también tienen la capacidad de tensionar los sistemas de salud, incrementar la mortalidad y revertir logros científicos que se consideraban consolidados. Este escenario puso de manifiesto que la vigilancia, la anticipación y la intervención sistemática frente a las infecciones no son opcionales, sino componentes estructurales de cualquier modelo de atención sanitaria seguro y eficaz.
En el ámbito hospitalario, las infecciones asociadas a la atención de la salud representan una carga considerable de enfermedad y muerte. Estas infecciones se desarrollan en pacientes que reciben tratamiento por otras patologías y, lejos de ser eventos aislados, se encuentran estrechamente relacionadas con la complejidad de los procedimientos médicos modernos. El uso de tecnologías invasivas, la realización de cirugías cada vez más sofisticadas y la supervivencia prolongada de personas con enfermedades graves o crónicas han incrementado la vulnerabilidad frente a microorganismos oportunistas. En este contexto, una infección adquirida durante la atención sanitaria puede prolongar la estancia hospitalaria, aumentar los costos asistenciales, deteriorar la calidad de vida del paciente y, en casos severos, conducir al fallecimiento.
La importancia del control de infecciones no se limita a los hospitales de alta complejidad. Los centros de atención ambulatoria, las instituciones de cuidado prolongado y otros entornos sanitarios no hospitalarios también constituyen escenarios donde la transmisión de agentes infecciosos puede ocurrir con facilidad. En estos espacios confluyen personas de edad avanzada, individuos con enfermedades crónicas y pacientes con sistemas inmunitarios debilitados, lo que favorece la aparición de infecciones y sus complicaciones. Además, los procedimientos diagnósticos y terapéuticos realizados fuera del hospital, aunque sean considerados de bajo riesgo, pueden convertirse en puertas de entrada para microorganismos si no se aplican medidas estrictas de prevención.
Un aspecto crítico que refuerza la necesidad de programas sólidos de prevención y control es la interconexión entre la comunidad y los centros de atención sanitaria. Las infecciones que se originan en la comunidad pueden ser introducidas en los hospitales a través de pacientes, visitantes o trabajadores de la salud, y desde allí amplificarse y redistribuirse nuevamente hacia la población general. Esta bidireccionalidad en la transmisión demuestra que la seguridad sanitaria no puede abordarse de manera fragmentada, sino que requiere estrategias integrales que contemplen tanto el entorno clínico como el contexto social más amplio.
Entre las infecciones más frecuentes asociadas a la atención de la salud se encuentran las infecciones respiratorias, las infecciones del aparato digestivo y las infecciones relacionadas con procedimientos quirúrgicos. A estas se suman aquellas vinculadas al uso de dispositivos médicos, como sondas, catéteres y sistemas de ventilación, los cuales, aunque indispensables para el tratamiento, pueden actuar como superficies de colonización microbiana y facilitar la invasión de tejidos estériles. La elevada incidencia de estos eventos refleja que las infecciones asociadas a la atención sanitaria no son complicaciones raras, sino uno de los problemas más comunes de la práctica clínica a nivel mundial.
Desde una perspectiva epidemiológica, se estima que una proporción significativa de las hospitalizaciones se complica por la aparición de infecciones adquiridas durante la atención. Este dato subraya que la prevención no solo tiene un valor ético y clínico, sino también un impacto directo en la sostenibilidad de los sistemas de salud. Reducir la frecuencia de estas infecciones implica disminuir el uso innecesario de antibióticos, limitar el desarrollo de resistencia microbiana y optimizar la asignación de recursos humanos y materiales.
Por todas estas razones, cada institución sanitaria debe contar con un programa formal de prevención y control de infecciones. Dicho programa tiene la responsabilidad de vigilar de manera continua la aparición de eventos infecciosos, implementar medidas basadas en evidencia científica para reducir el riesgo de transmisión y responder de forma rápida y coordinada ante brotes. Más allá de los protocolos y las normas, estos programas promueven una cultura de seguridad en la que la prevención de infecciones se reconoce como una responsabilidad compartida por todos los actores del sistema de salud.

Fuente y lecturas recomendadas:
- Knipe, D. M., & Howley, P. M. (Eds.). (2023). Fields’ virology (7th ed.). Wolters Kluwer Health.
- Madigan, M. T., Martinko, J. M., Bender, K. S., Buckley, D. H., & Stahl, D. A. (2018). Brock biology of microorganisms (15th ed.). Pearson.
- Murray, P. R., Rosenthal, K. S., & Pfaller, M. A. (2025). Medical microbiology (10th ed.). Elsevier.
- Postgate, J. (2000). Microbes and man (4th ed.). Cambridge University Press.

