Embarazo, parto y puerperio
Embarazo, parto y puerperio

Embarazo, parto y puerperio

El embarazo, el parto y el puerperio constituyen un continuo biológico en el que se suceden modificaciones anatómicas, endocrinas, metabólicas, cardiovasculares, respiratorias, hematológicas, inmunológicas y psicológicas extraordinariamente coordinadas. No deben entenderse como tres acontecimientos independientes, sino como fases consecutivas de una misma adaptación fisiológica: durante el embarazo, el organismo materno crea y mantiene las condiciones necesarias para la implantación, el crecimiento y la maduración fetal; durante el parto, transforma progresivamente esa situación de mantenimiento gestacional en un estado de actividad uterina y expulsión; y durante el puerperio, revierte gran parte de las modificaciones producidas por la gestación al mismo tiempo que establece una nueva fisiología materna orientada hacia la recuperación, la lactancia y el cuidado del recién nacido. La literatura científica demuestra que estas transiciones implican modificaciones prácticamente generalizadas de la fisiología materna y que comprenderlas es indispensable para diferenciar los cambios normales de las complicaciones obstétricas.

EMBARAZO, PARTO Y PUERPERIO
EMBARAZO, PARTO Y PUERPERIO

Embarazo

El embarazo comienza con la fecundación y continúa mediante una secuencia de acontecimientos celulares que permiten la implantación del embrión, la formación de la placenta, la diferenciación de los tejidos embrionarios y el posterior crecimiento fetal. Desde las primeras etapas, el desarrollo placentario resulta fundamental porque la placenta no constituye únicamente una estructura de intercambio entre la madre y el feto, sino un órgano transitorio altamente especializado que participa en el transporte de oxígeno, nutrientes y productos metabólicos, modifica la fisiología materna y produce numerosas hormonas necesarias para el mantenimiento de la gestación. El desarrollo de la placenta comienza muy tempranamente y debe establecerse antes de que aumenten de manera importante las demandas metabólicas del embrión y posteriormente del feto.

La placenta establece una interfaz funcional entre dos circulaciones que permanecen anatómicamente separadas. Las vellosidades coriónicas contienen vasos sanguíneos fetales y están bañadas externamente por sangre materna procedente de la circulación uterina. Esta organización permite el intercambio de gases, agua, electrolitos, glucosa, aminoácidos, lípidos y otros nutrientes, además de favorecer la eliminación de dióxido de carbono y productos de desecho procedentes del metabolismo fetal. Al mismo tiempo, el trofoblasto modifica las arterias uterinas mediante procesos de invasión y remodelación vascular, permitiendo que el flujo sanguíneo uteroplacentario aumente conforme crece la demanda fetal. La alteración de estos procesos vasculares placentarios se ha relacionado con enfermedades como la restricción del crecimiento fetal y la preeclampsia.

La placenta también funciona como un órgano endocrino. Produce gonadotropina coriónica humana, progesterona, estrógenos, lactógeno placentario humano, hormona de crecimiento placentaria y diversos factores peptídicos y mediadores. Estas sustancias intervienen en el mantenimiento del endometrio gestacional, la adaptación metabólica materna, el crecimiento placentario, la regulación del sistema inmunitario, el desarrollo fetal y la preparación para la lactancia. Por ello, el embarazo no puede explicarse solamente por el crecimiento mecánico del útero: constituye un proceso endocrino sistémico en el que la unidad materno-placentaria-fetal modifica activamente el funcionamiento de múltiples órganos.

Una consecuencia fundamental de estas modificaciones es el cambio progresivo de la fisiología cardiovascular. El embarazo normal requiere aumentar la capacidad del sistema circulatorio para suministrar sangre al útero, la placenta y el feto, además de satisfacer las necesidades metabólicas de los tejidos maternos. Se producen modificaciones importantes de la circulación, el volumen sanguíneo y la función cardíaca. Estas adaptaciones permiten tolerar el aumento de las demandas metabólicas y preparan al organismo para las modificaciones hemodinámicas del parto. La interpretación clínica de la frecuencia cardíaca, la presión arterial, el volumen sanguíneo y determinados resultados de laboratorio debe realizarse, por tanto, considerando que el embarazo modifica el estado fisiológico basal.

El aparato respiratorio también experimenta cambios importantes. El aumento de las demandas metabólicas maternas y fetales requiere una mayor disponibilidad de oxígeno y una eliminación más eficiente del dióxido de carbono. Las modificaciones hormonales y mecánicas propias de la gestación producen cambios en la ventilación y en diversos parámetros de la función respiratoria. El efecto de la progesterona sobre los centros respiratorios contribuye al aumento de la ventilación, mientras que el crecimiento uterino modifica progresivamente la posición y la mecánica del diafragma. Estos cambios son fisiológicos, pero adquieren importancia clínica porque alteran la interpretación de síntomas respiratorios y de determinadas pruebas funcionales durante el embarazo.

El sistema hematológico también se adapta. Durante la gestación aumenta el volumen plasmático y se modifican las concentraciones de eritrocitos, hemoglobina, plaquetas y diferentes componentes de la coagulación. El incremento del volumen plasmático puede superar proporcionalmente el incremento de la masa eritrocitaria, produciendo la denominada anemia fisiológica del embarazo por hemodilución. Paralelamente, el embarazo genera modificaciones de la hemostasia que favorecen una mayor capacidad de coagulación. Estas transformaciones tienen una finalidad adaptativa, pero también explican por qué algunas enfermedades hematológicas y trombóticas presentan características diferentes durante la gestación.

Los riñones experimentan igualmente una adaptación profunda. Desde etapas relativamente tempranas se produce vasodilatación sistémica y renal, aumento del flujo plasmático renal y aumento de la tasa de filtración glomerular. También se modifican la función tubular, el equilibrio de agua y electrolitos y la regulación ácido-base. Como consecuencia, algunos valores bioquímicos que serían considerados anormales fuera del embarazo pueden encontrarse dentro de los límites fisiológicos durante la gestación. Esta transformación renal tiene una importancia especial porque proporciona el contexto necesario para reconocer alteraciones patológicas como la enfermedad renal asociada al embarazo y la preeclampsia.

El metabolismo materno también cambia de manera progresiva. La placenta y las hormonas placentarias contribuyen a modificar la utilización de glucosa y lípidos, de manera que se facilita la disponibilidad de nutrientes para el crecimiento fetal. Conforme avanza la gestación aumenta la resistencia fisiológica a la insulina y se producen adaptaciones destinadas a garantizar un suministro adecuado de glucosa al feto. Cuando estas modificaciones exceden la capacidad de compensación pancreática materna pueden contribuir a la aparición de diabetes gestacional. La hormona de crecimiento placentaria constituye uno de los mediadores endocrinos importantes de estas modificaciones metabólicas.

El sistema inmunitario también experimenta modificaciones. El embarazo requiere mantener simultáneamente la defensa frente a microorganismos y una tolerancia inmunológica suficiente para permitir la permanencia de un organismo fetal que contiene material genético procedente del padre. La placenta y el tejido decidual participan activamente en esta interacción mediante señales hormonales, celulares y moleculares. Por ello, la inmunología del embarazo no puede describirse simplemente como una supresión general de la inmunidad, sino como una reorganización dinámica de las respuestas inmunológicas maternas.

Desde el punto de vista clínico, el control prenatal tiene como finalidad acompañar estas transformaciones fisiológicas y detectar oportunamente aquellas que dejan de ser normales. La atención prenatal comprende valoración materna, evaluación fetal, identificación de factores de riesgo, prevención de enfermedades, intervenciones nutricionales, inmunización cuando corresponde, educación sanitaria y preparación para el parto y el periodo posterior al nacimiento. La Organización Mundial de la Salud recomienda un modelo de al menos 8 contactos durante el embarazo, comenzando idealmente durante las primeras 12 semanas y distribuyéndose posteriormente en diferentes momentos de la gestación. La razón fundamental de esta frecuencia es aumentar las oportunidades para detectar y tratar complicaciones maternas y fetales y proporcionar apoyo continuo, en lugar de limitar la atención a consultas aisladas.

La vigilancia prenatal permite, entre otras cosas, identificar trastornos hipertensivos, anemia, alteraciones metabólicas, infecciones, problemas relacionados con el crecimiento fetal y diversas condiciones que pueden modificar la evolución del embarazo. La ecografía realizada antes de las 24 semanas puede contribuir a establecer con mayor precisión la edad gestacional, identificar embarazos múltiples y algunas anomalías fetales, además de reducir determinadas intervenciones relacionadas con la sospecha de embarazo postérmino. El control prenatal también proporciona oportunidades para abordar nutrición, actividad física, consumo de sustancias y otros factores que afectan la salud materna y fetal.

Transición del embarazo al parto

El parto representa una transición fisiológica compleja. El útero, que durante gran parte del embarazo debe permanecer relativamente relajado para permitir el crecimiento fetal, desarrolla progresivamente una actividad contráctil coordinada que termina produciendo dilatación cervical, descenso fetal y nacimiento. La iniciación del trabajo de parto no depende de un único mecanismo. La evidencia indica la participación integrada del miometrio, el cuello uterino, las membranas fetales, la placenta, el feto, las prostaglandinas, la oxitocina y las modificaciones en la actividad esteroidea y en la sensibilidad de los tejidos uterinos. La participación exacta de cada mecanismo continúa siendo objeto de investigación, especialmente respecto de los acontecimientos que determinan el momento preciso en que comienza el trabajo de parto humano.

Las prostaglandinas participan en la preparación del cuello uterino y en la actividad contráctil uterina, mientras que la oxitocina desempeña un papel fundamental en la intensificación de las contracciones. La relación entre contracción uterina, dilatación cervical y liberación de mediadores constituye un sistema de retroalimentación que favorece la progresión del parto. No obstante, atribuir el inicio del parto exclusivamente a la oxitocina o a las prostaglandinas sería una simplificación excesiva, porque la evidencia disponible respalda una interacción compleja entre múltiples sistemas maternos, fetales y placentarios.

Parto

El trabajo de parto normal se caracteriza por contracciones uterinas regulares que producen modificaciones progresivas del cuello uterino. Tradicionalmente se divide en 3 etapas. La primera comienza con el establecimiento del trabajo de parto y termina cuando el cuello uterino alcanza la dilatación completa; la segunda comienza con la dilatación completa y termina con el nacimiento del feto; la tercera comienza después del nacimiento y termina con la expulsión de la placenta. La evaluación de estas etapas permite determinar si el parto está progresando adecuadamente y facilita la identificación de alteraciones que pueden poner en riesgo a la madre o al feto.

Durante la primera etapa, las contracciones producen borramiento y dilatación cervical. El borramiento consiste en el acortamiento y adelgazamiento progresivo del cuello uterino, mientras que la dilatación corresponde al aumento de su diámetro hasta permitir el paso del feto. El proceso depende de modificaciones estructurales de la matriz extracelular cervical, cambios en el contenido de agua y en la organización del colágeno, además de la acción coordinada de mediadores inflamatorios y hormonales. Por esta razón, la maduración cervical no debe entenderse únicamente como una consecuencia mecánica de las contracciones, sino como un proceso tisular activo.

Durante la segunda etapa, la combinación de contracciones uterinas y esfuerzos expulsivos maternos favorece el descenso progresivo de la presentación fetal a través de la pelvis. La orientación y posición del feto respecto de la pelvis materna influyen sobre la mecánica del nacimiento. El feto debe realizar una serie de movimientos de adaptación que permiten que sus diámetros corporales se relacionen adecuadamente con los diferentes diámetros pélvicos. La progresión normal depende de la interacción entre las fuerzas uterinas, los esfuerzos maternos y las características anatómicas maternas y fetales.

El nacimiento modifica inmediatamente la fisiología tanto de la madre como del recién nacido. Para el recién nacido desaparece la circulación placentaria como principal fuente de oxígeno y comienzan cambios cardiovasculares y respiratorios que permiten la vida extrauterina. Durante la vida fetal, la circulación está organizada para dirigir sangre relativamente oxigenada procedente de la placenta hacia órganos esenciales mediante estructuras especializadas, mientras que los pulmones presentan una circulación muy diferente de la que tendrán después del nacimiento. La transición neonatal requiere el establecimiento de la respiración pulmonar y modificaciones profundas de las resistencias vasculares y de los cortocircuitos fetales.

La tercera etapa del parto comprende la separación y expulsión de la placenta. Este momento es particularmente importante porque, después de la separación placentaria, quedan abiertos vasos sanguíneos en el lecho uterino que deben ser comprimidos eficazmente por la contracción del miometrio. La contracción uterina constituye, por ello, uno de los principales mecanismos fisiológicos de prevención de la hemorragia después del nacimiento. Cuando el útero no se contrae adecuadamente, puede aparecer atonía uterina y producirse una hemorragia potencialmente grave.

La hemorragia posparto constituye una de las complicaciones obstétricas de mayor importancia porque puede producir deterioro hemodinámico rápidamente. La literatura científica la identifica como una de las principales causas de muerte materna a escala mundial, y los datos internacionales más recientes continúan mostrando que la hemorragia permanece como una causa predominante de mortalidad materna. La relevancia del problema no se limita al momento inmediatamente posterior al nacimiento, ya que una proporción considerable de las muertes maternas relacionadas con hemorragia y sepsis ocurre durante el periodo posparto.

Las causas de hemorragia después del parto pueden relacionarse con alteraciones de la contracción uterina, traumatismos del canal del parto, retención de tejido placentario y trastornos de la coagulación. El reconocimiento rápido de la causa es fundamental porque la pérdida sanguínea puede progresar con rapidez y producir hipovolemia, alteraciones de la perfusión tisular, coagulopatía, insuficiencia orgánica y muerte si no se trata oportunamente. La prevención y el tratamiento se fundamentan en la vigilancia sistemática, el reconocimiento temprano y las intervenciones dirigidas a la causa específica.

Puerperio

El puerperio es el periodo posterior al nacimiento durante el cual el organismo materno experimenta una serie de modificaciones destinadas a recuperar progresivamente las condiciones anatómicas y fisiológicas previas al embarazo, aunque no todas las adaptaciones desaparecen por completo en el mismo intervalo de tiempo. Tradicionalmente se considera que comprende aproximadamente las primeras 6 semanas después del nacimiento, pero algunos cambios fisiológicos pueden persistir durante un periodo considerablemente mayor. Esta observación es importante porque la recuperación materna no termina necesariamente cuando concluye la vigilancia obstétrica convencional.

Uno de los procesos fundamentales es la involución uterina. Después de la expulsión de la placenta, el útero comienza a reducir progresivamente su tamaño mediante contracción del miometrio y remodelación tisular. El fondo uterino desciende gradualmente y el órgano recupera paulatinamente dimensiones próximas a las previas al embarazo. Este proceso está estrechamente relacionado con la reducción de la superficie vascular uterina y contribuye al control fisiológico de la hemorragia. La involución no ocurre de manera instantánea y presenta una evolución temporal característica.

Durante este proceso aparece la secreción vaginal denominada loquios. Los loquios representan la eliminación progresiva de sangre, moco, restos celulares y material procedente de la superficie de implantación placentaria. Su composición y aspecto cambian conforme avanza el puerperio. La evaluación de la cantidad y características del sangrado es importante porque permite distinguir la evolución fisiológica de una hemorragia anormal, una infección uterina u otras complicaciones. Las recomendaciones de atención posnatal establecen que la vigilancia de la hemorragia vaginal y del tono uterino debe comenzar desde la primera hora posterior al nacimiento.

El aparato cardiovascular también debe reajustarse rápidamente. Durante el embarazo existía un volumen sanguíneo aumentado y una circulación adaptada a la presencia de la placenta. Después del nacimiento desaparece la circulación uteroplacentaria y se modifica de manera abrupta la distribución del volumen sanguíneo. Además, el líquido acumulado durante la gestación comienza a redistribuirse y eliminarse. Estos cambios pueden producir modificaciones transitorias de la frecuencia cardíaca, la presión arterial y el equilibrio de líquidos, por lo que la vigilancia durante las primeras horas y días es fisiológicamente importante.

El sistema renal también participa activamente en la recuperación posparto. El organismo debe eliminar progresivamente parte del volumen de líquido acumulado durante la gestación y adaptarse nuevamente a las condiciones hemodinámicas previas. La función renal permanece modificada durante una parte del periodo posparto, lo que explica por qué determinados cambios fisiológicos no desaparecen inmediatamente después del nacimiento.

El puerperio también constituye el periodo de establecimiento de la lactancia. La expulsión de la placenta provoca una disminución rápida de las concentraciones circulantes de estrógenos y progesterona, lo que permite que la prolactina ejerza de manera más efectiva su función sobre la producción de leche. La succión del pezón estimula señales neuroendocrinas que favorecen la liberación de oxitocina, responsable principalmente de la contracción de las células mioepiteliales y de la eyección de la leche. La lactancia, por tanto, no depende exclusivamente de la producción de leche en la glándula mamaria, sino de la integración entre estímulos sensoriales, sistema nervioso central, hipófisis y tejido mamario.

La lactancia también mantiene interacciones fisiológicas con el útero. La estimulación del pezón favorece la liberación de oxitocina, y esta hormona produce contracciones del miometrio. Estas contracciones pueden contribuir a la involución uterina y explicar parte de las molestias abdominales que algunas mujeres experimentan durante la lactancia en los primeros días posteriores al nacimiento. El fenómeno representa una conexión fisiológica entre la alimentación del recién nacido y la recuperación del aparato reproductor materno.

El suelo pélvico puede experimentar distensión y lesión durante el embarazo y, particularmente, durante el parto vaginal. Los tejidos musculares, conjuntivos y nerviosos de la pelvis soportan modificaciones importantes relacionadas con el peso uterino, las hormonas gestacionales y el paso del feto por el canal del parto. En algunas mujeres pueden persistir dolor perineal, alteraciones de la continencia urinaria, molestias durante las relaciones sexuales o sensación de debilidad del suelo pélvico. Por esta razón, la valoración posnatal no debe limitarse al útero y al sangrado, sino incluir la recuperación funcional del aparato genitourinario y musculoesquelético.

La recuperación sexual también forma parte del puerperio. El dolor perineal, la cicatrización de lesiones, la sequedad vaginal asociada a determinados estados hormonales, la fatiga, los cambios en la imagen corporal y las modificaciones de la función reproductiva pueden influir en el deseo y en la actividad sexual. La atención posnatal debe abordar estos aspectos de manera individualizada, porque la recuperación biológica y la adaptación psicosocial no siguen necesariamente el mismo ritmo en todas las mujeres.

El puerperio es asimismo un periodo de intensa transformación psicológica y social. La mujer debe adaptarse simultáneamente a cambios hormonales, privación o fragmentación del sueño, recuperación física del parto, lactancia, establecimiento del vínculo con el recién nacido y reorganización de las responsabilidades familiares. Estos factores pueden generar estrés y vulnerabilidad emocional incluso en mujeres sin antecedentes psiquiátricos. La evidencia disponible muestra que los trastornos depresivos posparto constituyen un problema frecuente y clínicamente relevante, con estimaciones variables según la población, el momento de evaluación y los instrumentos diagnósticos empleados. Un metaanálisis que incluyó 37 294 mujeres sanas sin antecedentes de depresión encontró una incidencia estimada de depresión posparto de aproximadamente 12% y una prevalencia global aproximada de 17%, lo que demuestra que el problema no se restringe a mujeres con antecedentes psiquiátricos.

La salud mental materna tiene importancia tanto por el bienestar de la mujer como por sus posibles repercusiones sobre la relación entre la madre y el recién nacido. Por este motivo, la atención posnatal contemporánea recomienda identificar síntomas de depresión y ansiedad, proporcionar apoyo y establecer mecanismos de referencia y tratamiento cuando sea necesario. El cuidado posnatal no debe reducirse a comprobar que el útero se encuentre involucionando adecuadamente o que la herida quirúrgica esté cicatrizando; debe valorar también el bienestar emocional, el sueño, la fatiga, la alimentación del recién nacido, la sexualidad, la anticoncepción, la recuperación física y las enfermedades crónicas.

Vigilancia durante el puerperio

La vigilancia inmediatamente posterior al parto tiene especial importancia porque algunas complicaciones graves aparecen durante las primeras horas. Las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud establecen que durante las primeras 24 horas deben evaluarse regularmente el sangrado vaginal, el tono uterino, la altura del fondo uterino, la temperatura y la frecuencia cardíaca, además de realizar una medición de la presión arterial poco después del nacimiento y comprobar la micción. Posteriormente deben investigarse síntomas como dolor, fatiga, cefalea, alteraciones urinarias o intestinales, problemas perineales, dolor mamario y sensibilidad uterina.

La vigilancia no debe terminar al abandonar el establecimiento sanitario. La Organización Mundial de la Salud recomienda una atención posnatal estructurada que incluya atención durante las primeras 24 horas, un contacto posterior entre las 48 y 72 horas, otro entre los 7 y 14 días y una valoración durante la sexta semana, con mayor frecuencia cuando existen factores de riesgo o complicaciones. El fundamento de esta estrategia es que diferentes complicaciones tienen distintos momentos de aparición y que la transición del hospital al domicilio constituye un periodo especialmente vulnerable.

El modelo contemporáneo de atención posparto ha evolucionado desde la concepción tradicional de una única consulta aproximadamente 4 a 6 semanas después del nacimiento hacia un proceso continuo. La valoración debe adaptarse a las necesidades de cada mujer y abarcar recuperación física, estado emocional, alimentación del recién nacido, lactancia, anticoncepción, espaciamiento de los embarazos, sueño, fatiga, enfermedades crónicas y mantenimiento de la salud. Esta modificación conceptual se fundamenta en la evidencia de que las primeras semanas después del nacimiento concentran cambios fisiológicos y psicológicos importantes y que algunas complicaciones graves pueden manifestarse después del alta hospitalaria.

Relación fisiológica entre las tres etapas

El embarazo, el parto y el puerperio pueden comprenderse como una secuencia de adaptación y reversión. Durante el embarazo, la placenta mantiene una interfaz endocrina, metabólica, inmunológica y circulatoria que permite el crecimiento fetal y obliga al organismo materno a incrementar su capacidad funcional. Durante el parto, las modificaciones progresivas del miometrio, el cuello uterino y los tejidos maternos transforman ese estado de mantenimiento en un proceso expulsivo coordinado. Después del nacimiento, la separación de la placenta provoca un cambio endocrino brusco, el útero comienza su involución, la circulación materna se reorganiza y se establece la fisiología de la lactancia. Por tanto, el puerperio no representa simplemente el final del embarazo, sino una nueva fase fisiológica caracterizada por recuperación y adaptación.

Esta continuidad explica por qué muchas complicaciones pueden relacionarse con más de una etapa. Una alteración de la función placentaria puede afectar el crecimiento fetal o producir trastornos hipertensivos durante el embarazo; determinadas alteraciones de la contractilidad uterina pueden interferir con el parto y aumentar el riesgo de hemorragia; y una complicación que se inicia durante el embarazo puede continuar manifestándose durante el puerperio. Los datos internacionales demuestran que una proporción importante de la mortalidad materna ocurre después del nacimiento, de modo que el parto no constituye el punto final de la vigilancia obstétrica.

Una comprensión científica del embarazo, el parto y el puerperio exige considerar simultáneamente la fisiología materna, la fisiología fetal, la función placentaria, la endocrinología reproductiva, la adaptación cardiovascular y respiratoria, la hemostasia, el metabolismo, la inmunología, la salud mental y los determinantes sociales de la atención. La evidencia contemporánea respalda un modelo de atención continuo, individualizado y centrado en la mujer y el recién nacido, en el que la prevención, la detección temprana de complicaciones y el acompañamiento durante la transición hacia la maternidad tienen tanta importancia como la atención específica de las emergencias obstétricas.

 

 

 

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Fuente y lecturas recomendadas:
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