Manejo perioperatorio de pacientes que utilizan agonistas del receptor del péptido similar al glucagón tipo 1 y tirzepatida
Manejo perioperatorio de pacientes que utilizan agonistas del receptor del péptido similar al glucagón tipo 1 y tirzepatida

Manejo perioperatorio de pacientes que utilizan agonistas del receptor del péptido similar al glucagón tipo 1 y tirzepatida

El manejo perioperatorio de las personas que utilizan agonistas del receptor del péptido similar al glucagón tipo 1 y tirzepatida se ha convertido en un problema particularmente relevante para la anestesiología porque estos medicamentos modifican la fisiología gastrointestinal además de ejercer sus efectos metabólicos. El efecto que concentra mayor atención es el retraso del vaciamiento gástrico, capaz de favorecer la permanencia de alimentos o líquidos en el estómago durante períodos en los que, de acuerdo con los protocolos convencionales de ayuno, se esperaría encontrar un estómago prácticamente vacío. Esta situación no significa que toda persona tratada con estos medicamentos tenga un estómago lleno ni que necesariamente presente aspiración pulmonar, pero sí introduce una variable adicional que debe incorporarse a la valoración individual del riesgo anestésico.

Los agonistas del receptor del péptido similar al glucagón tipo 1 reproducen algunos efectos fisiológicos de esta hormona intestinal, entre ellos la disminución de la velocidad con la que el contenido alimentario abandona el estómago. Este mecanismo contribuye al control de la glucemia porque ralentiza la llegada de nutrientes al intestino y reduce las elevaciones posprandiales de glucosa, pero también puede modificar el contenido gástrico existente antes de una anestesia. La magnitud del efecto no es idéntica entre medicamentos y puede disminuir con el tratamiento prolongado debido a un fenómeno de taquifilaxia, es decir, una reducción progresiva de determinada respuesta fisiológica ante la exposición repetida.

Tirzepatida presenta una particularidad farmacológica porque es un agonista dual de los receptores del polipéptido insulinotrópico dependiente de glucosa y del péptido similar al glucagón tipo 1. Aunque su mecanismo no es idéntico al de un agonista selectivo del receptor del péptido similar al glucagón tipo 1, los estudios farmacológicos han demostrado que una dosis inicial de tirzepatida puede retrasar el vaciamiento gástrico. En estudios de administración repetida, este efecto se redujo progresivamente, lo que demuestra que la respuesta gastrointestinal tampoco es estática durante todo el tratamiento.

Esta característica explica una de las dificultades fundamentales del problema perioperatorio: no existe una relación simple entre el número de días transcurridos desde la última dosis y el estado real del estómago. Los medicamentos de acción prolongada permanecen en el organismo durante períodos extensos y, simultáneamente, el efecto sobre el vaciamiento gástrico puede disminuir con la exposición crónica. Por ello, suspender arbitrariamente un medicamento durante un determinado número de días no garantiza que el vaciamiento gástrico haya regresado a su situación basal. La evidencia disponible hasta 2026 no permite establecer un intervalo universal de suspensión que asegure que todas las personas hayan recuperado un vaciamiento gástrico normal.

El problema adquiere relevancia cuando se considera la aspiración pulmonar. Durante la anestesia general y determinados niveles de sedación, disminuyen o se modifican los mecanismos protectores de la vía respiratoria. Si existe contenido gástrico y ocurre regurgitación, ese material puede entrar en la vía respiratoria y producir lesión pulmonar química, obstrucción de las vías respiratorias, neumonitis por aspiración, neumonía o, en situaciones graves, insuficiencia respiratoria. Por este motivo, el objetivo del manejo perioperatorio no consiste únicamente en evitar la presencia de alimentos en el estómago, sino en disminuir la probabilidad de que un eventual episodio de regurgitación produzca aspiración pulmonar.

La evidencia que originó gran parte de la preocupación actual procede inicialmente de informes de casos. Se han descrito pacientes tratados con semaglutida que presentaron contenido gástrico importante a pesar de períodos prolongados de ayuno y que posteriormente desarrollaron regurgitación o aspiración durante procedimientos anestésicos. En uno de los casos publicados, una persona había ayunado durante 18 horas y, aun así, durante la endoscopia se encontraron restos alimentarios importantes que posteriormente fueron identificados en la tráquea y los bronquios mediante broncoscopia. Estos informes son clínicamente relevantes porque demostraron que el cumplimiento del ayuno convencional no excluye completamente la presencia de contenido gástrico en determinados pacientes tratados con estos medicamentos.

Sin embargo, los informes de casos no permiten determinar con precisión la magnitud del riesgo poblacional. Una persona que presenta aspiración constituye una señal de seguridad que justifica investigación adicional, pero no permite calcular por sí sola la frecuencia de aspiración entre millones de personas que utilizan estos medicamentos. Esta distinción es fundamental porque el contenido gástrico residual es mucho más frecuente que la aspiración pulmonar clínicamente manifiesta. La literatura disponible indica precisamente que los agonistas del receptor del péptido similar al glucagón tipo 1 se relacionan con una mayor frecuencia de contenido gástrico retenido, mientras que los episodios documentados de aspiración continúan siendo relativamente infrecuentes.

Los estudios mediante ultrasonido gástrico han proporcionado una evidencia más objetiva. En una investigación prospectiva que incluyó 124 pacientes sometidos a anestesia y que habían cumplido las recomendaciones habituales de ayuno, el 56 % de quienes utilizaban un agonista del receptor del péptido similar al glucagón tipo 1 presentaba contenido gástrico residual aumentado, frente al 19 % de los controles. Después del ajuste estadístico, el uso de estos medicamentos permaneció asociado con una prevalencia aproximadamente 2.5 veces mayor de contenido gástrico residual aumentado. No se produjeron episodios de aspiración pulmonar en ese estudio, por lo que los resultados demuestran principalmente una asociación con un marcador intermedio de riesgo y no una frecuencia de aspiración.

Otro estudio prospectivo que examinó específicamente a personas que utilizaban semaglutida encontró contenido gástrico residual aumentado en 40 % de los pacientes expuestos frente a 3 % de los controles. En ese trabajo tampoco se observaron episodios de aspiración pulmonar. La importancia de estos resultados radica en que muestran que el ayuno convencional y la suspensión relativamente breve del medicamento pueden no ser suficientes para garantizar un estómago vacío en todos los pacientes.

Los datos publicados durante 2026 han ampliado considerablemente esta evidencia. Un estudio multicéntrico prospectivo y comparativo examinó pacientes tratados con semaglutida sometidos a cirugía electiva y los comparó con controles emparejados por edad, índice de masa corporal y diabetes mellitus. Esta investigación se diseñó precisamente para determinar si la asociación observada en estudios anteriores persistía después de controlar factores que también pueden modificar el vaciamiento gástrico. Su publicación representa un paso importante porque permite estudiar el problema en condiciones clínicas más cercanas a la práctica anestésica habitual.

También durante 2026 se publicó una investigación que evaluó 316 pacientes tratados con agonistas del receptor del péptido similar al glucagón tipo 1 mediante ultrasonido gástrico inmediatamente antes de la anestesia. El 35.8 % presentó contenido gástrico residual considerado elevado, definido por presencia de alimentos sólidos o por un volumen de líquidos claros superior a 1.5 mL/kg. En ese estudio, determinados factores adicionales, como el uso reciente de opioides para el tratamiento del dolor, se asociaron con una mayor frecuencia de contenido gástrico residual elevado. Esto demuestra que el medicamento no debe analizarse de manera aislada, porque otros factores perioperatorios pueden modificar simultáneamente la motilidad gastrointestinal.

El ultrasonido gástrico adquiere así una función particularmente interesante porque permite pasar de una estimación poblacional a una evaluación individual. El ayuno informa sobre el tiempo transcurrido desde la última ingesta, pero no muestra directamente qué existe dentro del estómago. El ultrasonido puede identificar un antro gástrico vacío, líquido o contenido sólido y, cuando la técnica y las condiciones anatómicas lo permiten, puede utilizarse para estimar el volumen de líquido residual. Esta diferencia es conceptualmente importante: el ayuno es una medida temporal, mientras que el ultrasonido proporciona información fisiológica directamente relacionada con el contenido gástrico del paciente en el momento de la valoración.

Una clasificación ampliamente utilizada considera de menor riesgo un estómago con ausencia de contenido o con un volumen de líquido inferior o igual a 1.5 mL/kg, mientras que la presencia de contenido sólido, contenido mixto o un volumen de líquido superior a 1.5 mL/kg se considera indicativa de mayor riesgo de aspiración. Este umbral procede de investigaciones sobre volumen gástrico y se utiliza como herramienta de estratificación, no como una frontera biológica absoluta entre seguridad y peligro. Un paciente con un volumen inferior al umbral no queda completamente libre de riesgo, y uno que supera el umbral no necesariamente desarrollará aspiración.

La utilidad del ultrasonido gástrico se ha demostrado también fuera del contexto específico de estos medicamentos. En una cohorte de más de 2,000 pacientes sometidos a cirugía, la evaluación ecográfica preoperatoria permitió identificar grupos con estómago de bajo y alto riesgo y modificó el plan anestésico en determinados casos. Estos resultados respaldan la utilidad del ultrasonido como instrumento para individualizar la valoración de riesgo, especialmente cuando existen factores que hacen incierto el estado gástrico.

En pacientes tratados con agonistas del receptor del péptido similar al glucagón tipo 1, esta información puede ser especialmente útil cuando existen circunstancias que aumentan la probabilidad de vaciamiento retardado. La fase inicial del tratamiento y los períodos de incremento de dosis son relevantes porque los efectos gastrointestinales suelen ser más intensos durante estas etapas. Las náuseas, vómitos, estreñimiento, distensión abdominal, sensación de plenitud y dolor abdominal constituyen señales clínicas que pueden sugerir una alteración gastrointestinal significativa. Sin embargo, la ausencia de estos síntomas no garantiza que el estómago esté vacío, por lo que algunas recomendaciones recientes no consideran suficiente la ausencia de síntomas como único método para excluir el riesgo.

La fase de incremento de dosis merece especial atención porque el paciente puede encontrarse temporalmente en una situación fisiológica diferente de la que tendrá después de estabilizarse. La intensificación farmacológica suele acompañarse de mayor actividad gastrointestinal y mayor frecuencia de efectos adversos digestivos. Por ello, las recomendaciones contemporáneas consideran el período de escalamiento como uno de los elementos que deben incorporarse a la estratificación preoperatoria.

La decisión de suspender o continuar el medicamento ha cambiado considerablemente desde 2023. La orientación inicial de la American Society of Anesthesiologists recomendaba suspender los medicamentos diariamente administrados el día del procedimiento y los medicamentos administrados semanalmente durante 1 semana antes de una intervención electiva. Esa estrategia se desarrolló en un contexto de evidencia limitada y estuvo motivada principalmente por la preocupación acerca del retraso del vaciamiento gástrico y los informes de aspiración.

Posteriormente, varias sociedades científicas desarrollaron una estrategia diferente. La guía multisocietaria publicada en 2024 y posteriormente difundida en distintas revistas recomendó que la mayoría de los pacientes pudiera continuar estos medicamentos antes de procedimientos electivos, siempre que se realizara una valoración individual del riesgo. La razón fundamental es que suspender sistemáticamente un medicamento eficaz para diabetes mellitus tipo 2 u obesidad también puede generar problemas, y la evidencia disponible no demostraba que una suspensión universal redujera de forma suficientemente clara los acontecimientos de aspiración como para justificarla en todas las personas.

La controversia no representa simplemente una diferencia de opinión entre anestesiólogos. Refleja una incertidumbre científica real. Las investigaciones muestran una asociación consistente entre estos medicamentos y mayor contenido gástrico residual, pero el desenlace que realmente preocupa al anestesiólogo es la aspiración pulmonar clínicamente significativa. Como esta última es mucho menos frecuente, se requieren poblaciones muy grandes para demostrar de manera convincente que una estrategia determinada de suspensión reduce su incidencia. Esta diferencia entre un marcador intermedio frecuente y un desenlace clínico raro explica buena parte de la evolución de las recomendaciones.

Una revisión sistemática publicada en 2026 analizó precisamente la evidencia disponible hasta marzo de ese año sobre ayuno, suspensión farmacológica y ultrasonido gástrico. El análisis distingue explícitamente entre contenido gástrico residual y aspiración pulmonar, señalando que el primero es un desenlace intermedio y mucho más frecuente. La literatura disponible continúa siendo insuficiente para establecer un régimen universal de suspensión que normalice de manera fiable el contenido gástrico en todas las personas tratadas.

Por esta razón, algunas recomendaciones recientes han cambiado el énfasis desde la suspensión automática hacia la modificación de la dieta y la valoración individual. Las recomendaciones de Australia y Nueva Zelanda publicadas en 2025 propusieron continuar los agonistas del receptor del péptido similar al glucagón tipo 1 y los agonistas duales del receptor del péptido similar al glucagón tipo 1 y del polipéptido insulinotrópico dependiente de glucosa, acompañando esta estrategia de una dieta exclusivamente líquida durante 24 horas y posteriormente un período estándar de ayuno de 6 horas. Cuando esa modificación dietética no se ha realizado o no es posible, se plantea utilizar ultrasonido gástrico o determinadas estrategias endoscópicas para evaluar el contenido gástrico.

La recomendación de una dieta líquida durante 24 horas se fundamenta en que los alimentos sólidos permanecen en el estómago durante períodos más prolongados que los líquidos y que el efecto farmacológico sobre la motilidad puede hacer más lenta su eliminación. Sin embargo, esta estrategia no debe interpretarse como una garantía absoluta de estómago vacío. Su utilidad depende del cumplimiento, de la respuesta individual, de la presencia de enfermedades gastrointestinales concomitantes y de la interacción con otros medicamentos capaces de modificar la motilidad.

La evaluación preoperatoria, por tanto, debe comenzar con la identificación explícita del medicamento. El paciente puede referirse a él por su nombre comercial y no necesariamente considerarlo un medicamento relevante para la anestesia, especialmente cuando lo utiliza para pérdida de peso y no para diabetes mellitus. La anamnesis debe establecer qué medicamento utiliza, la indicación, la dosis, la frecuencia, cuándo se administró la última dosis, si se encuentra en fase de incremento de dosis y si presenta síntomas gastrointestinales. La identificación de estos datos permite integrar el tratamiento farmacológico dentro de la valoración anestésica global.

También es necesario determinar otros factores capaces de aumentar el riesgo de contenido gástrico residual. La diabetes mellitus puede asociarse con alteraciones de la motilidad gastrointestinal, especialmente cuando existe neuropatía autonómica. Los opioides pueden reducir la motilidad gastrointestinal y retrasar el vaciamiento. Las enfermedades estructurales o funcionales del tracto gastrointestinal también pueden aumentar el riesgo. Cuando varios de estos factores coexisten con el uso de un agonista del receptor del péptido similar al glucagón tipo 1 o tirzepatida, el riesgo fisiológico puede ser mayor que el atribuible al medicamento por separado.

El control de la glucemia introduce una segunda dimensión del problema. Una suspensión prolongada del tratamiento puede ser indeseable en una persona con diabetes mellitus tipo 2 porque puede deteriorar el control glucémico y obligar a modificar otros medicamentos. Por esta razón, cualquier decisión de suspender un agonista del receptor del péptido similar al glucagón tipo 1 o tirzepatida debe considerar simultáneamente el riesgo gastrointestinal y el control metabólico. Las recomendaciones contemporáneas sobre manejo perioperatorio de la diabetes mellitus enfatizan que el tratamiento hipoglucemiante debe integrarse dentro de una estrategia global de vigilancia y control de la glucemia durante el período perioperatorio.

La situación es particularmente delicada cuando el medicamento se utiliza para diabetes mellitus y el paciente presenta una intervención prolongada, ayuno extenso o necesidades metabólicas elevadas. En estos casos, retirar el tratamiento sin una estrategia alternativa puede producir hiperglucemia. El riesgo no se limita a una cifra elevada de glucosa, porque la hiperglucemia perioperatoria se relaciona con múltiples complicaciones y requiere un manejo individualizado. Por eso, la valoración anestésica debe considerar simultáneamente aspiración, glucemia, hidratación, nutrición y tratamiento concomitante.

La técnica anestésica también puede formar parte de la estrategia de reducción del riesgo. Cuando el procedimiento y las condiciones clínicas lo permiten, las técnicas regionales o la anestesia con menor profundidad pueden evitar algunos de los cambios asociados con la anestesia general. Sin embargo, la elección de anestesia regional no elimina completamente el riesgo de regurgitación y aspiración, porque este depende también del grado de sedación, del estado gastrointestinal y de las características individuales del paciente. La elección de la técnica debe, por tanto, integrarse dentro de una estrategia global y no utilizarse como una solución automática.

Cuando el riesgo de aspiración se considera elevado, el manejo de la vía aérea puede modificarse. Dependiendo del procedimiento, la situación clínica y el grado de urgencia, puede considerarse una técnica que proteja la vía aérea mediante intubación traqueal y una inducción diseñada para reducir el período durante el cual existe riesgo de aspiración. En situaciones de urgencia, cuando no existe tiempo suficiente para modificar el tratamiento o realizar una evaluación completa del contenido gástrico, las recomendaciones anestésicas contemplan la posibilidad de tratar al paciente como si tuviera un estómago lleno.

La cirugía urgente constituye un escenario diferente al de la cirugía electiva. En una intervención programada existe la posibilidad de modificar la dieta, realizar ultrasonido gástrico, ajustar la técnica anestésica o incluso retrasar el procedimiento cuando el riesgo supera el beneficio de intervenir inmediatamente. En una urgencia, retrasar una operación puede producir un daño mayor que el riesgo de aspiración. Por eso, el objetivo deja de ser conseguir condiciones gastrointestinales ideales y pasa a ser minimizar el riesgo utilizando las medidas anestésicas disponibles en ese momento.

El ultrasonido gástrico tiene además una ventaja conceptual frente a la suspensión farmacológica indiscriminada: permite evaluar el resultado fisiológico en lugar de inferirlo a partir del tiempo desde la última dosis. Dos pacientes que hayan tomado la misma dosis del mismo medicamento pueden presentar contenidos gástricos diferentes debido a diferencias individuales en motilidad, diabetes mellitus, alimentación, otros medicamentos y respuesta farmacológica. La ecografía puede ayudar a distinguir estas situaciones cuando existe experiencia suficiente para realizar e interpretar el estudio.

No obstante, el ultrasonido gástrico también tiene limitaciones. La visualización puede ser difícil en pacientes con obesidad, alteraciones anatómicas, cirugía abdominal previa o condiciones que dificulten la posición requerida. La cuantificación del volumen depende de la calidad de la imagen, de la identificación correcta del antro y de fórmulas predictivas que no son equivalentes a una medición directa del contenido gástrico. Por ello, un resultado no concluyente no debe interpretarse como un resultado negativo.

La experiencia del operador es otro componente fundamental. El ultrasonido gástrico es una técnica dependiente del entrenamiento y requiere identificar correctamente el antro, distinguir líquido de contenido sólido y reconocer situaciones en las que la estimación volumétrica puede ser poco fiable. La tecnología puede aportar información valiosa, pero no transforma automáticamente una exploración técnicamente deficiente en una evaluación fiable.

Un estudio de 2025 proporcionó una demostración práctica de esta utilidad al evaluar pacientes que habían recibido semaglutida durante los días previos a una cirugía. El ultrasonido mostró un estómago vacío en el 80 % de los pacientes, permitiendo que el procedimiento continuara, mientras que en el 20 % se detectó contenido gástrico y la cirugía fue reprogramada. Los pacientes que habían recibido semaglutida 1 a 3 días antes presentaron contenido residual con mayor frecuencia que quienes la habían recibido 4 a 6 días antes. Este resultado ilustra cómo el ultrasonido puede utilizarse para evitar tanto la exposición innecesaria a un estómago potencialmente lleno como la suspensión o cancelación indiscriminada de procedimientos.

La evidencia también permite entender por qué el intervalo de suspensión de 1 semana para medicamentos semanales no constituye necesariamente una solución universal. En un estudio prospectivo sobre semaglutida, la suspensión durante 10 días o menos no normalizó de manera fiable el contenido gástrico residual. Además, investigaciones recientes han encontrado que incluso después de períodos de suspensión prolongados pueden persistir diferencias en el contenido gástrico respecto de los controles. Estos resultados apoyan la idea de que la duración de la interrupción por sí sola no proporciona una medición directa del estado gástrico.

Esta evidencia también explica por qué las recomendaciones internacionales no son completamente uniformes. Algunas sociedades han favorecido la continuidad con medidas de mitigación y estratificación del riesgo, mientras que otras han mantenido recomendaciones diferentes respecto de la dieta, el ayuno, la suspensión farmacológica o la utilización de ultrasonido. Una comparación de recomendaciones de diferentes sociedades encontró una variabilidad considerable en estos aspectos, reflejando la ausencia de ensayos clínicos suficientemente grandes que determinen una estrategia única.

En 2026, el enfoque científico predominante puede describirse como una transición desde una estrategia basada principalmente en la suspensión automática hacia una estrategia basada en el riesgo individual. Esta evolución no significa que suspender el medicamento sea siempre incorrecto ni que continuar sea siempre seguro. Significa que la decisión debe integrar fase de tratamiento, dosis, síntomas gastrointestinales, indicación terapéutica, comorbilidades, otros medicamentos, características del procedimiento, profundidad anestésica, disponibilidad de ultrasonido gástrico y posibilidad de modificar la vía aérea o retrasar una intervención electiva.

La situación de mayor preocupación corresponde a la combinación de múltiples factores: tratamiento recientemente iniciado o en fase de escalamiento, dosis elevada o incremento reciente, síntomas gastrointestinales importantes, enfermedad que retrasa el vaciamiento gástrico, uso concomitante de medicamentos que reducen la motilidad, ausencia de una dieta líquida cuando esta forma parte del protocolo institucional y un procedimiento que requiere anestesia general o sedación profunda. La coexistencia de estos elementos no demuestra que vaya a producirse aspiración, pero justifica una valoración más cuidadosa y puede modificar la estrategia anestésica.

En contraste, una persona que lleva tiempo utilizando una dosis estable, no presenta síntomas gastrointestinales, ha seguido adecuadamente la estrategia dietética indicada y presenta un procedimiento de menor riesgo puede encontrarse en una situación diferente. Incluso en este escenario, la ausencia de síntomas no demuestra que el estómago esté vacío y no debe utilizarse como única prueba de seguridad. La valoración debe continuar siendo individualizada.

Existe además una diferencia importante entre tirzepatida y los agonistas selectivos del receptor del péptido similar al glucagón tipo 1. Tirzepatida posee actividad dual sobre los receptores del polipéptido insulinotrópico dependiente de glucosa y del péptido similar al glucagón tipo 1, pero el efecto sobre el vaciamiento gástrico observado después de la administración inicial también puede disminuir con la exposición repetida. Por ello, no sería científicamente correcto asumir que todos los medicamentos incretínicos producen exactamente el mismo grado de retraso gástrico o que los resultados obtenidos con semaglutida pueden trasladarse de manera cuantitativa a tirzepatida.

Al mismo tiempo, tampoco sería correcto considerar que tirzepatida carece de importancia perioperatoria. Su componente de actividad sobre el receptor del péptido similar al glucagón tipo 1 comparte mecanismos gastrointestinales con otros medicamentos de esta familia y existen razones fisiológicas para considerar su posible efecto sobre el contenido gástrico. La evidencia específica sobre tirzepatida es menor que la disponible para semaglutida, por lo que parte del manejo actual se apoya en evidencia de clase farmacológica y no exclusivamente en estudios específicos de tirzepatida.

Un aspecto particularmente importante es que el riesgo de contenido gástrico residual no depende exclusivamente de la cantidad de medicamento presente en sangre. El efecto sobre la motilidad gastrointestinal está determinado por la interacción entre farmacocinética, farmacodinamia, adaptación fisiológica, estado metabólico y características gastrointestinales individuales. Esta es una de las razones por las que una medición directa o indirecta del contenido gástrico puede proporcionar información que no puede obtenerse únicamente preguntando cuándo se administró la última dosis.

El manejo perioperatorio, por tanto, debe concebirse como un proceso dinámico. Antes de la intervención se identifica el medicamento y se evalúa el riesgo; posteriormente se determina si las condiciones de ayuno y dieta son adecuadas; cuando existe incertidumbre se puede recurrir al ultrasonido gástrico; si se identifica un estómago de mayor riesgo se modifica la estrategia anestésica o se reconsidera la oportunidad de la intervención; finalmente, durante la recuperación se mantiene la vigilancia de síntomas gastrointestinales y respiratorios. Esta secuencia permite actuar sobre el riesgo en diferentes momentos en lugar de depender de una única decisión tomada varios días antes.

La principal conclusión de la evidencia disponible hasta septiembre de 2026 es que los agonistas del receptor del péptido similar al glucagón tipo 1 y tirzepatida pueden aumentar el contenido gástrico residual en determinados pacientes, incluso después de un ayuno convencional, pero todavía no se ha demostrado que este fenómeno se traduzca proporcionalmente en un aumento grande de aspiración pulmonar clínicamente manifiesta. La evidencia de mayor consistencia respalda la existencia de un efecto sobre la motilidad y una mayor frecuencia de contenido gástrico residual; la magnitud exacta del riesgo de aspiración continúa siendo incierta.

El cambio más importante en la práctica anestesiológica no consiste simplemente en decidir si un medicamento debe suspenderse durante un determinado número de días. Consiste en reconocer que el estado gastrointestinal de cada paciente puede diferir y que la valoración perioperatoria debe integrar farmacología, fisiología, ayuno, dieta, síntomas, comorbilidades, técnica anestésica y, cuando esté disponible y sea apropiado, ultrasonido gástrico. La evidencia de 2026 favorece progresivamente este enfoque individualizado y basado en el riesgo, mientras continúa la investigación destinada a determinar qué combinación de medidas reduce realmente los acontecimientos clínicos graves sin privar innecesariamente a los pacientes de los beneficios metabólicos de estos medicamentos.

 

 

 

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Fuente y lecturas recomendadas:
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