Cuando las células sufren lesiones, pueden morir mediante distintos mecanismos cuya activación depende de la naturaleza del agente agresor, de la intensidad y duración del daño, del tipo celular afectado y de la capacidad de la célula para conservar o recuperar su equilibrio interno. Esta diversidad se debe a que las células disponen de sistemas de adaptación, reparación y eliminación que responden de manera diferente a las alteraciones metabólicas, físicas, químicas e infecciosas. Una lesión moderada puede provocar cambios reversibles, mientras que una agresión intensa o persistente puede superar la capacidad de recuperación y desencadenar la muerte celular. Además, la muerte no constituye un fenómeno único: existen mecanismos regulados por proteínas y vías de señalización específicas, así como procesos asociados a la pérdida crítica de la integridad celular. La clasificación moderna de estos mecanismos considera tanto sus características moleculares como sus manifestaciones bioquímicas y morfológicas.
La primera distinción fundamental es la que existe entre lesión celular reversible e irreversible. En la lesión reversible, la célula conserva la capacidad de recuperar su funcionamiento cuando desaparece la causa del daño. Por ejemplo, una reducción transitoria del suministro de oxígeno puede disminuir la producción mitocondrial de trifosfato de adenosina, alterar el transporte de iones y ocasionar tumefacción celular. Si el aporte de oxígeno se restablece antes de que se produzcan daños irreparables, las bombas iónicas pueden recuperar su actividad y la célula puede restablecer gradualmente su equilibrio. En cambio, si la falta de oxígeno es intensa o prolongada, la disfunción mitocondrial, el aumento del calcio intracelular y el deterioro de las membranas pueden alcanzar un punto a partir del cual la recuperación deja de ser posible. La transición entre reversibilidad e irreversibilidad no depende de un único cambio morfológico, sino de la pérdida sostenida de funciones esenciales, especialmente de la capacidad mitocondrial para mantener la producción energética y de la integridad de las membranas celulares.
La necrosis es una forma de muerte celular que suele producirse cuando una agresión ocasiona un deterioro grave de la homeostasis y una pérdida irreversible de la integridad celular. Puede desencadenarse por isquemia, exposición a sustancias tóxicas, traumatismos, infecciones y otras condiciones capaces de comprometer intensamente el metabolismo celular. Durante este proceso, la disminución de la producción energética altera el funcionamiento de las bombas iónicas, favorece la entrada de agua y provoca la tumefacción de la célula y de sus orgánulos. Paralelamente, la activación de enzimas degradativas contribuye a la desorganización de las estructuras celulares. Cuando la membrana plasmática pierde su integridad, los componentes intracelulares se liberan al espacio extracelular y pueden activar una respuesta inflamatoria en el tejido circundante. Por este motivo, la necrosis no solo afecta a la célula que muere, sino que también puede lesionar las células vecinas y agravar el daño tisular.
La apoptosis, por el contrario, es una forma de muerte celular regulada que permite eliminar células innecesarias, envejecidas, dañadas o potencialmente peligrosas mediante un proceso organizado. Se produce tanto en condiciones fisiológicas, como durante el desarrollo embrionario y la renovación de los tejidos, como en situaciones patológicas, cuando las células presentan daños que no pueden repararse adecuadamente. En la vía intrínseca, las alteraciones celulares pueden inducir cambios en la permeabilidad de la membrana mitocondrial externa y favorecer la liberación de citocromo c, lo que contribuye a activar una cascada de enzimas proteolíticas denominadas caspasas. En la vía extrínseca, determinados receptores de muerte de la membrana plasmática activan señales que convergen en la activación de estas enzimas. Las caspasas desmantelan de manera controlada diversos componentes celulares, producen condensación de la cromatina y fragmentación del núcleo, y favorecen la formación de cuerpos apoptóticos que pueden ser eliminados mediante fagocitosis. Como la membrana plasmática suele conservar su integridad durante gran parte del proceso, la liberación de componentes intracelulares es limitada y la inflamación generalmente resulta menor que en la necrosis. Sin embargo, si los cuerpos apoptóticos no se eliminan adecuadamente, pueden producirse alteraciones secundarias que favorezcan una respuesta inflamatoria.
La diferencia entre necrosis y apoptosis no significa que toda muerte celular pueda clasificarse exclusivamente en una de estas dos categorías. La investigación contemporánea ha identificado mecanismos regulados que presentan características moleculares y funcionales distintas. Entre ellos se encuentra la necroptosis, una forma de muerte celular regulada que comparte algunas manifestaciones morfológicas con la necrosis, pero que depende de vías de señalización específicas, en las que pueden participar las proteínas RIPK1, RIPK3 y MLKL. Cuando estas vías se activan, se producen alteraciones de la membrana plasmática que pueden culminar en su ruptura y en la liberación de componentes intracelulares. La necroptosis resulta relevante en determinados contextos inflamatorios, infecciosos y de lesión tisular, aunque su participación debe demostrarse en cada situación y no deducirse únicamente a partir de la apariencia necrótica de las células.
Otro mecanismo es la piroptosis, una forma de muerte celular regulada asociada principalmente con la activación de determinadas caspasas inflamatorias y la formación de poros en la membrana plasmática mediante proteínas de la familia de las gasderminas. Estos poros alteran la permeabilidad celular y favorecen la liberación de mediadores inflamatorios. En determinados contextos, la piroptosis se activa cuando la célula reconoce microorganismos o señales de peligro y pone en funcionamiento complejos moleculares denominados inflamasomas. Su importancia radica en que conecta la eliminación de células infectadas o dañadas con la activación de la inmunidad innata. No obstante, una activación excesiva puede contribuir al daño de los tejidos, por lo que sus consecuencias dependen del contexto biológico y de la intensidad de la respuesta inflamatoria.
La ferroptosis constituye otra modalidad de muerte celular regulada, caracterizada por la acumulación de peróxidos lipídicos y la incapacidad de los sistemas antioxidantes para impedir que el daño oxidativo de las membranas alcance niveles incompatibles con la supervivencia celular. Este proceso depende de la disponibilidad de hierro y de las reacciones que favorecen la peroxidación de los lípidos. En condiciones normales, sistemas protectores como el que utiliza glutatión y la enzima glutatión peroxidasa 4 limitan la acumulación de estos productos oxidativos. Cuando estos mecanismos se inhiben o resultan insuficientes, los lípidos de membrana pueden sufrir una oxidación descontrolada y desencadenar la muerte celular. La ferroptosis se diferencia de la apoptosis porque su mecanismo esencial no depende de la cascada clásica de caspasas, sino del desequilibrio entre la peroxidación lipídica y las defensas antioxidantes.
También es importante distinguir la muerte celular de la autofagia. La autofagia es un mecanismo mediante el cual la célula captura y dirige componentes propios hacia los lisosomas para degradarlos y reciclar sus constituyentes. En condiciones de escasez de nutrientes o de estrés, este proceso puede contribuir a mantener la homeostasis mediante la eliminación de orgánulos deteriorados y la recuperación de materiales aprovechables. Por tanto, su activación no significa necesariamente que la célula esté muriendo; en numerosos contextos, la autofagia favorece la supervivencia. Sin embargo, su alteración puede contribuir indirectamente a la lesión celular cuando se acumulan componentes dañados o se compromete la función de los sistemas de degradación. La relación entre autofagia y muerte celular debe interpretarse según el mecanismo implicado, ya que la presencia de vesículas autofágicas no demuestra por sí sola que la autofagia sea la causa de la muerte.
La naturaleza del agente agresor ayuda a explicar por qué se activa un mecanismo u otro. La isquemia, por ejemplo, reduce el suministro de oxígeno y nutrientes, limita la producción de energía y puede provocar necrosis cuando la lesión es intensa o prolongada. Las radiaciones y determinadas sustancias químicas pueden dañar el ácido desoxirribonucleico, desencadenando respuestas de reparación y, si el daño es irreparable, apoptosis u otros mecanismos regulados. Algunas infecciones activan vías de muerte celular que contribuyen a contener la propagación del agente infeccioso, aunque también pueden producir lesión directa de las membranas y necrosis. Asimismo, el estrés oxidativo puede alterar proteínas, ácidos nucleicos y lípidos, y favorecer mecanismos de muerte diferentes según el tipo de célula y los sistemas de defensa disponibles. Por consiguiente, no existe una correspondencia absoluta entre un agente agresor y una única modalidad de muerte celular: una misma agresión puede activar varias vías, y su resultado depende de la intensidad del daño y del estado funcional de la célula.
Las células mueren por distintos mecanismos porque las agresiones afectan de manera diferente sus sistemas energéticos, sus membranas, su material genético y sus mecanismos de defensa. La necrosis suele asociarse con una pérdida crítica de la integridad celular y con inflamación; la apoptosis permite una eliminación regulada de células mediante vías moleculares específicas; y la necroptosis, la piroptosis y la ferroptosis representan otras modalidades reguladas con mecanismos y consecuencias particulares. La intensidad y la duración de la lesión, el tipo celular y la capacidad de reparación determinan cuáles de estas vías pueden activarse y qué consecuencias tendrán para el tejido. Comprender estas diferencias es fundamental para interpretar los cambios observados mediante microscopía, explicar la evolución del daño tisular y reconocer por qué la muerte celular puede contribuir tanto al mantenimiento de la salud como al desarrollo de enfermedades.
Fuente y lecturas recomendadas:
- Galluzzi, L., Vitale, I., Aaronson, S. A., Abrams, J. M., Adam, D., Agostinis, P., Alnemri, E. S., Altucci, L., Amelio, I., Andrews, D. W., Annicchiarico-Petruzzelli, M., Antonov, A. V., Arama, E., Baehrecke, E. H., Barlev, N. A., Bazan, N. G., Bernassola, F., Bertrand, M. J. M., Bianchi, K., … Kroemer, G. (2018). Molecular mechanisms of cell death: Recommendations of the Nomenclature Committee on Cell Death 2018. Cell Death & Differentiation, 25(3), 486–541. https://doi.org/10.1038/s41418-017-0012-4
- Kroemer, G., Galluzzi, L., Vandenabeele, P., Abrams, J., Alnemri, E. S., Baehrecke, E. H., Blagosklonny, M. V., El-Deiry, W. S., Golstein, P., Green, D. R., Hengartner, M., Knight, R. A., Kumar, S., Lipton, S. A., Malorni, W., Nuñez, G., Peter, M. E., Tschopp, J., Yuan, J., … Melino, G. (2009). Classification of cell death: Recommendations of the Nomenclature Committee on Cell Death 2009. Cell Death & Differentiation, 16, 3–11. https://doi.org/10.1038/cdd.2008.150
- Khalid, N., & Azimpouran, M. (2023). Necrosis pathology. En StatPearls. StatPearls Publishing. https://www.ncbi.nlm.nih.gov/books/NBK557627/


