Anatomía de las arterias y venas de la circulación mayor
Anatomía de las arterias y venas de la circulación mayor

Anatomía de las arterias y venas de la circulación mayor

Anuncio de Sorteo

Prueba tu suerte 🍀 ¡COMPRA UN BOLETO!

Compra tu boleto

Las arterias, las venas y los capilares no pueden ser comprendidos únicamente como simples conductos destinados al transporte de la sangre; reducirlos a meros tubos de mayor o menor calibre y estudiar exclusivamente su trayectoria, sus relaciones anatómicas y su distribución sería una visión insuficiente de su verdadera naturaleza. Estas estructuras deben ser entendidas como órganos dinámicos, vivos, sometidos a cambios constantes, regidos por leyes fisiológicas precisas y sujetos a transformaciones a lo largo de la vida del individuo. La morfología que se obtiene a partir de estudios de disecación, inyecciones de contrastes, corrosiones o angiografías cadavéricas constituye únicamente una parte de la información. Es a través de la observación funcional, realizada por médicos clínicos, cirujanos y radiólogos en el organismo vivo, sano o enfermo, que se logra comprender la verdadera fisiología de estos sistemas vasculares.

Desde el punto de vista evolutivo, el sistema circulatorio y la circulación sanguínea se desarrollan muy temprano en la vida embrionaria. En el embrión humano, hacia mediados de la tercera semana, se puede detectar un primitivo sistema vascular formado por conductos aún indiferenciados, con paredes endoteliales extremadamente finas y permeables. Este entramado inicial de vasos lacunares surge a partir del tubo cardíaco primitivo y se ramifica en canales arteriales y venosos en función de los órganos a los que deberán suministrar sangre. El crecimiento de estos vasos es altamente específico, ya que mientras algunos órganos continúan su desarrollo, otros experimentan regresión o desaparición.

El nacimiento representa un momento crítico de transformación para el sistema circulatorio: la interrupción de la circulación placentaria y la activación de la función respiratoria generan cambios funcionales profundos y permanentes en los vasos sanguíneos. Posteriormente, durante la infancia y la adolescencia, los órganos y sistemas corporales experimentan variaciones en su relevancia funcional. Por ejemplo, el timo alcanza un desarrollo máximo en la infancia y luego involuciona con la edad, mientras que los órganos del sistema reproductor logran su madurez definitiva durante la adolescencia. Estos ejemplos ilustran cómo el sistema cardiovascular no es estático, sino que atraviesa múltiples modificaciones que reflejan la adaptación del organismo a sus diferentes etapas de desarrollo.

El estudio del sistema vascular requiere integrar la anatomía con la fisiología, la embriología y la clínica. Las regresiones de ciertos vasos, la aparición de nuevas redes vasculares y la redistribución de territorios funcionales explican la variabilidad observada en la circulación durante el desarrollo y la frecuencia de ciertas anomalías. Comprender estas transformaciones es fundamental no solo para describir la estructura, sino para interpretar correctamente la función y las posibles patologías que puedan surgir a lo largo de la vida humana.

Arterias

Las arterias constituyen conductos flexibles y elásticos cuya función principal es garantizar el flujo continuo de sangre desde el corazón hacia los distintos tejidos del organismo. Al ser observadas en un corte transversal, su luz permanece abierta, lo que refleja su capacidad de mantener el paso sanguíneo aún bajo presiones variables. Su diámetro no es uniforme; disminuye progresivamente a medida que se alejan del corazón y se ramifican en vasos colaterales, siguiendo un patrón que asegura la distribución eficiente de la sangre a lo largo de todo el cuerpo. El eje central de este sistema lo constituye la aorta, la arteria principal de la circulación mayor, de la cual emergen todas las ramas arteriales.

Estas ramas pueden clasificarse funcionalmente en dos grandes grupos. En primer lugar, las arterias del sistema locomotor, cuyo objetivo principal es abastecer a los músculos, grandes consumidores de energía, con un flujo sanguíneo que puede variar considerablemente dependiendo del estado de reposo o de actividad física. En segundo lugar, se encuentran las arterias viscerales, encargadas de suministrar nutrientes y oxígeno a órganos de naturaleza y funciones muy diversas. A diferencia de las arterias musculares, el calibre de estas arterias no depende estrictamente del tamaño del órgano al que sirven, sino de su importancia funcional y de las necesidades metabólicas de cada tejido. Por ejemplo, la glándula tiroides, a pesar de su elevada actividad metabólica, puede recibir sangre a través de arterias de pequeño calibre, siendo su número suficiente para garantizar un flujo adecuado.

Trayecto

El recorrido y la orientación de las arterias también responden a criterios funcionales y anatómicos. En general, las arterias de los miembros y del cuello presentan trayectorias rectilíneas, favoreciendo un flujo sanguíneo directo. Otras arterias, sin embargo, adoptan curvaturas o trayectorias sinuosas para sortear obstáculos óseos, adaptarse a la expansión de órganos o compensar la longitud de los vasos frente a movimientos corporales, como ocurre con la arteria uterina. Algunas ramas cortas y superpuestas, como la arteria esplénica, muestran trayectorias complejas que aseguran una irrigación eficiente del órgano. La ley de Stahel establece que cualquier curva arterial de pequeño radio tiende a generar un estrechamiento en el vértice de la curva, un fenómeno que tiene implicaciones importantes para la dinámica del flujo sanguíneo y la distribución de la presión dentro del sistema arterial.

Relaciones

El estudio de las relaciones de las arterias con los tejidos circundantes es de gran importancia para la práctica quirúrgica y para comprender la distribución funcional de la sangre en el organismo. En primer lugar, es necesario destacar que las arterias rara vez se encuentran aisladas; generalmente, su trayecto está acompañado por venas y, con frecuencia, por nervios, especialmente en los miembros. Esta disposición conjunta da lugar a lo que se denomina un eje vasculonervioso, un conjunto claramente individualizado en el que cada arteria, vena y nervio mantiene relaciones precisas, lo que facilita su identificación y manejo durante procedimientos quirúrgicos. En segundo lugar, las arterias transcurren casi siempre rodeadas de tejido conectivo especializado, que forma una vaina perivascular. Esta estructura no solo sostiene y protege el vaso, sino que también facilita su disección cuando el tejido circundante se encuentra libre de procesos inflamatorios o de invasión tumoral, proporcionando un plano natural de separación durante la cirugía.

Las relaciones arteriales con los huesos también revisten un interés particular. Algunas arterias se encuentran en contacto estrecho con estructuras óseas o incluso transcurren dentro de ellas, dejando impresiones características en la superficie de los huesos. Un ejemplo notable es el trayecto sinuoso de la arteria carótida interna a través del hueso temporal, que evidencia la íntima relación entre la anatomía ósea y el flujo arterial. Este tipo de relaciones es fundamental tanto para la interpretación radiológica como para la planificación quirúrgica, ya que la proximidad ósea puede condicionar la técnica de abordaje y el riesgo de complicaciones.

Las arterias mantienen estrechas relaciones con la musculatura circundante. En el cuello y en las cinturas de los miembros, el trayecto de una arteria suele coincidir con el de un músculo vecino, que se denomina músculo satélite de dicha arteria. Este músculo sirve como referencia anatómica principal para localizar el vaso, permitiendo al cirujano seguir un recorrido seguro y preciso durante la intervención. La identificación de estos músculos satélites resulta esencial para minimizar riesgos y garantizar un acceso adecuado al sistema vascular.

Distribución

La distribución arterial se organiza en un patrón jerárquico de ramas. Toda arteria emite ramas colaterales y ramas terminales. Las ramas colaterales se desprenden del vaso principal en ángulos variables y su origen presenta un engrosamiento de la pared arterial, una característica que explica la frecuencia de procesos ateromatosos en estas zonas debido a las turbulencias del flujo sanguíneo. Por otro lado, las ramas terminales se expanden hacia el órgano que irrigan, estableciendo un territorio arterial que, en la mayoría de los casos, funciona como una unidad independiente. Cada territorio asegura un suministro sanguíneo específico y permite que la organización vascular responda a las necesidades metabólicas de los tejidos de manera eficiente y regulada.

Anastomosis arteriales y arteriovenosas

El sistema arterial del ser humano no se limita a conductos aislados que distribuyen sangre de manera lineal desde el corazón hacia los tejidos. Por el contrario, presenta un complejo entramado de conexiones entre vasos, conocidas como anastomosis, que constituyen vías de comunicación directa entre arterias o entre arterias y venas. Estas estructuras son fundamentales tanto para la irrigación normal de los órganos como para la adaptación del organismo ante situaciones patológicas, y su comprensión es esencial para la cirugía, la radiología y la fisiología clínica.

Anastomosis arterioarteriales

Las anastomosis arterioarteriales son conexiones directas entre dos arterias que permiten la circulación colateral de la sangre. Desde un punto de vista anatómico, pueden clasificarse según su forma y disposición:

  1. Inosculaciones o yuxtaintestinales, donde los vasos se entrelazan de manera delicada, formando un contacto directo que puede encontrarse en ciertos órganos o territorios superficiales.
  2. Convergencias, como ocurre con las arterias vertebrales que se fusionan para formar el tronco basilar, un ejemplo de integración vascular que asegura un aporte sanguíneo continuo al cerebro.
  3. Conductos de unión, como el círculo arterial cerebral, que constituye una red circular capaz de mantener la perfusión cerebral incluso si una de sus ramas se ve comprometida.
  4. Redes vasculares, como las periarticulares, donde la densidad de las conexiones garantiza un flujo estable alrededor de articulaciones y músculos.

No todas las anastomosis son igualmente visibles o accesibles. Las intramusculares, por ejemplo, son fundamentales en la fisiopatología de las obliteraciones arteriales de los miembros. Situadas en los músculos largos del miembro inferior, estas conexiones establecen puentes entre segmentos arteriales distantes, proporcionando rutas alternativas de circulación que pueden evaluarse más eficazmente mediante estudios radiológicos con medios de contraste que por disección directa.

Desde una perspectiva funcional, las anastomosis arterioarteriales cumplen un papel doble. En condiciones normales, aseguran una irrigación abundante y redundante de los órganos, optimizando el suministro sanguíneo ante variaciones locales de demanda. En situaciones patológicas, como la oclusión, la ligadura o la trombosis de una arteria, estas conexiones se dilatan y se convierten en vías de suplencia, permitiendo que la sangre circule alrededor del obstáculo y mantenga la perfusión tisular. Así, las anastomosis arterioarteriales constituyen una especie de “red de seguridad” que protege a los tejidos ante interrupciones del flujo principal.

Anastomosis arteriovenosas

Las anastomosis arteriovenosas representan un tipo distinto de comunicación: permiten que la sangre arterial pase directamente a las venas, eludiendo la red capilar correspondiente. Estas estructuras, presentes incluso en individuos sanos, se ubican generalmente en el umbral de territorios arteriolares y poseen una pared muscular lisa autónoma que regula su apertura y cierre, controlando la cantidad de sangre que atraviesa la conexión. Aunque inicialmente se pensaba que eran raras y específicas de ciertos órganos, hoy se sabe que están ampliamente distribuidas, especialmente en la piel y en zonas subcutáneas.

El papel funcional de estas anastomosis es crucial: al permitir el paso directo de sangre oxigenada hacia el sistema venoso, modulan la perfusión local y participan en la termorregulación y en la adaptación a necesidades metabólicas específicas. Desde el punto de vista fisiopatológico, estas conexiones explican fenómenos clínicos sorprendentes. Por ejemplo, en algunos pacientes con várices o úlceras varicosas del miembro inferior, la sangre venosa puede presentar una saturación de oxígeno similar a la arterial, debido al desvío de sangre a través de estas anastomosis. Otro ejemplo se encuentra en los pulmones, donde las arterias bronquiales, que transportan sangre rica en oxígeno, se anastomosan con las arterias pulmonares, que normalmente transportan sangre carboxigenada, generando áreas de circulación arterializada en territorios que deberían recibir sangre desoxigenada.

Estas características muestran que las anastomosis no son solo curiosidades anatómicas, sino mecanismos dinámicos que regulan la distribución de sangre y permiten la resiliencia del organismo frente a cambios fisiológicos y lesiones. Su comprensión es esencial para interpretar imágenes diagnósticas, planificar cirugías vasculares y entender la fisiopatología de numerosos procesos, desde la isquemia de miembros hasta la redistribución del flujo en órganos vitales.

Tipos de arterias

El sistema arterial no está compuesto por vasos homogéneos; por el contrario, cada arteria presenta características estructurales que se ajustan a su función específica dentro de la circulación. La clasificación de las arterias en grandes arterias elásticas, arterias musculares y arteriolas refleja tanto diferencias morfológicas como adaptaciones funcionales, esenciales para garantizar un flujo sanguíneo continuo y regulado a todo el organismo.

Grandes arterias elásticas

Las grandes arterias elásticas, como la aorta y sus principales ramas, se caracterizan por la abundancia de fibras elásticas en la capa media de su pared. Esta propiedad les confiere una notable capacidad de distensión y recoiling, que actúa como un amortiguador de las pulsaciones del corazón. Cada vez que el ventrículo izquierdo se contrae, la aorta se expande para recibir la sangre expulsada; durante la diástole, la elasticidad de la pared arterial permite que la sangre continúe su avance, manteniendo un flujo más uniforme y reduciendo las variaciones de presión. Así, la elasticidad no solo protege a los vasos y órganos periféricos de la presión pulsátil, sino que también facilita la eficiencia del transporte sanguíneo a grandes distancias.

Arterias musculares

A medida que las arterias se alejan del corazón, la proporción de fibras elásticas disminuye y predomina el músculo liso en la capa media. Estas son las arterias musculares, encargadas de distribuir la sangre a territorios específicos del cuerpo. Su capacidad contráctil permite regular el calibre del vaso, ajustando el flujo sanguíneo según las necesidades locales de los tejidos. Por ejemplo, durante la actividad física, las arterias musculares que irrigan los músculos en ejercicio se dilatan para aumentar el aporte de oxígeno y nutrientes, mientras que otras arterias pueden contraerse para desviar la sangre hacia órganos prioritarios. La presencia de músculo liso abundante convierte a estas arterias en auténticos reguladores de la circulación regional, capaces de responder a señales nerviosas, hormonales y metabólicas.

Arteriolas

Las arteriolas representan la transición entre las arterias de mayor calibre y la red capilar. Han disminuido considerablemente su diámetro y ya no poseen una lámina elástica prominente. Su función principal no es transportar grandes volúmenes de sangre, sino controlar de manera precisa el flujo hacia los lechos capilares. Los músculos lisos de su pared pueden formar estructuras semejantes a esfínteres, conocidos como esfínteres precapilares, que actúan como compuertas reguladoras del paso sanguíneo a los capilares. De este modo, las arteriolas permiten la adaptación fina del flujo según la demanda metabólica del tejido, evitando el desperdicio de sangre y asegurando una distribución eficiente del oxígeno y los nutrientes.


Venas

Las venas constituyen un componente fundamental del sistema circulatorio, cuya función principal es retornar la sangre hacia el corazón. Desde el punto de vista morfológico, se distinguen de las arterias por diferencias significativas en su pared y en su comportamiento funcional. La pared venosa es más delgada y menos elástica que la arterial, lo que confiere a estos vasos una gran capacidad de dilatación y adaptación al volumen sanguíneo que contienen. A diferencia de las arterias, las venas poseen un grado de contractilidad limitado, de modo que su forma y su calibre dependen en gran medida del llenado sanguíneo y de las fuerzas externas que actúan sobre ellas, como la presión ejercida por los músculos circundantes.

La circulación venosa no siempre sigue un patrón evidente de dirección, sobre todo en las venas del tronco, donde la disposición de los vasos y la existencia de numerosas anastomosis crean rutas alternativas para el retorno sanguíneo. Además, el número de venas supera ampliamente al de las arterias. Por ejemplo, en los miembros, salvo los grandes troncos de las raíces, cada arteria suele contar con dos venas acompañantes. Esta redundancia es funcionalmente relevante, ya que permite mantener la circulación incluso si una vía venosa se encuentra obstruida.

Desde un punto de vista topográfico, se distinguen dos grandes grupos de venas en los miembros:

  • Venas superficiales, localizadas en el tejido subcutáneo, que a menudo son visibles a simple vista. Estas venas son fácilmente accesibles y constituyen las principales vías para procedimientos de cateterismo, extracciones sanguíneas y otras intervenciones clínicas.
  • Venas profundas, que se sitúan por debajo de las fascias musculares, siguiendo trayectos paralelos a las arterias correspondientes. A ellas desembocan, en distintos niveles, las venas superficiales mediante las denominadas venas comunicantes. Esta relación cercana con las arterias convierte a las venas profundas en elementos clave para el retorno sanguíneo eficiente, pues permiten que la sangre fluya en sincronía con los impulsos arteriales.

Un rasgo anatómico particular de muchas venas, sobre todo en los miembros inferiores, es la presencia de válvulas, estructuras que impiden el reflujo de sangre y aseguran su desplazamiento unidireccional hacia el corazón. La disposición, el número y la organización de estas válvulas son extremadamente variables, incluso dentro de un mismo individuo. La abundancia de venas, su disposición en plexos y la presencia de válvulas influyen en la fisiología venosa: facilitan la recuperación de la circulación cuando se produce una obstrucción y, al mismo tiempo, favorecen la estasis sanguínea en condiciones de inmovilización, contribuyendo al riesgo de trombosis y flebitis.

La anatomía venosa también tiene implicaciones clínicas y quirúrgicas importantes. La abundancia y la interconexión de los vasos permiten realizar ligaduras y resecciones sin comprometer la circulación regional; por ejemplo, la vena cava inferior puede ligarse por debajo del drenaje de las venas renales sin que se altere el retorno venoso del organismo. Del mismo modo, segmentos venosos de gran calibre pueden extraerse y emplearse como injertos o prótesis, aprovechando la capacidad de las venas circundantes para compensar el flujo.

A nivel microestructural, la delgadez de la pared venosa y la escasa robustez de la adventicia hacen que las suturas y anastomosis venosas sean procedimientos delicados, pues mantener la luz abierta durante la intervención puede resultar difícil. Un caso excepcional de drenaje venoso lo constituyen los senos de la duramadre, situados en el espesor de las envolturas fibrosas del encéfalo. Estas estructuras no son vasos propiamente dichos, sino hendiduras vasculares fijas al hueso que permanecen permanentemente abiertas. Su movilización, ligadura o reconstrucción quirúrgica presentan desafíos anatómicos particulares, debido a su fijación al esqueleto craneal y a la estrecha relación con las estructuras nerviosas y meníngeas circundantes.

Inervación de las arterias y venas

Las arterias y las venas no son simples conductos pasivos de transporte sanguíneo. Por el contrario, poseen sensibilidad y capacidad de contracción, dos características fundamentales que dependen de la intervención de un sistema nervioso especializado, perteneciente íntegramente al sistema autónomo. Esta inervación permite que los vasos respondan de manera adaptativa a cambios locales o sistémicos, regulando la presión, el flujo y la distribución de la sangre según las necesidades del organismo.

El conocimiento de la inervación vascular es indispensable para comprender la vasomotricidad, es decir, la capacidad de los vasos para contraerse o dilatarse según estímulos locales, nerviosos o hormonales. Esta información es crucial en el contexto quirúrgico, especialmente cuando se planifican intervenciones que modifican el flujo sanguíneo o que requieren la manipulación directa de vasos. La disposición segmentaria de los nervios, la existencia de plexos periarteriales y la sensibilidad de ciertas regiones vasculares condicionan la técnica quirúrgica, la seguridad de las anastomosis y la eficacia de procedimientos como la simpatectomía, el bypass arterial o la reparación de lesiones vasculares.

Inervación arterial

La inervación de las arterias sigue el trayecto más directo posible desde su origen hasta la periferia. Según su localización y función, se pueden distinguir dos grandes grupos:

  1. Arterias viscerales y grandes troncos, cuyas fibras nerviosas derivan directamente del tronco simpático y de plexos adyacentes. Un ejemplo típico son las arterias renales, que reciben su inervación del plexo celíaco próximo, estableciendo un control autónomo directo sobre la vasomotricidad renal.
  2. Arterias periféricas, que obtienen su inervación a partir de los nervios craneales o espinales cercanos a su recorrido. Por ejemplo, la arteria braquial en el brazo es inervada por ramos provenientes del nervio mediano. Esta disposición asegura que los vasos periféricos puedan responder rápidamente a las demandas locales de los tejidos que irrigan.

A lo largo de su trayecto, cada arteria recibe numerosos nervios vasculares escalonados, como si cada uno correspondiera a un “territorio segmentario” del vaso. Las terminaciones de estos nervios se entrelazan formando plexos alrededor de la arteria, insertándose en la adventicia y constituyendo lo que se denomina una vaina simpática periarterial. Esta estructura no solo protege y organiza los nervios, sino que también permite la realización de procedimientos quirúrgicos específicos, como la simpatectomía arterial, que se basa en la existencia y disposición de estas vainas para modificar la vasomotricidad de un territorio determinado.

En las bifurcaciones arteriales, donde el flujo sanguíneo cambia de dirección y se generan turbulencias, los plexos nerviosos se densifican y se acompañan de corpúsculos sensoriales especializados, como los corpúsculos lamelares de Vater-Pacini, que indican la presencia de sensibilidad particular en estas regiones críticas. Esta disposición sugiere que los vasos son capaces de percibir variaciones mecánicas y adaptarse en consecuencia, lo que resulta vital para la regulación del flujo sanguíneo y la protección del endotelio.

Inervación venosa

Las venas presentan un patrón de inervación similar al de las arterias, aunque con algunas diferencias notables. Los nervios destinados a las paredes venosas son generalmente menos numerosos, lo que refleja la menor capacidad contráctil de las venas y su función principalmente de almacenamiento y retorno sanguíneo. Sin embargo, en las bifurcaciones venosas y en regiones de tránsito crítico, también se observan plexos nerviosos densos, a veces asociados con corpúsculos sensitivos, lo que evidencia que la circulación venosa también posee un componente de sensibilidad y control adaptativo.

 

 

 

Homo medicus

 


 

Guías de estudio. Homo medicus.
Guías de estudio. Homo medicus.

¡Gracias por visitarnos!

Fuente y lecturas recomendadas:
  1. Latarjet, M., Ruiz Liard, A., & Pró, E. (2019). Anatomía humana (5.ª ed., Vols. 1–2). Médica Panamericana.
    ISBN: 9789500695923
  2. Dalley II, A. F., & Agur, A. M. R. (2022). Moore: Anatomía con orientación clínica (9.ª ed.). Wolters Kluwer (Lippincott Williams & Wilkins).
    ISBN: 9781975154120
  3. Standring, S. (Ed.). (2020). Gray’s anatomy: The anatomical basis of clinical practice (42.ª ed.). Elsevier.
    ISBN: 9780702077050
  4. Netter, F. H. (2023). Atlas de anatomía humana (8.ª ed.). Elsevier.
    ISBN: 9780323793745
Síguenos en X: @el_homomedicus  y @enarm_intensivo  Síguenos en instagram: homomedicus  y en Treads.net como: Homomedicus  

🟥     🟪     🟨     🟧     🟩     🟦

Aprende administración paso a paso

Administración Desde Cero

ADMINISTRACION DESDE CERO

¿De cuánta utilidad te ha parecido este contenido?

¡Haz clic en una estrella para puntuarlo!

Promedio de puntuación 0 / 5. Recuento de votos: 0

Hasta ahora, ¡no hay votos!. Sé el primero en puntuar este contenido.

Ya que has encontrado útil este contenido...

¡Sígueme en los medios sociales!

Si te fue útil este resumen, compártelo por favor!