La aspiración de secreciones es un procedimiento terapéutico y diagnóstico que se aplica cuando las secreciones producidas en el aparato respiratorio no pueden ser eliminadas de manera eficaz por los mecanismos fisiológicos normales, como la tos o la expectoración.
- En condiciones normales, el sistema respiratorio cuenta con reflejos protectores y con el movimiento ciliar del epitelio respiratorio para movilizar y expulsar moco, partículas y microorganismos.
- Diversas situaciones clínicas, como alteraciones neurológicas, debilidad muscular, disminución del nivel de conciencia o procesos infecciosos severos, comprometen estos mecanismos y favorecen la acumulación de secreciones.
Desde el punto de vista conceptual, la aspiración de secreciones consiste en la extracción controlada de material mucoso acumulado en las vías respiratorias mediante un sistema de succión. Este sistema genera una presión negativa que permite retirar las secreciones sin que el paciente tenga que realizar un esfuerzo respiratorio adicional. El procedimiento debe realizarse con técnica adecuada, ya que interviene directamente sobre una función vital: la respiración.
Uno de los motivos principales para realizar la aspiración de secreciones es mantener la vía aérea permeable.
- La acumulación de moco espeso o abundante puede obstruir parcial o totalmente las vías respiratorias, dificultando el paso del aire hacia los pulmones.
- Cuando la vía aérea se encuentra obstruida, el intercambio de oxígeno y dióxido de carbono en los alveolos se vuelve ineficiente, lo que puede provocar hipoxia y retención de dióxido de carbono.
- Al retirar las secreciones, se restablece el flujo de aire y se favorece un intercambio gaseoso adecuado, esencial para el funcionamiento de todos los órganos.
Utilidad diagnóstica del procedimiento: las secreciones respiratorias contienen células, bacterias, virus y otros elementos que reflejan el estado del aparato respiratorio.
- Al obtener una muestra de estas secreciones mediante aspiración, es posible realizar estudios microbiológicos o citológicos que ayudan a identificar agentes infecciosos o procesos patológicos específicos.
- Esta información resulta fundamental para establecer un diagnóstico preciso y seleccionar el tratamiento más adecuado.
La aspiración de secreciones también cumple una función preventiva frente a las infecciones respiratorias.
- Cuando las secreciones permanecen estancadas en las vías respiratorias, se convierten en un medio propicio para la proliferación de microorganismos. Esta situación aumenta el riesgo de neumonía y otras infecciones pulmonares, especialmente en pacientes hospitalizados o con sistemas inmunológicos comprometidos.
- La eliminación periódica de las secreciones reduce la carga microbiana y disminuye la probabilidad de que se desarrollen complicaciones infecciosas.
El procedimiento contribuye de manera significativa al confort del paciente.
- La sensación de ahogo, la dificultad para respirar y la necesidad constante de toser generan ansiedad y malestar físico.
- Al aspirar las secreciones, se reduce el esfuerzo respiratorio, mejora la ventilación y se proporciona una sensación de alivio inmediato. Esto no solo favorece el bienestar del paciente, sino que también facilita el descanso y la recuperación general.
Indicaciones
La aspiración de secreciones de la vía respiratoria es una intervención terapéutica destinada a preservar la permeabilidad de la vía aérea y optimizar el intercambio gaseoso. Su indicación no debe ser rutinaria, sino basada en la valoración clínica del paciente y en la presencia de signos que indiquen compromiso respiratorio o riesgo de obstrucción.
Cuando se detectan signos de obstrucción de la vía respiratoria, como ruidos respiratorios húmedos producidos por acumulación de secreciones o un incremento visible del esfuerzo respiratorio, la aspiración se justifica porque las secreciones interfieren mecánicamente con el paso del aire. Esta obstrucción parcial aumenta el trabajo respiratorio, favorece la hipoventilación alveolar y puede desencadenar hipoxemia. La retirada controlada de dichas secreciones permite restablecer el flujo aéreo y reducir el gasto energético asociado a la respiración.
La aparición de vómitos, sangre o secreciones abundantes en la cavidad oral o nasofaríngea constituye otra indicación clara, ya que estos materiales pueden bloquear la vía aérea superior o ser aspirados hacia el árbol respiratorio inferior. La aspiración en este contexto tiene un carácter preventivo, pues disminuye el riesgo de broncoaspiración, neumonía aspirativa y episodios de asfixia aguda.
En pacientes portadores de un tubo endotraqueal o una traqueostomía, la aspiración resulta necesaria cuando las secreciones no pueden ser eliminadas de manera espontánea. En estos casos, la vía aérea artificial anula los mecanismos fisiológicos de limpieza, como la tos eficaz y el aclaramiento mucociliar. La acumulación de secreciones dentro del tubo o la cánula traqueal puede reducir su diámetro funcional, aumentar la resistencia al flujo de aire y comprometer gravemente la ventilación.
La obtención de muestras de secreciones respiratorias para análisis microbiológico o citológico puede requerir la aspiración como método de recogida. En estas situaciones, la técnica debe realizarse con especial cuidado para evitar la contaminación de la muestra y para garantizar que el material obtenido sea representativo de la vía aérea inferior.
Preparación
Antes de llevar a cabo la aspiración, es imprescindible valorar las condiciones clínicas del paciente y los criterios médicos establecidos. Existen situaciones que no contraindican de forma absoluta la técnica, pero sí obligan a extremar las precauciones.
El laringoespasmo, caracterizado por el cierre reflejo de la laringe, puede ser desencadenado o agravado por la estimulación de la vía aérea, por lo que la aspiración debe realizarse con delicadeza y solo si el beneficio supera el riesgo.
En la aspiración nasofaríngea, la presencia de epistaxis activa o traumatismos nasalesaumenta el riesgo de sangrado y lesión de la mucosa. De igual manera, los pacientes con trastornos de la coagulación presentan mayor probabilidad de hemorragia, y aquellos con fractura de la base del cráneo pueden sufrir complicaciones graves si se introduce material por vía nasal.
La técnica debe realizarse en un entorno adecuadamente equipado, preferentemente en un área asistencial que disponga de toma de aspiración y suministro de oxígeno. Durante traslados, es imprescindible contar con una bombona de oxígeno y un aspirador portátil, con el fin de garantizar la seguridad del paciente ante una eventual obstrucción aguda.
Selección y preparación del material
El material utilizado debe ser adecuado al tamaño y a la situación clínica del paciente. La sonda de aspiración debe tener el menor calibre posible que permita eliminar eficazmente las secreciones, con el objetivo de reducir el trauma de la mucosa y la hipoxia asociada al procedimiento. En pacientes con tubo endotraqueal o traqueostomía, el catéter de succión no debe ocluir más del setenta por ciento del diámetro interno del tubo en recién nacidos, ni más del cincuenta por ciento en pacientes pediátricos, para evitar aumentos excesivos de la presión negativa intratraqueal.
Es necesario disponer de un aspirador de vacío funcional, una fuente de oxígeno, guantes limpios y, en el caso de aspiración a través de una vía aérea artificial, guantes estériles. La mascarilla quirúrgica protege tanto al paciente como al profesional frente a la dispersión de secreciones. La solución salina fisiológica, junto con una jeringa de pequeño volumen, puede emplearse para fluidificar secreciones si está indicado. Cuando se requiere una muestra diagnóstica, debe utilizarse un dispositivo específico de recogida.
Preparación del personal sanitario
La aspiración de secreciones debe ser realizada exclusivamente por personal entrenado, debido a los riesgos potenciales de la técnica. La higiene de manos, mediante lavado con agua y jabón o desinfección con solución hidroalcohólica, es un paso esencial para prevenir infecciones. Posteriormente, se colocarán la mascarilla y los guantes correspondientes, limpios o estériles según el tipo de aspiración.
Preparación y valoración del paciente
La identificación inequívoca del paciente es obligatoria y debe realizarse utilizando al menos dos identificadores distintos. Asimismo, es fundamental informar al paciente y a sus familiares acerca del procedimiento, explicando su finalidad y solicitando colaboración, lo que contribuye a reducir la ansiedad y mejorar la tolerancia.
La exploración clínica previa permite valorar el estado fisiopatológico, la complexión y la edad del paciente, factores determinantes para seleccionar el tamaño adecuado de la sonda. En recién nacidos se emplean sondas de cinco a ocho unidades French, mientras que en pacientes pediátricos se utilizan calibres mayores, de ocho a dieciséis unidades French.
Se recomienda que el paciente no ingiera alimentos ni líquidos antes de la técnica, con el fin de disminuir el riesgo de vómitos y aspiración gástrica. En el caso de aspiración a través de tubo endotraqueal o traqueostomía, es imprescindible realizar una oxigenación previa, administrando oxígeno al 100% en pacientes pediátricos, o aumentando en un veinte por ciento la fracción inspirada de oxígeno prescrita en recién nacidos, durante un periodo aproximado de treinta a sesenta segundos. Esta medida previene la desaturación asociada a la interrupción transitoria de la ventilación durante el procedimiento.
Técnica
La correcta ejecución de la aspiración de secreciones requiere una secuencia ordenada de actuaciones que garanticen tanto la eficacia de la técnica como la seguridad del paciente. Cada paso responde a fundamentos fisiológicos y preventivos que deben ser comprendidos para una práctica clínica adecuada.
Preparación y verificación del material: Antes de iniciar el procedimiento, es imprescindible preparar y revisar todo el material necesario, comenzando por la comprobación del correcto funcionamiento del aspirador. Este paso asegura que el sistema genera presión negativa suficiente y constante, evitando interrupciones durante la técnica que podrían prolongar el tiempo de hipoxia del paciente.
Regulación de la presión del aspirador: debe ajustarse cuidadosamente según la edad y el tamaño del paciente, ya que una presión excesiva puede producir lesiones en la mucosa respiratoria, sangrado o colapso de la vía aérea, mientras que una presión insuficiente resultaría ineficaz. En recién nacidos se emplean presiones bajas, progresivamente mayores en lactantes, niños y adolescentes, siempre respetando límites seguros.
Se debe verificar el tipo y calibre de la sonda: seleccionándolos de acuerdo con la anatomía del paciente y la vía de aspiración. Para la cavidad oral se utiliza una sonda rígida tipo Yankauer, diseñada para eliminar secreciones espesas, mientras que para la aspiración nasal se emplean dispositivos específicos más finos y flexibles que reducen el riesgo de lesión.
Preparación del profesional sanitario: La higiene de manos es una medida esencial para prevenir la transmisión de microorganismos. Debe realizarse mediante lavado con agua y jabón o mediante desinfección con solución hidroalcohólica. Posteriormente, el profesional se colocará la mascarilla quirúrgica y los guantes, que serán limpios o estériles según el tipo de aspiración, especialmente en el caso de vías aéreas artificiales.
Colocación y posicionamiento del paciente: Siempre que no existan contraindicaciones, el paciente se colocará en posición semi-Fowler, es decir, en decúbito supino con el tronco elevado aproximadamente treinta grados. Esta posición favorece la expansión pulmonar y disminuye el riesgo de aspiración de secreciones hacia la vía aérea inferior.
La posición de la cabeza varía según la vía de aspiración. En la aspiración oral, se ladea la cabeza para facilitar el drenaje de secreciones. En la aspiración nasal, se coloca el cuello en ligera hiperextensión para alinear las estructuras anatómicas. En pacientes inconscientes, el decúbito lateral es la posición más segura, ya que reduce el riesgo de aspiración. En aquellos pacientes que no colaboran, puede ser necesaria una sujeción suave de la cabeza y las manos para evitar movimientos bruscos que puedan causar lesiones.
Medición de la longitud de la sonda: Antes de introducir la sonda, se debe medir la longitud adecuada, con el fin de evitar una inserción excesiva que pueda provocar estímulos vagales, lesiones o hipoxia. Esta medición se realiza utilizando referencias anatómicas externas, que varían según la vía de aspiración. En el caso de traqueostomía o tubo endotraqueal, se toma como referencia la longitud de la cánula o del tubo, evitando sobrepasar su extremo distal.
Conexión del sistema de aspiración: Una vez seleccionada la sonda, se conecta a la toma de aspiración y se verifica la presencia de presión negativa. Si se requiere la recogida de una muestra para análisis, se intercalará el dispositivo específico entre la sonda y el aspirador, asegurando un circuito cerrado y estéril.
Preparación de las vías aéreas: Cuando sea necesario, se realiza una limpieza externa de las fosas nasales y la cavidad oral para retirar secreciones visibles. En la aspiración nasal, puede administrarse una pequeña cantidad de solución salina fisiológica, inferior a un mililitro por fosa, con la cabeza ligeramente ladeada, con el objetivo de fluidificar las secreciones y facilitar su extracción.
En situaciones de secreciones espesas o riesgo de obstrucción, puede valorarse la instilación de uno a dos mililitros de solución salina fisiológica a través del tubo endotraqueal o la cánula de traqueostomía, siempre bajo criterio clínico y evitando su uso rutinario.
Introducción y retirada de la sonda: La introducción de la sonda debe realizarse sin aplicar aspiración y sin forzar, respetando la anatomía del paciente. En el caso de la traqueostomía, se recomienda no introducir la sonda más allá del extremo de la cánula para evitar traumatismos de la tráquea. La aspiración solo se activa durante la retirada de la sonda.
La retirada se efectúa aspirando, mediante movimientos suaves y circulares, durante un tiempo máximo aproximado de diez a quince segundos. Durante toda la maniobra, es fundamental vigilar la respuesta del paciente, observando signos de dificultad respiratoria, cambios en la coloración de la piel o alteraciones en la frecuencia cardíaca.
Si se requiere una nueva aspiración, se debe esperar entre 20 y 30 segundos, permitiendo la recuperación del nivel de oxígeno antes de repetir la técnica.
Principios de asepsia y secuencia de aspiración: Siempre se debe aspirar desde la zona menos contaminada hacia la más contaminada, comenzando por la vía nasal y finalizando por la vía oral, con el fin de reducir el riesgo de diseminación de microorganismos.
Registro del procedimiento: Es obligatorio registrar el procedimiento realizado, anotando las características de las secreciones (cantidad, color y consistencia), la respuesta clínica del paciente y la efectividad de la técnica. Este registro constituye un elemento esencial para la continuidad de los cuidados y la evaluación de la evolución clínica.
Seguimiento
Una vez realizada la aspiración de secreciones, el cuidado del paciente no finaliza con la retirada de la sonda, sino que continúa con una fase de observación y vigilancia clínica destinada a detectar de manera precoz posibles complicaciones derivadas del procedimiento. La aspiración es una maniobra invasiva que estimula la vía aérea y puede alterar transitoriamente la estabilidad respiratoria y hemodinámica, por lo que el entorno y la supervisión posterior adquieren un papel fundamental.
El paciente debe mantenerse en un área asistencial equipada con suministro de oxígeno y sistema de aspiración, lo que permite intervenir de forma inmediata si reaparecen secreciones o si se produce un deterioro respiratorio. La disponibilidad de oxígeno resulta esencial para corregir episodios de desaturación que pueden presentarse tras la técnica, mientras que el acceso a la aspiración facilita una actuación rápida ante una obstrucción aguda de la vía aérea.
Tras la aspiración, se deben valorar de forma sistemática los signos de dificultad respiratoria, observando el patrón ventilatorio, el esfuerzo respiratorio y la presencia de ruidos anómalos. La apariencia general y la coloración de la piel y las mucosas aportan información relevante sobre la oxigenación tisular, siendo la palidez o la coloración azulada indicadores de hipoxia.
Es importante vigilar la presencia de náuseas o vómitos, ya que la estimulación de la vía aérea puede activar el reflejo vagal, especialmente en pacientes pediátricos. La ausencia de estos signos, junto con una respiración eficaz y tranquila, permite considerar que el paciente ha tolerado adecuadamente la técnica y puede continuar con los cuidados habituales.
Complicaciones
El fracaso de la técnica suele estar relacionado con errores evitables. El uso de material inadecuado, especialmente una sonda de tamaño incorrecto, puede impedir la eliminación eficaz de las secreciones o provocar daño en la mucosa respiratoria. De igual manera, un sistema de aspiración mal conectado o con presión negativa inadecuada compromete la efectividad del procedimiento.
La introducción incorrecta de la sonda, ya sea por una profundidad excesiva o insuficiente, puede generar desde una aspiración incompleta hasta una estimulación intensa de la vía aérea, con repercusiones clínicas negativas. A todo ello se suma la insuficiente formación o experiencia del personal sanitario, factor clave que incrementa tanto el riesgo de ineficacia como la aparición de complicaciones.
Entre las complicaciones más frecuentes se encuentran la angustia y el malestar, derivados de la sensación de invasión y de la dificultad respiratoria transitoria que puede provocar la aspiración. El contacto repetido de la sonda con la mucosa puede ocasionar erosiones, favoreciendo el sangrado y la inflamación local.
La estimulación vagal puede desencadenar náuseas, vómitos, enlentecimiento de la frecuencia cardíaca o episodios de apnea, especialmente en recién nacidos y lactantes. La hipoxia intensa puede aparecer si la aspiración se prolonga excesivamente o si no se respeta el tiempo de recuperación entre maniobras, pudiendo asociarse a descenso de la presión arterial.
La aplicación repetida de presión negativa sobre la vía aérea puede favorecer el colapso alveolar y dar lugar a atelectasias. Las aspiraciones frecuentes o realizadas con técnica inadecuada alteran los mecanismos de defensa respiratorios y aumentan el riesgo de infecciones adquiridas en el ámbito hospitalario. En pacientes con vía aérea artificial, existe también el riesgo de retirada accidental del tubo, una complicación grave que requiere especial atención.
Es importante tener presente que la aspiración de secreciones resulta más eficaz y segura cuando se realiza antes de las tomas de alimentación, antes de los tratamientos inhalados y ante la presencia de signos de obstrucción de la vía respiratoria alta, ya que en estos momentos se reduce el riesgo de aspiración y se optimiza la ventilación.
No obstante, la aspiración no debe aplicarse de forma rutinaria, sino únicamente cuando exista una indicación clínica clara. La realización innecesaria de esta técnica incrementa el riesgo de efectos adversos sin aportar beneficios al paciente. Por ello, la valoración clínica continua y el juicio profesional son esenciales para garantizar un uso adecuado, seguro y eficaz de la aspiración de secreciones.

Fuente y lecturas recomendadas:
- Benito Fernández, F. J., & Mintegi Raso, S. (2024). Urgencias pediátricas. Guía de actuación (3.ª ed.). Editorial Médica Panamericana.
- Casado Flores, J., & Serrano González, A. (Eds.). (2012). Urgencias y emergencias pediátricas (2 tomos). Editorial Océano / Ergon.
- Cydulka, R. K., et al. (Eds.). (2018). Manual de medicina de urgencias de Tintinalli (8.ª ed.). McGraw‑Hill.

