Disbiosis intestinal como eje diagnóstico y terapéutico en la fisiopatología de la enfermedad
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La comprensión profunda de la disbiosis, entendida como la alteración cuantitativa y cualitativa de las comunidades microbianas que habitan el organismo humano, ha transformado de manera radical la forma en que se conciben tanto el diagnóstico como el tratamiento de múltiples enfermedades. El microbioma intestinal no es un conjunto pasivo de microorganismos, sino un sistema biológico altamente dinámico que interactúa de forma constante con el hospedador, modulando procesos metabólicos, inmunológicos y estructurales. Por ello, cualquier modificación sostenida en su composición o en su diversidad funcional puede convertirse en un indicador temprano de enfermedad o incluso en un factor causal directo de la patología.

Desde una perspectiva diagnóstica, la disbiosis adquiere un valor similar al de los patógenos clásicos. Así como la detección de bacterias entéricas específicas se asocia inequívocamente con estados infecciosos definidos, los cambios en la estructura de la microbiota fecal pueden reflejar una pérdida de equilibrio biológico que predispone al individuo al desarrollo de enfermedad o que señala que un proceso patológico ya se encuentra en curso. La diferencia fundamental es que, en muchos casos, no se trata de la presencia de un solo microorganismo, sino de la alteración de un ecosistema completo, donde se modifican las interacciones entre especies, la disponibilidad de sustratos metabólicos y la producción de moléculas bioactivas.

Un ejemplo paradigmático de esta relación es la infección por Clostridioides difficile. Esta enfermedad no surge de manera aislada, sino que está precedida por una disminución marcada de la microbiota intestinal normal, generalmente como consecuencia del uso de antibióticos de amplio espectro. La eliminación de bacterias comensales que normalmente compiten por nutrientes, producen sustancias inhibitorias y estimulan la inmunidad local crea un nicho ecológico favorable para la expansión de Clostridioides difficile. En este contexto, la disbiosis no solo es un marcador diagnóstico, sino el evento central que permite la instauración de la enfermedad. El éxito terapéutico de los trasplantes de microbiota fecal en pacientes con infecciones recurrentes demuestra que la restauración de la complejidad microbiana original puede ser más eficaz que la eliminación directa del patógeno, lo que refuerza la idea de que el objetivo terapéutico debe ser el ecosistema y no únicamente el microorganismo aislado.

Más allá de las infecciones evidentes, existen alteraciones más sutiles del microbioma que preceden a enfermedades complejas y multifactoriales. En el caso de la enterocolitis necrotizante, una enfermedad intestinal grave que afecta a recién nacidos prematuros, se ha observado que la disbiosis aparece antes de la manifestación clínica. El análisis longitudinal de muestras fecales demuestra que ciertos patrones microbianos se asocian con el momento de aparición de la enfermedad. En fases tempranas predomina un grupo bacteriano específico, mientras que en fases más tardías se observa el dominio de bacterias gramnegativas entéricas. Estos hallazgos indican que la composición microbiana no solo refleja el estado de salud intestinal, sino que también puede participar activamente en la cascada de eventos inflamatorios y tisulares que culminan en la enfermedad. Desde el punto de vista diagnóstico, esto abre la posibilidad de identificar perfiles microbianos de riesgo antes de que se produzca el daño intestinal irreversible.

La influencia del microbioma también se extiende a enfermedades inflamatorias crónicas del intestino y al cáncer colorrectal. Determinadas bacterias poseen la capacidad de degradar componentes clave de la barrera mucosa intestinal, debilitando la protección física entre el contenido luminal y el epitelio. Esta degradación facilita el contacto directo entre microorganismos y células inmunitarias, lo que favorece una inflamación persistente. Paralelamente, el aumento de otros grupos bacterianos anaerobios puede intensificar la producción de mediadores inflamatorios, amplificando la respuesta inmunitaria y contribuyendo al daño tisular crónico. En este entorno inflamatorio sostenido, se crean condiciones propicias para la hiperplasia celular y la transformación neoplásica.

Además, algunas bacterias intestinales producen toxinas capaces de activar respuestas inmunológicas específicas mediadas por linfocitos T colaboradores, lo que no solo perpetúa la inflamación, sino que establece un vínculo directo entre la disbiosis y la progresión hacia lesiones preneoplásicas y tumores malignos. De este modo, la microbiota actúa como un modulador del riesgo oncológico, no por la acción de un único organismo, sino por la suma de funciones biológicas que emergen de la comunidad microbiana alterada.

La relación entre el microbioma y el metabolismo energético ilustra otra dimensión de la disbiosis como factor patogénico. Ciertos microorganismos, aunque numéricamente minoritarios, pueden potenciar la capacidad de otras bacterias para degradar polisacáridos complejos de la dieta. Este proceso incrementa la disponibilidad de sustratos energéticos absorbibles por el hospedador, lo que favorece la acumulación de tejido adiposo. En este contexto, la disbiosis no se manifiesta como una infección ni como una inflamación evidente, sino como una modificación funcional del ecosistema intestinal que altera el balance energético y contribuye a la predisposición a la obesidad.

Un aspecto clave de estas observaciones es que muchas enfermedades asociadas a la disbiosis no pueden explicarse únicamente por la presencia o ausencia de un microorganismo específico. Diferentes especies pueden desempeñar funciones metabólicas o inmunomoduladoras similares, de modo que el daño surge cuando se altera una función crítica del ecosistema, independientemente de qué organismo concreto la esté realizando. Por esta razón, el futuro del diagnóstico microbiológico no se centrará exclusivamente en la identificación taxonómica, sino en la detección de productos génicos, proteínas expresadas y perfiles metabólicos que reflejen la actividad real de la microbiota.

La integración de enfoques como la proteómica y la metabolómica permitirá evaluar con mayor precisión el estado funcional del microbioma y su impacto sobre el organismo. Esta información no solo facilitará diagnósticos más tempranos y específicos, sino que también orientará intervenciones terapéuticas dirigidas a restaurar funciones microbianas clave, ya sea mediante moduladores dietéticos, probióticos de nueva generación, consorcios bacterianos diseñados o trasplantes de microbiota. Así, el estudio de la disbiosis se consolida como un puente esencial entre la biología microbiana y la medicina de precisión.

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Fuente y lecturas recomendadas:
  1. Knipe, D. M., & Howley, P. M. (Eds.). (2023). Fields’ virology (7th ed.). Wolters Kluwer Health.
  2. Madigan, M. T., Martinko, J. M., Bender, K. S., Buckley, D. H., & Stahl, D. A. (2018). Brock biology of microorganisms (15th ed.). Pearson.
  3. Murray, P. R., Rosenthal, K. S., & Pfaller, M. A. (2025). Medical microbiology (10th ed.). Elsevier.
  4. Postgate, J. (2000). Microbes and man (4th ed.). Cambridge University Press.
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