Epidemiología y determinantes de la mortalidad y las lesiones relacionadas con armas de fuego en Estados Unidos
Epidemiología y determinantes de la mortalidad y las lesiones relacionadas con armas de fuego en Estados Unidos

Epidemiología y determinantes de la mortalidad y las lesiones relacionadas con armas de fuego en Estados Unidos

El predominio masculino constituye uno de los rasgos más constantes de la epidemiología de las lesiones por armas de fuego en Estados Unidos. En el análisis nacional de 1990 a 2021 se identificaron 1 110 421 muertes relacionadas con armas de fuego, de las cuales 952 984 correspondieron a hombres, es decir, 85.8% del total. En 2021, la tasa de mortalidad por homicidio con arma de fuego fue de 10.9 por 100 000 habitantes entre los hombres, frente a 2.0 entre las mujeres; para el suicidio con arma de fuego, las cifras correspondientes fueron 14.1 y 2.0 por 100 000. Esto demuestra que la sobrerrepresentación masculina no es consecuencia de un único mecanismo de muerte, aunque resulta especialmente pronunciada en el homicidio.

La concentración del homicidio en la juventud tiene además una explicación epidemiológica específica. En 2021, el grupo de 20 a 24 años presentó la mayor tasa de mortalidad por armas de fuego entre los grupos etarios de cinco años, con 28.7 muertes por 100 000habitantes. Entre los hombres negros no hispanos de 20 a 24 años, la tasa de homicidio con arma de fuego alcanzó 141.8 por 100 000, una magnitud 22.5 veces superior a la máxima tasa observada entre los hombres blancos no hispanos. En consecuencia, el intervalo aproximado de 16 a 35 años engloba buena parte del período vital en el que la mortalidad por homicidio con arma de fuego alcanza su máxima concentración.

La investigación comparativa sobre mortalidad por armas de fuego también encuentra que los hombres de 15 a 34 años constituyen un grupo excepcionalmente vulnerable. En un análisis internacional de estadísticas vitales correspondiente a 1990-2015, este grupo presentó las mayores tasas de mortalidad por armas de fuego entre los grupos masculinos analizados. Dentro de Estados Unidos, el riesgo de homicidio con arma de fuego fue particularmente elevado entre los hombres negros jóvenes y estuvo asociado, además, con menor nivel educativo. Estos resultados indican que la edad y el sexo no actúan aisladamente: su efecto se intensifica cuando coinciden con determinadas condiciones sociales y territoriales.

Una parte de esta concentración puede comprenderse mediante mecanismos sociales propios de la transición entre adolescencia, juventud y adultez temprana. Los hombres jóvenes presentan mayor exposición a determinados contextos de interacción interpersonal violenta, mayor participación en redes sociales donde pueden existir conflictos armados y mayor exposición comunitaria a acontecimientos violentos. La evidencia poblacional muestra que la violencia armada no se distribuye aleatoriamente dentro de las ciudades: los jóvenes negros y latinos tienen una probabilidad considerablemente mayor de residir cerca de lugares donde se han producido homicidios con armas de fuego, y la desventaja del vecindario explica una proporción importante de esta desigualdad de exposición.

Esto es fundamental porque la exposición repetida a la violencia puede modificar el entorno social en el que se producen nuevos episodios violentos. La violencia armada puede generar traumatización, normalización de las armas como instrumentos de protección, deterioro de la confianza interpersonal y mayor probabilidad de encontrarse nuevamente con situaciones de confrontación. De esta manera puede establecerse un mecanismo de retroalimentación: los vecindarios con mayor desventaja estructural concentran una mayor exposición a violencia, y dicha exposición puede contribuir a mantener la elevada incidencia de nuevos episodios. Estudios realizados entre jóvenes negros han encontrado precisamente una asociación indirecta entre segregación residencial, desventaja del vecindario, exposición a la violencia y violencia interpersonal con armas de fuego.

Por qué los hombres negros presentan el mayor riesgo de homicidio con armas de fuego

La magnitud de la disparidad racial no puede explicarse científicamente suponiendo que la raza constituya por sí misma una causa biológica de violencia. La evidencia disponible apunta más bien hacia las condiciones sociales y estructurales que se distribuyen desigualmente entre los grupos raciales. En el período 1990-2021, los hombres negros no hispanos presentaron tasas de homicidio con armas de fuego muy superiores a las de hombres blancos e hispanos. Entre los hombres negros de 15 a 44 años, la tasa total de mortalidad por armas de fuego alcanzó 126.7 por 100 000 en 2021, y 107.9 de esas muertes por 100 000 correspondieron específicamente a homicidios.

La segregación residencial constituye uno de los factores que han recibido mayor apoyo empírico. Los estudios realizados a escala estatal han encontrado que, después de considerar diferentes medidas de privación económica, una mayor segregación residencial entre población negra y blanca se asocia con una mayor disparidad en las tasas de homicidio con armas de fuego. En un análisis, cada incremento de 10 puntos en el índice de disimilitud se relacionó con un incremento de 39% en la razón entre las tasas de homicidio con armas de fuego de la población negra y la población blanca.

La importancia de este resultado radica en que desplaza la explicación desde una característica individual hacia la estructura de oportunidades y exposición. La segregación residencial históricamente ha contribuido a concentrar determinados grupos poblacionales en zonas con desigualdad económica, menor acceso a oportunidades laborales y educativas y mayor exposición acumulativa a factores de riesgo. Estudios metropolitanos han encontrado asociaciones entre homicidio con armas de fuego y diversos indicadores de racismo estructural, segregación residencial, pobreza, desempleo y desigualdad social.

La evidencia más reciente mantiene esta interpretación. Un estudio que examinó seis medidas de racismo estructural y las disparidades entre población negra y blanca en homicidio con armas de fuego encontró que las diferencias estructurales relacionadas con pobreza, educación, participación laboral, vivienda y criminalidad explicaban mejor la disparidad que la mera proporción de población negra. Esto es epidemiológicamente importante porque demuestra que utilizar la raza como explicación causal sería una simplificación: la variable racial funciona en gran medida como marcador de una distribución históricamente desigual de exposiciones sociales, ambientales y económicas.

La pobreza también modifica el riesgo. Durante el incremento ocurrido entre 2019 y 2020, la tasa nacional de homicidio con arma de fuego aumentó 34.6%, pasando de 4.6 a 6.1 por 100 000. Los incrementos fueron particularmente pronunciados entre los hombres negros no hispanos de 10 a 44 años y entre los hombres indígenas estadounidenses y nativos de Alaska de 25 a 44 años. Además, las tasas fueron superiores y aumentaron más en los condados con mayores niveles de pobreza.

Hombres latinos e indígenas estadounidenses

Los hombres latinos también presentan una vulnerabilidad importante, aunque generalmente inferior a la observada entre los hombres negros. Los datos correspondientes a 2012-2021 muestran que los homicidios con armas de fuego entre personas latinas fueron superiores a los observados entre personas blancas no hispanas en prácticamente todo el país, con diferencias particularmente marcadas entre hombres, personas jóvenes y residentes de áreas metropolitanas.

Este patrón demuestra nuevamente la importancia de considerar simultáneamente edad, sexo, territorio y condiciones socioeconómicas. No existe una única tasa de violencia para la población latina: el riesgo aumenta sustancialmente cuando confluyen juventud masculina, residencia urbana y determinadas condiciones comunitarias. Por ello, la categoría étnica por sí sola tiene una capacidad explicativa limitada.

La situación de los indígenas estadounidenses y nativos de Alaska presenta características particulares. Entre 2018 y 2020, aproximadamente 84.4% de las muertes por armas de fuego en esta población correspondieron a hombres, y 53% de todas las muertes se concentraron entre los 20 y 39 años. Los suicidios representaron 48.9% de las muertes y los homicidios 43.5%, lo que muestra que en esta población ambas modalidades contribuyen sustancialmente a la mortalidad.

Los datos de homicidio también muestran una importante concentración masculina y juvenil. Entre 2003 y 2018, la tasa de homicidio de hombres indígenas estadounidenses y nativos de Alaska fue aproximadamente tres veces la de las mujeres de la misma población. La mediana de edad de las víctimas fue de 32 años y las armas de fuego participaron en 48.4% de los homicidios. En determinados territorios las desigualdades fueron todavía mayores.

El patrón aparentemente diferente del suicidio con armas de fuego

El suicidio requiere una explicación separada porque su distribución epidemiológica no coincide con la del homicidio. Históricamente, las personas blancas no hispanas han presentado las tasas más elevadas de suicidio con armas de fuego. En 2022, la tasa de suicidio con armas de fuego entre personas blancas no hispanas fue de 11.1 por 100 000, frente a 5.3 entre personas negras no hispanas, 3.3 entre personas hispanas y 1.9 entre personas asiáticas no hispanas. Sin embargo, esta diferencia no significa que el problema permanezca estático entre los demás grupos. Entre 2019 y 2022, las tasas aumentaron en todos los grupos raciales y étnicos examinados.

El incremento más pronunciado se observó entre los indígenas estadounidenses y nativos de Alaska: su tasa de suicidio con armas de fuego pasó de 6.4 a 10.6 por 100 000 entre 2019 y 2022, lo que representa un incremento de 66%. Durante el mismo intervalo, la tasa aumentó 42% entre personas negras no hispanas y 28% entre personas hispanas. Por consiguiente, aunque la población blanca continúa presentando una tasa absoluta elevada, la trayectoria temporal de los otros grupos revela un proceso de convergencia parcial del riesgo en algunas poblaciones.

Existe además una diferencia fundamental entre las edades de máximo riesgo para homicidio y suicidio. En 2021, la tasa máxima de suicidio con armas de fuego entre los hombres blancos no hispanos se observó entre los 80 y 84 años, con 46.8 por 100 000. Esto contrasta radicalmente con el patrón del homicidio, cuyo máximo se observó entre hombres negros de 20 a 24 años. Por tanto, decir simplemente que los hombres constituyen el grupo de mayor riesgo oculta dos epidemias parcialmente diferentes: una epidemia de homicidio que afecta de manera desproporcionada a hombres jóvenes, especialmente negros, y una epidemia de suicidio que presenta una carga muy importante entre hombres blancos y, particularmente, hombres blancos de edad avanzada.

En las poblaciones indígenas existe, sin embargo, una excepción importante a esta generalización. Los datos recientes indican que los indígenas estadounidenses y nativos de Alaska presentan una de las tasas más elevadas de suicidio general y un crecimiento particularmente rápido del suicidio con armas de fuego. En consecuencia, las estrategias de prevención no pueden diseñarse suponiendo que el patrón observado en la población blanca sea universal.

Por qué la disponibilidad de un arma modifica el riesgo de muerte

La presencia de un arma de fuego en el hogar modifica el riesgo mediante un mecanismo diferente al de los factores sociales que determinan quién está más expuesto a la violencia. El arma transforma una situación potencialmente reversible en una situación con una elevada probabilidad de muerte. Una crisis emocional, una discusión interpersonal, una intoxicación o un episodio de conducta suicida que podría no producir la muerte si se empleara un método de menor letalidad puede adquirir consecuencias irreversibles cuando existe acceso inmediato a un arma de fuego.

La evidencia epidemiológica acumulada es especialmente sólida para el suicidio. Una revisión sistemática y metaanálisis de 16 estudios observacionales encontró que la disponibilidad de armas de fuego se asociaba con aproximadamente tres veces mayores probabilidades de suicidio, con una razón de probabilidades combinada de 3.24. La asociación se mantuvo cuando se consideraron exclusivamente estudios que evaluaban directamente mediante entrevistas la disponibilidad del arma.

Un estudio nacional de casos y controles encontró resultados similares: las personas que vivían en hogares con un arma presentaban una razón de probabilidades ajustada de 3.44 para suicidio. La asociación era particularmente específica para el mecanismo: la presencia de un arma aumentaba enormemente la probabilidad de que el suicidio se produjera mediante arma de fuego, mientras que no producía el mismo patrón para otros métodos.

La estimación de aproximadamente cinco veces el riesgo procede de estudios clásicos que observaron específicamente los suicidios ocurridos dentro del hogar. En un estudio realizado en dos condados estadounidenses, la presencia de una o más armas en el hogar se asoció con una razón de probabilidades ajustada de 4.8 para suicidio. Esta estimación es compatible con la afirmación de que la presencia de un arma puede multiplicar varias veces la probabilidad de una muerte suicida, aunque no debe presentarse como una constante universal aplicable a todas las poblaciones y circunstancias.

Para homicidio, la magnitud exacta es menor y más variable. El metaanálisis mencionado encontró una razón de probabilidades combinada de 2.00 para victimización por homicidio entre personas con acceso a un arma de fuego. Los estudios individuales produjeron estimaciones heterogéneas, lo que refleja que la relación entre posesión de armas y homicidio depende considerablemente del contexto interpersonal, comunitario y socioeconómico.

Por esta razón, la formulación de que un arma en el hogar «casi triplica» el riesgo de homicidio no debe considerarse una cifra universal derivada del mejor metaanálisis disponible. La evidencia más sólida del metaanálisis sitúa la asociación alrededor del doble, mientras que estudios individuales han encontrado asociaciones superiores. En cambio, la afirmación de que el acceso doméstico a armas multiplica varias veces el riesgo de suicidio está mucho más consistentemente respaldada.

La razón biológica y conductual de esta asociación reside, en buena medida, en la letalidad y la inmediatez del método. En situaciones suicidas, la decisión puede desarrollarse durante una crisis de duración relativamente breve. Cuando el medio letal está inmediatamente disponible, disminuye el intervalo entre la aparición del impulso y la posibilidad de ejecutar el acto. Además, la supervivencia después de un intento con arma de fuego es considerablemente menos probable que después de muchos métodos alternativos. Por ello, restringir temporalmente el acceso durante una crisis puede modificar la probabilidad de muerte incluso sin eliminar el trastorno psicológico o la ideación suicida subyacente. La investigación sobre planificación suicida confirma que las personas con armas en el hogar no necesariamente presentan mayor frecuencia de ideación suicida, pero, cuando existe un plan suicida, tienen una probabilidad mucho mayor de planificar utilizar un arma.

Por qué las muertes por armas de fuego pueden considerarse una epidemia

Desde una perspectiva epidemiológica, el término «epidemia» no implica necesariamente la transmisión de un agente infeccioso. Describe también una concentración de eventos adversos superior a la esperada, con patrones temporales, geográficos y demográficos identificables y susceptibles de intervención preventiva. La literatura de salud pública ha utilizado expresamente el concepto de epidemia para caracterizar la mortalidad y las lesiones relacionadas con armas de fuego en Estados Unidos.

Los datos nacionales proporcionan una justificación cuantitativa contundente. Entre 1990 y 2021 se produjeron más de 1.1 millones de muertes relacionadas con armas de fuego. Después de alcanzar un mínimo de 10.1 por 100 000 en 2004, la tasa total aumentó hasta 14.7 por 100 000 en 2021, un incremento de 45.5%. El año 2021 constituyó, dentro de la serie estudiada, el máximo de 28 años para la tasa nacional de mortalidad por armas de fuego.

La magnitud del fenómeno también se aprecia cuando se analiza la población joven. En 2020, las armas de fuego se convirtieron en la principal causa de muerte entre niños y jóvenes de 0 a 24 años en Estados Unidos, ocasionando 10 197 muertes y una tasa de 9.91 por 100 000. El fenómeno persistió en 2021, cuando las armas de fuego continuaron siendo la principal causa de muerte en esta población.

Además, la mortalidad no constituye sino una parte del daño total. Las lesiones no mortales generan atención de emergencia, hospitalizaciones, discapacidad, dolor crónico, alteraciones neurológicas y psicológicas y consecuencias socioeconómicas prolongadas. Las estimaciones pediátricas indican más de 20 000 consultas de emergencia anuales relacionadas con lesiones por armas de fuego en niños, con una probabilidad considerable de lesiones graves o muerte.

Es importante asimismo no confundir la epidemia cotidiana de violencia armada con los tiroteos masivos. Estos últimos reciben una enorme atención mediática debido a su impacto emocional y social, pero constituyen una proporción pequeña de las muertes nacionales relacionadas con armas de fuego. La mayor parte de la mortalidad procede de suicidios y homicidios que ocurren fuera de esos acontecimientos de alta visibilidad.

Por qué la capacitación de los profesionales de la salud puede contribuir a la prevención

La atención sanitaria constituye un punto estratégico porque las personas que posteriormente mueren por suicidio pueden haber tenido contacto reciente con servicios médicos, de urgencias o de salud mental. La identificación de depresión, ideación suicida, crisis agudas, consumo problemático de sustancias y acceso a métodos letales permite intervenir antes de que una crisis se transforme en una conducta irreversible. La vigilancia nacional de muertes violentas muestra que, cuando la información está disponible, muchos suicidios están precedidos por problemas de salud mental o consumo de sustancias, pensamientos o planes suicidas, crisis recientes o inminentes y estado de ánimo depresivo.

La capacitación puede mejorar primero la capacidad diagnóstica. Los ensayos clínicos realizados en atención médica general han demostrado que proporcionar información sistemática a los profesionales sobre síntomas depresivos aumenta el reconocimiento y el tratamiento de la depresión. En un ensayo aleatorizado, la retroalimentación a los médicos sobre pacientes con depresión previamente no reconocida aumentó sustancialmente tanto la identificación como el inicio del tratamiento durante el seguimiento.

La capacitación también puede mejorar el manejo clínico. Un programa estructurado de formación para médicos de atención primaria destinado a reconocer, diagnosticar y tratar la depresión produjo mejores resultados clínicos, especialmente en personas con depresión de aparición reciente. Esto es relevante porque una intervención preventiva no depende exclusivamente de preguntar por suicidio: también puede actuar mediante el diagnóstico y tratamiento oportunos de las condiciones que aumentan la vulnerabilidad suicida.

En relación específica con las armas de fuego, la capacitación puede enseñar a los profesionales a preguntar de manera sistemática sobre su disponibilidad y a conversar con pacientes y familiares acerca de la reducción temporal del acceso durante períodos de riesgo. La evidencia indica que los profesionales capacitados se sienten más preparados para realizar estas conversaciones y que la existencia de protocolos institucionales aumenta la frecuencia con que se proporciona asesoramiento sobre almacenamiento seguro.

La denominada restricción de medios letales se fundamenta en un principio epidemiológico particularmente importante: no es necesario eliminar la ideación suicida para prevenir una muerte; puede ser suficiente impedir temporalmente el acceso inmediato al método altamente letal durante el período de mayor riesgo. Los estudios de intervención muestran que el asesoramiento clínico puede producir cambios conductuales concretos. En un proyecto pediátrico, después de recibir asesoramiento sobre medios letales, todos los padres que habían informado tener armas en el hogar declararon posteriormente que las mantenían bajo llave, frente a una proporción menor antes de la intervención.

La evidencia más reciente proporciona además indicios de un efecto sobre la mortalidad. Un estudio observacional de 1 148 546 pacientes atendidos en servicios de urgencias encontró que aquellos tratados en instituciones donde el asesoramiento rutinario sobre restricción de medios letales formaba parte de la atención presentaron menores probabilidades ajustadas de morir por suicidio durante los 30 y 180 días posteriores al alta. La magnitud de la asociación fue compatible con una reducción del riesgo de aproximadamente 38% a los 30 días y 23% a los 180 días. Debido a que se trata de evidencia observacional y no de un ensayo aleatorizado de mortalidad, estos resultados deben interpretarse como evidencia de asociación y no como demostración definitiva de causalidad.

Por ello, la afirmación de que capacitar a los profesionales de la salud «reduce las tasas de suicidio» requiere una formulación cuidadosa. Existe evidencia de que la formación mejora el reconocimiento y tratamiento de la depresión, aumenta la competencia para evaluar riesgo suicida y facilita el asesoramiento sobre restricción de medios letales. Una revisión sistemática de estrategias de prevención del suicidio concluyó que la educación de médicos para reconocer y tratar la depresión y las intervenciones destinadas a restringir el acceso a métodos letales se encuentran entre las estrategias asociadas con reducciones de las tasas de suicidio. Sin embargo, la evidencia específica que demuestra que un único programa de capacitación sobre armas de fuego, por sí solo, reduce la mortalidad poblacional es más limitada.

Integración causal del fenómeno

En conjunto, los datos permiten comprender la mortalidad por armas de fuego como el resultado de varios niveles de determinación. El primer nivel es la disponibilidad del medio: cuando existe acceso inmediato a un arma, aumenta considerablemente la probabilidad de que una crisis suicida termine en muerte y aumenta también el riesgo de victimización por homicidio.

El segundo nivel es la vulnerabilidad individual y temporal. El suicidio puede aparecer durante períodos de crisis, depresión, consumo de sustancias o acontecimientos adversos, mientras que la violencia interpersonal puede concentrarse durante determinadas etapas de la vida, especialmente en la adolescencia tardía y la adultez temprana.

El tercer nivel es el entorno social. La segregación residencial, la pobreza, la desigualdad económica, la exposición acumulada a violencia y otras expresiones del racismo estructural contribuyen a crear contextos donde la exposición a armas y violencia interpersonal es desproporcionadamente elevada. Estos factores ayudan a explicar por qué el riesgo de homicidio con armas de fuego es extraordinariamente elevado entre hombres negros jóvenes y por qué también existen importantes desigualdades entre poblaciones latinas e indígenas.

El cuarto nivel es la organización de la respuesta sanitaria y preventiva. Los profesionales de la salud pueden detectar depresión, identificar ideación y planificación suicida, valorar la presencia de armas y otras formas de acceso a medios letales y promover medidas temporales destinadas a aumentar la distancia entre la persona en crisis y el método de alta letalidad. La evidencia disponible indica que estas intervenciones pueden modificar conductas de almacenamiento y, cuando se aplican sistemáticamente, se asocian con una menor mortalidad suicida posterior.

El patrón descrito no debe interpretarse como si existiera una única causa de la violencia armada. La elevada mortalidad de los hombres jóvenes, la extraordinaria carga de homicidios entre hombres negros, la vulnerabilidad de hombres latinos e indígenas, y la elevada mortalidad suicida entre hombres blancos responden a configuraciones epidemiológicas parcialmente diferentes. La intervención eficaz requiere, por tanto, combinar prevención de la violencia interpersonal, reducción de desigualdades estructurales, identificación y tratamiento de trastornos depresivos y crisis suicidas, evaluación sistemática del acceso a armas y restricción temporal de los medios letales durante los períodos de mayor riesgo.

 

 

 

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Fuente y lecturas recomendadas:
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