La enfermedad celíaca es un trastorno autoinmunitario crónico del intestino delgado desencadenado por la ingesta de gluten en individuos genéticamente susceptibles. Durante muchas décadas fue considerada una patología relativamente rara y restringida a determinadas poblaciones europeas; sin embargo, el progreso en los métodos diagnósticos, los estudios epidemiológicos multicéntricos y la ampliación de los programas de detección han transformado profundamente esta concepción. En la actualidad se reconoce que la enfermedad celíaca constituye un problema de salud pública con distribución mundial, características clínicas heterogéneas y complejidades diagnósticas y terapéuticas que trascienden los modelos clásicos descritos en la literatura médica del siglo pasado.
La evidencia científica contemporánea ha demostrado que la enfermedad celíaca posee una distribución global, lo cual contradice la antigua creencia de que era una afección casi exclusiva de individuos de origen europeo. Durante gran parte del siglo veinte, la mayoría de los casos diagnosticados procedían de países de Europa occidental o de poblaciones con ascendencia europea, lo que llevó a suponer que factores genéticos propios de estas comunidades explicaban la mayor parte del riesgo. Sin embargo, esta percepción se debía en gran medida a la limitada disponibilidad de herramientas diagnósticas y a la falta de programas sistemáticos de detección en otras regiones del mundo. Con la introducción de pruebas serológicas más sensibles y específicas, así como con la realización de investigaciones epidemiológicas en diversos continentes, se ha demostrado que la enfermedad está presente en poblaciones de Asia, África, América Latina y Medio Oriente. Los estudios de seroprevalencia indican que aproximadamente uno de cada setenta individuos en el mundo presenta marcadores serológicos compatibles con la enfermedad, lo que corresponde a una prevalencia cercana al uno punto cuatro por ciento. Cuando el diagnóstico se confirma mediante biopsia del intestino delgado, la prevalencia global se sitúa alrededor de 0.7%. Estas cifras revelan que la enfermedad celíaca no es un fenómeno regional ni étnicamente restringido, sino un trastorno inmunológico relativamente frecuente que puede manifestarse en cualquier población donde exista exposición dietética al gluten y predisposición genética. En consecuencia, la enfermedad debe considerarse un problema de alcance mundial cuya detección requiere estrategias diagnósticas aplicables a múltiples contextos culturales y geográficos.
Otro aspecto que ha experimentado una transformación conceptual importante es la percepción del estado nutricional de los pacientes celíacos. Tradicionalmente, la enfermedad se asociaba con cuadros de malabsorción severa caracterizados por diarrea crónica, pérdida de peso significativa y signos evidentes de desnutrición. Esta imagen clínica clásica llevó a considerar que la mayoría de los pacientes serían individuos delgados o con bajo peso corporal. No obstante, investigaciones más recientes han puesto de manifiesto que el espectro clínico de la enfermedad es mucho más amplio y que una proporción considerable de pacientes presenta un estado nutricional completamente distinto al descrito en los modelos tradicionales. En la actualidad se reconoce que muchos individuos con enfermedad celíaca pueden tener peso corporal normal, sobrepeso o incluso obesidad en el momento del diagnóstico. Diversos estudios clínicos han estimado que entre quince y treinta y uno por ciento de los pacientes presentan sobrepeso, mientras que aproximadamente entre seis punto ocho y trece por ciento cumplen criterios de obesidad. Estas observaciones reflejan que la enfermedad celíaca no siempre se manifiesta con malabsorción grave; en numerosos casos el daño intestinal puede ser parcial o presentarse con síntomas gastrointestinales leves o incluso con manifestaciones extraintestinales. Además, factores metabólicos, dietéticos y ambientales contemporáneos contribuyen a que los pacientes mantengan o desarrollen un exceso de peso a pesar de la presencia de la enfermedad. Por lo tanto, la presencia de obesidad o sobrepeso no excluye el diagnóstico de enfermedad celíaca, y asumir lo contrario puede retrasar el reconocimiento clínico de la patología.
El diagnóstico de la enfermedad celíaca se basa actualmente en una combinación de criterios serológicos, histológicos y clínicos. Dentro de este proceso diagnóstico, las pruebas serológicas ocupan un lugar fundamental como herramienta de cribado inicial. Entre ellas, la determinación de anticuerpos dirigidos contra la enzima transglutaminasa tisular de tipo inmunoglobulina A se considera la prueba de primera línea debido a su elevada sensibilidad y especificidad. Estos anticuerpos se generan como consecuencia de la respuesta inmunitaria anómala desencadenada por la interacción entre péptidos derivados del gluten y la enzima transglutaminasa presente en la mucosa intestinal. Sin embargo, la interpretación de esta prueba requiere tener en cuenta una particularidad inmunológica relevante: algunos pacientes presentan deficiencia selectiva de inmunoglobulina A, una condición relativamente más frecuente entre personas con enfermedad celíaca que en la población general. En tales circunstancias, la prueba basada en inmunoglobulina A puede arrojar resultados falsamente negativos, ya que el organismo del paciente no produce cantidades suficientes de este tipo de anticuerpo para ser detectadas por el ensayo. Por esta razón, las guías clínicas recomiendan medir simultáneamente la concentración total de inmunoglobulina A en suero. Si se confirma la deficiencia, deben emplearse pruebas serológicas alternativas basadas en anticuerpos de tipo inmunoglobulina G, dirigidos contra la transglutaminasa tisular o contra el endomisio. De esta manera, la evaluación del estado inmunológico del paciente resulta esencial para garantizar la correcta interpretación de los resultados y evitar errores diagnósticos.
A pesar de que la dieta estricta libre de gluten constituye el tratamiento estándar para la enfermedad celíaca, la respuesta clínica a esta intervención no siempre es completa. El principio terapéutico consiste en eliminar de manera permanente todas las fuentes dietéticas de gluten, lo cual permite reducir la respuesta inmunológica anormal y favorecer la regeneración de la mucosa intestinal dañada. Sin embargo, diversos estudios clínicos han demostrado que más del quince por ciento de los adultos diagnosticados continúan presentando síntomas incluso después de haber adoptado una dieta aparentemente adecuada. Esta situación se denomina enfermedad celíaca no responsiva y representa un desafío importante en la práctica clínica. Entre las causas más frecuentes se encuentra la exposición inadvertida al gluten, que puede ocurrir debido a contaminación cruzada durante la preparación de alimentos o a la presencia de gluten oculto en productos procesados. Además, existen otros trastornos gastrointestinales que pueden coexistir o imitar los síntomas de la enfermedad celíaca, como el síndrome de intestino irritable, el sobrecrecimiento bacteriano del intestino delgado, diversas intolerancias alimentarias o la colitis microscópica. Por ello, cuando los síntomas persisten a pesar de la dieta, es fundamental realizar una evaluación clínica detallada que permita identificar la causa subyacente y establecer el tratamiento adecuado.
Paralelamente, en las últimas décadas se ha observado un aumento considerable en el número de personas que adoptan una dieta libre de gluten sin tener diagnóstico confirmado de enfermedad celíaca. Este fenómeno se ha extendido especialmente en países industrializados y está influido por múltiples factores. Entre ellos se encuentra el reconocimiento de la denominada sensibilidad al gluten no celíaca, una condición en la cual los individuos experimentan síntomas gastrointestinales o sistémicos relacionados con el consumo de gluten, aunque no presentan las características inmunológicas ni histológicas de la enfermedad celíaca. Asimismo, algunas personas con síndrome de intestino irritable refieren mejoría de sus síntomas al reducir o eliminar el gluten de su alimentación. A estos factores médicos se suman tendencias dietéticas y percepciones sociales que asocian erróneamente la dieta sin gluten con beneficios generales para la salud. Como consecuencia, millones de personas siguen este régimen alimentario pese a que solo una proporción relativamente pequeña posee diagnóstico médico confirmado. Este fenómeno tiene implicaciones clínicas importantes, ya que iniciar una dieta libre de gluten antes de realizar las pruebas diagnósticas puede dificultar o incluso impedir la confirmación de la enfermedad.
De hecho, la mejoría de los síntomas tras eliminar el gluten de la dieta no constituye por sí sola una prueba diagnóstica de enfermedad celíaca. Diversas afecciones gastrointestinales pueden mostrar mejoría cuando se restringe el gluten o ciertos componentes presentes en alimentos que lo contienen, como los carbohidratos fermentables. Entre estas condiciones destacan la sensibilidad al gluten no celíaca y el síndrome de intestino irritable. Por esta razón, el diagnóstico correcto requiere un enfoque sistemático que incluya la realización de pruebas serológicas mientras el paciente aún consume gluten, la confirmación histológica mediante biopsia del intestino delgado y una evaluación clínica integral que tenga en cuenta los antecedentes personales y familiares. Solo mediante la integración de estos elementos es posible establecer con certeza la presencia de la enfermedad y evitar diagnósticos erróneos que podrían conducir a restricciones dietéticas innecesarias o a la omisión de otras patologías relevantes.
Aunque la dieta libre de gluten sigue siendo el pilar fundamental del tratamiento, esta estrategia presenta limitaciones significativas. Mantener una exclusión estricta del gluten a lo largo de toda la vida puede resultar complejo debido a la amplia presencia de este componente en numerosos alimentos procesados y a la frecuente contaminación cruzada durante la preparación de los alimentos. Además, los productos específicamente elaborados para dietas sin gluten suelen tener un costo elevado, lo que genera una carga económica considerable para los pacientes y sus familias. A estas dificultades prácticas se suma el impacto social que puede implicar la restricción dietética, ya que participar en actividades sociales o comer fuera del hogar requiere una vigilancia constante sobre la composición de los alimentos. Incluso cuando la dieta se sigue rigurosamente, algunos pacientes pueden continuar presentando inflamación intestinal o daño histológico persistente. Estas limitaciones han impulsado la investigación científica hacia el desarrollo de nuevas estrategias terapéuticas, incluidas intervenciones farmacológicas destinadas a modular la respuesta inmunitaria o a degradar los péptidos del gluten antes de que desencadenen el proceso inflamatorio.

Fuente y lecturas recomendadas:
- Goldman, L., & Schafer, A. I. (Eds.). (2020). Goldman-Cecil Medicine (26th ed.). Elsevier.
- Loscalzo, J., Fauci, A. S., Kasper, D. L., Hauser, S. L., Longo, D. L., & Jameson, J. L. (Eds.). (2022). Harrison. Principios de medicina interna (21.ª ed.). McGraw-Hill Education.
- Papadakis, M. A., McPhee, S. J., Rabow, M. W., & McQuaid, K. R. (Eds.). (2024). Diagnóstico clínico y tratamiento 2025. McGraw Hill.
- Rozman, C., & Cardellach López, F. (Eds.). (2024). Medicina interna (20.ª ed.). Elsevier España.
- Silvester, J. A., Therrien, A., & Kelly, C. P. (2021). Celiac Disease: Fallacies and Facts. The American journal of gastroenterology, 116(6), 1148–1155. https://doi.org/10.14309/ajg.0000000000001218

