El dolor musculoesquelético crónico constituye uno de los fenómenos clínicos y de salud pública más complejos y persistentes en la medicina contemporánea, no solamente por su elevada prevalencia, sino por la profunda interacción entre procesos biológicos, psicológicos y sociales que lo sostienen en el tiempo. Las estimaciones globales indican que aproximadamente 1.71 mil millones de personas viven con algún tipo de trastorno musculoesquelético, lo que lo convierte en la principal causa de discapacidad a escala mundial en términos de años vividos con discapacidad. Esta magnitud no puede explicarse adecuadamente desde un único nivel de análisis, sino que requiere una comprensión integrada de los sistemas corporales, del comportamiento humano y de los determinantes sociales de la salud.
Dentro de este amplio grupo de trastornos, el dolor lumbar, el dolor cervical, la osteoartritis y la artritis reumatoide destacan como contribuyentes principales a la carga global de discapacidad, sumando conjuntamente aproximadamente 107.4 millones de años vividos con discapacidad en el año 2019. Esta cifra no representa únicamente la presencia de dolor, sino la manera en que este altera la funcionalidad cotidiana, restringe la participación social y modifica la trayectoria vital de los individuos. El concepto de discapacidad, en este contexto, no debe entenderse como una consecuencia lineal del daño tisular, sino como el resultado de una compleja interacción entre la experiencia subjetiva del dolor, las capacidades adaptativas del individuo y el entorno en el que se desenvuelve.
El manejo contemporáneo del dolor musculoesquelético crónico se sustenta de manera predominante en el modelo biopsicosocial, el cual constituye un marco conceptual que reconoce que el dolor no es únicamente una señal nociceptiva, sino una experiencia construida a partir de múltiples niveles de integración. Desde este modelo, los factores biológicos incluyen procesos como la sensibilización periférica y central, la inflamación persistente o las alteraciones biomecánicas; los factores psicológicos comprenden procesos cognitivos y emocionales como la catastrofización del dolor, la ansiedad o la depresión; y los factores sociales abarcan el apoyo social, las condiciones laborales y las normas culturales relacionadas con el dolor y la discapacidad.
En la investigación contemporánea, una parte considerable del esfuerzo científico se ha dirigido hacia la identificación de factores asociados con resultados negativos, es decir, factores que incrementan la probabilidad de cronificación del dolor o de mayor discapacidad. Este enfoque se ha centrado históricamente en lo que puede denominarse un modelo basado en déficits, en el cual la atención se orienta hacia aquello que falta, se encuentra deteriorado o funciona de manera subóptima. Dentro de este marco se incluyen factores de riesgo como la catastrofización del dolor, que amplifica la percepción de amenaza; las deficiencias funcionales, como la reducción del rango de movimiento o la disminución de la fuerza muscular; y las condiciones patológicas subyacentes que perpetúan el dolor.
Este enfoque ha sido fundamental para el avance del conocimiento clínico, ya que ha permitido identificar variables predictoras importantes del pronóstico del dolor musculoesquelético crónico. Sin embargo, su énfasis predominante en el déficit ha generado una comprensión parcial del fenómeno, al centrarse principalmente en la patología, la limitación o la disfunción, y no necesariamente en los recursos adaptativos del individuo. Las intervenciones derivadas de este modelo suelen orientarse hacia la corrección de las alteraciones identificadas, como la reducción de pensamientos desadaptativos, la mejora de la movilidad articular o el tratamiento de síntomas depresivos, lo cual, aunque clínicamente relevante, puede no capturar la totalidad del potencial adaptativo del individuo.
En contraste, los enfoques basados en fortalezas representan una reorientación conceptual significativa en la comprensión del dolor crónico. Estos enfoques se centran explícitamente en los factores biopsicosociales protectores que permiten a los individuos afrontar la adversidad, mantener la funcionalidad y preservar el bienestar a pesar de la presencia de dolor persistente. Desde esta perspectiva, el individuo no es definido únicamente por sus limitaciones, sino también por sus capacidades de resiliencia, adaptación y crecimiento psicológico.
Este cambio de paradigma se encuentra alineado con el modelo salutogénico de la salud, propuesto originalmente por Antonovsky, el cual plantea que la salud no debe ser entendida únicamente como la ausencia de enfermedad, sino como un continuo en el que los individuos se sitúan en función de su capacidad de generar y mantener bienestar. En este sentido, el foco se desplaza desde los factores patogénicos hacia los recursos que promueven la salud, incluyendo la coherencia interna, el sentido de control y los recursos de afrontamiento.
Dentro de este marco conceptual más amplio, la teoría de ampliación y construcción propuesta por Fredrickson en 2004 aporta una base psicológica importante para comprender cómo las emociones positivas pueden contribuir a la salud a largo plazo. Según esta teoría, las emociones positivas amplían el repertorio de pensamientos y acciones disponibles para el individuo, lo que facilita la construcción progresiva de recursos psicológicos, sociales y cognitivos. En el contexto del dolor musculoesquelético crónico, esto implica que estados emocionales positivos no solo representan experiencias subjetivas agradables, sino que pueden desempeñar un papel funcional en la ampliación de estrategias de afrontamiento y en la mejora de la adaptación al dolor.
De manera complementaria, el enfoque de Salud Positiva propuesto por Seligman en 2008 enfatiza la importancia de identificar y promover las fortalezas humanas como vía para optimizar el bienestar. Este enfoque propone que la salud no puede comprenderse plenamente sin considerar dimensiones como el optimismo, el sentido de propósito, las relaciones positivas y la capacidad de compromiso con actividades significativas. En el contexto del dolor crónico, estas dimensiones pueden actuar como factores moduladores de la experiencia dolorosa y de la discapacidad asociada.
La implementación de enfoques basados en fortalezas requiere necesariamente una evaluación sistemática de los factores protectores presentes en cada individuo. Esto implica identificar no solo los déficits funcionales o psicológicos, sino también los recursos personales, sociales y contextuales que pueden ser movilizados en el proceso terapéutico. Sin embargo, a pesar del creciente reconocimiento teórico de la importancia de estos factores protectores, la investigación empírica sobre su aplicación concreta en el manejo del dolor musculoesquelético crónico sigue siendo limitada en comparación con la extensa literatura centrada en déficits.
Es fundamental destacar que los enfoques basados en fortalezas no implican la negación de los déficits ni la minimización de su relevancia clínica. Por el contrario, proponen una integración equilibrada entre la identificación de limitaciones y el reconocimiento de recursos. Esta perspectiva holística permite comprender al individuo como un sistema dinámico en el que coexisten vulnerabilidades y capacidades adaptativas, y donde la evolución del dolor depende tanto de los factores de riesgo como de los factores protectores.
En consecuencia, el tránsito desde un modelo exclusivamente centrado en déficits hacia un enfoque que también incorpore fortalezas representa un cambio epistemológico relevante en la comprensión del dolor musculoesquelético crónico. Este cambio no solo amplía el marco explicativo, sino que también abre nuevas posibilidades terapéuticas orientadas a potenciar la resiliencia, optimizar el funcionamiento y promover un bienestar más integral en las personas que viven con dolor persistente.

Fuente y lecturas recomendadas:
- Cieza, A., Causey, K., Kamenov, K., Hanson, S. W., Chatterji, S., & Vos, T. (2021). Global estimates of the need for rehabilitation based on the Global Burden of Disease study 2019. The Lancet, 396(10267), 2006–2017.
- Fredrickson, B. L. (2004). The broaden-and-build theory of positive emotions. Philosophical Transactions of the Royal Society B: Biological Sciences, 359(1449), 1367–1377.
- Seligman, M. E. P. (2008). Positive health. Applied Psychology, 57(s1), 3–18.

