El reflujo gastroesofágico en neonatos es generalmente fisiológico y suele ser mal diagnosticado como enfermedad, lo que conduce a tratamientos innecesarios y potencialmente peligrosos.
El reflujo gastroesofágico en el periodo neonatal constituye un fenómeno fisiológico relacionado con la inmadurez funcional del sistema digestivo superior y con las características propias de la alimentación en las primeras etapas de la vida. Desde un punto de vista fisiopatológico, se define como el desplazamiento retrógrado del contenido gástrico desde el estómago hacia el esófago, fenómeno que ocurre cuando los mecanismos que normalmente mantienen la dirección anterógrada del tránsito digestivo se relajan de manera transitoria o se ven superados por cambios en las presiones dentro de las cavidades torácica y abdominal.
En el recién nacido y en el lactante pequeño, este fenómeno es extraordinariamente frecuente y, en la mayoría de los casos, completamente fisiológico. La elevada prevalencia del reflujo en esta etapa de la vida se explica por múltiples factores relacionados con la maduración incompleta de la motilidad gastrointestinal, la anatomía particular del aparato digestivo en desarrollo y el patrón de alimentación característico de los primeros meses. Durante este periodo, el estómago posee una capacidad relativamente limitada, el ángulo entre el esófago y el fondo gástrico es menos pronunciado que en etapas posteriores, y los mecanismos neuromusculares que regulan la motilidad digestiva aún se encuentran en proceso de desarrollo. Como consecuencia de estas condiciones, es común que pequeñas cantidades de contenido gástrico asciendan hacia el esófago sin generar daño tisular ni manifestaciones clínicas relevantes.
Es importante distinguir claramente entre el reflujo gastroesofágico fisiológico y la enfermedad por reflujo gastroesofágico, ya que ambos conceptos representan entidades distintas desde el punto de vista clínico. Mientras que el primero corresponde a un fenómeno normal que puede presentarse incluso en lactantes completamente sanos y asintomáticos, la enfermedad por reflujo gastroesofágico implica la presencia de síntomas o complicaciones atribuibles al reflujo, tales como irritación esofágica, alteraciones del crecimiento, compromiso respiratorio o manifestaciones clínicas persistentes que afectan el bienestar del paciente. En otras palabras, el simple hecho de que el contenido gástrico ascienda hacia el esófago no implica necesariamente la existencia de enfermedad; para que se considere patológico debe existir una repercusión clínica demostrable.
Precisamente esta distinción conceptual ha sido históricamente una fuente de confusión en el ámbito neonatal. En numerosas unidades de cuidados intensivos neonatales se ha observado una tendencia significativa al sobrediagnóstico de la enfermedad por reflujo gastroesofágico. Diversos estudios epidemiológicos han mostrado que aproximadamente uno de cada diez recién nacidos hospitalizados recibe este diagnóstico. Sin embargo, al analizar las tasas de diagnóstico entre diferentes instituciones, se ha encontrado una variabilidad extraordinariamente amplia, con diferencias que pueden alcanzar hasta trece veces entre hospitales. Esta discrepancia sugiere que el diagnóstico no depende únicamente de la presencia real de la enfermedad, sino también de la interpretación clínica de los síntomas y de las prácticas médicas locales.
Fisiopatología y características clínicas
Una de las razones principales de este fenómeno radica en que los signos clínicos utilizados para atribuir síntomas al reflujo son poco específicos. Manifestaciones como irritabilidad, regurgitación, episodios de desaturación de oxígeno, bradicardia o pausas respiratorias pueden observarse en numerosos trastornos neonatales y no constituyen indicadores exclusivos de reflujo patológico. Debido a esta falta de especificidad, existe un riesgo considerable de atribuir erróneamente estos síntomas al reflujo gastroesofágico, lo que conduce a diagnósticos excesivos y, en consecuencia, a intervenciones terapéuticas innecesarias.
La fisiología del reflujo en el neonato se encuentra determinada por la interacción de varios mecanismos anatómicos y funcionales que regulan la competencia de la unión gastroesofágica. El principal componente de esta barrera es el esfínter esofágico inferior, una estructura muscular circular situada en la porción distal del esófago que mantiene un tono basal elevado para impedir el paso retrógrado del contenido gástrico. Este esfínter actúa como un mecanismo valvular dinámico que se relaja durante la deglución para permitir el tránsito del alimento hacia el estómago y posteriormente recupera su tono para restablecer la barrera antirreflujo.
No obstante, además de las relajaciones asociadas al acto de tragar, el esfínter esofágico inferior puede experimentar relajaciones transitorias independientes de la deglución. Estas relajaciones transitorias constituyen el mecanismo fisiológico más importante responsable de los episodios de reflujo. Durante estos eventos, el esfínter pierde momentáneamente su tono, lo que permite que el contenido gástrico ascienda hacia el esófago, especialmente si el estómago se encuentra distendido o si existen variaciones en las presiones intraabdominales.
Otro elemento fundamental en la generación del reflujo es el gradiente de presión entre la cavidad abdominal y la cavidad torácica. En condiciones normales, la presión dentro del abdomen es mayor que la presión dentro del tórax. Esta diferencia favorece el desplazamiento del contenido gástrico hacia arriba cuando la barrera esfinteriana se relaja. En los neonatos, este gradiente puede verse amplificado por factores como el esfuerzo respiratorio, el llanto o el aumento de la presión abdominal, lo que incrementa la probabilidad de episodios de reflujo.
Existen diversos factores que pueden favorecer la aparición de estos episodios. La distensión gástrica, que ocurre después de la alimentación, aumenta la presión intragástrica y estimula la aparición de relajaciones transitorias del esfínter. Asimismo, el esfuerzo abdominal, como el que ocurre durante el llanto o la actividad motora intensa, puede incrementar momentáneamente la presión intraabdominal. Las alteraciones respiratorias, particularmente en los recién nacidos prematuros con enfermedad pulmonar, también pueden modificar la dinámica de presiones entre el tórax y el abdomen. Incluso algunos tratamientos farmacológicos utilizados en el manejo de la apnea del prematuro, como la administración de cafeína, pueden influir indirectamente en la frecuencia de los episodios de reflujo al modificar la motilidad gastrointestinal.
Una característica distintiva del reflujo en los neonatos es que el material que asciende hacia el esófago no suele ser altamente ácido. Esto se debe principalmente al tipo de alimentación que reciben los lactantes. La leche materna y las fórmulas infantiles poseen una capacidad amortiguadora considerable que neutraliza parcialmente la acidez gástrica. Además, los recién nacidos se alimentan con frecuencia, lo que mantiene el estómago ocupado por contenido lácteo durante gran parte del tiempo. Como resultado, el líquido que asciende hacia el esófago suele ser débilmente ácido o incluso cercano a la neutralidad.
Esta característica tiene implicaciones clínicas importantes, ya que muchos de los tratamientos farmacológicos utilizados para el reflujo en edades posteriores se basan en la reducción de la producción de ácido gástrico. Sin embargo, si el contenido refluido ya posee una acidez relativamente baja, la supresión adicional de la secreción ácida tiene un impacto limitado sobre los episodios de reflujo y sobre los síntomas asociados. Por esta razón, la eficacia de estos medicamentos en el periodo neonatal suele ser escasa.
Diagnóstico
El diagnóstico del reflujo gastroesofágico en neonatos presenta importantes desafíos metodológicos. Existen varios métodos de evaluación, cada uno con ventajas y limitaciones específicas. La fluoroscopia con contraste, por ejemplo, permite visualizar el tránsito del contenido digestivo mediante estudios radiológicos. Esta técnica es útil para identificar anomalías anatómicas como malformaciones del tracto digestivo o alteraciones estructurales del esófago y el estómago. Sin embargo, su utilidad para diagnosticar reflujo patológico es limitada, ya que los episodios de reflujo pueden observarse incluso en lactantes completamente sanos durante el estudio.
Otro método empleado es el monitoreo continuo del pH esofágico, que consiste en la colocación de una sonda que mide la acidez en el esófago durante un periodo prolongado. Este procedimiento permite detectar episodios en los que el contenido gástrico ácido asciende hacia el esófago. No obstante, su principal limitación es que únicamente identifica episodios de reflujo claramente ácido, por lo que no detecta los episodios débilmente ácidos, que son precisamente los más frecuentes en la población neonatal.
Una técnica más avanzada es la medición combinada de pH e impedancia intraluminal multicanal. Este método permite detectar el movimiento de líquidos o gases dentro del esófago independientemente de su nivel de acidez. De esta manera, es posible identificar episodios de reflujo ácido, débilmente ácido o alcalino, así como determinar hasta qué altura del esófago asciende el contenido refluido. A pesar de su potencial diagnóstico, todavía existe una limitación importante: no se dispone de valores de referencia plenamente establecidos para los recién nacidos, lo que dificulta la interpretación de los resultados.
El reflujo gastroesofágico también ha sido investigado en relación con diversos problemas clínicos que afectan a los recién nacidos prematuros. Uno de los vínculos más estudiados es su posible relación con los episodios de apnea del prematuro. Durante muchos años se planteó la hipótesis de que el reflujo podía desencadenar pausas respiratorias al estimular reflejos vagales o provocar microaspiraciones. Sin embargo, investigaciones más recientes que analizan simultáneamente los episodios de reflujo y las alteraciones respiratorias han demostrado que, en muchos casos, las pausas respiratorias preceden al episodio de reflujo, lo que sugiere que la relación causal es mucho menos clara de lo que se pensaba inicialmente.
Otro contexto clínico en el que se ha observado una mayor frecuencia de diagnóstico de reflujo es la displasia broncopulmonar, una enfermedad pulmonar crónica que afecta principalmente a los recién nacidos extremadamente prematuros. En estos pacientes se ha planteado que el reflujo podría contribuir al daño pulmonar mediante aspiración de contenido gástrico o mediante la alteración de la mecánica respiratoria. Asimismo, la dificultad respiratoria característica de esta enfermedad puede incrementar la presión abdominal y favorecer los episodios de reflujo. Sin embargo, hasta el momento no existe evidencia fisiológica concluyente que demuestre una relación causal directa entre ambos procesos.
Tratamiento
Desde el punto de vista terapéutico, un principio fundamental en el manejo del reflujo en neonatos es considerar la enfermedad por reflujo gastroesofágico como un diagnóstico de exclusión. Esto significa que antes de atribuir los síntomas al reflujo es necesario descartar otras causas potenciales, como infecciones, trastornos neurológicos, alteraciones gastrointestinales o problemas respiratorios.
En la mayoría de los casos, el tratamiento inicial se basa en medidas no farmacológicas, que buscan reducir la frecuencia de los episodios de reflujo mediante intervenciones simples y de bajo riesgo. Estas estrategias incluyen ajustes en el volumen y la frecuencia de las tomas, modificaciones en la posición del lactante después de la alimentación, cambios en el tipo de fórmula cuando se sospecha intolerancia alimentaria y el uso de agentes espesantes que aumentan la viscosidad de la leche.
El uso de medicamentos que reducen la secreción de ácido gástrico debe evaluarse con extrema precaución. Diversos estudios han demostrado que estos fármacos presentan beneficios limitados en la población neonatal, mientras que su uso se ha asociado con un incremento en el riesgo de complicaciones potencialmente graves. Entre estas complicaciones se encuentran infecciones respiratorias, alteraciones de la microbiota intestinal, enterocolitis necrotizante, episodios de sepsis e incluso un aumento en la mortalidad en poblaciones vulnerables. Debido a estos riesgos, las guías clínicas actuales recomiendan evitar el uso rutinario de supresores de ácido en neonatos, reservándolos únicamente para situaciones en las que exista evidencia clara de enfermedad por reflujo con repercusiones clínicas significativas.

Fuente y lecturas recomendadas:
-
Kasugai, K., & Ogasawara, N. (2024). Gastroesophageal Reflux Disease: Pathophysiology and New Treatment Trends. Internal medicine (Tokyo, Japan), 63(1), 1–10. https://doi.org/10.2169/internalmedicine.1551-23
-
Sawyer, C., Sanghavi, R., & Ortigoza, E. B. (2022). Neonatal gastroesophageal reflux. Early human development, 171, 105600. https://doi.org/10.1016/j.earlhumdev.2022.105600
Síguenos en X: @el_homomedicus y @enarm_intensivo
Síguenos en instagram: homomedicus y en Treads.net como: Homomedicus

