Acatisia
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La acatisia debe entenderse como un síndrome motor y neuropsiquiátrico complejo, no simplemente como una forma de ansiedad o agitación. Su importancia clínica deriva de que combina una experiencia subjetiva intensa de inquietud con una actividad motora objetivable, suele aparecer después de modificaciones farmacológicas y puede producir un sufrimiento considerable. Además, cuando no se identifica correctamente, puede confundirse con empeoramiento de la enfermedad psiquiátrica que motivó el tratamiento, lo que puede conducir a incrementar el fármaco causal y establecer un círculo de agravamiento progresivo.

Concepto y manifestaciones clínicas

La característica fundamental de la acatisia es la coexistencia de dos componentes clínicamente inseparables. El primero es subjetivo y consiste en una sensación interna de inquietud, tensión o incapacidad para permanecer tranquilo, que con frecuencia predomina en las extremidades inferiores. El segundo es objetivo y consiste en movimientos repetitivos destinados, al menos parcialmente, a aliviar esa sensación desagradable. La persona puede describir una necesidad irresistible de levantarse, caminar, mover las piernas o cambiar continuamente de posición. La literatura clínica describe como manifestaciones típicas el balanceo de una pierna, el cruzamiento y descruzamiento repetido de las piernas, el desplazamiento del peso corporal de un pie al otro, la marcha en el sitio, el balanceo del tronco y el caminar de un lado a otro.

La experiencia subjetiva puede ser particularmente difícil de describir. Algunos pacientes hablan de una sensación de tensión interna, imposibilidad de relajarse o necesidad permanente de movimiento, mientras que otros la experimentan predominantemente como ansiedad, malestar, irritabilidad o disforia. Esta diversidad fenomenológica explica parcialmente por qué la acatisia puede pasar inadvertida cuando se evalúa exclusivamente el comportamiento observable. La revisión clínica de la enfermedad destaca que la inquietud intensa suele acompañarse de disforia y movimientos aparentemente carentes de finalidad, aunque dichos movimientos poseen una función subjetiva: reducir temporalmente la tensión interna producida por el síndrome.

La observación directa es, por ello, fundamental. Una persona con acatisia puede sentarse durante algunos segundos, pero comienza repetidamente a mover los pies, cruzar y descruzar las piernas, levantarse, caminar, mecerse o cambiar de posición. Cuando permanece de pie puede realizar una especie de marcha estacionaria o trasladar continuamente el peso de una extremidad a otra. Estos movimientos no deben interpretarse automáticamente como agitación psicótica o ansiedad conductual, ya que constituyen la expresión motora de una experiencia interna específica.

La intensidad puede fluctuar a lo largo del día y también puede variar dependiendo de la postura y del grado de actividad. El movimiento suele proporcionar un alivio parcial y transitorio, por lo que el paciente puede encontrarse caminando repetidamente no por inquietud psicológica primaria, sino para disminuir la sensación corporal desagradable. Esta relación entre malestar subjetivo y movimiento constituye una de las claves para diferenciar la acatisia de otros estados de agitación.

Por qué los fármacos antipsicóticos producen acatisia

La causa farmacológica más importante son los antipsicóticos, especialmente aquellos capaces de interferir intensamente con la neurotransmisión dopaminérgica mediante el bloqueo de receptores D2. El riesgo no es idéntico para todos los fármacos y depende del compuesto, la dosis, la velocidad de incremento de la dosis, las características individuales del paciente y el contexto clínico. Un metaanálisis de 98 estudios, que incluyó 34,225 participantes y 17 antipsicóticos, demostró que el riesgo de acatisia está relacionado con la dosis para numerosos antipsicóticos y que, en general, las dosis superiores presentan un riesgo igual o mayor que las dosis inferiores.

Los antipsicóticos de primera generación con elevada potencia dopaminérgica, como haloperidol, tienen especial importancia histórica y clínica. Su elevada capacidad para bloquear receptores D2 en los circuitos estriatales puede producir diversos síntomas extrapiramidales, entre ellos acatisia. Sin embargo, no debe concluirse que el problema se limita a los antipsicóticos de primera generación. Los antipsicóticos de segunda generación también pueden producirla, y algunos fármacos relativamente modernos presentan incidencias clínicamente importantes.

El riesgo tampoco depende exclusivamente del hecho de que un fármaco sea clasificado como de primera o segunda generación. Por ejemplo, aripiprazol puede producir acatisia pese a que su farmacología dopaminérgica es distinta de la de un antagonista D2 puro, debido principalmente a su actividad como agonista parcial de los receptores dopaminérgicos. En ensayos clínicos, la incidencia de acatisia con aripiprazol fue superior a la observada con placebo en determinados grupos de pacientes, y también se documentó una incidencia importante durante el tratamiento del trastorno bipolar.

La acatisia también se ha documentado con asenapina, lurasidona, cariprazina y brexpiprazol. Un metaanálisis específico de antipsicóticos recientemente aprobados encontró incidencias ponderadas de acatisia de 6.8% con asenapina, 12.7% con lurasidona, 17.2% con cariprazina y 10.0% con brexpiprazol. En conjunto, estos datos muestran que la acatisia no puede considerarse una reacción exclusiva de los antipsicóticos de alta potencia de primera generación.

La relación con la dosis tiene una consecuencia clínica importante: aumentar la dosis del antipsicótico puede intensificar la acatisia. El metaanálisis de dosis y respuesta encontró que, para la mayoría de los antipsicóticos evaluados, el riesgo aumentaba inicialmente al incrementar la dosis y posteriormente podía alcanzar una meseta o continuar aumentando. Para algunos fármacos, la relación fue particularmente marcada.

Otros medicamentos capaces de producirla

Aunque los antipsicóticos son la causa farmacológica más relevante, la acatisia no pertenece exclusivamente a esta familia. Se ha descrito durante el tratamiento con inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina, inhibidores de la recaptación de serotonina y noradrenalina, estimulantes, mirtazapina, tetrabenazina y diversos fármacos no psiquiátricos.

Los antieméticos también son relevantes, especialmente aquellos con propiedades antagonistas dopaminérgicas. La literatura clínica reconoce la asociación de acatisia con antieméticos y otros medicamentos capaces de interferir con los circuitos dopaminérgicos centrales. Esto resulta particularmente importante en servicios de urgencias, donde un paciente puede recibir un antagonista dopaminérgico para tratar náuseas o vómitos y posteriormente desarrollar una inquietud motora intensa que inicialmente puede atribuirse al cuadro clínico original.

Tetrabenazina merece una consideración particular. Este medicamento inhibe el transportador vesicular de monoaminas tipo 2 y disminuye el almacenamiento presináptico de monoaminas, especialmente dopamina. La depleción dopaminérgica y las modificaciones concomitantes de la neurotransmisión monoaminérgica pueden producir síntomas motores, y la acatisia está reconocida entre sus efectos adversos. En series clínicas amplias de pacientes tratados con tetrabenazina se ha observado acatisia como efecto adverso, junto con somnolencia, parkinsonismo, depresión, insomnio y ansiedad.

También existe evidencia de que modificaciones en tratamientos anticolinérgicos pueden coincidir con la aparición o el reconocimiento de síntomas motores. Sin embargo, la relación es más compleja que una simple afirmación de que la retirada de un anticolinérgico causa directamente acatisia. En un estudio prospectivo de pacientes tratados con antipsicóticos, la suspensión gradual del tratamiento anticolinérgico no produjo un cambio significativo global en la subescala de acatisia, aunque algunos pacientes no pudieron completar la retirada debido a la aparición de síntomas compatibles con acatisia.

Bases neurobiológicas

La fisiopatología de la acatisia no está completamente establecida. Esta incertidumbre es importante, ya que no existe una única alteración neuroquímica capaz de explicar todos los casos. La evidencia disponible apunta hacia una interacción compleja entre los sistemas dopaminérgico, noradrenérgico y serotoninérgico, con probable participación adicional de mecanismos GABAérgicos y de los circuitos motores de los ganglios basales.

El modelo dopaminérgico parte de la observación de que la interferencia con la neurotransmisión dopaminérgica puede producir síntomas extrapiramidales. El bloqueo de receptores D2 altera la señalización dopaminérgica dentro de circuitos que participan en la regulación del movimiento. Sin embargo, la simple hipótesis de una deficiencia dopaminérgica no explica completamente la acatisia, ya que diferentes fármacos con mecanismos dopaminérgicos distintos pueden producirla y algunos medicamentos que no generan un parkinsonismo intenso también pueden producir acatisia.

La participación noradrenérgica proporciona una explicación adicional. Se ha propuesto que la alteración de la señalización dopaminérgica induce modificaciones compensatorias en sistemas noradrenérgicos, generando un estado de hiperactivación que contribuye a la sensación subjetiva de inquietud. Este modelo explica parcialmente por qué algunos tratamientos eficaces contra la acatisia no actúan exclusivamente sobre la dopamina.

La serotonina también parece participar en este equilibrio. El hecho de que antagonistas de los receptores 5-HT2A, especialmente mirtazapina, puedan reducir la acatisia proporciona evidencia indirecta de que la regulación serotoninérgica puede modificar la actividad de los circuitos dopaminérgicos y noradrenérgicos implicados en el síndrome. La utilidad clínica de estos fármacos no demuestra por sí sola un mecanismo único, pero sí respalda la existencia de una interacción entre varios sistemas neurotransmisores.

También se ha propuesto la participación del sistema GABAérgico. Los datos disponibles son menos sólidos que los correspondientes a los sistemas dopaminérgico, noradrenérgico y serotoninérgico, pero la eficacia observada en algunos estudios con benzodiazepinas y gabapentinoides proporciona una base clínica para considerar la modulación de la neurotransmisión inhibitoria como uno de los mecanismos potencialmente relevantes.

Por tanto, la acatisia puede concebirse mejor como una alteración de la regulación de los circuitos motores y de la respuesta motivacional al movimiento, producida por una interacción entre varios sistemas neurotransmisores, en lugar de como una simple consecuencia de la reducción de dopamina. Esta interpretación explica por qué la fenomenología es compleja y por qué los tratamientos eficaces actúan sobre mecanismos farmacológicos diferentes.

Acatisia aguda

La acatisia aguda suele aparecer después de iniciar un fármaco causal, aumentar su dosis o modificar rápidamente el régimen terapéutico. El intervalo puede ser relativamente breve, desde horas o días hasta varias semanas. La aparición temprana después de una modificación farmacológica es una de las principales pistas diagnósticas.

El riesgo aumenta con dosis mayores de muchos antipsicóticos, de manera que la aparición de inquietud motora después de una titulación ascendente debe considerarse especialmente sugestiva. En estudios prospectivos de pacientes con un primer episodio psicótico se ha documentado acatisia durante las primeras semanas del tratamiento, aunque la frecuencia varía considerablemente entre los diferentes antipsicóticos y poblaciones estudiadas.

La forma aguda suele mejorar cuando se reduce la exposición al fármaco causal. Las guías clínicas recomiendan, como primera intervención, revisar la necesidad del medicamento, reducir su dosis cuando sea clínicamente posible o cambiarlo por una alternativa con menor propensión a producir acatisia. Esta estrategia es fundamental porque trata el mecanismo desencadenante en lugar de limitarse a suprimir temporalmente los síntomas.

Acatisia tardía

La acatisia tardía constituye un fenómeno diferente desde el punto de vista temporal y pronóstico. Se relaciona con la exposición prolongada a fármacos que interfieren con la neurotransmisión dopaminérgica y puede aparecer después de meses o años de tratamiento. En una serie clínica de 52 pacientes, la exposición media a antagonistas dopaminérgicos antes del desarrollo de acatisia tardía fue de 4.5 años, aunque 34% de los pacientes desarrollaron el trastorno durante el primer año.

Su importancia reside en que no necesariamente desaparece al suspender el medicamento responsable. En esa serie, los pacientes que pudieron suspender los antagonistas dopaminérgicos continuaron presentando acatisia durante un promedio de 2.7 años, con intervalos individuales que llegaron hasta 7 años.

Esta persistencia distingue la acatisia tardía de la forma aguda y sugiere que la exposición prolongada a la alteración dopaminérgica puede producir modificaciones funcionales más duraderas en los circuitos motores. La asociación entre acatisia tardía y otros fenómenos motores tardíos también ha sido documentada, lo que apoya la existencia de mecanismos fisiopatológicos parcialmente compartidos entre diferentes trastornos del movimiento inducidos por fármacos.

La existencia de acatisia relacionada con la retirada de antipsicóticos añade todavía mayor complejidad. Se han descrito casos en los que la interrupción del tratamiento se acompaña de la aparición de acatisia, incluso después de que el paciente haya permanecido sin el fármaco durante un periodo considerable. Esto puede representar una forma de acatisia de retirada o una manifestación relacionada con fenómenos tardíos, y su diferenciación requiere reconstruir cuidadosamente la cronología de la exposición farmacológica.

Por qué puede confundirse con agitación psicótica

La distinción entre acatisia y agitación psicótica es una de las cuestiones clínicas más importantes. Una persona con acatisia puede caminar continuamente, moverse, mostrarse irritable, parecer ansiosa y expresar una intensa sensación de malestar. Todos estos fenómenos pueden interpretarse erróneamente como una exacerbación de la psicosis, particularmente cuando el paciente ya tiene un diagnóstico psiquiátrico.

La diferencia fundamental está en qué experiencia interna está impulsando la conducta motora. En la agitación psicótica, el movimiento puede estar relacionado con delirios, alucinaciones, desorganización del pensamiento o una activación afectiva propia de la enfermedad. En la acatisia, en cambio, existe una sensación corporal interna característica de inquietud y una necesidad compulsiva de movimiento destinada a aliviarla.

La cronología proporciona otra pista decisiva. La aparición de inquietud poco después de iniciar un antipsicótico, incrementar su dosis o cambiar de tratamiento aumenta sustancialmente la sospecha de acatisia. El reconocimiento de esta relación temporal es particularmente importante cuando el paciente no presenta una modificación proporcional de los síntomas psicóticos que permita justificar el cambio conductual.

El error diagnóstico puede generar un círculo vicioso: el paciente desarrolla acatisia, esta se interpreta como mayor agitación psicótica, se incrementa la dosis del antipsicótico y la mayor exposición farmacológica intensifica la acatisia. Dado que existe una relación dosis-respuesta para muchos antipsicóticos, esta intervención puede empeorar precisamente el fenómeno que se intentaba controlar.

Además, la acatisia puede asociarse con consecuencias psiquiátricas graves. Las revisiones clínicas han señalado una asociación con ideación suicida y conducta suicida, por lo que la identificación del síndrome no debe limitarse a documentar los movimientos motores: también es necesario valorar el grado de sufrimiento psicológico y la presencia de pensamientos autolesivos cuando la intensidad del cuadro lo justifique.

Diferenciación frente a otros trastornos del movimiento

La acatisia debe diferenciarse del parkinsonismo inducido por fármacos, la distonía aguda, la discinesia tardía, el síndrome de piernas inquietas y los estados de ansiedad o agitación. El parkinsonismo suele caracterizarse por bradicinesia, rigidez y temblor, mientras que la acatisia se caracteriza por una necesidad subjetiva de movimiento acompañada de actividad motora repetitiva.

Esta distinción explica por qué los fármacos anticolinérgicos, que pueden ser útiles para determinadas manifestaciones del parkinsonismo inducido por antipsicóticos, no constituyen generalmente un tratamiento eficaz para la acatisia. La evidencia disponible para benztropina es limitada y de calidad metodológica baja o moderada, y las guías modernas no la consideran la intervención principal.

La diferenciación respecto del síndrome de piernas inquietas también es importante. En ambos trastornos pueden existir sensaciones desagradables en las extremidades inferiores y una necesidad de moverlas, pero el síndrome de piernas inquietas posee una relación característica con el reposo, el periodo nocturno y el alivio producido por el movimiento, mientras que la acatisia farmacológica se relaciona mucho más estrechamente con la exposición a medicamentos y puede comprometer todo el cuerpo.

Evaluación clínica

La evaluación debe comenzar con una reconstrucción precisa de la exposición farmacológica. Es necesario determinar qué medicamento estaba recibiendo el paciente, cuándo se inició, cuándo se aumentó la dosis, si se realizó un cambio de fármaco, si se suspendió algún medicamento y cuándo aparecieron los primeros síntomas. Esta relación temporal puede ser más informativa que una descripción aislada de los movimientos.

La exploración debe valorar tanto el componente subjetivo como el objetivo. No basta con preguntar si el paciente está nervioso; es necesario preguntar específicamente si experimenta una sensación interna de inquietud, si siente una necesidad irresistible de moverse, si permanecer sentado resulta difícil y si caminar o mover las piernas proporciona alivio. Paralelamente, debe observarse al paciente durante la entrevista, ya que la actividad motora repetitiva puede aportar información diagnóstica esencial.

La Barnes Akathisia Rating Scale es una herramienta validada que permite valorar de forma estructurada la intensidad subjetiva y objetiva de la acatisia. Las guías recomiendan su utilización antes de iniciar un antipsicótico y durante la titulación de la dosis, particularmente cuando existe riesgo elevado de síntomas extrapiramidales.

Principios del tratamiento

El primer principio terapéutico consiste en identificar y modificar el fármaco causal. Si la situación clínica lo permite, debe reducirse la dosis del medicamento responsable. Cuando esto no es suficiente o cuando la exposición al fármaco constituye un problema evidente, puede considerarse el cambio a un antipsicótico con menor propensión a producir acatisia. La decisión debe equilibrar el control de la enfermedad psiquiátrica frente al daño producido por el efecto adverso.

Esta estrategia es particularmente importante porque los ensayos disponibles sobre tratamientos sintomáticos no demuestran que estos sustituyan a la corrección de la exposición al fármaco causal. De hecho, un metaanálisis en red publicado en 2024 identificó 19 ensayos con 661 participantes, pero ninguno evaluó directamente la reducción de la dosis o el cambio del antipsicótico como intervención comparativa. Por tanto, la evidencia de los medicamentos complementarios no debe interpretarse como demostración de que pueden compensar indefinidamente una exposición farmacológica que continúa generando acatisia.

Propranolol

Los betabloqueantes, particularmente propranolol, constituyen una de las opciones farmacológicas mejor establecidas cuando no es posible modificar adecuadamente el tratamiento causal. Las guías de tratamiento lo consideran una opción de primera elección después de valorar contraindicaciones y precauciones individuales.

Su utilidad probablemente refleja la modulación de componentes noradrenérgicos de la acatisia. Esto es congruente con los modelos fisiopatológicos que proponen una interacción entre la alteración dopaminérgica inducida por el antipsicótico y una respuesta noradrenérgica compensatoria.

No obstante, propranolol no es apropiado para todos los pacientes. Deben considerarse especialmente la hipotensión, la bradicardia, determinados trastornos de la conducción cardíaca y el asma, además de otras condiciones clínicas que puedan aumentar el riesgo de los betabloqueantes.

Mirtazapina

Mirtazapina constituye una alternativa particularmente importante debido a su antagonismo de los receptores 5-HT2A. Los ensayos clínicos disponibles han estudiado principalmente dosis de 15 mg y tratamientos de corta duración, y las guías consideran razonable una prueba terapéutica cuando propranolol está contraindicado, no es eficaz o no es tolerado.

Un metaanálisis en red que comparó diferentes tratamientos encontró que mirtazapina a 15 mg diarios durante al menos 5 días produjo una reducción de la gravedad de la acatisia superior a placebo, con un tamaño del efecto estandarizado de −1.20 y un intervalo de confianza de 95% de −1.83 a −0.58. Otro metaanálisis en red más reciente encontró también un posible beneficio de los antagonistas 5-HT2A, aunque calificó la certeza global de la evidencia como baja.

La evidencia disponible, por tanto, apoya a mirtazapina como una opción razonable, pero no permite considerarla una solución universal ni establece con suficiente certeza su eficacia a largo plazo. Los ensayos que sustentan su utilización fueron pequeños y de duración breve.

Benzodiazepinas y gabapentinoides

Las benzodiazepinas pueden disminuir la intensidad de los síntomas en algunos pacientes. Los estudios con clonazepam han mostrado mejoría respecto de placebo, pero fueron pequeños y presentaron limitaciones metodológicas importantes. Además, el tratamiento prolongado con benzodiazepinas se asocia con tolerancia, dependencia y efectos cognitivos, por lo que su utilización debe plantearse generalmente como una intervención cuidadosamente seleccionada y no como tratamiento indefinido.

Los gabapentinoides, como gabapentina y pregabalina, también se han utilizado debido a su capacidad para modular la neurotransmisión relacionada con los canales de calcio dependientes de voltaje. La evidencia es considerablemente menos sólida que para propranolol y mirtazapina, aunque las revisiones clínicas los incluyen entre las alternativas potencialmente útiles en determinados pacientes.

Vitamina B6

La vitamina B6 ha mostrado señales de eficacia en estudios pequeños. Un metaanálisis encontró que dosis de 600 a 1200 mg diarios durante al menos 5 días se asociaron con una reducción de la gravedad de la acatisia frente a placebo. Sin embargo, el metaanálisis en red más reciente consideró la certeza de esta evidencia muy baja, por lo que no debe situarse al mismo nivel de confianza que las intervenciones farmacológicas mejor estudiadas.

Anticolinérgicos

Los anticolinérgicos ocupan una posición diferente. Aunque pueden ser útiles para el parkinsonismo inducido por antipsicóticos y algunas formas de distonía, su utilidad para la acatisia es mucho menos consistente. Los ensayos disponibles con benztropina son pequeños y presentan limitaciones metodológicas; además, las evaluaciones clínicas objetivas no siempre muestran una mejoría concordante con la mejoría subjetiva.

Por esta razón, administrar automáticamente un anticolinérgico a cualquier paciente que desarrolle inquietud después de recibir un antipsicótico puede ser un error conceptual. Primero debe determinarse si el cuadro corresponde a parkinsonismo, distonía o verdadera acatisia, dado que la respuesta terapéutica esperada es diferente para cada síndrome.

Qué demuestra realmente la evidencia más reciente

La evidencia contemporánea obliga a interpretar el tratamiento de la acatisia con cierta cautela. El metaanálisis en red publicado en 2024 encontró que los antagonistas 5-HT2A y los betabloqueantes probablemente disminuyen la gravedad de la acatisia, con tamaños del efecto de −1.07 y −0.46, respectivamente. Sin embargo, la confianza en estas estimaciones fue considerada baja. También se observaron posibles beneficios con benzodiazepinas y vitamina B6, pero la confianza fue muy baja.

Otro metaanálisis en red encontró resultados favorables para mirtazapina, propranolol, vitamina B6, trazodona, mianserina y biperiden, aunque la heterogeneidad y las limitaciones de los estudios impiden considerar estos resultados equivalentes a evidencia de alta certeza.

Esta situación explica una aparente contradicción de la literatura: propranolol y mirtazapina tienen una amplia aceptación clínica, pero la certeza metodológica de la evidencia disponible sigue siendo limitada. La recomendación no deriva exclusivamente de grandes ensayos modernos, sino de la combinación de ensayos pequeños, experiencia clínica acumulada, coherencia fisiopatológica y revisiones sistemáticas.

La acatisia puede resumirse conceptualmente como un trastorno en el que una alteración farmacológicamente inducida de los circuitos dopaminérgicos y de sus interacciones con los sistemas noradrenérgico y serotoninérgico genera una sensación interna de inquietud que se expresa mediante una necesidad compulsiva de movimiento. El movimiento proporciona alivio transitorio, lo que refuerza su repetición y explica el patrón característico de caminar, balancearse, mover las piernas o cambiar continuamente de posición.

Su identificación exige integrar fenomenología, observación motora y cronología farmacológica. La aparición de inquietud poco después de iniciar o aumentar un antipsicótico debe despertar una sospecha elevada, especialmente si existe una relación temporal clara y si los movimientos disminuyen transitoriamente al caminar. El diagnóstico se vuelve todavía más importante cuando el paciente parece estar más agitado que antes del tratamiento, ya que la intensificación del antipsicótico podría aumentar el problema si la verdadera causa es acatisia.

La diferencia entre la forma aguda y la tardía tiene implicaciones pronósticas. La forma aguda suele mejorar después de corregir la exposición farmacológica, mientras que la forma tardía puede persistir durante años incluso después de suspender el medicamento. Por ello, la prevención y el reconocimiento precoz son particularmente importantes.

La acatisia no debe considerarse un efecto adverso menor. Puede producir sufrimiento intenso, interferir con la adherencia al tratamiento y asociarse con ideación o conducta suicida. El reconocimiento correcto permite evitar el incremento inapropiado del fármaco causal y orientar el tratamiento hacia la modificación de la exposición farmacológica, seguida, cuando sea necesario, de una intervención sintomática individualizada.

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Fuente y lecturas recomendadas:
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