La práctica quirúrgica contemporánea debe entenderse como una actividad clínica compleja en la que la competencia profesional no depende únicamente de la capacidad técnica para ejecutar una intervención. La cirugía implica tomar decisiones bajo presión, integrar información clínica cambiante, anticipar riesgos, coordinar personas con diferentes responsabilidades, comunicarse con el paciente y su familia, utilizar recursos institucionales y responder ante acontecimientos inesperados. La investigación sobre desempeño quirúrgico ha demostrado que las habilidades no técnicas, entre ellas la comunicación, el trabajo en equipo, el liderazgo, la conciencia situacional y la toma de decisiones, complementan las habilidades técnicas y pueden influir sobre la seguridad y el rendimiento durante la atención quirúrgica. Por esta razón, las competencias básicas en cirugía deben considerarse un conjunto integrado de conocimientos, habilidades, actitudes y comportamientos orientados a conseguir que la atención sea segura, eficaz, ética, coordinada y centrada en las necesidades del paciente.
La transformación histórica de la cirugía explica en parte la necesidad de este enfoque. El trabajo quirúrgico moderno se desarrolla dentro de sistemas asistenciales en los que intervienen cirujanos, anestesiólogos, personal de enfermería, técnicos, profesionales de diagnóstico, especialistas de diferentes áreas, personal administrativo y otros integrantes del sistema sanitario. La atención de un paciente quirúrgico, por tanto, ya no puede concebirse como el resultado exclusivo de la actuación individual del cirujano. La calidad del procedimiento depende de la coordinación entre múltiples personas y procesos que deben funcionar de manera sincronizada. La literatura sobre habilidades no técnicas en cirugía identifica precisamente el liderazgo, la comunicación, el trabajo en equipo y la toma de decisiones como categorías fundamentales del desempeño quirúrgico.
Esta transformación tiene una consecuencia fundamental: la excelencia técnica individual no garantiza por sí misma una atención quirúrgica segura. Una persona puede poseer conocimientos anatómicos y fisiopatológicos profundos y dominar procedimientos complejos, pero aun así pueden producirse errores si existe una comunicación deficiente, si no se reconoce oportunamente una modificación del estado del paciente, si los integrantes del equipo desconocen sus responsabilidades o si una información crítica no llega a quien debe tomar la decisión. Una revisión sistemática sobre las habilidades no técnicas y el desempeño técnico encontró evidencia de que determinados aspectos no técnicos pueden favorecer el rendimiento técnico, mientras que la fatiga y las deficiencias del trabajo en equipo pueden perjudicarlo. En particular, varios estudios incluidos en esa revisión demostraron una relación importante entre fallos del trabajo en equipo y errores técnicos.
La asistencia del enfermo constituye la primera competencia porque representa la finalidad inmediata de toda actividad quirúrgica. El conocimiento médico, la habilidad manual, el liderazgo y la capacidad administrativa solamente adquieren sentido clínico cuando se utilizan para proporcionar una atención que responda a las necesidades concretas del paciente. La competencia en atención del enfermo comprende obtener información pertinente, realizar una evaluación clínica adecuada, establecer diagnósticos diferenciales, tomar decisiones terapéuticas, ejecutar procedimientos con seguridad, vigilar la evolución y trabajar con otros profesionales para proporcionar una atención centrada en el paciente. El marco de competencias utilizado en la formación médica contemporánea incluye explícitamente la recopilación de datos, la interpretación de información, la toma de decisiones, la realización de procedimientos, el manejo de tratamientos y el trabajo colaborativo como elementos de la atención del paciente.
En cirugía, la atención del enfermo exige además reconocer que el paciente atraviesa diferentes momentos de riesgo. La valoración preoperatoria permite identificar enfermedades concomitantes, factores de riesgo y características anatómicas o fisiológicas que pueden modificar la estrategia quirúrgica. Durante el procedimiento, el estado del paciente puede cambiar rápidamente y exige vigilancia continua. Después de la operación, la identificación temprana de complicaciones, la interpretación de los cambios fisiológicos y la coordinación del tratamiento son fundamentales. Por ello, la competencia asistencial no puede reducirse a la ejecución del acto operatorio: comprende todo el proceso perioperatorio y requiere integrar conocimientos, observación clínica, comunicación y capacidad de respuesta. La evidencia sobre habilidades no técnicas respalda esta visión porque muestra que la conciencia situacional, la toma de decisiones y la comunicación son componentes esenciales del desempeño quirúrgico seguro.
Los conocimientos médicos constituyen la segunda competencia básica y proporcionan el fundamento intelectual para la toma de decisiones. Un cirujano necesita comprender anatomía, fisiología, fisiopatología, farmacología, microbiología, diagnóstico por imagen, cuidados perioperatorios y principios específicos de las diferentes enfermedades y procedimientos. Sin este conocimiento, la habilidad técnica puede convertirse en una ejecución mecánica incapaz de adaptarse a situaciones que se apartan del escenario esperado. El marco contemporáneo de competencia médica define el conocimiento no solamente como la posesión de información, sino como la utilización activa de ese conocimiento para resolver problemas médicos.
La cirugía requiere además actualización permanente porque el conocimiento médico no es estático. Se desarrollan nuevas técnicas, dispositivos, medicamentos, estrategias anestésicas, métodos de diagnóstico y modelos de atención. Una competencia médica adecuada implica, por tanto, saber buscar información pertinente, determinar su calidad y aplicarla de manera contextualizada. Esta necesidad se relaciona directamente con la competencia de aprendizaje y mejoría basada en la práctica, porque el conocimiento aislado pierde valor si no se transforma en decisiones clínicas apropiadas. Los marcos de formación médica actuales establecen que los profesionales deben localizar y aplicar evidencia científica, valorar críticamente la literatura y utilizar herramientas que apoyen tanto el aprendizaje como la atención del paciente.
El aprendizaje y la mejoría basados en la práctica constituyen la tercera competencia porque la medicina quirúrgica exige una capacidad permanente de analizar el propio desempeño. La experiencia por sí sola no garantiza aprendizaje: para que una experiencia produzca mejoría debe ser examinada críticamente, comparada con estándares apropiados y utilizada para modificar conductas cuando se identifican deficiencias. Este principio transforma al quirófano en un entorno de aprendizaje continuo en el que los resultados clínicos, los errores, las complicaciones, los eventos adversos, la retroalimentación del equipo y la evidencia científica pueden utilizarse para perfeccionar la atención. El marco de competencias médicas contempla explícitamente el análisis del desempeño profesional, la identificación de necesidades de mejoría y la aplicación crítica de la literatura científica.
La mejoría basada en la práctica también requiere una actitud científica frente a los resultados. Cuando un paciente presenta una complicación, el objetivo no debe limitarse a determinar quién cometió un error, sino comprender qué factores individuales, técnicos, comunicacionales y organizacionales contribuyeron al resultado. Esta perspectiva es particularmente importante en cirugía porque los acontecimientos adversos suelen tener causas múltiples. Las investigaciones sobre habilidades no técnicas han mostrado que los problemas de comunicación, liderazgo, toma de decisiones y coordinación pueden coexistir con dificultades técnicas y contribuir conjuntamente a errores. En consecuencia, el aprendizaje quirúrgico debe incluir análisis estructurado, retroalimentación y modificaciones del sistema cuando sea necesario.
Las habilidades interpersonales y de comunicación constituyen la cuarta competencia y son esenciales porque la cirugía es una actividad profundamente dependiente del intercambio de información. Antes de una intervención deben comunicarse diagnóstico, indicación, procedimiento previsto, riesgos, alternativas y preferencias del paciente. Durante el procedimiento deben transmitirse instrucciones, hallazgos, cambios fisiológicos, modificaciones de la estrategia y situaciones de emergencia. Después de la intervención deben comunicarse los hallazgos operatorios, las indicaciones terapéuticas, las posibles complicaciones y los planes de vigilancia. Cada uno de estos intercambios representa una oportunidad tanto para prevenir como para producir errores. La revisión de la literatura sobre habilidades no técnicas identifica la comunicación como una de las categorías centrales del desempeño quirúrgico.
La comunicación quirúrgica debe ser bidireccional y estructurada. No basta con que el cirujano transmita órdenes; los integrantes del equipo necesitan disponer de mecanismos para expresar dudas, advertir cambios y comunicar información crítica. El trabajo en equipo seguro requiere que las personas puedan compartir información relevante y que las preocupaciones sean reconocidas oportunamente. Una revisión sistemática de intervenciones de entrenamiento de equipos quirúrgicos encontró mejoras en prácticas de trabajo en equipo y comunicación, además de algunos resultados secundarios relacionados con complicaciones. Estos hallazgos respaldan la incorporación de estrategias estructuradas de entrenamiento comunicacional dentro de la formación quirúrgica.
La comunicación también tiene una dimensión interpersonal que se extiende más allá del quirófano. El paciente debe recibir información comprensible sobre su enfermedad, las alternativas disponibles, los riesgos y los beneficios esperados. La comunicación adecuada permite que el consentimiento informado sea un proceso de comprensión y decisión, no simplemente una firma administrativa. Asimismo, la interacción respetuosa con pacientes y familiares contribuye a establecer una relación terapéutica basada en confianza, transparencia y respeto por la autonomía. El marco de competencias médicas incorpora expresamente el establecimiento de relaciones terapéuticas con pacientes y familiares y la capacidad de comunicarse eficazmente de manera verbal y no verbal.
El profesionalismo constituye la quinta competencia básica porque la práctica quirúrgica implica una responsabilidad ética que supera la capacidad técnica. El cirujano tiene la obligación de actuar en beneficio del paciente, respetar su autonomía, proteger la confidencialidad, reconocer sus propias limitaciones, aceptar responsabilidad por sus decisiones y mantener integridad en sus relaciones profesionales. La competencia profesional incluye honestidad, responsabilidad, actuación en el mejor interés del paciente y sensibilidad ante las características individuales de las personas atendidas.
El consentimiento informado constituye una manifestación concreta del profesionalismo porque reconoce que el paciente no es un receptor pasivo de una intervención, sino una persona con capacidad para participar en las decisiones relacionadas con su cuerpo y su salud. En cirugía, donde muchos procedimientos implican riesgos importantes, la información debe permitir que el paciente comprenda razonablemente la naturaleza de la intervención, sus beneficios esperados, sus riesgos, las alternativas disponibles y las consecuencias de no realizarla. La competencia profesional también exige proteger la información clínica y utilizarla únicamente dentro de los límites justificados por la atención y las obligaciones profesionales. Estas responsabilidades forman parte de la concepción contemporánea de profesionalismo médico.
La práctica basada en sistemas constituye la sexta competencia y amplía la perspectiva desde el paciente individual hacia el entorno sanitario en el que ocurre la atención. Un procedimiento quirúrgico se desarrolla dentro de una red formada por quirófanos, unidades de cuidados intensivos, servicios de diagnóstico, bancos de sangre, farmacia, esterilización, laboratorio, hospitalización, sistemas de información, protocolos de seguridad y estructuras administrativas. El desempeño de un profesional puede verse afectado por cualquiera de estos componentes. Por ello, comprender el sistema permite identificar recursos, reconocer limitaciones y utilizar las estructuras institucionales para mejorar la atención. El marco de competencias médicas establece precisamente que la práctica clínica forma parte de un sistema más amplio y que el profesional debe comprender cómo utilizarlo para favorecer la atención del paciente.
Esta competencia es especialmente importante en cirugía porque los resultados dependen de numerosas interacciones entre personas y procesos. La seguridad no puede garantizarse exclusivamente mediante la vigilancia individual del cirujano. Las listas de verificación, los protocolos de identificación del paciente, los procedimientos de comprobación, los mecanismos de comunicación y los sistemas de notificación de acontecimientos adversos son ejemplos de herramientas diseñadas para reducir la dependencia de la memoria individual y crear barreras de seguridad. Una revisión sistemática sobre listas de verificación quirúrgicas examinó específicamente su relación con la calidad del trabajo en equipo y la comunicación, mostrando que estas herramientas pueden contribuir a estructurar la interacción del equipo y la seguridad perioperatoria.
El liderazgo quirúrgico integra varias de estas competencias y no debe confundirse con autoridad jerárquica. El liderazgo puede ejercerse mediante la capacidad de organizar el trabajo, establecer prioridades, mantener una visión compartida, facilitar la comunicación, anticipar problemas, distribuir responsabilidades y favorecer que los integrantes del equipo utilicen sus conocimientos. En este sentido, el liderazgo es un comportamiento funcional que puede aparecer en diferentes niveles de una organización y no solamente en quienes ocupan un cargo formal. La literatura contemporánea sobre cirugía identifica el liderazgo como una habilidad no técnica fundamental junto con la comunicación, el trabajo en equipo, la conciencia situacional y la toma de decisiones.
La visión anticipatoria mencionada en el planteamiento resulta especialmente relevante porque el quirófano es un entorno en el que la situación puede cambiar rápidamente. Anticipar significa identificar posibles problemas antes de que se conviertan en acontecimientos críticos, preparar recursos, prever necesidades del equipo y considerar escenarios alternativos. La conciencia situacional permite integrar información procedente del paciente, del procedimiento y del entorno para construir una representación actualizada de lo que está ocurriendo y de lo que podría ocurrir después. Las revisiones de habilidades no técnicas consideran la conciencia situacional y la toma de decisiones como componentes fundamentales del desempeño quirúrgico, particularmente durante situaciones inesperadas.
La comunicación, el control de los cambios y la integración del equipo se encuentran estrechamente relacionados. Una modificación inesperada de la anatomía, una hemorragia, una alteración fisiológica, un problema con un dispositivo o una dificultad anestésica puede requerir que varias personas cambien simultáneamente su actividad. En estos escenarios, el liderazgo efectivo implica reconocer el cambio, comunicarlo, establecer prioridades, asignar funciones y verificar que el equipo comprenda la nueva situación. Las investigaciones sobre entrenamiento de equipos quirúrgicos indican que las intervenciones dirigidas a mejorar la comunicación y la coordinación pueden producir mejoras observables en las prácticas de trabajo en equipo.
La inteligencia emocional también tiene relevancia dentro de este contexto porque las situaciones quirúrgicas pueden generar estrés, incertidumbre y presión temporal. El control adecuado de las propias respuestas emocionales facilita una comunicación clara y una toma de decisiones menos perturbada por reacciones impulsivas. Además, reconocer las respuestas emocionales de otros integrantes del equipo puede ayudar a identificar conflictos, dificultades de comunicación o deterioro del funcionamiento colectivo. Las habilidades no técnicas modernas incluyen factores personales relacionados con el manejo del estrés y la fatiga, además de componentes cognitivos y sociales como la toma de decisiones, el liderazgo y el trabajo en equipo.
La fatiga merece especial consideración porque representa un factor personal capaz de alterar el desempeño quirúrgico. La revisión sistemática sobre habilidades no técnicas y desempeño técnico encontró que niveles elevados de fatiga se asociaron con deterioro de determinados aspectos de la habilidad quirúrgica. Esto demuestra que la competencia profesional no depende solamente del conocimiento adquirido, sino también de las condiciones fisiológicas y cognitivas bajo las cuales se ejecuta la actividad. La organización de los periodos de trabajo, el descanso adecuado y la identificación de situaciones en las que la fatiga puede comprometer el rendimiento forman parte de una perspectiva sistémica de seguridad.
La formación del liderazgo, por tanto, no debe dejarse exclusivamente al aprendizaje informal mediante observación de cirujanos experimentados. Aunque la experiencia clínica es indispensable, las habilidades de liderazgo, comunicación y trabajo en equipo pueden enseñarse mediante entrenamiento estructurado, simulación, observación y retroalimentación. Una revisión de intervenciones basadas en simulación para el desarrollo del liderazgo en cirugía encontró mejoras en medidas de liderazgo, comunicación, trabajo en equipo y desempeño relacionado con la seguridad en los estudios incluidos. Sin embargo, la evidencia también presenta heterogeneidad entre intervenciones, tamaños de muestra y métodos de evaluación, por lo que estos resultados deben interpretarse como apoyo a la formación estructurada y no como demostración de que una modalidad educativa específica sea universalmente suficiente.
La evaluación de estas competencias representa otro desafío. Las habilidades técnicas pueden valorarse mediante resultados procedimentales, listas de pasos, simuladores y observación directa, mientras que las habilidades de comunicación, liderazgo, conciencia situacional y trabajo en equipo son más difíciles de medir objetivamente. Una revisión de instrumentos de evaluación de liderazgo quirúrgico encontró múltiples herramientas, pero también variabilidad considerable en las definiciones, comportamientos observados y métodos de puntuación. Esto indica que la evaluación del liderazgo quirúrgico continúa desarrollándose y que es necesario mejorar la validez y aplicabilidad de los instrumentos disponibles.
La enseñanza de las competencias no técnicas debe integrarse, por consiguiente, con la formación técnica y no tratarse como un componente separado sin relación con la práctica. La evidencia educativa disponible sostiene la necesidad de enseñar y evaluar liderazgo, comunicación, trabajo en equipo, conciencia situacional y toma de decisiones dentro de la formación quirúrgica. Las revisiones dedicadas a la enseñanza de habilidades no técnicas en cirugía han señalado que las instituciones deben incorporarlas a los procesos formativos y de evaluación para mejorar el desempeño quirúrgico a lo largo de las diferentes etapas profesionales.
La relación entre estas competencias y los resultados clínicos es particularmente importante. Una revisión sistemática reciente que examinó la relación entre habilidades no técnicas intraoperatorias y resultados clínicos incluyó estudios realizados en entornos quirúrgicos reales y encontró asociaciones entre determinadas habilidades no técnicas y resultados relacionados con el paciente. La evidencia fue heterogénea y los estudios presentaron diseños diferentes, por lo que no permite atribuir causalidad uniforme a cada habilidad individual. Sin embargo, el conjunto de resultados respalda la importancia de evaluar e incorporar estas competencias dentro de las estrategias de seguridad y calidad quirúrgica.
El trabajo en equipo constituye, entonces, el punto de convergencia de las seis competencias. La atención del enfermo proporciona el objetivo clínico; los conocimientos médicos permiten comprender y resolver los problemas; el aprendizaje basado en la práctica permite corregir y mejorar; las habilidades interpersonales permiten intercambiar información; el profesionalismo establece el marco ético; y la práctica basada en sistemas permite comprender y utilizar la estructura organizacional donde se desarrolla la atención. El liderazgo articula estos elementos porque facilita que personas con diferentes funciones trabajen de manera coordinada hacia un objetivo común. El marco contemporáneo de formación médica reconoce precisamente estas seis áreas como dominios fundamentales del desarrollo profesional.
En consecuencia, las competencias básicas de la práctica quirúrgica representan una concepción integral del cirujano. La competencia ya no puede definirse exclusivamente por la cantidad de procedimientos realizados o por la destreza manual demostrada. Un cirujano competente debe ser capaz de atender al paciente, comprender la enfermedad, aplicar conocimiento actualizado, evaluar críticamente su propia práctica, comunicarse eficazmente, actuar de acuerdo con principios éticos, colaborar con otros profesionales y utilizar los sistemas sanitarios disponibles para mejorar la atención. Esta concepción es coherente con la evolución de la educación médica hacia modelos centrados en resultados, seguridad, calidad y desempeño observable.
La idea central es que la cirugía moderna constituye simultáneamente una actividad técnica, cognitiva, interpersonal, ética y organizacional. El cirujano necesita dominar la técnica porque las operaciones requieren precisión, pero también necesita interpretar información, anticipar acontecimientos, comunicarse con otros profesionales, reconocer sus propias limitaciones y comprender el sistema donde trabaja. Las habilidades no técnicas no sustituyen las habilidades técnicas; las complementan y pueden determinar la manera en que estas últimas se utilizan en situaciones reales. La evidencia científica disponible respalda esta integración al mostrar relaciones entre las habilidades no técnicas, el rendimiento técnico, el trabajo en equipo y determinados resultados clínicos.
Por ello, la formación quirúrgica debe preparar profesionales capaces de actuar no solamente como operadores, sino como integrantes y coordinadores de sistemas complejos de atención. La enseñanza de las seis competencias permite desarrollar una práctica en la que el conocimiento científico se transforma en decisiones clínicas, las decisiones se comunican al equipo, las acciones se ejecutan dentro de sistemas de seguridad, los resultados se analizan críticamente y los aprendizajes obtenidos se utilizan para mejorar la atención futura. El propósito último de esta integración es que la capacidad técnica del cirujano quede acompañada por una conducta profesional, una comunicación eficaz, una coordinación adecuada y una utilización responsable de los recursos y sistemas sanitarios. La literatura contemporánea sobre educación quirúrgica y habilidades no técnicas apoya la incorporación sistemática de estos elementos en los programas de formación y evaluación.
Fuente y lecturas recomendadas:
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Originally posted on 18 de enero de 2023 @ 6:15 AM


