Las lesiones constituyen un problema sanitario de gran magnitud porque combinan una elevada frecuencia de acontecimientos agudos con una considerable probabilidad de producir muerte prematura, discapacidad transitoria o permanente, pérdida de independencia funcional y necesidad prolongada de atención médica y rehabilitación. A escala mundial, las lesiones y la violencia producen aproximadamente 4.4 millones de defunciones cada año, equivalentes a cerca de 8% de todas las defunciones, y generan alrededor de 10% de los años vividos con discapacidad. Además, por cada defunción traumática existe un número considerablemente mayor de personas que sobreviven con lesiones que requieren atención en servicios de urgencias, hospitalización, rehabilitación o cuidados prolongados. Esta combinación explica por qué la importancia epidemiológica de las lesiones no debe valorarse exclusivamente mediante el número de muertes, sino también mediante los años de vida perdidos y la discapacidad que producen.
La distribución de esta carga no es uniforme a lo largo de la vida. La edad modifica tanto la probabilidad de sufrir determinados mecanismos de lesión como la probabilidad de morir después de haber sufrido una lesión. Durante la infancia, la adolescencia y la adultez temprana adquieren especial importancia los mecanismos relacionados con el tránsito, la violencia interpersonal y otras formas de traumatismo accidental o intencional. En cambio, conforme aumenta la edad, adquieren mayor importancia las lesiones por caídas y se incrementa la vulnerabilidad biológica frente a acontecimientos traumáticos que podrían ser menos graves en una persona joven. Esta modificación del perfil epidemiológico refleja la interacción entre exposición ambiental, conducta, actividad física, características sociales y cambios fisiológicos asociados con el envejecimiento.
La afirmación de que las lesiones tienen particular importancia antes de los 65 años se comprende principalmente a partir de su contribución a la mortalidad prematura. En los Estados Unidos, las lesiones constituyen la principal causa de muerte entre las personas de 1 a 44 años, por encima de enfermedades que predominan en edades posteriores. Dentro de este intervalo, las lesiones no intencionales, los homicidios y el suicidio ocupan posiciones especialmente importantes. A escala mundial, el patrón es semejante en cuanto a la concentración de la mortalidad traumática en edades jóvenes: entre las personas de 5 a 29 años, 3 de las 5 principales causas de muerte corresponden a lesiones, concretamente las lesiones causadas por el tránsito, el homicidio y el suicidio. Por tanto, aunque las lesiones pueden ocurrir a cualquier edad, su repercusión sobre la mortalidad prematura es particularmente intensa durante las primeras décadas de la vida.
Esta característica tiene una explicación demográfica y epidemiológica importante. Una defunción ocurrida en la juventud representa un número mucho mayor de años de vida potencialmente perdidos que una defunción ocurrida en edades avanzadas. Por ello, un mecanismo de lesión que produzca relativamente menos defunciones absolutas que una enfermedad predominante en personas mayores puede generar una carga social y sanitaria considerablemente mayor cuando afecta a adolescentes y adultos jóvenes. Los estudios internacionales de carga mundial de enfermedad muestran que las lesiones relacionadas con el tránsito, las lesiones autoinfligidas y la violencia interpersonal ocupan posiciones particularmente relevantes entre adolescentes y adultos jóvenes. En 2019, por ejemplo, las lesiones por tránsito ocuparon el primer lugar entre las causas de años de vida ajustados por discapacidad en el grupo de 10 a 24 años, mientras que las lesiones autoinfligidas y la violencia interpersonal también se encontraron entre las primeras posiciones.
Los homicidios adquieren especial relevancia en este contexto porque su distribución por edad no es homogénea. La violencia interpersonal afecta desproporcionadamente a personas jóvenes y, particularmente, a los hombres. La evidencia mundial indica que aproximadamente cuatro quintas partes de las defunciones por homicidio ocurren en hombres. Esta diferencia está relacionada con una combinación compleja de factores sociales, ambientales y conductuales, entre ellos la exposición diferencial a situaciones de violencia, determinados contextos laborales y comunitarios, disponibilidad de medios letales, consumo de sustancias, desigualdad social y participación en conflictos interpersonales. La importancia del homicidio durante las primeras etapas de la vida se refleja en que constituye una de las principales causas de muerte relacionada con lesiones entre las personas jóvenes.
Las colisiones de vehículos motorizados constituyen otro componente fundamental de la mortalidad traumática en adolescentes, adultos jóvenes y adultos de mediana edad. Las lesiones relacionadas con el tránsito representan una de las principales causas de muerte por lesiones a escala mundial y, dentro del conjunto de las lesiones, constituyen una de las categorías con mayor número absoluto de defunciones. El análisis mundial correspondiente a 2017 estimó aproximadamente 1.24 millones de defunciones por lesiones relacionadas con el tránsito, equivalentes a 27.7% de todas las defunciones por lesiones. Estos traumatismos incluyen lesiones sufridas por conductores y pasajeros de vehículos, motociclistas, ciclistas y peatones, por lo que el problema epidemiológico no se limita exclusivamente a quienes conducen automóviles.
La importancia de las colisiones de vehículos motorizados en edades jóvenes también se explica por una combinación entre exposición y vulnerabilidad conductual. Las personas jóvenes suelen presentar mayores niveles de movilidad y exposición al tránsito, y determinados comportamientos relacionados con la velocidad, el consumo de alcohol u otras sustancias, la conducción nocturna y el uso inadecuado de dispositivos de protección pueden aumentar el riesgo de traumatismo. Sin embargo, la magnitud del problema no depende únicamente de las características individuales. Las condiciones de las vías, la seguridad de los vehículos, la regulación de la velocidad, la utilización de cinturones de seguridad y cascos, la vigilancia del cumplimiento de las normas y la disponibilidad de atención traumatológica después del accidente modifican sustancialmente la probabilidad de muerte o discapacidad. La evidencia mundial demuestra que la mortalidad por lesiones relacionadas con el tránsito puede reducirse mediante intervenciones preventivas y mediante mejoras en los sistemas de seguridad vial y atención sanitaria.
El patrón cambia considerablemente después de los 65 años. En este grupo, las lesiones no intencionales continúan siendo una causa importante de muerte y discapacidad, pero las caídas adquieren una importancia extraordinaria. En los Estados Unidos, las caídas constituyen la principal causa de lesiones mortales y no mortales entre los adultos de 65 años o más. En 2018 se produjeron aproximadamente 2.4 millones de consultas a servicios de urgencias y más de 700,000 hospitalizaciones por lesiones seleccionadas entre adultos mayores, y las caídas representaron más de 90% de estas consultas. Esto demuestra que el impacto de las caídas no se limita a la mortalidad: su contribución a la utilización de servicios sanitarios y a la pérdida de autonomía es incluso más extensa.
La razón por la cual una caída adquiere mayor gravedad conforme avanza la edad reside en los cambios fisiológicos propios del envejecimiento y en la acumulación de enfermedades crónicas y factores de riesgo. El envejecimiento puede acompañarse de disminución de la fuerza muscular, alteraciones del equilibrio, reducción de la velocidad de respuesta postural, cambios en la visión y deterioro de determinadas funciones neurológicas. A estos factores pueden añadirse osteoporosis, enfermedades cardiovasculares o neurológicas, alteraciones de la marcha y utilización de medicamentos capaces de producir hipotensión, sedación o alteraciones del estado de alerta. La combinación de estos elementos aumenta tanto la probabilidad de sufrir una caída como la posibilidad de que una caída produzca una lesión grave.
La gravedad de las caídas en personas mayores también se relaciona con una disminución de la reserva fisiológica. Una misma energía mecánica aplicada al organismo puede producir consecuencias muy diferentes dependiendo de la edad y del estado de salud. En una persona joven, una caída desde la posición de pie puede ocasionar únicamente una lesión superficial; en una persona mayor, el mismo acontecimiento puede producir una fractura de cadera o un traumatismo craneoencefálico. La osteoporosis aumenta la susceptibilidad del esqueleto a las fracturas, mientras que la pérdida de masa muscular y la menor capacidad de recuperación dificultan la restitución de la función después del traumatismo. Por esta razón, una lesión aparentemente sencilla puede iniciar una cadena de acontecimientos que incluya hospitalización, inmovilización, pérdida de fuerza, deterioro de la movilidad, dependencia funcional e institucionalización.
Las fracturas de cadera constituyen un ejemplo particularmente importante de esta relación entre envejecimiento, lesión y pérdida de independencia. Una fractura de este tipo puede requerir tratamiento quirúrgico, hospitalización y rehabilitación prolongada, y puede desencadenar complicaciones derivadas de la inmovilidad. La relevancia clínica no se limita, por tanto, a la lesión ósea inicial. El traumatismo puede modificar de manera permanente la capacidad de una persona mayor para caminar, realizar actividades cotidianas y vivir de manera independiente. La evidencia epidemiológica internacional reconoce que las caídas en las personas mayores son una causa importante de discapacidad y de necesidad de cuidados prolongados.
Los traumatismos craneoencefálicos constituyen otro mecanismo mediante el cual las caídas adquieren una elevada importancia en los adultos mayores. En los Estados Unidos, las personas mayores presentan las tasas más elevadas de hospitalización y mortalidad relacionadas con traumatismos craneoencefálicos, y las caídas y las colisiones de vehículos motorizados constituyen mecanismos principales de estos traumatismos. La mayor vulnerabilidad puede estar relacionada con cambios estructurales y funcionales asociados con el envejecimiento, así como con la presencia de enfermedades concomitantes y el uso de medicamentos que pueden aumentar el riesgo de complicaciones hemorrágicas o neurológicas.
La epidemiología mundial confirma que las caídas presentan una relación particularmente estrecha con la edad. Se estiman aproximadamente 684,000 defunciones por caídas cada año en todo el mundo, lo que convierte a las caídas en la segunda causa de muerte por lesiones no intencionales, después de las lesiones relacionadas con el tránsito. Las tasas de mortalidad son mayores entre las personas de más de 60 años y aumentan con la edad. Además, se producen decenas de millones de caídas suficientemente graves como para requerir atención médica, por lo que la mortalidad representa solamente una fracción del impacto sanitario total.
El envejecimiento demográfico contribuye a incrementar todavía más la importancia absoluta de este problema. El análisis mundial de las causas de muerte observó que las defunciones por caídas aumentaron 20.9% entre 2005 y 2015, alcanzando aproximadamente 527,000 defunciones en 2015. Aunque la tasa de mortalidad estandarizada por edad disminuyó 5.5% durante ese periodo, el número absoluto de defunciones aumentó, fenómeno que se atribuyó principalmente a los cambios demográficos derivados del envejecimiento de la población mundial. Este hallazgo es fundamental porque demuestra que una enfermedad o mecanismo de lesión puede presentar una disminución del riesgo individual y, simultáneamente, generar un aumento de la carga absoluta debido al crecimiento del número de personas expuestas.
Por consiguiente, la transición desde la adultez joven hacia la vejez modifica el perfil de las lesiones de una manera sistemática. En las edades jóvenes predominan relativamente más los mecanismos asociados con el tránsito y la violencia interpersonal, mientras que en las edades avanzadas aumenta progresivamente la importancia de las caídas. Esta transición no significa que los mecanismos desaparezcan al alcanzar una edad determinada. Las personas mayores continúan muriendo por colisiones de vehículos motorizados y pueden sufrir violencia, mientras que las personas jóvenes también pueden presentar lesiones por caídas. Lo que cambia es la contribución relativa de cada mecanismo a la mortalidad y, especialmente, la probabilidad de que una lesión produzca consecuencias graves.
Existe además una diferencia fundamental entre la mortalidad traumática de los adultos jóvenes y la de los adultos mayores: la relación entre mecanismo de lesión y reserva fisiológica. En un adulto joven, una lesión de elevada energía puede constituir el principal determinante de la gravedad, debido a mecanismos como colisiones vehiculares de alta velocidad o violencia interpersonal. En un adulto mayor, incluso un traumatismo de menor energía puede ocasionar consecuencias graves debido a la menor reserva fisiológica y a la mayor prevalencia de fragilidad, osteoporosis y enfermedades concomitantes. Esta diferencia explica por qué el análisis epidemiológico de las lesiones debe considerar simultáneamente la exposición al riesgo y la susceptibilidad biológica del individuo.
La mortalidad también representa solamente una parte del problema. Las lesiones no mortales pueden producir discapacidad física, deterioro cognitivo, dolor persistente, alteraciones psicológicas, pérdida de movilidad y disminución de la calidad de vida. En los adultos mayores, una lesión puede ser especialmente trascendente porque la pérdida temporal de movilidad puede producir un descenso rápido de la capacidad funcional. En consecuencia, la evaluación de la carga de las lesiones debe integrar mortalidad, hospitalizaciones, consultas de urgencias, discapacidad, necesidad de rehabilitación y pérdida de independencia. La evidencia disponible muestra que las lesiones generan precisamente este tipo de consecuencias prolongadas, especialmente entre las personas mayores.
Por esta razón, la prevención debe adaptarse al grupo etario. Para adolescentes y adultos jóvenes, las estrategias prioritarias incluyen la prevención de lesiones relacionadas con el tránsito y de la violencia interpersonal, junto con medidas dirigidas a reducir exposiciones y conductas de alto riesgo. Para los adultos mayores, la prevención debe concentrarse especialmente en la reducción del riesgo de caídas mediante evaluación de factores individuales, optimización de medicamentos, ejercicio físico orientado al equilibrio y la fuerza, corrección de alteraciones visuales y modificación de riesgos ambientales. La prevención efectiva requiere además sistemas sanitarios capaces de proporcionar atención traumatológica y rehabilitación oportunas, porque disminuir la mortalidad no elimina necesariamente la discapacidad asociada con una lesión.
Las lesiones presentan un patrón epidemiológico profundamente dependiente de la edad. Antes de los 65 años tienen una importancia excepcional como causa de muerte prematura, particularmente por lesiones relacionadas con el tránsito y violencia interpersonal, mientras que después de los 65 años las caídas adquieren una importancia predominante entre las lesiones no intencionales. La explicación no reside únicamente en que las personas mayores se caigan con mayor frecuencia, sino en que el envejecimiento aumenta simultáneamente la exposición a determinados factores de riesgo, la probabilidad de sufrir una lesión grave ante un traumatismo y la posibilidad de desarrollar discapacidad o dependencia después de la lesión. A escala poblacional, el envejecimiento demográfico amplifica todavía más este fenómeno, de modo que la prevención de las caídas constituye una prioridad creciente de salud pública, mientras que la prevención de las lesiones de tránsito y de la violencia continúa siendo esencial para reducir la mortalidad prematura durante las primeras décadas de la vida.
Fuente y lecturas recomendadas:
- GBD 2015 Mortality and Causes of Death Collaborators. (2016). Global, regional, and national life expectancy, all-cause mortality, and cause-specific mortality for 249 causes of death, 1980–2015: A systematic analysis for the Global Burden of Disease Study 2015. The Lancet, 388(10053), 1459–1544. https://doi.org/10.1016/S0140-6736(16)31012-1
- GBD 2017 Causes of Death Collaborators. (2018). Global, regional, and national age-sex-specific mortality for 282 causes of death in 195 countries and territories, 1980–2017: A systematic analysis for the Global Burden of Disease Study 2017. The Lancet, 392(10159), 1736–1788. https://doi.org/10.1016/S0140-6736(18)32203-7
- GBD 2019 Diseases and Injuries Collaborators. (2020). Global burden of 369 diseases and injuries in 204 countries and territories, 1990–2019: A systematic analysis for the Global Burden of Disease Study 2019. The Lancet, 396(10258), 1204–1222. https://doi.org/10.1016/S0140-6736(20)30925-9
- World Health Organization. (2021). Falls. World Health Organization.
- World Health Organization. (2024). Injuries and violence. World Health Organization.
- Centers for Disease Control and Prevention. (2021). Emergency department visits and hospitalizations for selected nonfatal injuries among adults aged ≥65 years—United States, 2018. Morbidity and Mortality Weekly Report, 70(18), 661–666.
- Centers for Disease Control and Prevention. (2026). Common injuries as we age. National Center for Injury Prevention and Control.
- Centers for Disease Control and Prevention. (2026). Injury Center priorities. National Center for Injury Prevention and Control.

