La cirugía abierta como pilar de la cirugía moderna
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La cirugía debe entenderse como un cuerpo de conocimiento dinámico, sujeto a revisión permanente y a un proceso continuo de perfeccionamiento metodológico, tecnológico y conceptual. Su carácter evolutivo no es accesorio, sino constitutivo: cada avance científico, cada mejora técnica y cada nueva evidencia clínica transforman la manera en que los cirujanos interpretan la enfermedad, planifican la intervención y ejecutan los procedimientos. Esta evolución constante es la que ha permitido que, en la práctica contemporánea, las decisiones quirúrgicas se sustenten en principios cada vez más sólidos de seguridad, eficacia y reproducibilidad, incluso frente a patologías de creciente complejidad biológica y clínica. La cirugía moderna no se apoya únicamente en la destreza individual del operador, sino en protocolos validados, en tecnologías de precisión y en un entendimiento profundo de la fisiopatología, lo que reduce la variabilidad de los resultados y optimiza el beneficio para el paciente.

Desde una perspectiva histórica, el concepto de cirugía tal como se reconoce en la actualidad comenzó a configurarse de manera más clara a partir del siglo XIX. En ese periodo, la intervención quirúrgica era fundamentalmente empírica, limitada por el dolor, la hemorragia y la infección, y asociada a una elevada mortalidad. A pesar de que las técnicas actuales guardan escasa semejanza con aquellas prácticas iniciales, el fundamento esencial de la cirugía se ha mantenido inalterado: la necesidad de corregir, aliviar o contener procesos patológicos que no pueden resolverse exclusivamente mediante tratamientos médicos. Esta necesidad implica, de manera inevitable, la transgresión controlada de la integridad corporal mediante incisiones, manipulación de tejidos y la introducción de materiales externos, con el objetivo de restaurar la función o preservar la vida.

Durante gran parte del siglo XIX, someterse a una cirugía representaba un riesgo extremo, y la probabilidad de fallecer como consecuencia directa del procedimiento era considerablemente alta. No fue sino hasta las primeras décadas del siglo XX cuando el balance entre riesgo y beneficio comenzó a inclinarse de forma consistente a favor de la supervivencia del paciente. Este cambio no ocurrió de manera aislada ni repentina, sino como resultado de una convergencia de descubrimientos científicos que, aunque no siempre pertenecían estrictamente al campo quirúrgico, transformaron radicalmente su práctica. La introducción de la anestesia permitió eliminar el sufrimiento asociado al dolor y brindó al cirujano el tiempo y la estabilidad necesarios para realizar intervenciones más prolongadas y precisas. Paralelamente, el desarrollo de estrategias para prevenir y tratar las infecciones redujo de manera significativa una de las principales causas de mortalidad postoperatoria.

Un elemento clave en esta transformación fue la comprensión de que las infecciones quirúrgicas no eran inevitables ni producto de miasmas o desequilibrios inespecíficos, sino consecuencia de agentes biológicos identificables. La formulación de la teoría microbiana de la enfermedad permitió establecer una relación causal entre la presencia de microorganismos y la infección de las heridas quirúrgicas. En este contexto, Joseph Lister desempeñó un papel fundamental al proponer, en mil ochocientos sesenta y cinco, un conjunto sistemático de medidas destinadas a eliminar o reducir la carga microbiana en el campo operatorio. Su método de antisepsia, conocido posteriormente como listerismo, introdujo el concepto de que la prevención de la infección debía ser un objetivo activo y planificado del acto quirúrgico.

La aplicación de principios antisépticos, junto con el uso regular de la anestesia, marcó un punto de inflexión decisivo en la historia de la cirugía. Estos avances no solo disminuyeron la mortalidad, sino que ampliaron de manera sustancial el horizonte de lo que era técnicamente posible. El cirujano dejó de estar limitado por la urgencia impuesta por el dolor del paciente o por el temor constante a la sepsis, y pudo concentrarse en la precisión anatómica, la delicadeza en la manipulación de los tejidos y la resolución integral del problema quirúrgico. Con el tiempo, este nuevo paradigma sentó las bases para el desarrollo de técnicas menos invasivas, instrumentos más refinados y abordajes quirúrgicos que buscan maximizar el beneficio terapéutico al tiempo que minimizan el daño colateral.

En las etapas iniciales del desarrollo quirúrgico, la cirugía abierta no cumplía únicamente una función terapéutica, sino que también constituía un recurso diagnóstico indispensable. En ausencia de métodos auxiliares como los estudios de imagen, las pruebas de laboratorio o los procedimientos endoscópicos, la única forma de identificar con certeza la naturaleza de una enfermedad era mediante la exposición directa de los órganos y tejidos afectados. El acto quirúrgico se convertía así en una exploración sistemática del interior del cuerpo humano, en la que el cirujano, guiado por la semiología clínica y su conocimiento anatómico, debía confirmar o refutar hipótesis diagnósticas basadas en signos y síntomas frecuentemente inespecíficos. Bajo estas condiciones, abrir el cuerpo no solo implicaba tratar la patología, sino descubrirla.

Un ejemplo paradigmático de este carácter exploratorio de la cirugía se remonta a finales del siglo XIX. En el año mil ochocientos ochenta y seis, John Stough Bobbs decidió realizar una exploración abdominal en una mujer de treinta años que presentaba dolor y una masa palpable en el costado derecho. Ante la sospecha clínica de un quiste ovárico, y con el apoyo de la anestesia con cloroformo, procedió a abrir la cavidad abdominal. Durante la intervención, encontró una estructura quística cuyo contenido difería de lo esperado: líquido amarillento y múltiples formaciones sólidas de tamaños y coloraciones variables. Aquella masa no correspondía a un ovario enfermo, sino a una vesícula biliar patológica. De manera no intencionada, Bobbs llevó a cabo la extirpación completa de la vesícula, realizando así la primera colecistectomía exitosa documentada. Este episodio ilustra con claridad cómo la cirugía abierta funcionaba como un método de investigación anatómica y patológica en tiempo real, donde el conocimiento se construía a partir de la observación directa.

Pocos años antes, en mil ochocientos ochenta y dos, Carl Langenbuch había realizado de forma deliberada la primera colecistectomía planificada en el Hospital Lazarus de Berlín, estableciendo un precedente fundamental para el tratamiento quirúrgico de la enfermedad biliar. A partir de estos hitos, comenzaron a consolidarse procedimientos que, con variaciones técnicas y conceptuales, continúan formando parte del arsenal quirúrgico actual. Intervenciones como la apendicectomía, la tiroidectomía o la gastrectomía surgieron en este periodo como respuestas racionales a patologías específicas, y su desarrollo estuvo íntimamente ligado a la cirugía abierta como vía de acceso principal al cuerpo humano.

La cirugía abierta puede considerarse, con justicia, el origen de prácticamente todos los abordajes quirúrgicos contemporáneos, incluidos los procedimientos mínimamente invasivos. Antes de que fuera posible operar a través de pequeñas incisiones o mediante asistencia endoscópica y robótica, fue necesario conocer con precisión la anatomía, las relaciones espaciales entre los órganos y las consecuencias fisiológicas de su manipulación o resección. Este conocimiento se adquirió, en gran medida, gracias a la experiencia acumulada durante siglos de cirugía abierta. Además, permitió corregir ideas erróneas basadas en especulación, tradición o interpretaciones religiosas, sustituyéndolas por conceptos fundamentados en la observación directa y el método científico.

Más allá de su valor histórico, la cirugía abierta desempeñó un papel central en la formación médica. A través de ella se descubrieron detalles anatómicos, variaciones estructurales y respuestas tisulares que enriquecieron la comprensión del cuerpo humano y se transmitieron de generación en generación. Incluso en la actualidad, muchos de los principios técnicos y anatómicos que se enseñan a los cirujanos en formación tienen su raíz en la experiencia de la cirugía abierta, que sigue siendo un pilar para comprender los fundamentos de cualquier intervención quirúrgica, independientemente del abordaje utilizado.

En el contexto moderno, el mensaje más relevante es que la cirugía abierta no ha perdido su vigencia ni su importancia clínica. A pesar del avance de las técnicas mínimamente invasivas, continúa siendo una herramienta esencial para el tratamiento de múltiples enfermedades, especialmente en escenarios complejos, de urgencia o cuando otras alternativas no son viables. Gracias a ella, millones de personas han logrado prolongar su esperanza de vida y mejorar de manera significativa su calidad. De hecho, se estima que el ser humano promedio se someterá a varios procedimientos quirúrgicos a lo largo de su vida, lo que subraya el papel central de la cirugía, y en particular de la cirugía abierta, como uno de los pilares fundamentales de la medicina moderna.

 

 

 

 

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Fuente y lecturas recomendadas:
  1. Townsend, C. M., Beauchamp, R. D., Evers, B. M., & Mattox, K. L. (2022). Sabiston. Tratado de cirugía. Fundamentos biológicos de la práctica quirúrgica moderna (21.ª ed.). Elsevier España.
  2. Brunicardi F, & Andersen D.K., & Billiar T.R., & Dunn D.L., & Kao L.S., & Hunter J.G., & Matthews J.B., & Pollock R.E.(2020), Schwartz. Principios de Cirugía, (11e.). McGraw-Hill Education.
  3. Asociación Mexicana de Cirugía General. (2024). Nuevo Tratado de Cirugía General (1.ª ed.). Editorial El Manual Moderno.
  4. Dehn, R., & Asprey, D. (2021). Procedimientos clínicos esenciales (4.ª ed.; Elsevier España, S.L.U., Trans.). Elsevier España, S.L.U.
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