El conducto auditivo externo, también denominado meato acústico externo, constituye un prolongamiento anatómico de la concha auricular que se extiende hasta la membrana timpánica, estableciendo un conducto continuo que facilita la transmisión del sonido desde el ambiente externo hacia el oído medio. Este conducto no es simplemente un tubo pasivo, sino una estructura dinámica que desempeña funciones esenciales en la protección del oído interno, la resonancia acústica y la conducción del sonido.
En términos de morfología, el conducto auditivo externo presenta una ligera aplanamiento en dirección anteroposterior, lo que significa que su dimensión de adelante hacia atrás es menor que la altura total. Al realizar un corte transversal, se observa que su sección no es circular, sino elíptica u ovalada. En este contexto, el eje mayor del óvalo se orienta oblicuamente, siguiendo una dirección que combina de arriba hacia abajo con un ligero componente de adelante hacia atrás. Esta configuración permite un equilibrio entre rigidez estructural y flexibilidad, adaptándose a los movimientos de la mandíbula y a los cambios de presión ambiental.
Cuando se analiza mediante un corte horizontal, la orientación del conducto se aprecia de manera más clara en su recorrido interno: se dirige desde una posición lateral hacia una medial, con un leve trayecto de atrás hacia adelante. Esta inclinación no es arbitraria; facilita que los sonidos lleguen de manera eficiente a la membrana timpánica, al tiempo que permite la evacuación de secreciones y protege al oído medio de cuerpos extraños.
Además, la forma y dirección del conducto auditivo externo influyen directamente en sus propiedades acústicas. La combinación de su longitud, su leve curvatura y su sección ovalada genera un efecto de resonancia natural, amplificando ciertas frecuencias del sonido, especialmente aquellas asociadas a la percepción del habla humana. Asimismo, la conformación anatómica contribuye a la protección física del oído, ya que el trayecto oblicuo hace más difícil la entrada de objetos externos, mientras que la disposición de glándulas sebáceas y pelos en su porción externa ayuda a capturar partículas y mantener la integridad de la membrana timpánica.
Constitución anatómica
El conducto auditivo externo es una estructura tubular compleja, cuya anatomía se organiza en tres componentes principales: la porción ósea, la porción fibrocartilaginosa y el revestimiento cutáneo. Cada uno de estos elementos contribuye de manera coordinada a la función auditiva y a la protección del oído medio e interno.
- La porción ósea: también conocida como porción timpánica, está constituida por el hueso temporal. Este segmento forma un anillo óseo que delimita la parte más interna del conducto y se articula con otras porciones del hueso temporal mediante fisuras especializadas: la fisura timpanoescamosa, que lo une con la porción escamosa, y la fisura timpanomastoidea, que lo conecta con la porción petrosa. Esta disposición ósea proporciona soporte estructural al conducto y asegura la estabilidad de la membrana timpánica, al tiempo que permite que las fuerzas generadas por el movimiento mandibular y por cambios de presión se distribuyan sin comprometer la integridad del oído.
- La porción fibrocartilaginosa: constituye la parte más lateral del conducto y se distingue por su heterogeneidad morfológica. Se divide en dos subregiones: la porción cartilaginosa, ubicada hacia adelante y abajo, se continúa con el trago y presenta un estrechamiento progresivo de lateral a medial, favoreciendo la entrada de sonido y limitando la penetración de cuerpos extraños; y la porción fibrosa, situada hacia atrás y arriba, que se ensancha de lateral a medial, contribuyendo a la flexibilidad del conducto y a la amortiguación de pequeños traumatismos. Esta combinación de cartílago y tejido fibroso permite que la porción lateral del conducto sea a la vez resistente y adaptable, capaz de soportar deformaciones momentáneas sin comprometer su función.
- El revestimiento cutáneo: recubre la totalidad del conducto y constituye una continuidad de la piel de la oreja externa. Esta capa epitelial se adelgaza progresivamente a medida que se aproxima a la membrana timpánica, formando un medio ideal para la protección y el mantenimiento de la homeostasis del conducto. En su superficie se encuentran anexos cutáneos especializados, incluidos pelos rudimentarios y glándulas sebáceas, así como glándulas sudoríparas modificadas, que producen el cerumen. Esta sustancia actúa como barrera protectora frente a partículas externas, microorganismos y polvo, y su acumulación puede generar tapones que reducen la audición, los cuales pueden eliminarse mediante técnicas de limpieza controladas.
Relaciones anatómicas
El conducto auditivo externo no existe en aislamiento, sino que se encuentra estrechamente relacionado con estructuras anatómicas vecinas que condicionan tanto su forma como su protección funcional. La pared anterior del conducto se sitúa inmediatamente posterior a la articulación temporomandibular, de manera que los movimientos mandibulares pueden influir ligeramente en la geometría del conducto, especialmente en su porción fibrocartilaginosa lateral. La pared posterior, en cambio, se encuentra en contacto con la cara anterior del proceso mastoides, proporcionando un límite rígido que resguarda al conducto de presiones externas desde la región retroauricular.
En su pared superior, el conducto se aproxima a la fosa craneal media, estableciendo una relación crítica desde el punto de vista quirúrgico y otológico, dado que cualquier intervención en esta zona requiere precisión para evitar lesiones intracraneales. La pared inferior se encuentra contigua a la glándula parótida, lo que explica la proximidad funcional entre el oído externo y estructuras glandulares asociadas a secreción y drenaje linfático.
Los extremos del conducto presentan particularidades morfológicas importantes. El extremo medial se orienta de manera oblicua hacia medial, arriba y adelante, y culmina en la membrana timpánica, que cierra el conducto de manera hermética y establece el límite con el oído medio. Por su parte, el extremo lateral se abre hacia la concha auricular mediante un orificio elíptico, cuyo eje mayor se dispone verticalmente, favoreciendo la captación de ondas sonoras y sirviendo como puerta de entrada para la inspección visual.
Esta orientación y relación anatómica permite que el conducto sea accesible mediante exploración clínica, ya sea por inspección directa o mediante el uso de un otoscopio. Esta herramienta facilita la visualización de su interior, incluyendo la membrana timpánica, permitiendo la evaluación de posibles patologías, obstrucciones por cerumen o signos de infección. La combinación de su forma curvada, la orientación oblicua de su extremo medial y la abertura elíptica lateral no solo optimiza la captación acústica, sino que también protege al oído medio frente a cuerpos extraños y traumatismos externos.
Irrigación y nervios
El conducto auditivo externo recibe un aporte vascular e inervación altamente especializado que refleja su papel dual: conducción del sonido y sensibilidad protectora frente a estímulos externos. En términos de irrigación sanguínea, la porción lateral del conducto es vascularizada principalmente por ramas de la arteria temporal superficial y de la arteria auricular posterior, mientras que la porción profunda recibe su suministro de la arteria timpánica, rama de la arteria maxilar. Este aporte segmentado asegura que tanto la parte más externa como la interna del conducto cuenten con oxigenación suficiente para mantener la integridad de la piel y del tejido fibrocartilaginoso. Las venas correspondientes drenan en las venas maxilares y la vena yugular externa, asegurando un flujo venoso eficiente que evita congestión local. Por otro lado, los vasos linfáticos del conducto desembocan en los nódulos parotídeos profundos preauriculares y en los cervicales profundos, facilitando la defensa inmunitaria y la evacuación de posibles agentes patógenos.
La inervación del conducto auditivo externo es igualmente compleja y está diseñada para dotarlo de gran sensibilidad, crucial para la protección del oído medio. La porción superficial recibe ramas del nervio auriculotemporal, mientras que la porción posterior está inervada por el ramo auricular mayor proveniente del plexo cervical. La porción ósea y la membrana timpánica reciben fibras sensitivas del nervio vago, lo que explica fenómenos como la tos reflejo al estimular ciertas áreas del conducto. Además, el nervio facial contribuye con un ramo sensitivo que inerva la pared posterior del conducto y parte de la oreja. Esta densa red nerviosa no solo permite la percepción precisa de estímulos dolorosos, térmicos o táctiles, sino que también participa en reflejos defensivos, protegiendo al oído interno de posibles lesiones.

Fuente y lecturas recomendadas:
- Benito Fernández, F. J., & Mintegi Raso, S. (2024). Urgencias pediátricas. Guía de actuación (3.ª ed.). Editorial Médica Panamericana.
- Casado Flores, J., & Serrano González, A. (Eds.). (2012). Urgencias y emergencias pediátricas (2 tomos). Editorial Océano / Ergon.
- Cydulka, R. K., et al. (Eds.). (2018). Manual de medicina de urgencias de Tintinalli (8.ª ed.). McGraw‑Hill.

