El sistema musculoesquelético se reconoce como una entidad integrada porque su funcionamiento depende de la interacción permanente y coordinada entre estructuras óseas, musculares y conectivas. El esqueleto proporciona el armazón rígido que sostiene el cuerpo, delimita cavidades protectoras y establece puntos de anclaje para los músculos. Sin embargo, este entramado de huesos por sí solo sería estático e incapaz de generar movimiento significativo. Es la incorporación del tejido muscular, junto con tendones, ligamentos, cartílagos y fascias, lo que transforma a esa arquitectura rígida en un sistema dinámico y adaptable.
Los músculos esqueléticos, al contraerse y relajarse mediante complejos procesos de activación eléctrica y mecánica, transmiten fuerzas a los huesos a través de los tendones. Esta transferencia de tensiones produce desplazamientos articulares que permiten desde movimientos microscópicos de ajuste postural hasta acciones motoras de gran potencia. Por su parte, las articulaciones, sostenidas por cápsulas y ligamentos, regulan la amplitud y dirección de esos movimientos, garantizando la estabilidad y evitando daños estructurales. El tejido conectivo, distribuido de manera continua, coordina la transmisión de cargas, mantiene la alineación de las fibras musculares y distribuye las tensiones mecánicas a lo largo del organismo.
La razón por la cual se aborda todo este conjunto bajo el nombre de sistema musculoesquelético radica en que ninguna de sus partes puede cumplir su función de manera aislada. La locomoción, el mantenimiento de la postura, la estabilización del tronco y de las extremidades, así como la protección de órganos vitales, solo se logran gracias a esta interdependencia. Incluso procesos aparentemente simples, como mantener la cabeza erguida o ajustar el equilibrio durante la marcha, requieren la acción simultánea y precisa de huesos, articulaciones, músculos y tejidos conectivos.
Músculos
El ejercicio físico y el rendimiento deportivo requieren que el organismo genere movimientos voluntarios que se caractericen por su precisión, coordinación y eficiencia mecánica. Estas acciones son posibles gracias a la participación directa del músculo esquelético, un tejido contráctil cuya activación está regulada por centros superiores del encéfalo. La corteza cerebral, mediante complejas redes de procesamiento sensoriomotor, selecciona, inicia y modula los patrones de movimiento. Para llevar a cabo dicha activación, las señales nerviosas descienden a través de vías motoras hasta alcanzar a las motoneuronas que forman parte del sistema nervioso periférico. Estas células nerviosas son las encargadas de transmitir impulsos eléctricos hacia las fibras musculares, lo que desencadena la contracción y permite la ejecución del movimiento voluntario.
La eficacia del sistema neuromuscular depende de un aporte continuo de oxígeno y sustratos energéticos, ya que las fibras musculares requieren grandes cantidades de energía para mantener ciclos repetidos de contracción y relajación. El sistema respiratorio asegura la captación de oxígeno y la expulsión del dióxido de carbono, mientras que el sistema cardiovascular distribuye el oxígeno y los nutrientes hacia los tejidos activos y retira los desechos metabólicos generados durante el esfuerzo. Esta interacción estrecha entre sistemas permite que el músculo mantenga su función sin deterioro, aun durante actividades prolongadas o de alta intensidad, y garantiza que la homeostasis celular no se vea comprometida.
El sistema musculoesquelético constituye la plataforma estructural y funcional que permite la ejecución de la amplia gama de movimientos propios de la vida humana. Está conformado por huesos que proporcionan rigidez y soporte; articulaciones que brindan movilidad controlada; y músculos y tendones que actúan como los efectores mecánicos del movimiento. Cuando un músculo se contrae, genera una fuerza que se transmite al hueso al que está unido. Este hueso, a su vez, rota o se desplaza alrededor de una articulación, produciendo un movimiento observable que puede ir desde un ajuste postural fino hasta acciones atléticas complejas.
Aunque los músculos solo pueden generar tracción, esta limitación mecánica se supera gracias al diseño del sistema osteoarticular. Los huesos funcionan como palancas y las articulaciones como puntos de apoyo, lo que permite transformar la fuerza de tracción producida por los músculos en diferentes tipos de acciones exteriores. De este modo, una fuerza interna de tracción puede manifestarse como un empuje, un levantamiento, un lanzamiento o cualquier otra acción que implique interacción con el entorno. Esta disposición convierte al conjunto musculoesquelético en un sistema altamente eficiente, capaz de amplificar fuerzas, modificar direcciones de movimiento y adaptar la mecánica corporal a las demandas específicas de la actividad física.
Esqueleto axial y esqueleto apendicular
El esqueleto humano puede comprenderse como una estructura organizada en dos grandes regiones que cumplen funciones complementarias y esenciales para la estabilidad, la movilidad y la protección de los órganos internos. Esta división no es arbitraria, sino que responde a principios evolutivos y funcionales que optimizan la mecánica corporal y la interacción del organismo con su entorno.
Por un lado, el esqueleto axial constituye el eje central del cuerpo y actúa como un armazón protector y de sostén. Está formado por el cráneo, la columna vertebral que se extiende desde la primera vértebra cervical hasta el cóccix, así como por las costillas y el esternón. El cráneo rodea y resguarda el encéfalo, a la vez que sostiene los órganos sensoriales principales. La columna vertebral, además de proteger la médula espinal, proporciona flexibilidad y resistencia frente a fuerzas de compresión, permitiendo que el cuerpo mantenga la postura y absorba impactos. Las costillas y el esternón conforman la caja torácica, una estructura semirrígida que protege al corazón, a los pulmones y a los grandes vasos, y que participa activamente en la mecánica respiratoria al permitir la expansión y contracción del tórax durante la ventilación.
Por otro lado, el esqueleto apendicular está diseñado para facilitar el movimiento y permitir la manipulación del medio externo. Incluye las cinturas óseas y los segmentos que conforman las extremidades. La cintura escapular, formada por las escápulas y las clavículas de ambos lados, establece la conexión entre el tronco y las extremidades superiores, proporcionando una base flexible que permite una amplia libertad de movimiento del hombro. Asociados a esta cintura se encuentran los huesos de los brazos, antebrazos, muñecas y manos, entre ellos el húmero, el radio, el cúbito, los huesos carpianos, los huesos metacarpianos y las falanges. Esta compleja disposición ósea otorga una extraordinaria capacidad de precisión, fuerza y destreza manual, fundamentales para actividades que van desde la manipulación fina hasta acciones de gran intensidad física.
La cintura pélvica, formada por los dos huesos coxales, constituye la unión entre la columna vertebral y las extremidades inferiores. Su configuración robusta y su posición anatómica permiten transmitir el peso del tronco hacia las piernas y proporcionar estabilidad durante la bipedestación y la marcha. Las extremidades inferiores incluyen el fémur, la rótula, la tibia, el peroné, los huesos del tarso, los huesos metatarsianos y las falanges. Esta serie de estructuras óseas actúa conjuntamente para sostener el peso corporal, absorber impactos y permitir desplazamientos eficientes mediante una combinación de fuerza, resistencia y control postural.
Articulaciones
Las articulaciones del cuerpo humano representan puntos especializados de unión entre los huesos y se organizan en categorías que reflejan su estructura y el grado de movilidad que pueden ofrecer. Esta diversidad anatómica permite equilibrar la estabilidad con la libertad de movimiento, de manera que cada región corporal pueda cumplir sus funciones mecánicas de forma óptima.
Las articulaciones fibrosas, como las suturas del cráneo, se caracterizan por la presencia predominante de tejido conectivo denso que une firmemente los huesos. Esta composición proporciona gran estabilidad y prácticamente impide el movimiento, lo cual resulta esencial en regiones donde la protección de estructuras delicadas, como el encéfalo, es prioritaria. En contraste, las articulaciones cartilaginosas, ejemplificadas por los discos intervertebrales, poseen cartílago hialino o fibrocartílago que permite cierto desplazamiento. Aunque la amplitud de movimiento es limitada, esta flexibilidad controlada es suficiente para absorber impactos, distribuir cargas y facilitar movimientos finos como la flexión y la rotación del tronco.
Las articulaciones sinoviales representan la forma más elaborada y dinámica de unión ósea. Su estructura incluye una cápsula articular, membranas sinoviales productoras de líquido lubricante y superficies articulares recubiertas de cartílago hialino. Gracias a estas características, la fricción entre los huesos se reduce al mínimo y se obtiene un grado notable de movilidad. Por esta razón, las articulaciones sinoviales son las que determinan la mayoría de los movimientos propios del ejercicio físico y del deporte, desde gestos simples como la flexión del codo hasta acciones complejas que involucran múltiples segmentos corporales. En esencia, casi todos los movimientos articulares se producen mediante rotaciones alrededor de uno o varios ejes, lo que revela la naturaleza geométrica y biomecánica del movimiento humano.
La clasificación de las articulaciones sinoviales según el número de ejes en los que pueden rotar facilita la comprensión de su funcionamiento. Las articulaciones monoaxiales, como la del codo, operan principalmente como bisagras, permitiendo un movimiento unidireccional que maximiza la estabilidad sin sacrificar la eficiencia mecánica. Las articulaciones biaxiales, como las del tobillo y la muñeca, permiten movimientos en dos planos perpendiculares, lo que amplía la capacidad de ajuste y la precisión del control motor. Por último, las articulaciones multiaxiales, como las articulaciones esferoideas del hombro y de la cadera, permiten movimientos en tres ejes, otorgando la mayor amplitud de desplazamiento y posibilitando acciones complejas como la circunducción y la rotación axial.
Además de permitir el movimiento, el sistema articular influye de manera significativa en la salud del esqueleto adulto. La actividad física, especialmente aquella que implica cargas mecánicas elevadas, estimula procesos de remodelación ósea. Cuando el cuerpo soporta cargas considerables, como ocurre durante el trabajo físico intenso o el entrenamiento de resistencia, el tejido óseo incrementa su densidad y su contenido mineral. Esta adaptación se produce gracias a la activación de mecanismos celulares que refuerzan la matriz ósea, haciéndola más resistente frente a tensiones futuras. Así, el empleo funcional de los músculos no solo repercute en la mecánica del movimiento, sino que también fortalece la arquitectura ósea, demostrando la profunda interrelación entre movimiento, carga y salud del sistema musculoesquelético.

Fuente y lecturas recomendadas:
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- Latarjet, M., Ruiz Liard, A., & Pró, E. (2019). Anatomía humana (5.ª ed., Vols. 1–2). Médica Panamericana.
ISBN: 9789500695923 - Dalley II, A. F., & Agur, A. M. R. (2022). Moore: Anatomía con orientación clínica (9.ª ed.). Wolters Kluwer (Lippincott Williams & Wilkins).
ISBN: 9781975154120 - Standring, S. (Ed.). (2020). Gray’s anatomy: The anatomical basis of clinical practice (42.ª ed.). Elsevier.
ISBN: 9780702077050 - Netter, F. H. (2023). Atlas de anatomía humana (8.ª ed.). Elsevier.
ISBN: 9780323793745 - Haff Gregory, N. Travis Triplett. Principios del entrenamiento de la fuerza y del acondicionamiento físico. 4 ed. Badalona: Editorial Paidotribo. 2017
- Latarjet, M., Ruiz Liard, A., & Pró, E. (2019). Anatomía humana (5.ª ed., Vols. 1–2). Médica Panamericana.
Originally posted on 19 de agosto de 2022 @ 10:40 AM

