A lo largo de la mayor parte de la historia humana, la práctica de la cirugía se desarrolló en un contexto profundamente limitado por el conocimiento científico disponible, por las condiciones materiales de la medicina y por las concepciones culturales acerca del cuerpo humano. Desde las primeras civilizaciones históricas hasta las últimas décadas del siglo XIX, el modo de operar cambió relativamente poco si se lo compara con la transformación radical que experimentaría posteriormente. Este prolongado período se caracteriza por una cirugía rudimentaria, dominada por el dolor, el riesgo extremo de muerte y una elevada incidencia de infecciones. Comprender las razones de esta relativa inmovilidad técnica requiere examinar varios factores interrelacionados: la ausencia de bases científicas sólidas, la falta de métodos eficaces para controlar el dolor, el desconocimiento de los microorganismos como causa de enfermedad y las limitaciones anatómicas, tecnológicas y sociales que rodeaban a la práctica médica.
Durante la mayor parte de la historia, la medicina no se sustentaba en un conocimiento experimental del funcionamiento del organismo humano. Antes del surgimiento de la fisiología moderna, de la microbiología y de la patología científica, los médicos interpretaban la enfermedad a partir de teorías especulativas. Entre ellas predominaba la doctrina de los humores corporales, que postulaba que la salud dependía del equilibrio entre cuatro sustancias fundamentales del cuerpo: sangre, flema, bilis amarilla y bilis negra. Bajo esta concepción, muchas enfermedades se consideraban desequilibrios generales del organismo más que alteraciones localizadas de órganos o tejidos. En consecuencia, el tratamiento preferido consistía en procedimientos como las sangrías, las purgas o los regímenes dietéticos, que pretendían restaurar la armonía interna. La cirugía, en este marco conceptual, ocupaba un lugar secundario porque implicaba intervenir físicamente sobre el cuerpo sin comprender plenamente los procesos biológicos implicados.
Esta carencia de fundamentos científicos limitaba enormemente el alcance de las operaciones. Sin conocimiento detallado de la fisiología, de la circulación sanguínea o de la función de los órganos internos, cualquier intervención profunda se volvía impredecible. Incluso después de que el médico inglés William Harvey demostrara en el siglo diecisiete la circulación de la sangre, la comprensión integral del organismo seguía siendo incompleta. La cirugía permanecía entonces confinada a procedimientos relativamente simples y visibles, como la amputación de extremidades gravemente dañadas, la extracción de cálculos de la vejiga o la apertura de abscesos. Estas intervenciones se justificaban principalmente porque la patología podía observarse directamente desde el exterior o porque la situación del paciente era tan desesperada que el riesgo de no operar resultaba mayor que el de intervenir.
Un segundo factor decisivo fue la ausencia de métodos eficaces para suprimir o mitigar el dolor. Antes de la introducción de la anestesia moderna a mediados del siglo diecinueve, los pacientes permanecían completamente conscientes durante las operaciones. Aunque en distintas culturas se utilizaron sustancias como el alcohol, el opio o ciertos extractos vegetales con efectos sedantes, estos recursos rara vez producían una pérdida completa de la sensibilidad. En consecuencia, la experiencia quirúrgica era extraordinariamente dolorosa y psicológicamente traumática. El sufrimiento intenso generaba movimientos involuntarios, gritos y resistencia física, lo que complicaba enormemente el trabajo del operador.
Debido a esta situación, el procedimiento quirúrgico debía ejecutarse con extrema rapidez. Los cirujanos desarrollaban una habilidad particular para realizar cortes veloces y decisivos, porque prolongar la operación incrementaba tanto el dolor del paciente como el riesgo de descontrol físico. Con frecuencia varias personas sostenían al enfermo o lo ataban a la mesa para impedir que se moviera durante el acto operatorio. Esta práctica, que hoy resultaría inconcebible, era considerada indispensable en una época en la que el control farmacológico del dolor no existía. La necesidad de actuar rápidamente también restringía la complejidad de las intervenciones, ya que los procedimientos prolongados o delicados eran prácticamente imposibles en un paciente que se retorcía de dolor.
Un tercer elemento fundamental que explica la peligrosidad de la cirugía antigua es el desconocimiento de los agentes infecciosos. Durante milenios, los médicos ignoraron que numerosas enfermedades eran causadas por microorganismos invisibles al ojo humano. Las heridas quirúrgicas se infectaban con gran frecuencia porque los instrumentos, las manos del operador y el entorno hospitalario estaban contaminados con bacterias. Sin embargo, antes del desarrollo de la teoría microbiana de la enfermedad en el siglo diecinueve, estas infecciones se atribuían a factores vagos como el “mal aire”, la putrefacción espontánea de los tejidos o los desequilibrios del organismo.
La consecuencia práctica de esta ignorancia era que las heridas abiertas casi siempre se convertían en focos de infección. Muchas intervenciones aparentemente exitosas terminaban con la muerte del paciente días después, cuando aparecían complicaciones como gangrena, septicemia o inflamaciones generalizadas. En los hospitales de la época era común que las tasas de mortalidad tras ciertas operaciones superaran la mitad de los casos. Los cirujanos operaban con las manos desnudas, utilizaban instrumentos sin esterilizar y a menudo llevaban la misma ropa manchada de sangre de un procedimiento a otro. Paradójicamente, las manchas secas en la bata podían ser interpretadas como un símbolo de experiencia profesional.
Además de estas limitaciones científicas, existían obstáculos técnicos relacionados con el conocimiento anatómico. Aunque desde el Renacimiento se realizaron disecciones humanas que permitieron describir con mayor precisión la estructura del cuerpo, el acceso sistemático a cadáveres para la enseñanza médica era limitado en muchos lugares. En consecuencia, la formación anatómica de los practicantes podía ser irregular. Los cirujanos conocían relativamente bien las estructuras externas y superficiales, pero las regiones profundas del organismo seguían siendo en gran medida desconocidas o difíciles de explorar sin causar daños irreversibles.
Esta circunstancia explica por qué la mayoría de las operaciones se dirigían a afecciones visibles. Las enfermedades de la piel, las lesiones traumáticas de las extremidades, las deformidades externas o los problemas dentales eran accesibles al bisturí porque podían observarse directamente. En cambio, intervenir en el interior del tórax o del abdomen implicaba atravesar capas de tejido sin una comprensión clara de lo que se encontraría debajo. La probabilidad de hemorragias incontrolables, de daño a órganos vitales o de infecciones mortales era tan alta que tales procedimientos rara vez se intentaban.
También influyó la posición social de quienes practicaban la cirugía. Durante gran parte de la historia europea, la cirugía fue considerada un oficio manual más que una disciplina intelectual. Muchos médicos formados en universidades evitaban las operaciones porque las consideraban tareas propias de artesanos. Por ello, los procedimientos quirúrgicos eran frecuentemente realizados por barberos o por practicantes empíricos que aprendían mediante la experiencia directa más que por formación académica sistemática. Esta división entre medicina teórica y práctica quirúrgica contribuyó a que la cirugía evolucionara lentamente, pues carecía del respaldo institucional y científico que sí tenían otras áreas de la medicina.
Las condiciones materiales de los lugares donde se realizaban las operaciones también eran extremadamente precarias. Antes del desarrollo de los hospitales modernos, muchas intervenciones se efectuaban en domicilios particulares o en salas hospitalarias abarrotadas de pacientes. La iluminación era deficiente, los instrumentos eran rudimentarios y los materiales para suturar o limpiar heridas eran limitados. En tales circunstancias, la cirugía difícilmente podía transformarse en una práctica refinada y segura.

Fuente y lecturas recomendadas:
- Townsend, C. M., Beauchamp, R. D., Evers, B. M., & Mattox, K. L. (2022). Sabiston. Tratado de cirugía. Fundamentos biológicos de la práctica quirúrgica moderna (21.ª ed.). Elsevier España.
- Brunicardi F, & Andersen D.K., & Billiar T.R., & Dunn D.L., & Kao L.S., & Hunter J.G., & Matthews J.B., & Pollock R.E.(2020), Schwartz. Principios de Cirugía, (11e.). McGraw-Hill Education.
- Asociación Mexicana de Cirugía General. (2024). Nuevo Tratado de Cirugía General (1.ª ed.). Editorial El Manual Moderno.
- Dehn, R., & Asprey, D. (2021). Procedimientos clínicos esenciales (4.ª ed.; Elsevier España, S.L.U., Trans.). Elsevier España, S.L.U.

