La nefronia lobar aguda, también denominada nefritis bacteriana focal aguda o pielonefritis focal no liquefactiva, constituye una infección bacteriana localizada del parénquima renal caracterizada por la presencia de un foco inflamatorio bien delimitado que compromete uno o varios lóbulos renales sin desarrollar necrosis licuefactiva ni una cavidad purulenta. Representa una forma intermedia dentro del espectro evolutivo de las infecciones bacterianas renales, situándose entre la pielonefritis aguda difusa y el absceso renal. Esta entidad posee características clínicas, fisiopatológicas y radiológicas propias que justifican su reconocimiento como un diagnóstico independiente, ya que su identificación modifica de manera importante la duración del tratamiento antibiótico, la necesidad de hospitalización y el pronóstico del paciente. Esta concepción ha sido ampliamente sustentada mediante estudios clínicos, radiológicos y anatomopatológicos que demuestran que la inflamación permanece confinada al tejido renal sin producir la destrucción tisular que caracteriza al absceso renal. Esta información se encuentra respaldada por múltiples investigaciones clínicas y revisiones especializadas.
La nefronia lobar aguda representa un estadio intermedio entre la pielonefritis aguda y el absceso renal. Las infecciones bacterianas del riñón no constituyen enfermedades aisladas, sino un continuo fisiopatológico cuya gravedad depende del equilibrio entre la virulencia del microorganismo, la respuesta inmunitaria del huésped y la rapidez con que se instaure el tratamiento antimicrobiano.
En el extremo inicial del espectro se encuentra la pielonefritis aguda clásica, en la cual la infección compromete difusamente el intersticio renal y los túbulos colectores. Cuando la respuesta inflamatoria logra contener parcialmente la diseminación bacteriana, el proceso puede concentrarse dentro de uno o varios lóbulos renales formando una lesión sólida inflamatoria conocida como nefronia lobar aguda. Si el tratamiento resulta insuficiente o la respuesta inmunitaria es incapaz de limitar la infección, la inflamación progresa hacia necrosis tisular, licuefacción y formación de una cavidad purulenta, originando un absceso renal. Este modelo evolutivo ha sido confirmado mediante estudios de tomografía computarizada, correlación anatomopatológica y seguimiento clínico de pacientes adultos y pediátricos.
Por esta razón, la nefronia lobar aguda se considera una infección localizada, pero todavía potencialmente reversible, en la cual el tejido renal conserva su arquitectura general pese al intenso infiltrado inflamatorio.
La ausencia de formación de absceso constituye la característica anatomopatológica fundamental. El elemento distintivo de esta enfermedad consiste en que el proceso inflamatorio permanece en fase sólida. Desde el punto de vista histopatológico existe infiltración masiva por neutrófilos, edema intersticial intenso, congestión vascular, dilatación tubular y destrucción inflamatoria localizada de los túbulos renales, pero todavía no ocurre la licuefacción del tejido ni la formación de una cavidad llena de pus.
La ausencia de licuefacción explica que las imágenes radiológicas no muestren una colección líquida delimitada, sino un área sólida de inflamación con alteración del flujo sanguíneo y disminución de la perfusión renal.
Esta diferencia tiene gran relevancia clínica porque los abscesos renales frecuentemente requieren drenaje percutáneo o quirúrgico, mientras que la nefronia lobar aguda responde en la mayoría de los casos únicamente al tratamiento antimicrobiano prolongado.
La infección suele originarse por vía ascendente desde el tracto urinario inferior. En la mayoría de los pacientes, la infección inicia como una infección urinaria baja causada por bacterias entéricas.
El microorganismo asciende desde la uretra hacia la vejiga urinaria, posteriormente alcanza los uréteres mediante reflujo vesicoureteral o alteraciones del flujo urinario y finalmente llega al sistema pielocalicial. Desde allí, las bacterias penetran hacia el intersticio renal utilizando los conductos colectores y los túbulos medulares.
El microorganismo más frecuentemente implicado es Escherichia coli, responsable de la mayor parte de las infecciones urinarias complicadas y no complicadas. También pueden participar Klebsiella pneumoniae, Proteus mirabilis, Enterobacter spp., Pseudomonas aeruginosa y otros bacilos gramnegativos, especialmente en pacientes hospitalizados, diabéticos o con anomalías estructurales del aparato urinario.
La respuesta inflamatoria localizada consigue contener parcialmente la propagación bacteriana, generando una masa inflamatoria sólida dentro del lóbulo renal.
La respuesta inflamatoria produce un importante compromiso de la perfusión renal. La lesión renal no depende únicamente de la presencia bacteriana. La liberación local de citocinas proinflamatorias, quimiocinas, prostaglandinas y especies reactivas de oxígeno induce vasoconstricción intrarrenal, edema intersticial y aumento de la presión tisular.
Como consecuencia disminuye el flujo sanguíneo regional. Esta reducción de la perfusión explica que durante la administración de contraste intravenoso el área afectada capte menor cantidad de medio de contraste respecto al resto del riñón. La disminución del flujo sanguíneo también favorece la persistencia bacteriana, ya que reduce la llegada de células inmunitarias y limita parcialmente la penetración de algunos antimicrobianos hacia el foco inflamatorio.
Presentación clínica y auxiliares diagnósticos
La presentación clínica es prácticamente indistinguible de la pielonefritis aguda. Los pacientes suelen presentar fiebre elevada persistente, escalofríos, dolor lumbar unilateral, dolor en el flanco, dolor abdominal, náuseas, vómitos y malestar general.
La exploración física frecuentemente demuestra sensibilidad intensa en el ángulo costovertebral.
En los estudios de laboratorio suelen encontrarse leucocitosis, elevación de proteína C reactiva, incremento de la velocidad de sedimentación globular y aumento de la procalcitonina cuando la infección alcanza mayor gravedad. Sin embargo, estos hallazgos son inespecíficos y no permiten distinguir entre pielonefritis simple, nefronia lobar aguda y absceso renal. Precisamente por esta similitud clínica, el diagnóstico depende en gran medida de los estudios de imagen.
Uno de los aspectos más importantes de esta enfermedad consiste en que el examen general de orina puede no demostrar alteraciones significativas. Esta aparente contradicción se explica porque el foco infeccioso permanece localizado dentro del parénquima renal sin mantener necesariamente comunicación con el sistema colector.
Cuando el exudado inflamatorio no alcanza la pelvis renal, los leucocitos, bacterias y cilindros inflamatorios no aparecen en cantidades suficientes dentro de la orina. Como consecuencia, algunos pacientes presentan urocultivos negativos o únicamente alteraciones urinarias mínimas, pese a albergar una infección renal significativa. Este fenómeno constituye una de las principales causas de retraso diagnóstico.
Los pacientes diabéticos presentan múltiples alteraciones que favorecen las infecciones renales. La hiperglucemia deteriora la función de neutrófilos, reduce la quimiotaxis, disminuye la fagocitosis y altera la destrucción intracelular de microorganismos. Simultáneamente existe microangiopatía que compromete la perfusión renal, facilitando la persistencia bacteriana. La glucosuria favorece además el crecimiento bacteriano dentro del tracto urinario. Todo ello explica que la diabetes mellitus mal controlada se asocie con mayor frecuencia de infecciones urinarias complicadas, incluyendo nefronia lobar aguda, absceso renal y pielonefritis enfisematosa.
Otros factores predisponentes incluyen reflujo vesicoureteral, litiasis urinaria, obstrucción ureteral, inmunosupresión, embarazo, vejiga neurogénica y malformaciones congénitas del aparato urinario.
La tomografía computarizada contrastada posee la mayor sensibilidad y especificidad para identificar la nefronia lobar aguda. Después de la administración intravenosa del contraste se observan regiones mal delimitadas con disminución de la captación del contraste debido al edema intersticial y la reducción del flujo sanguíneo regional. Estas lesiones no muestran cavidades líquidas ni realce periférico característico de los abscesos.
La tomografía además permite excluir otras enfermedades que producen dolor lumbar y fiebre, como infarto renal, carcinoma de células renales, absceso renal, pielonefritis enfisematosa, hematomas, hidronefrosis obstructiva o trombosis vascular. Por estas razones constituye el estándar diagnóstico actual.
Existen dos patrones tomográficos principales:
La forma denominada nefronia lobar simple presenta áreas homogéneas hipodensas con distribución triangular, estriada o en forma de cuña que siguen la anatomía de los lóbulos renales. Estas lesiones representan inflamación localizada relativamente uniforme.
En contraste, la nefronia lobar complicada presenta una disminución heterogénea de la captación del contraste debido a edema más intenso, isquemia regional y destrucción tisular parcial. Este patrón refleja una infección más grave y se considera una fase cercana al desarrollo de absceso renal.
La identificación de ambos patrones tiene implicaciones pronósticas porque las lesiones heterogéneas suelen requerir tratamientos antimicrobianos más prolongados y seguimiento radiológico estrecho.
La ecografía permite identificar una masa focal hipoecogénica que altera la diferenciación corticomedular normal. También puede observar aumento del tamaño renal, edema localizado y disminución de la vascularización mediante Doppler color. No obstante, las lesiones pequeñas pueden pasar inadvertidas, especialmente durante las fases iniciales.
La ecografía resulta particularmente útil para el seguimiento evolutivo, la valoración pediátrica y la exclusión de hidronefrosis u obstrucción urinaria, aunque no reemplaza a la tomografía cuando existe alta sospecha clínica.
La urografía excretora posee actualmente un papel histórico. Antes de la disponibilidad generalizada de la tomografía computarizada, la urografía excretora constituía uno de los principales métodos diagnósticos. El estudio podía mostrar desplazamiento de los cálices, efecto de masa focal, retraso en la excreción del contraste y alteraciones localizadas del contorno renal. Sin embargo, debido a su menor sensibilidad y especificidad, actualmente ha sido sustituida casi por completo por la tomografía computarizada y la resonancia magnética en los pocos casos en que esta última resulta necesaria.
El tratamiento requiere antibioticoterapia prolongada
La duración del tratamiento antibiótico es significativamente mayor que la utilizada para la pielonefritis aguda no complicada. Ello se debe a que la masa inflamatoria sólida presenta menor perfusión, dificultando la llegada de concentraciones adecuadas del antimicrobiano al foco infeccioso.
Diversas series clínicas han demostrado que los tratamientos cortos incrementan el riesgo de persistencia bacteriana, recaída clínica y progresión hacia absceso renal.
En términos generales, la nefronia lobar simple requiere aproximadamente 2 semanas de antibioticoterapia, mientras que la forma complicada suele necesitar al menos 3 semanas, ajustando siempre la duración según la evolución clínica, microbiológica y radiológica. El tratamiento inicial suele administrarse por vía intravenosa durante la hospitalización, con transición posterior a tratamiento oral cuando existe mejoría clínica sostenida.
La mayoría de los pacientes requieren ingreso hospitalario debido a la elevada intensidad de la respuesta inflamatoria sistémica. Durante la hospitalización se administra tratamiento antimicrobiano intravenoso, reposición de líquidos, control del dolor, vigilancia de la función renal, monitorización de signos vitales y evaluación de la respuesta terapéutica. También se investigan factores predisponentes como obstrucción urinaria, litiasis, diabetes mellitus descontrolada o anomalías anatómicas susceptibles de corrección.
Es fundamental diferenciar la nefronia lobar aguda del absceso renal. Aunque ambas entidades comparten manifestaciones clínicas similares, sus estrategias terapéuticas difieren considerablemente. El absceso renal contiene una colección purulenta encapsulada cuya penetración antibiótica resulta limitada, por lo que con frecuencia requiere drenaje percutáneo o intervención quirúrgica. En cambio, la nefronia lobar aguda conserva un parénquima sólido inflamatorio sin cavidad purulenta, permitiendo una adecuada respuesta al tratamiento exclusivamente antimicrobiano en la mayoría de los casos.
Confundir ambas entidades puede conducir tanto a procedimientos invasivos innecesarios como al retraso de intervenciones indispensables cuando realmente existe un absceso.
La evolución natural puede conducir al desarrollo de absceso renal. Si el tratamiento se retrasa o resulta insuficiente, la inflamación continúa produciendo destrucción tisular. La isquemia local, la necrosis celular y la acumulación progresiva de neutrófilos favorecen la licuefacción del tejido renal. Finalmente aparece una cavidad purulenta delimitada por tejido inflamatorio, constituyendo un absceso renal plenamente establecido.
En población pediátrica, diversas series clínicas han demostrado que aproximadamente una cuarta parte de los casos puede evolucionar hacia absceso cuando el diagnóstico y el tratamiento no se realizan oportunamente. Por ello, la identificación temprana de la nefronia lobar aguda constituye un objetivo prioritario para preservar el parénquima renal, evitar procedimientos invasivos y disminuir las complicaciones infecciosas.

Fuente y lecturas recomendadas:
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