Gripe e influenza A(H3N2)
Gripe e influenza A(H3N2)

Gripe e influenza A(H3N2)

La gripe es una enfermedad respiratoria infecciosa aguda producida por virus pertenecientes principalmente a los géneros Alphainfluenzavirus y Betainfluenzavirus. En la población humana, los virus de influenza A e influenza B son los principales responsables de la influenza estacional. La expresión «gripe» describe la enfermedad clínica, mientras que «influenza» hace referencia al grupo de infecciones producidas por los virus de influenza. Por lo tanto, gripe e influenza no representan dos enfermedades diferentes: en el contexto humano habitual, la gripe es la manifestación clínica de una infección por un virus de influenza.

La influenza A posee una importancia epidemiológica particular porque puede infectar numerosas especies animales y porque su genoma segmentado permite la aparición de nuevas combinaciones genéticas. Dentro de los virus de influenza A que circulan habitualmente entre seres humanos se encuentran A(H1N1)pdm09 y A(H3N2). Estos virus son responsables de epidemias estacionales recurrentes y pueden ocasionar desde infecciones respiratorias autolimitadas hasta neumonía, insuficiencia respiratoria, descompensación de enfermedades crónicas, hospitalización y muerte.

La Organización Mundial de la Salud estima que la influenza estacional produce aproximadamente mil millones de infecciones cada año en todo el mundo, de las cuales entre tres y cinco millones corresponden a enfermedad respiratoria grave, mientras que las defunciones respiratorias asociadas se sitúan aproximadamente entre 290 000 y 650 000 anuales. Estas cifras corresponden a influenza estacional en conjunto y no deben interpretarse como el número de casos o muertes causados específicamente por H3N2.

La denominación H3N2 describe un subtipo de influenza A definido por las características antigénicas de dos glucoproteínas de superficie: la hemaglutinina, denominada H, y la neuraminidasa, denominada N. El número 3 corresponde al subtipo de hemaglutinina y el número 2 al subtipo de neuraminidasa. Por consiguiente, H3N2 no constituye una denominación de la enfermedad clínica, sino una clasificación del virus que causa una determinada proporción de los casos de influenza.

La hemaglutinina interviene fundamentalmente en el reconocimiento y la entrada del virus a las células susceptibles, mientras que la neuraminidasa participa en la liberación de las partículas virales recién formadas y facilita la propagación de la infección por el epitelio respiratorio. La interacción funcional entre ambas proteínas es esencial para que el virus mantenga un ciclo infeccioso eficiente.

La importancia de H3N2 radica en su extraordinaria capacidad de evolución. Desde su aparición en seres humanos en 1968, este subtipo ha experimentado una acumulación continua de modificaciones genéticas y antigénicas. Esa evolución le ha permitido escapar parcialmente de los anticuerpos generados por infecciones anteriores y por la vacunación, lo que contribuye a que las personas puedan infectarse nuevamente durante diferentes temporadas de influenza.

El virus de influenza A posee una envoltura lipídica derivada de la membrana de la célula infectada. En esta envoltura se encuentran principalmente la hemaglutinina y la neuraminidasa, además de la proteína M2, que participa en procesos esenciales del ciclo replicativo. Debajo de la envoltura se encuentra la proteína M1, que proporciona soporte estructural y participa en el ensamblaje de las nuevas partículas virales.

Una característica fundamental del virus de influenza A es que su material genético está constituido por ocho segmentos independientes de ácido ribonucleico monocatenario de sentido negativo. Cada segmento se encuentra asociado con proteínas virales formando complejos de ribonucleoproteína. Los ocho segmentos codifican proteínas necesarias para la replicación, transcripción, estructura, ensamblaje, liberación y regulación de la respuesta inmunitaria del huésped.

La segmentación del genoma tiene una enorme importancia evolutiva. Cuando dos virus de influenza A diferentes infectan simultáneamente una misma célula, pueden producirse intercambios de segmentos genéticos durante la formación de nuevas partículas virales. Este fenómeno se denomina reasortamiento genético y puede originar virus con combinaciones de genes que no estaban presentes en ninguno de los virus parentales.

El H3N2 humano apareció durante la pandemia de influenza de 1968. El virus pandémico contenía una hemaglutinina de origen aviar que se incorporó al linaje humano mediante un proceso de reasortamiento genético. Los análisis históricos y moleculares indican que la hemaglutinina H3 y el segmento que codifica la polimerasa PB1 procedían de un virus aviar, mientras que los restantes segmentos procedían en gran medida del virus humano H2N2 que circulaba previamente.

La aparición de H3N2 fue posible porque una parte importante de la población humana tenía poca o ninguna inmunidad preexistente frente a la nueva hemaglutinina H3. La introducción de una proteína de superficie antigénicamente diferente permitió al virus escapar de una proporción considerable de los anticuerpos generados contra el virus H2N2 anterior.

La pandemia de 1968 tuvo una mortalidad mundial inferior a la observada durante la pandemia de influenza de 1918, pero su importancia no terminó con la primera oleada pandémica. El linaje H3N2 se estableció posteriormente como virus humano estacional y continúa evolucionando y circulando décadas después de su introducción.

La evolución de influenza puede producirse mediante dos mecanismos conceptualmente diferentes. El primero es la deriva antigénica, caracterizada por la acumulación progresiva de mutaciones, particularmente en regiones de las proteínas de superficie reconocidas por los anticuerpos. El segundo es el cambio antigénico mayor, asociado principalmente con el reasortamiento de segmentos genéticos entre virus diferentes.

La deriva antigénica es especialmente importante para H3N2. La polimerasa del virus carece de un mecanismo de corrección de errores equivalente al presente en muchas polimerasas celulares, por lo que durante la replicación aparecen mutaciones. La selección natural favorece determinadas variantes que consiguen conservar una adecuada capacidad de replicación y, simultáneamente, reducir el reconocimiento por la respuesta inmunitaria existente en la población.

Este proceso no significa que el virus cambie completamente de identidad en cada temporada. Las nuevas variantes H3N2 siguen perteneciendo al mismo subtipo, pero pueden presentar diferencias suficientes en regiones antigénicas de la hemaglutinina y de la neuraminidasa para reducir la eficacia de los anticuerpos generados frente a variantes anteriores.

La deriva antigénica explica en buena medida por qué la inmunidad adquirida frente a una infección por H3N2 no garantiza una protección absoluta frente a una variante H3N2 que circule posteriormente. La inmunidad puede conservar una protección parcial, pero la magnitud de esa protección depende de la similitud antigénica entre el virus previo y el virus posteriormente adquirido.

La infección comienza cuando las partículas virales entran en contacto con células susceptibles del aparato respiratorio. La hemaglutinina reconoce estructuras que contienen ácido siálico presentes en glucoconjugados de la superficie celular. Los virus humanos de influenza presentan una adaptación característica hacia determinados receptores que contienen enlaces de ácido siálico compatibles con las células del aparato respiratorio humano.

Después de la unión, el virus es internalizado mediante un proceso de endocitosis. La acidificación del compartimento endosomal provoca un cambio conformacional en la hemaglutinina que permite la fusión de la envoltura viral con la membrana endosomal. Como consecuencia, los complejos que contienen el genoma viral son liberados dentro de la célula.

Una particularidad importante de influenza A es que la replicación de su genoma ocurre en el núcleo de la célula huésped, algo relativamente inusual entre los virus de ácido ribonucleico. El virus utiliza sus propios complejos de polimerasa para transcribir sus segmentos genómicos y generar los ácidos ribonucleicos necesarios para producir proteínas virales y nuevos genomas.

Posteriormente, las proteínas virales y los segmentos genómicos recién sintetizados se ensamblan para formar nuevas partículas. La hemaglutinina y la neuraminidasa son transportadas hacia la membrana celular, donde se produce la formación y liberación de los nuevos viriones. La neuraminidasa elimina determinados residuos de ácido siálico y facilita la separación de las partículas virales de la superficie celular y su posterior propagación hacia otras células.

La transmisión de influenza ocurre principalmente mediante partículas respiratorias y aerosoles generados durante la respiración, la conversación, la tos y los estornudos. La facilidad de transmisión depende de múltiples factores relacionados con el virus, el huésped y el ambiente, por lo que no puede atribuirse exclusivamente a una única propiedad molecular.

La capacidad de la hemaglutinina para reconocer receptores presentes en el aparato respiratorio humano es uno de los componentes fundamentales de la adaptación de los virus de influenza A a la transmisión entre seres humanos. En H3N2, esta especificidad de receptor ha experimentado cambios durante las décadas de circulación humana, y las variantes contemporáneas muestran interacciones particularmente complejas con estructuras de ácido siálico presentes en las vías respiratorias humanas.

La transmisión también está favorecida por el hecho de que la replicación viral ocurre en el epitelio respiratorio y puede generar una cantidad considerable de partículas infecciosas antes de que el sistema inmunitario elimine la infección. El periodo de incubación suele ser corto, de aproximadamente uno a cuatro días, y las personas infectadas pueden transmitir el virus alrededor del periodo de aparición de los síntomas.

Después de la infección del epitelio respiratorio, H3N2 se replica en células susceptibles y produce lesión celular directa. Sin embargo, una parte importante de los síntomas no procede exclusivamente de la destrucción celular causada por el virus, sino también de la respuesta inmunitaria que el organismo genera frente a la infección.

La activación de células del sistema inmunitario innato conduce a la producción de mediadores inflamatorios, entre ellos interferones y diferentes citocinas. Estas moléculas ayudan a limitar la replicación viral y a activar mecanismos de defensa, pero también contribuyen a producir fiebre, malestar general, mialgias, cefalea y fatiga.

La respuesta inmunitaria adaptativa aparece posteriormente. Los linfocitos B producen anticuerpos capaces de reconocer proteínas virales, especialmente la hemaglutinina y la neuraminidasa, mientras que los linfocitos T participan en la eliminación de células infectadas y en la formación de memoria inmunológica.

La inmunidad generada no es necesariamente esterilizante frente a todas las variantes futuras. Las regiones del virus reconocidas por los anticuerpos pueden experimentar modificaciones, y algunas variantes pueden conservar suficiente capacidad funcional mientras reducen el reconocimiento inmunitario. Esta combinación de conservación funcional y evasión inmunológica constituye uno de los principales motores de la evolución de H3N2.

La infección por influenza puede comenzar de manera relativamente brusca. Las manifestaciones habituales incluyen fiebre, tos, dolor de garganta, cefalea, mialgias, artralgias, escalofríos, fatiga y sensación general de enfermedad. También pueden presentarse congestión nasal y síntomas gastrointestinales, particularmente en niños.

La tos puede persistir durante varios días después de que desaparezcan la fiebre y otras manifestaciones sistémicas. En muchos individuos inmunocompetentes, la enfermedad se resuelve espontáneamente, pero la duración y la intensidad de los síntomas varían según la edad, la inmunidad previa, las características del virus y las enfermedades concomitantes.

No existe un conjunto de síntomas que permita distinguir con absoluta seguridad una infección por H3N2 de una infección causada por otro virus respiratorio. Influenza, infección por virus respiratorio sincitial, infección por SARS-CoV-2 y otras infecciones respiratorias pueden compartir fiebre, tos, mialgias, fatiga y síntomas nasales. Por ello, cuando es necesario establecer el agente etiológico, la confirmación requiere una prueba microbiológica adecuada.

H3N2 ha sido asociado epidemiológicamente con temporadas de influenza que presentan una importante carga de hospitalizaciones y mortalidad, especialmente entre personas de edad avanzada. Los análisis históricos muestran que las temporadas dominadas por H3N2 han coincidido en diferentes ocasiones con una carga considerable de enfermedad grave.

Sin embargo, sería científicamente incorrecto afirmar que H3N2 causa necesariamente una enfermedad más grave en cada individuo que todos los demás virus de influenza. La gravedad depende de múltiples variables, entre ellas la edad, la inmunidad previa, el estado inmunitario, el embarazo, las enfermedades crónicas, la vacunación, la coincidencia antigénica con los virus circulantes y las características específicas de la variante viral. Las revisiones sistemáticas han encontrado que las diferencias de gravedad entre subtipos no son uniformes en todos los estudios y poblaciones.

En estudios epidemiológicos realizados durante determinadas temporadas, la infección por H3N2 se ha relacionado con una mayor mortalidad individual por infección en comparación con A(H1N1)pdm09, especialmente en determinados grupos de edad. Este hallazgo debe interpretarse dentro del contexto de cada temporada y población estudiada y no como una propiedad invariable de todas las variantes H3N2.

La edad es uno de los principales determinantes de la gravedad. Los niños pequeños, los adultos mayores y las personas con determinadas enfermedades crónicas presentan mayor probabilidad de desarrollar complicaciones después de una infección por influenza. Los adultos de 65 años o más constituyen particularmente un grupo de elevada vulnerabilidad debido a la inmunosenescencia y a la mayor frecuencia de enfermedades cardiovasculares, respiratorias, metabólicas y otras condiciones concomitantes.

El embarazo también modifica la respuesta fisiológica frente a la infección respiratoria y se asocia con un mayor riesgo de complicaciones por influenza. Las personas inmunodeprimidas pueden presentar una eliminación viral prolongada y una mayor probabilidad de enfermedad grave.

Las enfermedades cardiovasculares, las enfermedades pulmonares crónicas, la diabetes mellitus, algunas enfermedades neurológicas, la obesidad grave y otras condiciones médicas pueden incrementar el riesgo de complicaciones. La magnitud del riesgo no es idéntica para todas las enfermedades ni para todas las personas, por lo que debe considerarse el contexto clínico individual.

Una de las complicaciones más importantes de la influenza es la neumonía viral. La infección puede producir daño del epitelio respiratorio, inflamación y alteraciones del intercambio gaseoso. En casos graves puede aparecer insuficiencia respiratoria aguda y, en circunstancias extremas, síndrome de dificultad respiratoria aguda y disfunción multiorgánica.

La influenza también puede favorecer infecciones bacterianas secundarias. La lesión del epitelio respiratorio y las alteraciones de los mecanismos de defensa locales pueden facilitar la colonización y posterior invasión por bacterias respiratorias. Este fenómeno explica por qué una persona puede experimentar una mejoría inicial seguida de un nuevo deterioro clínico asociado con una complicación bacteriana.

También se han descrito complicaciones cardiovasculares, neurológicas y musculares, aunque su frecuencia es considerablemente menor que la de las manifestaciones respiratorias. La influenza puede desencadenar o descompensar enfermedades cardiovasculares preexistentes y se ha asociado con eventos cardiovasculares agudos en determinadas poblaciones.

La evolución de H3N2 constituye uno de los principales problemas de la prevención de influenza. El virus experimenta mutaciones continuamente y, cuando una modificación proporciona una ventaja de transmisión o permite escapar parcialmente de los anticuerpos existentes sin comprometer excesivamente otras funciones esenciales, esa variante puede expandirse dentro de la población.

La hemaglutinina es uno de los principales objetivos de la presión inmunitaria. Los anticuerpos neutralizantes pueden bloquear su interacción con los receptores celulares, de modo que las mutaciones que modifican los epítopos reconocidos por esos anticuerpos pueden favorecer la supervivencia de determinados linajes virales.

La neuraminidasa también experimenta evolución antigénica. Se han documentado cambios antigénicos importantes en la neuraminidasa de H3N2, lo que demuestra que la evolución inmunológica del virus no se limita a la hemaglutinina. Esta observación es importante porque una respuesta inmunitaria eficaz frente a influenza depende de múltiples componentes y no exclusivamente de una sola proteína.

La evolución también está condicionada por restricciones funcionales. Una mutación no es automáticamente beneficiosa para el virus: puede modificar la estabilidad de una proteína, la capacidad de unión a receptores, la actividad enzimática, la eficiencia de replicación o la transmisión. Por esta razón, la evolución de H3N2 representa un equilibrio entre escapar de la inmunidad y conservar las propiedades biológicas necesarias para reproducirse y transmitirse.

Las vacunas contra influenza deben actualizarse periódicamente porque los virus circulantes evolucionan. La composición vacunal se selecciona mediante sistemas internacionales de vigilancia que analizan los virus detectados, sus características genéticas y antigénicas y su distribución epidemiológica.

H3N2 representa uno de los componentes más difíciles de predecir porque puede experimentar cambios antigénicos relativamente rápidos. Una vacuna puede contener una variante estrechamente relacionada con los virus que posteriormente circulan, pero incluso diferencias aparentemente pequeñas pueden modificar el reconocimiento por los anticuerpos.

Existe además un problema conocido como adaptación al huevo. Durante algunos procesos tradicionales de producción de vacunas, la propagación de los virus en huevos embrionados puede seleccionar mutaciones adaptativas que modifican determinadas propiedades antigénicas de la hemaglutinina. Esto puede aumentar la diferencia entre el virus vacunal producido y el virus H3N2 que circula en seres humanos.

Por esta razón, la eficacia de las vacunas contra H3N2 puede variar considerablemente entre temporadas. Una menor efectividad no significa necesariamente que la vacuna sea inútil; incluso cuando no evita todas las infecciones, la vacunación puede reducir la probabilidad de enfermedad grave y otros desenlaces adversos, dependiendo de la población y de la temporada.

La vacunación no garantiza una barrera absoluta contra la infección. La protección depende de la correspondencia antigénica entre la vacuna y los virus circulantes, de la edad, de la inmunidad previa, del estado inmunitario y del tiempo transcurrido desde la vacunación.

En H3N2, la deriva antigénica puede producir diferencias entre la cepa utilizada para fabricar la vacuna y la variante predominante durante la temporada. Cuando los anticuerpos inducidos reconocen con menor eficacia las proteínas de superficie del virus circulante, disminuye la capacidad de neutralización.

La edad también es importante. Las personas mayores pueden desarrollar respuestas inmunitarias menos intensas debido a cambios relacionados con el envejecimiento del sistema inmunitario. Por esta razón, se han desarrollado formulaciones vacunales destinadas específicamente a aumentar la respuesta inmunitaria en adultos mayores.

La vacunación, por tanto, debe entenderse como una estrategia de reducción del riesgo y no como una garantía de ausencia absoluta de infección. Su finalidad poblacional comprende disminuir la incidencia de enfermedad, reducir la gravedad y limitar las consecuencias sanitarias de las epidemias estacionales.

El diagnóstico clínico de influenza puede realizarse considerando la presentación clínica y la situación epidemiológica, pero los síntomas por sí solos no permiten determinar de manera confiable si el agente causal es H3N2. La confirmación microbiológica requiere detectar componentes del virus o material genético viral mediante técnicas apropiadas.

Las pruebas moleculares de amplificación de ácidos nucleicos presentan una sensibilidad elevada y pueden identificar influenza A y, dependiendo del ensayo, diferenciar subtipos específicos. Las pruebas rápidas de detección de antígenos proporcionan resultados con mayor rapidez, pero generalmente poseen menor sensibilidad que las técnicas moleculares.

La utilidad de una prueba depende también del momento de la enfermedad. La cantidad de virus presente en las secreciones respiratorias puede variar durante el curso de la infección, de modo que una prueba negativa no siempre excluye influenza si la probabilidad clínica y epidemiológica es elevada.

En vigilancia epidemiológica, la caracterización molecular y antigénica es todavía más importante porque permite identificar nuevas variantes, estudiar su evolución y determinar la relación entre los virus circulantes y los componentes utilizados en las vacunas.

En muchas personas con influenza no complicada, el tratamiento consiste principalmente en reposo, hidratación adecuada y control de los síntomas. Sin embargo, determinadas personas presentan un riesgo suficientemente elevado de complicaciones como para que esté indicado considerar tratamiento antiviral.

Los inhibidores de la neuraminidasa constituyen una de las principales clases de antivirales empleados contra influenza. El oseltamivir, por ejemplo, inhibe la actividad de la neuraminidasa y dificulta la liberación de nuevas partículas virales desde las células infectadas. Otros antivirales actúan mediante mecanismos diferentes y pueden tener indicaciones específicas.

El beneficio del tratamiento antiviral suele ser mayor cuando se inicia tempranamente, especialmente durante las primeras 48 horas desde el comienzo de los síntomas. No obstante, en personas con enfermedad grave, progresiva o con elevado riesgo de complicaciones, el tratamiento antiviral puede seguir estando indicado aunque hayan transcurrido más de 48 horas.

La elección del antiviral debe considerar la edad, el embarazo, la función renal, las enfermedades concomitantes, la gravedad de la infección, las posibles interacciones farmacológicas y los patrones conocidos de resistencia viral. La administración de antibióticos no trata la influenza viral y solamente está indicada cuando existe una infección bacteriana concomitante o una sospecha clínica suficientemente fundada.

H3N2 puede desarrollar resistencia frente a determinados antivirales mediante mutaciones que alteran las proteínas sobre las cuales actúan estos medicamentos. La resistencia puede surgir durante la replicación viral, especialmente bajo determinadas presiones selectivas, y puede transmitirse si las variantes resistentes conservan suficiente capacidad de replicación y transmisión.

La aparición de resistencia no es uniforme entre temporadas ni entre medicamentos. Por ello, la vigilancia virológica continúa siendo importante para detectar cambios en la susceptibilidad de los virus circulantes y orientar las recomendaciones terapéuticas.

El hecho de que H3N2 haya circulado en seres humanos desde 1968 demuestra una capacidad extraordinaria de adaptación. El virus no necesita transformarse completamente en un virus nuevo para continuar causando epidemias; puede conservar el mismo subtipo H3N2 mientras acumula cambios sucesivos en sus proteínas de superficie.

Durante décadas, la selección inmunitaria de la población ha favorecido linajes capaces de escapar parcialmente de los anticuerpos existentes. Paralelamente, el virus debe mantener las propiedades necesarias para unirse a células humanas, fusionarse con ellas, replicarse, ensamblar nuevas partículas y transmitirse a otros individuos.

Esta combinación de estabilidad y cambio explica una característica fundamental de H3N2: es suficientemente estable para permanecer dentro de la población humana durante décadas, pero suficientemente variable para que la inmunidad adquirida contra una variante anterior no siempre proporcione una protección completa frente a las variantes posteriores.

Las epidemias de influenza se producen cuando aumenta la transmisión de los virus respiratorios susceptibles dentro de una población. La magnitud de una temporada depende de la interacción entre las propiedades del virus, el nivel de inmunidad de la población, la edad de las personas afectadas, las condiciones ambientales, la movilidad y otros factores epidemiológicos.

H3N2 ha desempeñado un papel especialmente importante en temporadas con una elevada carga de enfermedad. Durante las décadas posteriores a su aparición, el subtipo ha sido responsable de numerosas epidemias estacionales y continúa formando parte del conjunto de virus que requieren vigilancia permanente.

La vigilancia epidemiológica permite determinar qué virus están circulando, dónde están circulando y qué características genéticas y antigénicas poseen. Esta información es indispensable para seleccionar los componentes de las vacunas estacionales y para detectar de manera temprana la aparición de variantes con propiedades epidemiológicas relevantes.

La circulación de H3N2 está condicionada por el nivel de inmunidad existente en la población. Después de una epidemia, una proporción de los individuos adquiere inmunidad contra los virus que circularon. Sin embargo, esa inmunidad disminuye en eficacia cuando el virus acumula cambios antigénicos suficientemente importantes.

La inmunidad poblacional, por tanto, no constituye una barrera estática. Se modifica continuamente por nuevas infecciones, vacunaciones, pérdida de inmunidad y aparición de variantes virales. H3N2 explota precisamente esta dinámica evolutiva mediante la generación continua de variantes que pueden escapar parcialmente de la respuesta inmunitaria existente.

Esto también explica por qué una población que tuvo una temporada intensa de influenza no necesariamente queda protegida contra una temporada intensa posterior. La variante dominante puede presentar diferencias antigénicas y la inmunidad individual puede no ser igualmente eficaz frente al nuevo virus.

La vacunación anual constituye una de las herramientas fundamentales para reducir la carga de influenza. La actualización periódica de la vacuna intenta mantener la mayor correspondencia posible entre los antígenos vacunales y los virus que se prevé que circulen durante la temporada.

Las medidas no farmacológicas también contribuyen a reducir la transmisión. Evitar el contacto estrecho cuando se presenta una enfermedad respiratoria, mejorar la ventilación de los espacios interiores, cubrirse adecuadamente al toser o estornudar y mantener una higiene apropiada de las manos disminuyen las oportunidades de transmisión de los virus respiratorios.

La prevención es especialmente importante para las personas con mayor riesgo de enfermedad grave y para quienes tienen contacto frecuente con individuos vulnerables. La estrategia más eficaz a nivel poblacional no depende de una única intervención, sino de la combinación de vacunación, vigilancia epidemiológica, diagnóstico apropiado, tratamiento antiviral cuando está indicado y medidas destinadas a disminuir la transmisión.

La evolución de H3N2 continúa en la actualidad. Los sistemas internacionales de vigilancia han documentado durante los últimos años una evolución genética y antigénica constante de este subtipo. Durante 2025 se observó además una expansión internacional de un subclado H3N2 denominado J.2.4.1, también conocido como subclado K, cuya frecuencia aumentó en diversas regiones. La importancia epidemiológica de una variante concreta debe evaluarse mediante vigilancia continua y no únicamente mediante su denominación genética.

Este ejemplo reciente ilustra por qué H3N2 requiere vigilancia molecular permanente. Una nueva denominación de subclado no significa automáticamente que el virus sea más grave, más transmisible o capaz de producir una pandemia. Para establecer cambios clínicamente relevantes se necesitan datos epidemiológicos, virológicos, antigénicos y clínicos obtenidos en poblaciones suficientemente grandes.

Desde el punto de vista científico, expresiones como «gripe fuerte» no constituyen categorías virológicas. La intensidad de los síntomas no permite identificar por sí misma el subtipo viral. Una persona puede presentar una infección intensa por H3N2, H1N1, influenza B u otro virus respiratorio, mientras que otra persona puede experimentar una enfermedad leve causada por el mismo subtipo.

La gravedad depende de la interacción entre el virus y el huésped. Una misma variante puede provocar una enfermedad relativamente leve en un adulto joven sano y una enfermedad potencialmente grave en una persona mayor, embarazada, inmunodeprimida o afectada por determinadas enfermedades crónicas.

Por esta razón, H3N2 debe entenderse como una categoría virológica y no como una escala de gravedad. El subtipo proporciona información acerca de la identidad y evolución del virus, mientras que la gravedad clínica requiere considerar las características de la persona infectada, la variante concreta, el contexto epidemiológico y la presencia o ausencia de complicaciones.

La gripe es una enfermedad respiratoria causada principalmente por virus de influenza A e influenza B. H3N2 es un subtipo de influenza A definido por la combinación de una hemaglutinina H3 y una neuraminidasa N2.

H3N2 surgió en seres humanos durante la pandemia de 1968 mediante un proceso de reasortamiento genético que incorporó componentes de origen aviar al linaje de influenza humana que circulaba en aquel momento. Después de establecerse en la población humana, experimentó una evolución genética y antigénica continua.

Su genoma segmentado, constituido por ocho segmentos de ácido ribonucleico, favorece tanto la generación de mutaciones como, bajo determinadas circunstancias, el intercambio de segmentos entre virus diferentes. La hemaglutinina y la neuraminidasa son especialmente importantes porque intervienen respectivamente en la entrada y en la liberación de las partículas virales y constituyen objetivos fundamentales de la respuesta inmunitaria.

La característica más importante para comprender H3N2 es su capacidad de evolucionar bajo presión inmunitaria. Las mutaciones que modifican regiones antigénicas pueden permitir que determinadas variantes sean reconocidas con menor eficacia por anticuerpos previamente generados. Como consecuencia, la inmunidad adquirida mediante infección o vacunación puede continuar siendo útil, pero su eficacia puede disminuir cuando aparece una variante antigénicamente diferente.

Esta evolución explica la necesidad de mantener una vigilancia epidemiológica y molecular permanente y de actualizar periódicamente las vacunas contra influenza. También explica por qué H3N2 continúa siendo una causa relevante de enfermedad respiratoria décadas después de su aparición.

En términos clínicos, la infección por H3N2 puede producir desde una enfermedad respiratoria autolimitada hasta neumonía y complicaciones sistémicas graves. El riesgo no depende exclusivamente del subtipo viral, sino de la interacción entre las características del virus, la edad, la inmunidad, las enfermedades concomitantes, el embarazo y otros factores individuales y epidemiológicos.

H3N2 no debe considerarse un virus estático. Es un linaje viral en evolución permanente. La aparición continua de nuevas variantes constituye precisamente la razón científica por la que la influenza estacional requiere vigilancia, actualización vacunal y evaluación periódica de la sensibilidad a los antivirales.

 

 

 

 

 

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