Criocirugía en lesiones cutáneas
Criocirugía en lesiones cutáneas

Criocirugía en lesiones cutáneas

La criocirugía, también conocida como crioterapia, es un procedimiento médico en el cual se emplean sustancias extremadamente frías, denominadas criógenos, con el propósito de inducir la destrucción controlada de estructuras tisulares anómalas. Su fundamento fisiopatológico se basa en la rápida congelación del agua intracelular y extracelular, lo que genera la formación de cristales de hielo, altera la integridad de las membranas celulares y produce isquemia secundaria por daño microvascular. Esta combinación de mecanismos culmina en la muerte celular programada y en la posterior eliminación del tejido tratado.

A lo largo de varias décadas, esta técnica se ha consolidado como una herramienta terapéutica valiosa para el abordaje de un amplio espectro de lesiones dermatológicas, tanto benignas como malignas. Su uso se ha extendido desde centros especializados hasta entornos de atención primaria, donde los profesionales de la salud la emplean de manera rutinaria debido a su confiabilidad y versatilidad. La amplia experiencia acumulada ha demostrado que, pese al advenimiento de nuevas tecnologías, la criocirugía mantiene un perfil de eficacia consistente en lesiones seleccionadas.

Una de las razones por las cuales continúa siendo una opción preferente para numerosos pacientes es su buena tolerancia. La aplicación del frío intenso suele generar molestias mínimas y, en la mayoría de los casos, no requiere anestesia local, lo que simplifica la preparación y reduce los riesgos asociados a otros métodos más invasivos. Asimismo, su ejecución es relativamente sencilla una vez que el médico posee la capacitación apropiada, lo que contribuye a su adopción y permanencia en la práctica clínica rutinaria.

Por otra parte, el acceso a los insumos necesarios ha mejorado de forma notable a medida que los dispositivos y los criógenos se han vuelto más asequibles y fáciles de adquirir. Esta disminución en los costos operativos ha favorecido que el procedimiento se realice con mayor frecuencia en consultorios, sin necesidad de infraestructura compleja. Como resultado, la criocirugía se presenta actualmente como una alternativa terapéutica eficiente, práctica y segura, capaz de integrarse adecuadamente en el manejo integral de múltiples afecciones cutáneas.

 

Sustancias utilizadas en criocirugía

Diversas sustancias pueden emplearse como agentes criógenos en los procedimientos de criocirugía, cada una con propiedades termodinámicas particulares que determinan su potencia de congelación y sus indicaciones clínicas. Entre ellas, destacan el nitrógeno líquido, el óxido nitroso y el dióxido de carbono. Aunque todas permiten inducir un descenso marcado de la temperatura tisular, el nitrógeno líquido se ha consolidado como el agente de elección debido a su capacidad de alcanzar temperaturas extremadamente bajas, su comportamiento físico estable y su eficacia reproducible en la destrucción selectiva de tejidos alterados.

El uso de nitrógeno líquido en el entorno clínico requiere disponer de un sistema de almacenamiento especializado, generalmente un tanque diseñado para mantener el criógeno en condiciones de seguridad y minimizar la evaporación. Esta infraestructura implica una logística de adquisición y reposición periódica, pero garantiza una potencia de congelación superior a la de otros agentes. Por el contrario, sustancias como el óxido nitroso demandan equipamiento adicional, que incluye medidores de presión, dispositivos reguladores y sistemas específicos de administración que permitan controlar con precisión el flujo del gas durante el procedimiento. Estas características, junto con su menor capacidad para alcanzar temperaturas extremadamente bajas, han reducido su utilización en dermatología general.

Aun así, el óxido nitroso y el dióxido de carbono mantienen un papel relevante en otras áreas médicas, particularmente en los servicios de obstetricia y ginecología, donde son empleados para el tratamiento de lesiones del cuello uterino. La experiencia acumulada en estos entornos ha favorecido también su uso ocasional en lesiones cutáneas, aunque su menor potencia de congelación limita su aplicación en condiciones que requieren destrucción profunda o rápida del tejido.

En los últimos años han surgido alternativas comerciales orientadas a facilitar la disponibilidad de crioterapia en consultorios con recursos limitados. Estos sistemas se presentan como dispositivos portátiles que contienen mezclas refrigerantes, entre ellas pentafluoroetano o dimetiléter, y se acompañan de puntas desechables que permiten una aplicación dirigida. Su principal ventaja radica en la comodidad y en la ausencia de equipos voluminosos, aunque están diseñados únicamente para el manejo de lesiones benignas, dado que las temperaturas que generan son considerablemente más altas que las alcanzadas con el nitrógeno líquido y, por ende, menos eficaces para la destrucción completa de lesiones más complejas o profundas.

Es importante señalar que existen productos de venta libre destinados al tratamiento de lesiones cutáneas frecuentes, como las verrugas comunes. Dichos productos emplean criógenos como el dimetiléter, una sustancia cuyo poder refrigerante es limitado en comparación con el nitrógeno líquido. Aunque no logran temperaturas suficientemente bajas para garantizar la destrucción profunda del tejido, pueden resultar útiles en lesiones pequeñas, bien delimitadas y clínicamente benignas. Su utilización, sin embargo, debe realizarse con orientación adecuada, ya que la eficacia y la seguridad dependen de la correcta selección del caso y de la aplicación precisa del producto.

 

Métodos de criocirugía para tratamiento de lesiones en la piel

Aunque el término criocirugía sugiere la realización de un procedimiento quirúrgico en sentido estricto, en la práctica clínica suele considerarse una técnica no invasiva o mínimamente invasiva. Esta percepción se debe a que no implica incisiones, suturas ni manipulación directa de los planos anatómicos, sino la aplicación controlada de frío extremo para inducir la destrucción tisular. En consecuencia, numerosos profesionales se refieren a ella simplemente como crioterapia, un uso terminológico que, si bien es común, puede generar ambigüedades dentro de la comunidad biomédica.

El concepto de crioterapia tiene significados amplios y varía según el contexto clínico. En muchos escenarios, se utiliza para describir intervenciones encaminadas a reducir la inflamación, el dolor o el edema mediante la aplicación de frío moderado. En este sentido, puede abarcar la utilización de compresas frías, masajes con hielo, baños de agua a baja temperatura o dispositivos diseñados para la recuperación musculoarticular. Estas modalidades se emplean sin intención de destruir tejido, y su objetivo es puramente fisioterapéutico. Sin embargo, en el marco de este artículo, el término se utiliza en un sentido más específico: la administración de un criógeno con capacidad de congelación extrema con la finalidad de producir daño celular irrevocable y facilitar la eliminación de lesiones cutáneas.

Para lograr dicho efecto, el nitrógeno líquido es el agente más empleado, y su aplicación clínica se puede llevar a cabo mediante tres técnicas principales: el método con torunda, el método de pulverización y el método mediante criosonda. Cada uno de estos enfoques presenta características operativas propias que condicionan su selección según la naturaleza de la lesión, la experiencia del médico y la disponibilidad de equipamiento.

El método con torunda consiste en verter una pequeña cantidad de nitrógeno líquido en un recipiente desechable y aplicarlo sobre la piel utilizando un hisopo con punta de algodón. Es una técnica sencilla y económica, pero puede limitar la profundidad y uniformidad del congelamiento, además de aumentar el riesgo de contaminación por contacto directo.

El método de pulverización, en cambio, emplea una pistola criógena que expulsa un chorro continuo de nitrógeno líquido sobre la superficie cutánea. Este sistema otorga al médico un control más preciso de la extensión y la intensidad de la congelación, permitiendo tanto tratamientos superficiales como procedimientos más profundos cuando se requiere una mayor penetración del frío. Además, la ausencia de contacto directo con la lesión reduce significativamente la posibilidad de transmitir partículas virales, razón por la cual suele considerarse la técnica más segura y la opción preferente en la mayoría de los casos.

El método con criosonda funciona de manera similar al de pulverización, pero incorpora puntas metálicas diseñadas para aplicar frío directamente sobre la piel mediante conducción. Estas sondas resultan útiles para lesiones bien delimitadas o de difícil acceso, aunque requieren una esterilización rigurosa en autoclave para evitar la transmisión de agentes infecciosos. La necesidad de manipular las puntas y su contacto directo con la lesión aumentan el riesgo de contaminación cruzada, lo que refuerza la ventaja comparativa de la pistola criógena en materia de bioseguridad.

 

¿Qué debes saber antes de efectuar un procedimiento de Criocirugía?

La aplicación eficaz de la criocirugía requiere un conocimiento profundo de la anatomía de la piel, ya que la comprensión de su estructura y espesor permite al profesional anticipar y controlar los efectos del frío sobre los distintos estratos tisulares. La eficacia del procedimiento se basa en la inducción de daño celular por congelación, un proceso que se potencia por la alteración vascular secundaria: una vez que el tejido se descongela, la estasis vascular intensifica la destrucción y facilita la eliminación de células lesionadas. Debido a que el daño generado ocurre principalmente bajo la superficie cutánea, el clínico debe evaluar continuamente la profundidad y la extensión de la congelación durante la intervención.

Para estimar la magnitud del efecto tisular, se emplean diferentes parámetros, como la duración de la aplicación del nitrógeno líquido, la extensión del halo de congelación que se forma alrededor de la lesión, así como el tiempo requerido para que dicho halo se descongele parcial o completamente. Entre estas variables, el tamaño del halo se considera especialmente indicativo, dado que un halo más amplio refleja una penetración más profunda del frío y temperaturas más bajas en el tejido subyacente.

La destrucción de lesiones epidérmicas, incluyendo verrugas y carcinomas queratinocíticos intraepidérmicos, se logra generalmente con tiempos de descongelación de veinte a cuarenta segundos tras la aplicación del nitrógeno líquido. Sin embargo, periodos más prolongados de congelación o descongelación pueden afectar la dermis, aumentando el riesgo de daño excesivo y complicaciones. Incluso congelaciones moderadas pueden causar separación de la unión dermoepidérmica, lo que da lugar a la formación de vesículas o ampollas con relativa facilidad.

Un principio fundamental en la realización de criocirugía es minimizar las complicaciones innecesarias. Para ello, es esencial comprender que la máxima destrucción tisular se obtiene mediante una congelación rápida seguida de un descongelamiento lento, y que la repetición de estos ciclos incrementa el daño celular de manera controlada. No obstante, dado que la destrucción tisular es el efecto deseado, es igualmente importante regular con precisión la intensidad y duración de la congelación para evitar comprometer la integridad de la piel más allá de lo necesario.

Indicaciones

La criocirugía constituye una herramienta terapéutica versátil para el tratamiento de una amplia gama de lesiones cutáneas, siempre que exista certeza diagnóstica. Antes de iniciar cualquier intervención, resulta imprescindible realizar una biopsia en todas aquellas lesiones cuyo diagnóstico no sea evidente, dado que el procedimiento destruye de manera irreversible el tejido tratado. Esta precaución asegura que el manejo sea apropiado y que no se comprometa la identificación de lesiones potencialmente malignas.

La indicación principal de la criocirugía abarca tanto lesiones benignas como malignas. Entre las lesiones benignas que pueden tratarse se incluyen verrugas comunes, verrugas genitales o condilomas acuminados, queratosis seborreicas, lentigos, molusco contagioso, dermatofibromas e hiperplasia sebácea. En el caso de las lesiones precancerosas, la criocirugía se utiliza principalmente en el carcinoma queratinocítico intraepidérmico, una entidad que constituye un precursor del carcinoma de células escamosas in situ y del carcinoma invasivo de células escamosas. Las lesiones malignas tratables mediante criocirugía incluyen la enfermedad de Bowen, carcinoma de células basales, carcinoma de células escamosas, lentigo maligno y acrocordones o papilomas cutáneos en determinados contextos clínicos.

Una de las aplicaciones más frecuentes de la criocirugía en la práctica clínica es el manejo del carcinoma queratinocítico intraepidérmico, también denominado queratosis solar precancerosa. Su importancia radica en que esta lesión representa un precursor tanto del carcinoma de células escamosas in situ como del carcinoma invasivo de células escamosas. La identificación temprana de un carcinoma queratinocítico intraepidérmico permite su tratamiento eficaz en el entorno de atención primaria mediante criocirugía antes de que ocurra invasión profunda, lo que reduce significativamente la progresión a formas malignas más agresivas y facilita la resolución de la lesión de manera rápida y controlada.

Si bien el tratamiento de lesiones benignas puede realizarse con relativa facilidad en el consultorio de atención primaria, el manejo de lesiones malignas requiere un conocimiento más profundo y experiencia considerable por parte del profesional, dado que la técnica debe aplicarse de manera precisa para garantizar la destrucción completa del tejido sin comprometer estructuras circundantes. En todos los casos, la eficacia de la criocirugía depende de la correcta selección de las lesiones, de la certeza diagnóstica y de la adecuada aplicación del criógeno sobre el tejido afectado.

Contraindicaciones

La criocirugía, a pesar de su eficacia y versatilidad, presenta ciertas limitaciones que deben considerarse cuidadosamente antes de su aplicación, las cuales se dividen en contraindicaciones absolutas y relativas. Las contraindicaciones absolutas son aquellas situaciones en las que el procedimiento no debe realizarse bajo ninguna circunstancia, debido a que el riesgo de complicaciones o de resultados inadecuados es demasiado elevado. Entre estas se incluyen cualquier lesión cutánea cuyo diagnóstico no esté claramente establecido y que pueda corresponder a un proceso maligno; carcinomas de células basales recurrentes; melanoma; formas esclerosantes de carcinoma de células basales; morfea; y antecedentes de reacción adversa previa del paciente a la criocirugía. La presencia de cualquiera de estas condiciones representa una contraindicación definitiva, ya que el procedimiento podría comprometer la integridad del tejido circundante, retrasar un diagnóstico preciso o provocar complicaciones graves.

Por otro lado, existen contraindicaciones relativas, en las cuales la criocirugía puede considerarse únicamente con precaución, evaluación clínica detallada y experiencia adecuada del profesional. Entre estas situaciones se incluyen áreas del cuerpo en las que los nervios se encuentran superficiales, como los laterales de los dedos, el ángulo mandibular y la fosa cubital del codo, donde el riesgo de daño neurológico es mayor. La tez oscura constituye otra consideración relativa, dado que la aplicación del frío intenso puede inducir hipopigmentación permanente, alterando la apariencia estética de la piel tratada. Asimismo, extremidades con compromiso vascular, pacientes con crioglobulinemia, enfermedades autoinmunes o con fenómeno de Raynaud requieren una valoración individualizada, ya que la criocirugía podría exacerbar la isquemia local, inducir necrosis o desencadenar reacciones sistémicas adversas.

Adicionalmente, se debe considerar el efecto de la criocirugía sobre los folículos pilosos en zonas donde el vello es estéticamente relevante. La destrucción del folículo por congelación puede generar alopecia permanente en el área tratada, como podría ocurrir en la ceja, lo que implica un impacto estético que debe discutirse previamente con el paciente.

 

Complicaciones comunes de la Criocirugía

Tras la realización de la criocirugía, es común que se presenten cambios cutáneos inmediatos y a corto plazo, reflejo del daño tisular inducido por el frío. En cuestión de minutos, la piel tratada suele mostrar eritema y edema, manifestaciones inflamatorias típicas de la respuesta tisular al daño. Entre las primeras 24 y 48 horas, es frecuente la aparición de vesículas o ampollas, producto de la separación de la epidermis y la acumulación de líquido seroso en la zona afectada. La formación de estas estructuras puede tener un efecto protector: muchos profesionales consideran que dejar intacta una ampolla pequeña proporciona un apósito biológico natural, que favorece la cicatrización de la piel subyacente. La decisión de drenar una ampolla debe fundamentarse en el grado de malestar que genera en el paciente y en el riesgo de complicaciones infecciosas.

Entre las complicaciones potenciales de la criocirugía se incluyen alteraciones de la pigmentación, que pueden manifestarse como hipopigmentación, más frecuente en pacientes con piel más oscura, o hiperpigmentación localizada. Otros efectos adversos posibles son cicatrización residual, pérdida permanente de vello en zonas pilosas y, de manera menos común, infección. Estas consecuencias, aunque generalmente benignas, pueden interferir con la evaluación clínica de la zona tratada. En particular, la hipopigmentación y la cicatrización pueden dificultar la detección de lesiones persistentes o recurrentes, lo que resulta especialmente relevante si la lesión original era precancerosa o fue diagnosticada de manera incorrecta antes del tratamiento.

La criocirugía también plantea limitaciones diagnósticas en el manejo de nevos y otras lesiones pigmentadas. La destrucción del tejido puede alterar su morfología y complicar la interpretación histológica en caso de recurrencia, lo que compromete la capacidad del profesional para realizar un seguimiento preciso. Además, muchos nevos presentan un componente dérmico que puede persistir o regenerarse tras el procedimiento, aumentando el riesgo de crecimiento incompleto y dificultando la evaluación clínica futura. Por estas razones, la criocirugía no se recomienda como tratamiento primario para los nevos, dado que la técnica puede enmascarar la aparición de cambios patológicos y dificultar la identificación de lesiones de riesgo en etapas posteriores.

Preparación del paciente

La preparación del paciente para la criocirugía es un paso fundamental que influye directamente en la seguridad, la comodidad y la eficacia del procedimiento. Antes de iniciar el tratamiento, el profesional debe explicar de manera clara y detallada qué puede esperar el paciente. Es importante informar que la aplicación de frío intenso sobre la piel genera molestias en muchas personas; este malestar, asociado al daño tisular inducido por la congelación, puede persistir hasta veinte minutos, y tiende a ser mayor en lesiones que requieren tiempos prolongados de congelación. Esta comunicación permite al paciente anticipar la sensación y reduce la ansiedad asociada al procedimiento.

La posición del paciente durante la criocirugía también es crucial. Se recomienda colocar al paciente en posición sentada o supina, asegurando comodidad y estabilidad, ya que la estimulación dolorosa puede inducir reacciones vasovagales, que se manifiestan con mareo, sudoración o incluso síncope. Estas posiciones favorecen un entorno seguro tanto para el paciente como para el profesional que realiza el procedimiento, minimizando el riesgo de caídas o movimientos bruscos durante la aplicación del criógeno.

El uso de anestésicos tópicos, como cremas o geles de lidocaína, puede considerarse en pacientes especialmente sensibles, pero es importante explicar que su efecto requiere de quince a sesenta minutos para manifestarse, lo que prolonga innecesariamente la duración de la visita. Además, se debe dialogar con el paciente o con su progenitor, en el caso de pacientes pediátricos, sobre las ventajas y limitaciones de la anestesia tópica, ya que anticipar el procedimiento y la preparación para el mismo puede generar más ansiedad que la molestia real del tratamiento.

Es igualmente necesario informar que, tras la criocirugía, es común la formación de ampollas en la zona tratada. Estas estructuras suelen aparecer en pocas horas y funcionan como un apósito biológico que protege el tejido subyacente, cicatrizando generalmente en un periodo aproximado de diez días. Se debe advertir al paciente sobre la posibilidad de dolor posterior al procedimiento, que en ocasiones puede requerir el uso de analgésicos, siempre bajo la orientación del profesional.

Se debe explicar que el eritema postprocedimiento, manifestación de la inflamación local, puede persistir durante varios días o incluso semanas. Preparar al paciente para esta expectativa ayuda a evitar preocupación innecesaria y asegura una comprensión adecuada del proceso de recuperación.

 

Materiales

La selección y preparación adecuada de los materiales es un componente esencial para la realización segura y eficaz de la criocirugía. Dependiendo de la técnica que se emplee para aplicar el criógeno, los instrumentos y dispositivos pueden variar, aunque todos comparten el objetivo de asegurar un contacto controlado del frío con el tejido y minimizar riesgos para el paciente y el profesional.

En el caso del método con hisopo con punta de algodón, se requiere un vaso desechable de poliestireno para contener pequeñas cantidades de nitrógeno líquido. Este recipiente permite que el hisopo se impregne del criógeno y facilite la transferencia del frío de manera localizada sobre la lesión. Los hisopos con punta de algodón, por su parte, sirven como medio de aplicación directa, permitiendo al profesional controlar la presión, la duración y el área de contacto con precisión, especialmente útil en lesiones pequeñas o de bordes definidos.

Si se emplea el método de pulverización, se utiliza una pistola criogénica, un dispositivo portátil diseñado para generar un chorro continuo de nitrógeno líquido sobre la superficie cutánea. Este instrumento proporciona mayor uniformidad en la distribución del frío, permitiendo congelaciones superficiales o profundas según sea necesario y reduciendo el riesgo de transmisión de partículas virales por contacto directo.

Pistola de aplicación de nitrógeno líquido para criocirugía
Pistola de aplicación de nitrógeno líquido para criocirugía

En el método de criosonda, la aplicación del criógeno se realiza mediante sondas metálicas de distintas formas y tamaños, que conducen el frío directamente a la lesión. Estas sondas permiten un control preciso de la profundidad y la extensión de la congelación, especialmente útil en lesiones nodulares o de localización compleja.

El nitrógeno líquido constituye el agente criogénico principal, responsable de alcanzar temperaturas extremadamente bajas que inducen la destrucción celular y tisular. Su manejo requiere precaución y conocimiento técnico, debido a los riesgos asociados con su manipulación directa. Finalmente, los guantes son indispensables como medida de protección del profesional, evitando el contacto con el criógeno y reduciendo el riesgo de quemaduras por congelación o contaminación durante el procedimiento.

 

Procedimiento

El procedimiento de criocirugía se basa en la aplicación controlada de frío extremo sobre la lesión cutánea con el objetivo de inducir su destrucción tisular de manera precisa y segura. Un aspecto clave para lograr la eficacia del tratamiento es la formación de un halo de congelación alrededor de la base de la lesión. Este halo, generalmente de aproximadamente un milímetro en las lesiones benignas, asegura que las células adyacentes a la lesión también sean afectadas, lo que reduce el riesgo de recurrencia. Sin embargo, algunas lesiones responden mejor cuando la congelación se limita estrictamente a los bordes de la lesión, sin extenderse más allá; en estos casos, el halo debe ser nulo, y la congelación se ajusta de manera que solo alcance la periferia de la lesión. Se estima que la profundidad de la congelación corresponde aproximadamente a una vez y media la extensión lateral del halo, lo que permite predecir el alcance del daño tisular bajo la superficie de la piel.

El tamaño del halo recomendado varía según el tipo de lesión.

  • Para verrugas comunes y condilomas acuminados, se sugiere un halo de 1 a 2 milímetros;
  • para queratosis seborreicas y molusco contagioso, 1 milímetro es suficiente;
  • en lentigos, dermatofibromas e hiperplasia sebácea, puede ser entre 0 y 1 milímetro;
  • mientras que en acrocordones y carcinoma queratinocítico intraepidérmico, se recomienda 1 a 2 milímetros.

Estos valores permiten ajustar la congelación de manera individualizada, optimizando la destrucción del tejido objetivo sin afectar innecesariamente la piel circundante.

Alcanzar el halo deseado generalmente requiere un tiempo de congelación de cinco a quince segundos. En lesiones elevadas, como verrugas de la mano, es necesario formar una “bola de hielo” que abarque toda la lesión. Para lograr esto, se aplica el nitrógeno líquido de manera continua, comenzando en la porción más distal de la lesión y avanzando progresivamente, asegurando una cobertura uniforme y profunda.

Existen tres métodos principales de aplicación del criógeno, cada uno con características específicas. En el método del hisopo con punta de algodón, el nitrógeno líquido se vierte en un vaso desechable, se sumerge el hisopo y se aplica directamente sobre la lesión de forma repetida hasta alcanzar el halo deseado. En el método de pulverización, se utiliza una pistola criógena con la punta perpendicular a la piel, manteniéndola a aproximadamente un centímetro de distancia, y se pulveriza la lesión de manera continua hasta formar el halo adecuado. En el método de criosonda, se selecciona la sonda apropiada, que permite la aplicación directa del nitrógeno líquido por contacto, manteniendo la congelación hasta lograr la extensión deseada del halo.

 

Precauciones

La criocirugía, aunque es un procedimiento rápido y eficaz para el tratamiento de diversas lesiones cutáneas, requiere una aplicación cuidadosa y una atención meticulosa a las características de cada lesión y del paciente. Una de las principales precauciones radica en evitar el sobretratamiento. La aplicación excesiva del frío puede afectar el tejido sano circundante, provocando cicatrices permanentes y alteraciones de la pigmentación, como hipopigmentación. Estos efectos adversos, a diferencia de la necesidad de repetir el tratamiento, son irreversibles y pueden generar consecuencias estéticas y funcionales indeseadas. Por el contrario, las lesiones que no se congelan completamente siempre pueden ser sometidas a una sesión adicional en una fecha posterior, lo que permite ajustar la terapia sin comprometer la integridad del tejido circundante.

Se debe estar especialmente atento a la respuesta cutánea individual durante el procedimiento. Incluso períodos breves de exposición al nitrógeno líquido, de tan solo diez segundos, pueden inducir despigmentación en piel sana, lo que subraya la importancia de controlar cuidadosamente la duración y la extensión de la congelación. Esta vigilancia es crítica para personalizar el tratamiento según la sensibilidad y la anatomía del paciente, evitando complicaciones y optimizando los resultados terapéuticos.

Asimismo, se deben reconocer las denominadas «zonas de peligro», áreas anatómicas donde la piel es particularmente delicada o donde estructuras subyacentes importantes, como nervios o vasos, están más superficiales. Entre estas se incluyen el canto medial y lateral del ojo, el pliegue nasolabial y las regiones postauriculares. La manipulación de estas zonas sin experiencia especializada aumenta el riesgo de daño tisular significativo y de efectos adversos estéticos o funcionales. Por ello, cuando se requiere intervención en estas áreas, se recomienda la derivación o consulta con un cirujano dermatológico, quien cuenta con la formación y experiencia necesarias para minimizar riesgos y garantizar un tratamiento seguro y eficaz.

 

Seguimiento

Tras la realización de la criocirugía, la mayoría de los pacientes pueden retomar sus actividades habituales según su tolerancia, siempre considerando la localización de la lesión y la respuesta individual al procedimiento. La información previa y posterior al tratamiento es fundamental para garantizar que el paciente comprenda tanto los resultados esperados como las reacciones normales y aquellas que podrían indicar complicaciones. Es habitual que el área tratada presente eritema y edema, manifestaciones inflamatorias esperadas tras la destrucción tisular inducida por el frío. El dolor puede ser suficiente para limitar temporalmente ciertas actividades; por ejemplo, caminar o correr puede resultar incómodo durante varios días si la criocirugía se realizó en una lesión del pie.

Otro fenómeno frecuente es la formación de ampollas, que pueden contener líquido seroso o, en algunos casos, sangre. En general, si el tamaño de la ampolla es pequeño y el paciente lo tolera, se recomienda no intervenir, ya que actúa como un apósito biológico natural que protege el tejido subyacente y facilita la cicatrización. Cuando la ampolla es más extensa o genera incomodidad significativa, puede drenarse de forma estéril con una aguja, seguida de la aplicación tópica de un antibiótico adecuado, como la polisporina, para prevenir infecciones.

Es crucial que el paciente esté alerta a signos que puedan indicar complicaciones, en particular infecciones. Entre estos signos se incluyen aumento progresivo del dolor, eritema extendido, fiebre o escalofríos. La aparición de cualquiera de estos síntomas requiere contacto inmediato con el profesional sanitario para una evaluación y tratamiento oportunos. En conjunto, la educación del paciente y la comunicación efectiva sobre el cuidado postprocedimiento son esenciales para optimizar la recuperación, minimizar riesgos y asegurar la eficacia del tratamiento.

 

 

 

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Fuente y lecturas recomendadas:
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