La obstrucción intestinal constituye una de las causas más frecuentes de abdomen agudo y representa una proporción importante de las urgencias quirúrgicas en todo el mundo. Su relevancia clínica deriva no solamente de su elevada incidencia, sino también de la posibilidad de progresar rápidamente hacia complicaciones potencialmente mortales, como estrangulación vascular, isquemia intestinal, necrosis transmural, perforación, peritonitis y sepsis. La morbimortalidad asociada continúa siendo considerable, especialmente cuando existe retraso en el diagnóstico o en la instauración del tratamiento adecuado. Esta situación ha convertido a la obstrucción intestinal en una entidad de enorme interés para cirujanos, gastroenterólogos, intensivistas y radiólogos, debido a que el pronóstico depende en gran medida de la identificación temprana de los pacientes que requieren intervención quirúrgica inmediata.
La obstrucción intestinal se define como la interrupción parcial o completa del tránsito normal del contenido intestinal. Esta interrupción puede afectar tanto al intestino delgado como al colon y puede originarse por mecanismos mecánicos o funcionales. En las obstrucciones mecánicas existe una barrera física que impide el avance del contenido intestinal, mientras que en los trastornos funcionales, como el íleo paralítico, el problema radica en la alteración de la motilidad intestinal sin una obstrucción anatómica demostrable.
Aproximadamente el 70 % de las obstrucciones mecánicas afectan al intestino delgado. Este predominio se explica por la gran longitud de este segmento intestinal y por su susceptibilidad a desarrollar adherencias tras procedimientos quirúrgicos abdominales. Las adherencias posquirúrgicas constituyen actualmente la principal causa de obstrucción del intestino delgado en los países desarrollados, representando más de la mitad de los casos. Estas bandas fibrosas se forman como consecuencia del proceso normal de cicatrización peritoneal posterior a una intervención quirúrgica, una infección intraabdominal o un proceso inflamatorio. Aunque muchas adherencias permanecen asintomáticas durante años, algunas generan angulaciones, compresiones o torsiones intestinales capaces de comprometer el tránsito intestinal.
La formación de adherencias es un fenómeno biológico complejo que involucra inflamación peritoneal, activación de fibroblastos, depósito de fibrina, angiogénesis y remodelación tisular. Tras una agresión quirúrgica, el equilibrio entre la deposición y la degradación de fibrina puede alterarse, favoreciendo la persistencia de puentes fibróticos que conectan superficies peritoneales normalmente separadas. Estas estructuras pueden actuar como puntos de fijación alrededor de los cuales el intestino puede quedar atrapado o comprimido.
El 30 % restante de las obstrucciones intestinales afecta al colon. En este grupo, la etiología difiere significativamente de la observada en el intestino delgado. El cáncer colorrectal constituye la causa más frecuente de obstrucción colónica mecánica en adultos. El crecimiento progresivo del tumor reduce gradualmente la luz intestinal hasta producir una obstrucción parcial o completa. Debido a que el colon posee una capacidad limitada para descomprimir segmentos proximales obstruidos, la acumulación progresiva de gas y contenido fecal puede generar una marcada dilatación intestinal y aumentar el riesgo de perforación.
Las obstrucciones colónicas también pueden producirse por vólvulos, especialmente del colon sigmoide y del ciego, enfermedad diverticular complicada, estenosis inflamatorias y compresiones extrínsecas. Sin embargo, la elevada frecuencia de neoplasias malignas explica por qué estos pacientes suelen requerir tratamiento quirúrgico con mayor frecuencia que aquellos con obstrucción del intestino delgado.
La fisiopatología de la obstrucción intestinal comienza con la acumulación progresiva de líquidos, gases y secreciones digestivas proximales al punto de obstrucción. El intestino normal produce y recibe diariamente varios litros de secreciones procedentes de glándulas digestivas, hígado, páncreas e intestino. Cuando el tránsito se interrumpe, estos líquidos se acumulan en la luz intestinal, produciendo distensión progresiva.
La distensión intestinal desencadena una serie de alteraciones fisiológicas. Inicialmente aumenta la actividad peristáltica en un intento de superar el obstáculo mecánico. Este incremento de la motilidad explica la aparición de dolor abdominal cólico característico durante las fases iniciales de la enfermedad. Conforme progresa la obstrucción, la musculatura intestinal se fatiga y disminuye su capacidad contráctil, favoreciendo el desarrollo de íleo secundario.
El aumento de la presión intraluminal produce además compresión de los vasos linfáticos de la pared intestinal, dificultando el drenaje de líquidos. Posteriormente se compromete el retorno venoso y finalmente puede afectarse la perfusión arterial. Cuando la presión intraluminal supera la presión capilar, se desarrolla hipoxia tisular, edema de la pared intestinal e incremento de la permeabilidad vascular.
La alteración de la perfusión intestinal favorece la translocación bacteriana y el paso de endotoxinas hacia la circulación sistémica. Si el compromiso vascular persiste, aparece isquemia intestinal. La isquemia prolongada conduce a necrosis transmural, perforación y peritonitis, complicaciones asociadas con una elevada mortalidad hospitalaria.
La estrangulación intestinal representa una de las formas más graves de obstrucción mecánica. En esta situación, además de la interrupción luminal, existe compromiso vascular del segmento afectado. Las hernias incarceradas, las adherencias complejas y los vólvulos constituyen causas frecuentes de estrangulación. La identificación precoz de esta condición resulta esencial debido a que la viabilidad intestinal puede perderse en pocas horas.
El tratamiento inicial de la mayoría de las obstrucciones del intestino delgado secundarias a adherencias es conservador. Esta estrategia se fundamenta en el hecho de que una proporción importante de los episodios puede resolverse espontáneamente sin necesidad de cirugía. La colocación de una sonda nasogástrica permite evacuar líquidos y gases acumulados, reduciendo la presión intraluminal y mejorando los síntomas. Simultáneamente, la reposición de líquidos y electrolitos corrige las alteraciones hidroelectrolíticas derivadas de los vómitos, el secuestro de líquidos en la luz intestinal y la disminución de la absorción intestinal.
Las pérdidas de agua, sodio, potasio, cloro e hidrogeniones pueden ser considerables. Como consecuencia, los pacientes desarrollan con frecuencia hipovolemia, alcalosis metabólica, hipopotasemia y deterioro de la perfusión tisular. La corrección temprana de estas alteraciones constituye un componente esencial del tratamiento.
Diversos estudios han demostrado que el tratamiento conservador logra resolver entre el 70 % y el 90 % de las obstrucciones adhesivas no complicadas. Esta elevada tasa de éxito permite evitar numerosas intervenciones quirúrgicas y sus riesgos asociados.
Cuando los síntomas persisten más allá de las primeras 48 horas, puede utilizarse contraste oral hidrosoluble. Además de su utilidad diagnóstica, este contraste posee un efecto terapéutico potencial relacionado con sus propiedades osmóticas. Al atraer líquido hacia la luz intestinal, puede disminuir el edema de la pared intestinal y favorecer la resolución de la obstrucción.
La progresión del contraste a través del segmento obstruido constituye un importante indicador pronóstico. Cuando el contraste alcanza el colon dentro de las primeras 24 horas, la probabilidad de resolución espontánea aumenta significativamente y disminuye la necesidad de cirugía. Por el contrario, la ausencia de progresión sugiere una obstrucción persistente con mayor probabilidad de requerir intervención quirúrgica.
A pesar de la eficacia del tratamiento conservador, aproximadamente el 10 % de los pacientes desarrolla una evolución desfavorable. En estos casos, la persistencia de la obstrucción favorece el deterioro progresivo de la perfusión intestinal y aumenta el riesgo de isquemia y necrosis. Una vez instauradas estas complicaciones, la mortalidad puede incrementarse considerablemente debido al desarrollo de sepsis, insuficiencia multiorgánica y shock.
Por esta razón, la identificación temprana del fracaso terapéutico constituye un objetivo prioritario. Se considera que el tratamiento conservador ha fracasado cuando la obstrucción persiste después de 72 horas, cuando el drenaje por sonda nasogástrica continúa siendo elevado o cuando aparecen signos clínicos y radiológicos sugestivos de compromiso vascular intestinal.
Los síntomas clínicos de la obstrucción intestinal son relativamente inespecíficos. El dolor abdominal suele ser el síntoma inicial y generalmente presenta características cólicas debido a las contracciones peristálticas que intentan vencer el obstáculo mecánico. Los vómitos aparecen con mayor frecuencia en las obstrucciones proximales, mientras que la distensión abdominal suele ser más evidente en las obstrucciones distales. El estreñimiento y la ausencia de eliminación de gases reflejan una interrupción significativa del tránsito intestinal.
Los hallazgos de laboratorio también poseen sensibilidad limitada. La leucocitosis puede reflejar inflamación, infección o necrosis intestinal. La elevación de la proteína C reactiva indica activación sistémica de la respuesta inflamatoria. El aumento de las concentraciones de lactato puede sugerir hipoperfusión tisular y metabolismo anaerobio, aunque este hallazgo suele aparecer en fases relativamente avanzadas de la isquemia.
La exploración física continúa siendo fundamental. La presencia de defensa abdominal, rigidez muscular, dolor a la descompresión brusca y otros signos de irritación peritoneal sugiere perforación o necrosis intestinal y generalmente obliga a considerar tratamiento quirúrgico urgente.
Históricamente, la radiografía simple de abdomen fue la principal herramienta diagnóstica inicial. Los hallazgos clásicos incluyen asas intestinales dilatadas, niveles hidroaéreos múltiples y ausencia de gas distal. Sin embargo, la sensibilidad diagnóstica es limitada y existe una considerable variabilidad en la interpretación de los hallazgos radiológicos. Además, la radiografía simple posee escasa capacidad para detectar signos tempranos de isquemia intestinal o identificar con precisión la causa de la obstrucción.
La introducción de la tomografía computarizada multidetector transformó radicalmente el diagnóstico de la obstrucción intestinal. Esta técnica proporciona imágenes de alta resolución espacial y permite reconstrucciones multiplanares que facilitan la evaluación detallada de todo el abdomen.
La tomografía computarizada multidetector permite localizar con precisión el punto de transición entre el intestino dilatado y el intestino colapsado, identificar la causa subyacente de la obstrucción y detectar complicaciones potencialmente letales. Entre los hallazgos sugestivos de isquemia intestinal se incluyen engrosamiento mural, disminución del realce tras la administración de contraste intravenoso, edema mesentérico, ascitis, neumatosis intestinal y gas portal.
La elevada sensibilidad y especificidad de la tomografía computarizada multidetector para detectar estrangulación e isquemia han convertido a esta técnica en el método diagnóstico de elección. Más importante aún, permite seleccionar con mayor precisión a los pacientes candidatos a tratamiento conservador y distinguirlos de aquellos que requieren cirugía urgente.
El papel del radiólogo moderno trasciende ampliamente la mera confirmación diagnóstica. Su participación resulta determinante en la estratificación del riesgo, en la identificación precoz de complicaciones y en la toma de decisiones terapéuticas. La integración de los hallazgos clínicos, analíticos y radiológicos permite optimizar el manejo de estos pacientes y reducir la morbimortalidad asociada a una de las urgencias abdominales más frecuentes y potencialmente graves de la práctica médica.


Fuente y lecturas recomendadas:
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