Los virus constituyen la forma más diminuta y especializada de agente infeccioso, representando entidades biológicas que desafían la definición tradicional de “organismo” debido a su dependencia absoluta de células huésped para su replicación. Sus tamaños oscilan entre 18 y 600 nanómetros, y la mayoría de ellos son menores de 200 nanómetros, lo que los hace invisibles para la microscopía óptica convencional. Para su observación se requieren técnicas de alta resolución, como la microscopía electrónica, que permite visualizar tanto la cápside proteica que protege su material genético como, en algunos casos, la envoltura lipídica que envuelve la partícula viral. A nivel estructural, los virus presentan una variedad notable de formas: esféricas, helicoidales, icosaédricas o complejas, adaptaciones que optimizan su estabilidad y su capacidad de infectar células específicas.
El material genético de los virus, que puede consistir en ácido desoxirribonucleico o ácido ribonucleico, puede ser de cadena simple o doble, lineal o circular, segmentado o no segmentado, y codifica la información necesaria para la replicación y ensamblaje de nuevas partículas virales. Esta diversidad genómica explica la amplia gama de estrategias que los virus emplean para invadir células y evadir la respuesta inmunitaria del huésped. En los virus con envoltura lipídica, esta membrana, derivada de la célula huésped, contiene proteínas virales que median el reconocimiento y la fusión con células susceptibles, mientras que los virus no envueltos dependen de interacciones específicas entre su cápside y receptores celulares.
Como parásitos obligados, los virus carecen de la maquinaria metabólica y biosintética que caracteriza a organismos celulares. Su supervivencia y multiplicación dependen completamente de la utilización de los recursos de la célula huésped. Este modo de vida intrínsecamente parasitario determina que el tropismo viral, es decir, la afinidad del virus por ciertos tipos celulares, sea un factor crucial en la patogénesis. Por ejemplo, algunos virus tienen predilección por células epiteliales respiratorias, otros por hepatocitos o neuronas, y algunos pueden infectar múltiples tipos celulares, dando lugar a enfermedades sistémicas.
La interacción virus-huésped puede resultar en fenómenos clínicos muy diversos. En algunos casos, la infección conduce a una replicación rápida y la destrucción de las células infectadas, lo que produce síntomas agudos y a menudo visibles. En otros, se establece una relación crónica en la que el virus persiste durante años, a veces integrando su genoma en el de la célula huésped, como ocurre con los retrovirus. Los factores que determinan si la infección será aguda o crónica, letal o subclínica, son complejos e involucran la genética viral, la capacidad del virus para evadir la inmunidad, la respuesta inmune del huésped, el estado fisiológico del individuo y factores ambientales que modulan la susceptibilidad.
La enfermedad viral puede abarcar un amplio espectro clínico, desde infecciones relativamente benignas, como el resfriado común, hasta patologías extremadamente graves, como el ébola o el síndrome respiratorio agudo grave. Además, algunas infecciones virales son capaces de establecer persistencia silenciosa y progresar a transformaciones celulares malignas, como ocurre con ciertos tipos de virus del papiloma humano y virus de la hepatitis B y C, que están asociados con cáncer cervical y hepático, respectivamente. La respuesta inmune juega un papel dual: mientras protege al organismo frente a la infección, puede ser responsable de gran parte de la sintomatología clínica. Por ejemplo, la fiebre, la fatiga y el malestar general observados en la mayoría de las infecciones virales son causados principalmente por la liberación de citocinas y mediadores inflamatorios.
El diagnóstico de infecciones virales ha evolucionado de manera notable. Tradicionalmente, la identificación de virus requería aislamiento en cultivos celulares y observación de efectos citopáticos. Hoy en día, se emplean técnicas moleculares como la reacción en cadena de la polimerasa para detectar ácidos nucleicos virales, así como ensayos inmunológicos que permiten identificar proteínas virales específicas en muestras clínicas. Estas herramientas han facilitado la detección precoz de virus y han permitido un manejo clínico más efectivo.
El tratamiento de infecciones virales ha avanzado considerablemente. Existen antivirales específicos que pueden erradicar la infección, como los nuevos regímenes que curan la hepatitis C, y fármacos que controlan crónicamente infecciones como la producida por el virus de la inmunodeficiencia humana, transformando una enfermedad antes mortal en una condición manejable de por vida. La prevención mediante vacunas ha sido igualmente revolucionaria: vacunas contra virus como el sarampión, la poliomielitis y la hepatitis B han reducido drásticamente la morbilidad y mortalidad asociadas a estas infecciones, y vacunas recientes contra el virus del papiloma humano previenen no solo la infección, sino también el desarrollo de cáncer.
En términos biológicos y evolutivos, los virus constituyen una fuerza impulsora de la diversidad genética y la coevolución con los seres vivos. La interacción entre virus y huésped ha moldeado mecanismos de defensa inmunológicos complejos y ha promovido la selección de genes relacionados con la resistencia a infecciones. Además, la investigación viral ha sido fundamental para avances en biología molecular, genética y desarrollo de terapias innovadoras, incluyendo la ingeniería de vectores virales para terapia génica y vacunas de nueva generación.

Fuente y lecturas recomendadas:
- Knipe, D. M., & Howley, P. M. (Eds.). (2023). Fields’ virology (7th ed.). Wolters Kluwer Health.
- Madigan, M. T., Martinko, J. M., Bender, K. S., Buckley, D. H., & Stahl, D. A. (2018). Brock biology of microorganisms (15th ed.). Pearson.
- Murray, P. R., Rosenthal, K. S., & Pfaller, M. A. (2025). Medical microbiology (10th ed.). Elsevier.
- Postgate, J. (2000). Microbes and man (4th ed.). Cambridge University Press.

