Enfermedades cardiovasculares. Principal causa de mortalidad mundial y desigualdad en su distribución
Enfermedades cardiovasculares. Principal causa de mortalidad mundial y desigualdad en su distribución

Enfermedades cardiovasculares. Principal causa de mortalidad mundial y desigualdad en su distribución

Las enfermedades cardiovasculares constituyen el principal grupo de causas de muerte en el mundo y representan uno de los mayores desafíos de salud pública contemporáneos. Dentro de este conjunto se incluyen las enfermedades que afectan al corazón y a los vasos sanguíneos, entre ellas la cardiopatía coronaria o cardiopatía isquémica, el accidente cerebrovascular, la enfermedad arterial periférica, las cardiopatías hipertensivas, las enfermedades valvulares, las miocardiopatías, las arritmias y otras alteraciones cardiovasculares. Su importancia epidemiológica no depende únicamente del número absoluto de personas que fallecen por estas enfermedades, sino también de la cantidad de años de vida perdidos, la discapacidad que producen, la necesidad prolongada de atención médica y el impacto económico que generan sobre las familias y los sistemas sanitarios. La Organización Mundial de la Salud reconoce a las enfermedades cardiovasculares como la principal causa de muerte a escala mundial; para 2022 estimó aproximadamente 19.8 millones de defunciones cardiovasculares, equivalentes a cerca de 32 % de todas las defunciones mundiales.¹

La cifra de aproximadamente 20 millones de defunciones cardiovasculares anuales debe interpretarse dentro de una tendencia histórica prolongada. El análisis del Global Burden of Disease Study ha demostrado que el número absoluto de muertes cardiovasculares aumentó considerablemente durante las últimas décadas, pasando de aproximadamente 12.1 millones en 1990 a alrededor de 20.5 millones en 2021 según las estimaciones utilizadas por la World Heart Federation.² Este incremento absoluto no significa necesariamente que cada individuo tenga actualmente un riesgo cardiovascular mayor que en décadas anteriores, porque una parte importante del aumento se explica por el crecimiento de la población mundial y por el envejecimiento demográfico. Al mismo tiempo, los análisis estandarizados por edad muestran que la mortalidad cardiovascular ha disminuido en términos globales, lo que indica que los avances en prevención, diagnóstico y tratamiento han reducido el riesgo individual en numerosas poblaciones, aunque estos beneficios no se han distribuido de manera uniforme entre regiones y grupos socioeconómicos.² ³

La cardiopatía coronaria constituye uno de los componentes más importantes de esta carga. Su mecanismo fundamental consiste en la reducción progresiva del flujo sanguíneo coronario, generalmente como consecuencia de la aterosclerosis, hasta que una obstrucción crítica o una complicación aguda de una placa aterosclerótica puede producir isquemia miocárdica, infarto agudo de miocardio o muerte súbita. El accidente cerebrovascular representa otro componente fundamental y puede producirse por la interrupción del flujo sanguíneo cerebral mediante una oclusión arterial o por la ruptura de un vaso sanguíneo con hemorragia intracraneal. Estas enfermedades comparten numerosos factores de riesgo y mecanismos fisiopatológicos, especialmente hipertensión arterial, exposición al tabaco, alteraciones de los lípidos plasmáticos, diabetes mellitus, exceso de adiposidad, inactividad física, alimentación poco saludable y exposición a contaminación atmosférica.³ ⁴ En las estimaciones mundiales correspondientes a 2021, la cardiopatía isquémica fue responsable de aproximadamente 9.44 millones de muertes, mientras que las distintas formas de accidente cerebrovascular representaron una proporción adicional muy importante de la mortalidad cardiovascular.³

La magnitud de esta mortalidad explica por qué las enfermedades cardiovasculares superan a otros grandes grupos de enfermedades como causa global de defunción. En 2021, la cardiopatía isquémica fue individualmente la principal causa de muerte en el mundo, mientras que el accidente cerebrovascular también se situó entre las causas individuales más importantes de mortalidad. La Organización Mundial de la Salud estimó que la cardiopatía isquémica produjo aproximadamente 9.1 millones de muertes en 2021 y representó alrededor de 13 % de todas las defunciones mundiales, mientras que el accidente cerebrovascular produjo aproximadamente 10 % del total de defunciones.⁵ Esto demuestra que la carga cardiovascular no se debe a una sola enfermedad, sino a la acumulación de múltiples entidades patológicas que comparten factores de riesgo, mecanismos biológicos y determinantes sociales.

La afirmación de que más de tres cuartas partes de las defunciones cardiovasculares ocurren en países de ingresos bajos y medianos revela una característica fundamental de la epidemiología cardiovascular contemporánea: la distribución de la mortalidad cardiovascular es profundamente desigual. La Organización Mundial de la Salud señala que más de tres cuartas partes de las muertes cardiovasculares ocurren en países de ingresos bajos y medianos, mientras que otras estimaciones para 2021 situaron esta proporción aproximadamente en cuatro de cada cinco defunciones cardiovasculares.¹ ² Esta concentración no significa que las enfermedades cardiovasculares sean exclusivas de los países con menores recursos, sino que el riesgo de morir por ellas, especialmente cuando aparecen de manera prematura o no reciben tratamiento oportuno, es considerablemente mayor en numerosos países con recursos sanitarios limitados.

Una de las razones fundamentales de esta desigualdad es la distribución diferencial de los factores de riesgo cardiovasculares. La transición epidemiológica y nutricional ha producido una expansión mundial de la hipertensión arterial, la obesidad, la diabetes mellitus, las alteraciones lipídicas, el sedentarismo y otros factores relacionados con la urbanización y los cambios en los patrones alimentarios. Sin embargo, estos factores se superponen en los países de ingresos bajos y medianos con condiciones sociales y ambientales que pueden incrementar su impacto. La contaminación atmosférica, el acceso limitado a alimentos saludables, las condiciones laborales desfavorables, la menor disponibilidad de espacios seguros para realizar actividad física y la exposición al tabaco pueden interactuar con determinantes económicos y sociales, favoreciendo una elevada carga cardiovascular. Los análisis contemporáneos del Global Burden of Disease Study han demostrado que una proporción sustancial de la carga cardiovascular mundial puede atribuirse a factores de riesgo modificables, particularmente la presión arterial elevada, el consumo de tabaco, las concentraciones elevadas de lipoproteínas de baja densidad, la hiperglucemia y el exceso de peso corporal.³ ⁶

La hipertensión arterial merece especial consideración porque constituye uno de los factores modificables con mayor contribución a la mortalidad cardiovascular mundial. La elevación crónica de la presión arterial produce estrés mecánico persistente sobre el endotelio y las paredes arteriales, favorece la remodelación vascular y acelera procesos ateroscleróticos, además de aumentar directamente el riesgo de insuficiencia cardiaca, enfermedad renal, infarto de miocardio y accidente cerebrovascular. La magnitud de este factor de riesgo es especialmente importante porque puede permanecer asintomático durante años, de modo que una persona puede presentar una lesión vascular progresiva sin percibir manifestaciones clínicas hasta que ocurre un evento cardiovascular agudo. Los análisis globales han identificado la presión arterial elevada como uno de los principales factores responsables de muertes cardiovasculares prevenibles.⁶

El consumo de tabaco constituye otro determinante cardiovascular de enorme importancia. Las sustancias tóxicas presentes en el humo del tabaco favorecen disfunción endotelial, inflamación vascular, estrés oxidativo, activación plaquetaria y progresión de la aterosclerosis. Además, el tabaco interactúa con otros factores de riesgo, por lo que su efecto cardiovascular no debe considerarse aisladamente. Las estimaciones mundiales han atribuido millones de muertes cardiovasculares al consumo de tabaco, lo que demuestra que una parte considerable de la mortalidad cardiovascular puede prevenirse mediante intervenciones dirigidas a disminuir su consumo y la exposición al humo ambiental.⁶

La alimentación también desempeña un papel central. Una alimentación caracterizada por un consumo elevado de sodio, grasas saturadas, alimentos ultraprocesados y azúcares añadidos, junto con un consumo insuficiente de frutas, verduras, legumbres, cereales integrales y otros alimentos cardioprotectores, puede favorecer hipertensión arterial, dislipidemia, obesidad y alteraciones del metabolismo de la glucosa. Estos cambios metabólicos aumentan progresivamente la probabilidad de desarrollar aterosclerosis y enfermedad cardiovascular clínica. Por ello, la prevención cardiovascular no puede limitarse al tratamiento de la enfermedad una vez establecida, sino que requiere modificar los determinantes que actúan durante años antes de la aparición del primer evento clínico.⁴ ⁶

La desigualdad mundial también se explica por las diferencias en la capacidad de los sistemas sanitarios para detectar y controlar los factores de riesgo antes de que produzcan complicaciones. En los países con sistemas de atención primaria más accesibles, una persona puede ser identificada tempranamente mediante mediciones de presión arterial, evaluación del perfil lipídico, detección de diabetes mellitus y valoración global del riesgo cardiovascular. Cuando estas estrategias se acompañan de modificaciones del estilo de vida y de tratamientos farmacológicos apropiados, es posible disminuir sustancialmente la incidencia de infarto de miocardio, accidente cerebrovascular y otras complicaciones. En cambio, cuando el acceso a estas intervenciones es limitado, la enfermedad puede permanecer sin diagnóstico hasta etapas avanzadas. La Organización Mundial de la Salud ha señalado específicamente que las poblaciones de países de ingresos bajos y medianos tienen menor acceso a programas de atención primaria destinados a la detección temprana y tratamiento de los factores de riesgo cardiovasculares.¹

La disponibilidad de medicamentos esenciales constituye otro componente determinante. Muchos de los principales factores de riesgo cardiovascular pueden controlarse mediante intervenciones farmacológicas relativamente simples, como antihipertensivos, estatinas, medicamentos para el tratamiento de la diabetes mellitus y fármacos antitrombóticos cuando están indicados. Sin embargo, la eficacia biológica de un medicamento no garantiza su impacto poblacional si existe dificultad para adquirirlo, distribuirlo, prescribirlo o mantener su administración durante períodos prolongados. De esta manera, las diferencias en infraestructura sanitaria, disponibilidad de medicamentos, continuidad de la atención y capacidad de seguimiento transforman un problema potencialmente prevenible en una causa importante de muerte prematura.² ⁷

El momento de aparición de la enfermedad también diferencia considerablemente a las poblaciones. En muchos países de ingresos altos, una proporción importante de las defunciones cardiovasculares ocurre a edades avanzadas, después de que la persona ha tenido acceso durante décadas a estrategias preventivas y terapéuticas. En numerosos países de ingresos bajos y medianos, en cambio, las enfermedades cardiovasculares pueden producirse a edades considerablemente menores y contribuir de manera importante a la mortalidad prematura. Esta característica tiene una relevancia social particularmente grande porque una muerte cardiovascular durante la edad laboral no solamente representa la pérdida de años potenciales de vida, sino también la pérdida de productividad, ingresos familiares y capacidad de cuidado dentro de los hogares. Los análisis internacionales han demostrado que la probabilidad de morir prematuramente por enfermedades cardiovasculares es mayor en países de ingresos bajos y medianos que en países de ingresos altos.² ³

La pobreza puede actuar, por tanto, como un amplificador de riesgo cardiovascular mediante múltiples vías simultáneas. Las limitaciones económicas pueden dificultar la adquisición de alimentos saludables, medicamentos y servicios médicos; la inseguridad alimentaria puede coexistir con dietas de baja calidad nutricional; la atención preventiva puede retrasarse debido a barreras económicas o geográficas; y la enfermedad cardiovascular establecida puede generar gastos sanitarios que profundizan todavía más la vulnerabilidad económica de las familias. Esto produce un círculo en el que las condiciones socioeconómicas desfavorables aumentan la exposición a factores de riesgo y reducen la capacidad para prevenir o tratar sus consecuencias. La distribución mundial de las enfermedades cardiovasculares demuestra así que la mortalidad cardiovascular no es exclusivamente un fenómeno biológico, sino también un fenómeno social y sanitario.² ⁷

Otro elemento fundamental es la denominada transición epidemiológica. A medida que las poblaciones experimentan disminución de las enfermedades infecciosas, incremento de la esperanza de vida, urbanización y modificaciones de los patrones de alimentación y actividad física, las enfermedades cardiovasculares adquieren una importancia progresivamente mayor. En las regiones donde la transición epidemiológica ha ocurrido de manera rápida, pueden coexistir enfermedades transmisibles, desnutrición y enfermedades cardiovasculares, diabetes mellitus y obesidad. Esta coexistencia genera una doble carga sanitaria que dificulta la asignación de recursos y exige sistemas de salud capaces de atender simultáneamente enfermedades agudas, enfermedades infecciosas y enfermedades crónicas de larga duración.¹ ⁵

El envejecimiento poblacional representa asimismo una explicación fundamental del aumento absoluto de las defunciones cardiovasculares. El riesgo de aterosclerosis, cardiopatía isquémica, accidente cerebrovascular, insuficiencia cardiaca, fibrilación auricular y enfermedad vascular aumenta con la edad debido a la acumulación progresiva de daño vascular, cambios estructurales del miocardio y exposición prolongada a factores de riesgo. Por esta razón, incluso cuando disminuye la tasa de mortalidad cardiovascular estandarizada por edad, el número total de muertes puede continuar aumentando si crecen simultáneamente la población mundial y la proporción de personas de edad avanzada. Los análisis globales de las últimas décadas muestran precisamente esta divergencia entre el incremento de la mortalidad cardiovascular absoluta y la disminución de las tasas estandarizadas por edad.² ³

En consecuencia, afirmar que las enfermedades cardiovasculares son la principal causa de muerte mundial significa reconocer una combinación de procesos biológicos, demográficos, ambientales, conductuales, económicos y sanitarios. La cardiopatía coronaria y el accidente cerebrovascular ocupan una posición central porque concentran una proporción muy elevada de la mortalidad cardiovascular y comparten factores de riesgo modificables. Al mismo tiempo, la concentración de más de tres cuartas partes de las defunciones cardiovasculares en países de ingresos bajos y medianos demuestra que el problema no se distribuye de manera uniforme. La prevención cardiovascular eficaz exige actuar antes de que aparezca la enfermedad clínica mediante control de la presión arterial, reducción del consumo de tabaco, alimentación saludable, actividad física regular, control del peso corporal, prevención y tratamiento de la diabetes mellitus y de las alteraciones lipídicas, reducción de la exposición a contaminación atmosférica y fortalecimiento de la atención primaria.¹ ⁴ ⁶

Por ello, la elevada mortalidad cardiovascular mundial no debe interpretarse como una consecuencia inevitable del envejecimiento o de la predisposición biológica. Una proporción importante de esta carga es potencialmente prevenible mediante intervenciones cuya eficacia ha sido demostrada y que pueden aplicarse desde la prevención primordial hasta el tratamiento de la enfermedad establecida. El principal desafío mundial consiste en conseguir que dichas intervenciones sean accesibles de manera equitativa, particularmente para las poblaciones que actualmente soportan la mayor proporción de la mortalidad. La evidencia disponible demuestra que reducir la mortalidad cardiovascular requiere no solamente mejorar el tratamiento hospitalario del infarto de miocardio y del accidente cerebrovascular, sino también fortalecer la prevención, el diagnóstico temprano, el control de los factores de riesgo y la continuidad de la atención a lo largo de toda la vida.¹ ³ ⁷

 

 

 

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Fuente y lecturas recomendadas:
  1. Lindstrom, M., DeCleene, N., Dorsey, H., Fuster, V., Johnson, C. O., LeGrand, K. E., Mensah, G. A., Razo, C., Stark, B., Turco, J. V., & Roth, G. A. (2022). Global burden of cardiovascular diseases and risks collaboration, 1990–2021. Journal of the American College of Cardiology, 80(25), 2372–2425. https://doi.org/10.1016/j.jacc.2022.11.001
  2. Mensah, G. A., Fuster, V., & Roth, G. A. (2023). A heart-healthy and stroke-free world: Using data to inform global action. Journal of the American College of Cardiology, 82(25).
  3. Vaduganathan, M., Mensah, G. A., Turco, J. V., Fuster, V., & Roth, G. A. (2022). The global burden of cardiovascular diseases and risk: A compass for future health. Journal of the American College of Cardiology, 80(25), 2361–2371. https://doi.org/10.1016/j.jacc.2022.11.005
  4. World Heart Federation. (2023). World Heart Report 2023: The global burden of cardiovascular disease and risk. World Heart Federation.
  5. World Health Organization. (2024). The top 10 causes of death. World Health Organization.
  6. World Health Organization. (2025). Cardiovascular diseases. World Health Organization.
  7. World Health Organization. (2025). Noncommunicable diseases. World Health Organization.
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