¿Dónde se encuentra el hígado?
¿Dónde se encuentra el hígado?

¿Dónde se encuentra el hígado?

El hígado es el órgano interno más grande y la glándula de mayor volumen del cuerpo humano. En el adulto sano representa aproximadamente entre 2 % y 3 % del peso corporal y su masa considerable no constituye una característica anatómica accidental, sino la consecuencia de una organización especializada que le permite procesar simultáneamente grandes volúmenes de sangre, transformar nutrientes, sintetizar moléculas esenciales, almacenar reservas metabólicas, producir bilis, eliminar sustancias potencialmente tóxicas y participar de manera decisiva en la regulación inmunológica y homeostática del organismo. La extraordinaria diversidad de estas actividades exige una gran cantidad de tejido funcional, una extensa red vascular y una población celular metabólicamente muy activa, circunstancias que contribuyen directamente a explicar su considerable tamaño.

La magnitud anatómica del hígado también está relacionada con la posición central que ocupa entre el aparato digestivo y la circulación sistémica. La sangre procedente del intestino, y de otros órganos pertenecientes al territorio esplácnico, llega al hígado a través de la vena porta antes de alcanzar gran parte de la circulación general. De este modo, el hígado se encuentra estratégicamente situado para recibir, analizar, transformar, almacenar o eliminar las sustancias absorbidas después de la digestión. Esta disposición convierte al órgano en una verdadera estación metabólica y de filtración entre el medio externo, representado en gran medida por los nutrientes y compuestos introducidos en el tubo digestivo, y el medio interno del organismo.

La posición del hígado debajo del diafragma

El hígado se encuentra inmediatamente por debajo del diafragma, un amplio músculo en forma de cúpula que constituye la principal estructura muscular de la respiración y separa la cavidad torácica de la cavidad abdominal. Su localización subdiafragmática permite que la cara superior del hígado se adapte estrechamente a la concavidad inferior del diafragma, estableciendo una relación anatómica fundamental entre ambos órganos. El hígado ocupa principalmente la porción superior derecha de la cavidad abdominal, aunque su extensión también alcanza la región epigástrica y puede proyectarse hacia la región izquierda superior del abdomen.

La localización inmediatamente inferior al diafragma tiene consecuencias funcionales además de anatómicas. Durante la respiración, los movimientos del diafragma se transmiten al hígado debido a su estrecha relación de contacto. Por ello, el órgano desciende durante la inspiración profunda y asciende durante la espiración. Esta movilidad respiratoria demuestra que la posición hepática depende no solamente de su peso y de sus medios de fijación, sino también de la dinámica mecánica de las estructuras que lo rodean.

El predominio del hígado en el lado derecho del abdomen se explica por la configuración anatómica de la cavidad abdominal superior y por el desarrollo del órgano. La mayor parte de su volumen ocupa el hipocondrio derecho, situado por debajo de la cúpula derecha del diafragma y protegido en gran medida por la parrilla costal. Sin embargo, el órgano no se limita estrictamente a esta región, ya que una porción importante se extiende medialmente a través del epigastrio. Esta disposición permite que el hígado mantenga relaciones simultáneas con el diafragma, la vesícula biliar, el estómago, el duodeno, el riñón derecho y numerosos elementos vasculares y biliares.

La gran superficie de contacto con el diafragma contribuye también a la estabilidad espacial del órgano. El hígado se mantiene en su posición mediante reflexiones del peritoneo y estructuras de fijación relacionadas con su cápsula y con el peritoneo visceral. Estas relaciones anatómicas permiten sostener un órgano de gran masa sin impedir por completo los movimientos respiratorios fisiológicos.

El hígado y su relación con la circulación sanguínea

Una de las razones más profundas por las que el hígado necesita una gran masa tisular es la enorme cantidad de sangre que recibe y procesa. El órgano posee una doble irrigación. La vena porta aporta la mayor parte del flujo sanguíneo hepático y transporta sangre procedente del intestino y de otros órganos del sistema digestivo, rica en nutrientes absorbidos y en numerosas sustancias derivadas del metabolismo intestinal. La arteria hepática aporta una proporción menor del flujo total, pero proporciona una fuente esencial de sangre rica en oxígeno.

Esta doble circulación constituye una adaptación funcional de enorme importancia. La sangre portal permite que los hepatocitos entren en contacto con nutrientes inmediatamente después de su absorción intestinal. De esta forma, el hígado puede modificar la concentración de glucosa, aminoácidos, lípidos y otras moléculas antes de que estas alcancen el resto de los tejidos. Al mismo tiempo, la sangre arterial contribuye a satisfacer las elevadas necesidades de oxígeno de un órgano que mantiene una actividad metabólica intensa y continua.

La localización anatómica del hígado es, por tanto, inseparable de su función como órgano de procesamiento. Después de una comida, los nutrientes absorbidos atraviesan la pared intestinal y, en gran medida, alcanzan primero la circulación portal. El hígado recibe así una gran proporción de las sustancias que ingresan al organismo desde el tubo digestivo. Esta posición permite almacenar temporalmente algunos nutrientes, transformar otros y liberar productos metabólicos de manera regulada hacia la circulación general.

La gran superficie vascular del hígado permite que la sangre circule por una extensa red de sinusoides hepáticos. Estos espacios vasculares poseen un endotelio especializado con fenestraciones y características estructurales que facilitan el intercambio entre la sangre y las células hepáticas. La organización de esta red proporciona una enorme superficie de interacción entre los componentes circulantes y el tejido hepático. Por esta razón, el gran tamaño del hígado no depende solamente del número de hepatocitos, sino también de la necesidad de disponer de una extensa infraestructura vascular capaz de procesar de manera eficiente un elevado flujo sanguíneo.

La relación del hígado con el duodeno y la importancia de la bilis

El hígado se encuentra en una posición anatómica estrechamente relacionada con el duodeno, que constituye la primera porción del intestino delgado. Esta proximidad es fundamental porque la bilis producida por los hepatocitos debe alcanzar el intestino para participar en la digestión y absorción de nutrientes, especialmente de los lípidos. Los hepatocitos secretan los componentes de la bilis hacia pequeños canalículos biliares que se continúan con una red progresivamente mayor de conductos biliares intrahepáticos y extrahepáticos. Finalmente, la bilis llega al intestino delgado a través de la vía biliar.

La proximidad funcional entre el hígado y el duodeno permite que la bilis participe oportunamente en la digestión intestinal. Los componentes biliares favorecen la emulsificación de los lípidos y facilitan las condiciones necesarias para que las enzimas digestivas y los mecanismos de absorción intestinal procesen de manera eficaz las grasas y otras moléculas liposolubles. Además, la secreción biliar constituye una vía de eliminación para determinados productos metabólicos, como los derivados del procesamiento de la bilirrubina.

La dirección del flujo biliar es especialmente importante desde el punto de vista anatómico. Mientras la sangre circula desde las ramas de la vena porta y de la arteria hepática hacia las venas centrales de los lobulillos hepáticos, la bilis producida por los hepatocitos se desplaza en dirección opuesta, desde los canalículos hacia los conductos biliares situados en las regiones periféricas de la organización lobulillar. Esta disposición permite que, dentro del mismo tejido, existan simultáneamente sistemas especializados para el procesamiento de la sangre y para la formación y conducción de la bilis.

La relación del hígado con el estómago y con otros órganos digestivos

El hígado se sitúa en estrecha relación con el estómago y con otras estructuras digestivas de la parte superior del abdomen. Esta posición permite comprender su papel como centro metabólico situado inmediatamente después de la absorción intestinal y en estrecha proximidad con los órganos responsables de la ingestión, digestión y absorción de nutrientes. Aunque la posición exacta de cada superficie hepática debe describirse considerando la compleja anatomía tridimensional del abdomen, el hígado se relaciona directamente con el estómago en su región visceral y se extiende sobre estructuras del aparato digestivo, incluido el duodeno.

Esta disposición no significa simplemente que los órganos se encuentren próximos entre sí. La anatomía refleja una secuencia funcional. El aparato digestivo fragmenta los alimentos, libera nutrientes y permite su absorción. Una vez que muchas de estas moléculas ingresan en la circulación portal, el hígado constituye uno de los primeros grandes órganos encargados de regular su destino metabólico. Por ello, la relación anatómica del hígado con el tubo digestivo constituye la expresión macroscópica de una relación fisiológica mucho más profunda.

La vesícula biliar y su comunicación con el hígado

La vesícula biliar se encuentra en estrecha relación con la cara inferior del hígado. Esta estructura almacena y concentra la bilis durante determinados periodos y participa en su liberación hacia el intestino cuando las condiciones digestivas lo requieren. La asociación anatómica entre hígado, vesícula biliar, conductos hepáticos y conductos biliares constituye un sistema integrado para producir, modificar, almacenar y transportar la bilis.

La proximidad de la vesícula biliar al hígado es especialmente lógica desde el punto de vista funcional porque la producción de bilis es continua, mientras que la liberación intestinal de grandes cantidades de bilis varía según el estado alimentario y las necesidades digestivas. La vesícula proporciona, por tanto, una capacidad de almacenamiento integrada con la producción hepática y con la descarga hacia el duodeno.

La estructura macroscópica del hígado

El hígado puede describirse mediante lóbulos anatómicos. En la anatomía tradicional se reconocen los lóbulos derecho, izquierdo, caudado y cuadrado. Sin embargo, la organización funcional del órgano no coincide por completo con esta división macroscópica, porque la distribución funcional depende también de la vascularización y del drenaje biliar. Desde el punto de vista clínico y quirúrgico, el hígado puede dividirse funcionalmente en segmentos con características vasculares y biliares propias.

Esta organización demuestra que el gran tamaño del hígado no representa una masa uniforme de tejido. Por el contrario, se trata de una estructura altamente compartimentada, en la que la distribución de la sangre y de la bilis permite que diferentes regiones mantengan funciones coordinadas. La segmentación funcional facilita la distribución del flujo sanguíneo y la organización de las actividades metabólicas dentro de un órgano de considerable volumen.

Los lobulillos hepáticos como unidades de organización

En el nivel microscópico, el tejido hepático presenta una organización característica en unidades estructurales denominadas lobulillos hepáticos. Los hepatocitos se organizan en cordones o láminas celulares asociados a una red de sinusoides. En la representación clásica, el lobulillo posee una vena central en su región media y estructuras portales en la periferia. Las ramas de la vena porta, de la arteria hepática y de los conductos biliares se asocian en las regiones portales, mientras que la sangre circula a través de los sinusoides hacia la vena central.

Esta organización microscópica es esencial para comprender cómo un órgano de gran tamaño puede procesar de forma coordinada enormes cantidades de sangre. Los hepatocitos se encuentran distribuidos a lo largo de una extensa superficie de contacto con el sistema sinusoidal. De esta manera, cada unidad microscópica participa en el procesamiento metabólico de los componentes circulantes, mientras el conjunto de innumerables unidades funciona como una red integrada.

La estructura lobulillar también permite que los hepatocitos desarrollen una polaridad funcional especializada. Una parte de la superficie celular se relaciona con la sangre y facilita el intercambio de moléculas, mientras otra parte participa en la secreción de componentes hacia los canalículos biliares. Esta doble orientación permite que una misma célula contribuya simultáneamente al procesamiento de sustancias presentes en la sangre y a la producción de bilis.

Los hepatocitos como base celular de la función hepática

Los hepatocitos constituyen las principales células parenquimatosas del hígado y son responsables de una gran proporción de sus actividades metabólicas, secretoras y de transformación molecular. Su abundancia y especialización explican por qué el hígado necesita una masa celular considerable. Cada hepatocito participa en numerosos procesos de manera simultánea, entre ellos la síntesis de proteínas, el metabolismo de carbohidratos, lípidos y aminoácidos, la formación de componentes de la bilis y la transformación de sustancias endógenas y exógenas.

La complejidad funcional de los hepatocitos requiere una infraestructura celular particularmente desarrollada. Estas células deben recibir moléculas desde la circulación, modificarlas mediante múltiples vías metabólicas, almacenarlas o liberarlas nuevamente hacia la sangre. Al mismo tiempo, deben secretar productos hacia los canalículos biliares. La capacidad de transportar simultáneamente diferentes moléculas hacia destinos distintos constituye una de las razones por las que la biología celular del hepatocito es extraordinariamente compleja.

Por consiguiente, el gran tamaño del hígado puede interpretarse como la suma de una enorme cantidad de unidades celulares altamente especializadas. No sería posible concentrar en una pequeña cantidad de tejido todas las funciones metabólicas necesarias para procesar continuamente la gran cantidad de sangre que atraviesa el órgano. La masa hepática proporciona capacidad funcional, superficie de intercambio y reserva fisiológica.

La síntesis de proteínas y su relación con el tamaño del hígado

Una de las funciones fundamentales del hígado es la síntesis de numerosas proteínas que circulan en la sangre y participan en funciones fisiológicas esenciales. Entre ellas se encuentran la albúmina, diversos factores de coagulación y otras proteínas plasmáticas. La producción continua de estas moléculas exige una gran cantidad de hepatocitos activos y una elevada capacidad biosintética.

La síntesis de proteínas plasmáticas es un proceso continuo y dinámico. La concentración de estas moléculas debe mantenerse dentro de intervalos compatibles con el funcionamiento adecuado del organismo, lo que requiere una producción y regulación constantes. El hígado funciona, por tanto, como una gran fábrica biosintética distribuida en una extensa masa de tejido. Su tamaño se relaciona directamente con la necesidad de mantener una elevada capacidad de producción molecular durante toda la vida.

Además, el hígado participa en la modificación de proteínas y en el procesamiento de aminoácidos. Cuando los aminoácidos se utilizan para obtener energía o para sintetizar nuevas moléculas, el metabolismo nitrogenado genera productos que deben ser transformados. El hígado participa en la formación de urea, permitiendo que el nitrógeno procedente del metabolismo de los aminoácidos pueda ser eliminado posteriormente por el organismo.

El metabolismo de los carbohidratos y el almacenamiento de glucógeno

El hígado desempeña una función decisiva en la regulación de la disponibilidad de glucosa. Después de una comida, cuando aumenta la concentración de glucosa procedente de la absorción intestinal, el hígado puede convertir parte de esta glucosa en glucógeno y almacenarla. Durante el ayuno o cuando aumenta la necesidad de glucosa circulante, puede movilizar sus reservas y participar en la producción de glucosa mediante diferentes vías metabólicas.

El glucógeno hepático constituye, por tanto, una reserva metabólica de importancia sistémica. Su función no se limita al mantenimiento energético del propio hepatocito. El hígado puede movilizar estas reservas para contribuir al mantenimiento de la concentración de glucosa en la sangre y satisfacer las necesidades de otros tejidos.

La existencia de esta función de almacenamiento ayuda a comprender por qué el hígado necesita una masa considerable. El órgano debe disponer no solamente de células capaces de metabolizar glucosa en tiempo real, sino también de suficiente espacio y capacidad bioquímica para almacenar reservas y movilizarlas según las condiciones fisiológicas.

El metabolismo de los lípidos

El hígado también participa intensamente en el metabolismo de los lípidos. Puede sintetizar, transformar, oxidar y distribuir diferentes moléculas lipídicas. Asimismo, participa en la producción y secreción de lipoproteínas y en el metabolismo del colesterol y de los fosfolípidos. Estas actividades son fundamentales para el transporte de energía, la composición de las membranas celulares y la síntesis de numerosas moléculas biológicamente activas.

El metabolismo lipídico exige una regulación particularmente precisa porque el organismo debe equilibrar la disponibilidad energética, el almacenamiento de grasa, la utilización de ácidos grasos y el transporte de lípidos entre diferentes tejidos. El hígado se encuentra en una posición central dentro de este sistema porque recibe nutrientes procedentes del aparato digestivo y posee la capacidad de modificar y redistribuir numerosas moléculas antes de que alcancen la circulación sistémica.

La desintoxicación y la transformación de sustancias

El hígado protege al organismo frente a muchas sustancias potencialmente perjudiciales que alcanzan la circulación desde el aparato digestivo o desde otras fuentes. Esta función no debe entenderse como una simple eliminación directa. En muchos casos, el hígado transforma químicamente las moléculas mediante sistemas enzimáticos que pueden volverlas más fáciles de eliminar o modificar su actividad biológica.

La biotransformación de medicamentos y de otras sustancias exógenas implica múltiples reacciones metabólicas. Los sistemas enzimáticos hepáticos pueden modificar moléculas mediante reacciones iniciales de transformación y mediante reacciones posteriores de conjugación con diferentes compuestos. Estas modificaciones pueden facilitar la excreción o alterar las propiedades de las sustancias procesadas.

La enorme diversidad de compuestos que pueden llegar al hígado explica por qué este órgano requiere una capacidad metabólica tan amplia. Los alimentos, medicamentos y otros compuestos absorbidos no son químicamente idénticos ni requieren el mismo tratamiento. Por ello, una extensa población de hepatocitos con múltiples sistemas enzimáticos permite procesar un gran número de moléculas de manera simultánea.

El almacenamiento de nutrientes y micronutrientes

Además de procesar moléculas de manera inmediata, el hígado funciona como un importante órgano de almacenamiento. El glucógeno constituye una de las reservas más evidentes, pero el hígado también participa en el manejo y almacenamiento de diversas vitaminas y minerales. Esta capacidad permite que determinadas sustancias estén disponibles para el organismo incluso cuando la ingesta dietética no es constante.

El almacenamiento constituye una función fisiológica distinta del simple metabolismo. Un órgano capaz de almacenar debe conservar determinadas moléculas en condiciones adecuadas, movilizarlas cuando el organismo las necesita y evitar que su concentración circulante alcance valores perjudiciales. Estas tareas exigen sistemas especializados de transporte, almacenamiento intracelular y regulación metabólica.

La producción de bilis como función exocrina

El hígado posee una importante función exocrina relacionada con la producción y secreción de bilis. Los hepatocitos elaboran componentes que son secretados hacia los canalículos biliares, desde donde avanzan a través de un sistema organizado de conductos. La bilis permite transportar determinadas sustancias hacia el intestino y contribuye a la digestión y absorción de los lípidos.

Esta función exige una organización arquitectónica particularmente compleja. El tejido hepático debe mantener simultáneamente una red vascular para el procesamiento de la sangre y una red biliar para la conducción de las secreciones. La coexistencia de estos dos sistemas dentro de la misma masa orgánica demuestra la elevada complejidad estructural del hígado y ayuda a explicar su considerable volumen.

El hígado como órgano inmunológico

El hígado también desempeña funciones relacionadas con la vigilancia inmunológica. Debido a que recibe una gran cantidad de sangre procedente del intestino, está expuesto continuamente a nutrientes, microorganismos, productos microbianos y otros antígenos procedentes del territorio gastrointestinal. Su microcirculación especializada y sus poblaciones celulares residentes permiten que el órgano participe en la detección, procesamiento y regulación de estas señales.

Dentro de los sinusoides se encuentran células especializadas, entre ellas los macrófagos residentes denominados células de Kupffer. Estas células participan en la eliminación de microorganismos, partículas y restos celulares que llegan a la circulación hepática. Por ello, la función del hígado no puede reducirse al metabolismo de nutrientes o a la producción de bilis. El órgano también constituye una importante interfaz entre la circulación procedente del intestino y los mecanismos de defensa del organismo.

Por qué tantas funciones requieren un órgano tan grande

La explicación fundamental del gran tamaño del hígado reside en que no realiza una única función especializada. Un riñón, un músculo o una glándula pueden poseer una actividad fisiológica predominante, pero el hígado integra simultáneamente numerosas actividades que afectan a casi todos los grandes sistemas metabólicos del organismo. Procesa carbohidratos, lípidos y aminoácidos; sintetiza proteínas plasmáticas; participa en la regulación de la glucosa; produce bilis; transforma medicamentos y otras sustancias; contribuye a la eliminación de productos metabólicos; almacena reservas y participa en funciones inmunológicas y endocrinas.

Cada una de estas funciones exige células especializadas, energía, enzimas, membranas, orgánulos, sistemas de transporte y una amplia red vascular. Cuando todas estas necesidades se combinan en un único órgano, el resultado es necesariamente una gran masa de tejido funcional. El tamaño del hígado es, por tanto, una consecuencia anatómica de la magnitud de su trabajo fisiológico.

El gran volumen hepático también proporciona una importante capacidad funcional distribuida. Millones de hepatocitos trabajan de manera coordinada, pero no todos realizan exactamente las mismas actividades con la misma intensidad. La organización funcional en regiones y zonas metabólicas permite una especialización relativa dentro del parénquima. Por ejemplo, diferentes regiones del acino hepático presentan distintas condiciones de oxigenación y distintas especializaciones metabólicas, lo que permite una distribución espacial de determinadas funciones.

Esta heterogeneidad constituye otra ventaja de poseer una gran masa tisular organizada. El hígado no es simplemente un conjunto repetitivo de células idénticas. Su arquitectura permite crear microambientes funcionales en los que diferentes hepatocitos y células no parenquimatosas participan en procesos complementarios.

El hígado como centro de integración del organismo

La posición anatómica del hígado debajo del diafragma, predominantemente en el lado derecho y en estrecha relación con el estómago, el duodeno y la vesícula biliar, refleja su integración con el aparato digestivo. Su conexión con la circulación portal refleja su función como centro de procesamiento de las sustancias absorbidas. Su doble irrigación refleja sus elevadas necesidades metabólicas. Su red de sinusoides refleja la necesidad de establecer un contacto extenso entre la sangre y los hepatocitos. Su sistema biliar refleja su capacidad de secretar productos hacia el intestino.

En consecuencia, el tamaño, la posición y la estructura del hígado forman parte de un mismo sistema biológico. El órgano es grande porque debe realizar una enorme cantidad de funciones simultáneamente; está situado cerca del aparato digestivo porque debe procesar las sustancias procedentes de este sistema; se encuentra conectado a la circulación portal porque necesita recibir rápidamente los nutrientes absorbidos; posee una extensa red sinusoidal porque debe intercambiar continuamente moléculas con la sangre; y mantiene un sistema biliar propio porque debe producir y conducir una secreción indispensable para la fisiología digestiva.

La extraordinaria complejidad del hígado demuestra un principio fundamental de la biología: la anatomía y la función no son fenómenos independientes. La forma, el tamaño, la posición, la vascularización y la organización microscópica de un órgano son el resultado de las necesidades fisiológicas que debe satisfacer. En el caso del hígado, su gran tamaño constituye la manifestación anatómica de una responsabilidad metabólica excepcionalmente amplia.

Comprender el hígado permite apreciar hasta qué punto la vida depende de sistemas coordinados que trabajan de forma continua, silenciosa y extraordinariamente precisa. Cada hepatocito, cada sinusoide, cada conducto biliar y cada vaso sanguíneo participa en una red que mantiene la composición química del organismo dentro de límites compatibles con la vida. El hígado no es solamente un gran órgano situado debajo del diafragma: es uno de los principales centros de integración metabólica del cuerpo humano. Comprender su anatomía y fisiología permite reconocer la profundidad con la que la estructura biológica ha sido organizada para sostener la homeostasis.

 

 

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Fuente y lecturas recomendadas:
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Originally posted on 8 de julio de 2023 @ 6:44 PM

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