El tejido adiposo blanco, también denominado tejido adiposo unilocular, constituye uno de los componentes más dinámicos del tejido conjuntivo especializado. En el individuo adulto sano representa al menos el diez por ciento del peso corporal total, lo que pone de manifiesto su relevancia cuantitativa y funcional en la economía del organismo. Está formado principalmente por adipocitos caracterizados por la presencia de una única gran gota lipídica intracitoplasmática que desplaza el núcleo hacia la periferia celular, otorgándole un aspecto típico en anillo de sello.
Desde el punto de vista anatómico, este tejido forma la capa adiposa de la fascia subcutánea, conocida como panículo adiposo, localizada en el tejido conjuntivo subcutáneo o hipodermis. Esta disposición estratégica, inmediatamente por debajo de la piel, lo sitúa en una posición privilegiada para desempeñar funciones de reserva energética, aislamiento térmico y protección mecánica. Además, se distribuye de manera preferencial en regiones como el abdomen, la región glútea, las axilas y los muslos, lo que refleja patrones de almacenamiento regulados por factores genéticos, hormonales y metabólicos.
En el interior del organismo, el tejido adiposo blanco se encuentra en el omento mayor y el mesenterio, ambos repliegues peritoneales fundamentales para la organización de las vísceras abdominales, así como en el espacio retroperitoneal, donde suele acumularse en abundancia alrededor de los riñones. También ocupa espacios en la médula ósea y entre diversos tejidos, actuando como material de relleno estructural.
Función de almacenamiento de energía: reserva metabólica estratégica
La función primordial del tejido adiposo blanco es el almacenamiento de energía en forma de triacilglicéridos. Este almacenamiento no es un simple depósito pasivo, sino un proceso altamente regulado que permite equilibrar los periodos de abundancia y escasez energética. Cuando la ingesta calórica supera el gasto energético, los adipocitos captan ácidos grasos y glucosa, sintetizan triacilglicéridos y los almacenan en la gran gota lipídica intracelular.
En situaciones de ayuno o incremento de la demanda metabólica, estos lípidos son hidrolizados mediante procesos de lipólisis, liberando ácidos grasos libres y glicerol hacia la circulación. Los ácidos grasos son utilizados por tejidos metabólicamente activos, como el músculo esquelético, para la producción de energía mediante oxidación mitocondrial. De este modo, el tejido adiposo blanco actúa como un regulador central de la homeostasis energética, asegurando el suministro continuo de combustible.
La capacidad de expandirse o reducirse en función de las necesidades energéticas del organismo confiere al tejido adiposo una plasticidad notable. Sin embargo, existen depósitos denominados estructurales que mantienen su volumen incluso durante estados de restricción calórica severa, lo que evidencia la prioridad biológica de ciertas funciones protectoras sobre la mera reserva energética.
Aislamiento térmico y regulación de la pérdida de calor
El tejido adiposo blanco desempeña un papel crucial en la termorregulación. Su baja conductividad térmica, aproximadamente la mitad de la del músculo esquelético, limita la transferencia de calor desde el interior del cuerpo hacia el ambiente externo. Esta propiedad física convierte al panículo adiposo subcutáneo en un eficaz aislante térmico.
La reducción de la pérdida de calor es especialmente relevante en ambientes fríos, donde la conservación de la temperatura corporal resulta esencial para el mantenimiento de la actividad enzimática y de las funciones fisiológicas. Al disminuir la disipación térmica, el tejido adiposo contribuye a preservar la estabilidad del medio interno, elemento fundamental del concepto de homeostasis.
Amortiguamiento y protección de órganos vitales
Otra función esencial del tejido adiposo blanco es la protección mecánica. En múltiples localizaciones actúa como una almohadilla que absorbe impactos y distribuye fuerzas, reduciendo el riesgo de lesiones en órganos delicados. En la palma de las manos y la planta de los pies, su disposición especializada amortigua las fuerzas generadas durante la prensión y la marcha.
Asimismo, el tejido adiposo situado por debajo del pericardio visceral protege al corazón frente a traumatismos y contribuye a su estabilidad posicional dentro de la cavidad torácica. En la órbita ocular, el tejido adiposo rodea el globo ocular y facilita su movilidad al tiempo que lo protege de golpes. De manera similar, el tejido adiposo retroperitoneal protege a los riñones frente a desplazamientos y agresiones mecánicas externas.
Es notable que estos depósitos estructurales no se reducen significativamente durante periodos de restricción energética, lo que indica que su función mecánica es prioritaria para la supervivencia.
Función endocrina y secreción de adipocinas
En la actualidad, el tejido adiposo blanco es reconocido como un órgano endocrino altamente activo. Los adipocitos y las células asociadas secretan una amplia gama de moléculas señalizadoras conocidas como adipocinas, que incluyen hormonas, citocinas, factores de crecimiento y proteínas reguladoras.
La leptina constituye la adipocina más representativa. Se trata de una hormona peptídica producida casi exclusivamente por los adipocitos, cuya concentración plasmática guarda relación directa con la cantidad de tejido adiposo almacenado. La leptina actúa principalmente sobre receptores localizados en el hipotálamo, en el sistema nervioso central, donde modula circuitos neuronales implicados en el control de la ingesta alimentaria y el gasto energético. Al inhibir el apetito y estimular el metabolismo, la leptina funciona como una señal endocrina que informa al cerebro sobre la suficiencia de las reservas energéticas corporales.
Además de la leptina, el tejido adiposo secreta adiponectina, resistina, proteína de unión a retinol cuatro, visfatina, apelina, inhibidor del activador de plasminógeno uno, factor de necrosis tumoral, interleucina seis, proteína quimiotáctica de monocitos uno y angiotensinógeno. Estas moléculas participan en la regulación de la sensibilidad a la insulina, la inflamación, la angiogénesis, la coagulación y la respuesta inmunitaria. Por tanto, el tejido adiposo interviene en procesos que trascienden ampliamente el metabolismo lipídico.
Adicionalmente, el tejido adiposo posee la capacidad de intervenir en el metabolismo de esteroides, contribuyendo a la producción y conversión de hormonas como testosterona, estrógenos y glucocorticoides, lo cual influye en la regulación endocrina sistémica.
Integración funcional en la homeostasis corporal
La función del tejido adiposo blanco no puede comprenderse de manera aislada. Su papel en la homeostasis energética, la adipogénesis, el metabolismo de esteroides, la angiogénesis y la modulación inmunitaria demuestra que constituye un sistema integrador entre el estado nutricional, el sistema nervioso central, el sistema endocrino y el sistema inmunitario.
Lejos de ser un simple depósito inerte de grasa, el tejido adiposo blanco es un órgano metabólico complejo que actúa como sensor, reservorio, protector mecánico y modulador endocrino. Su correcta función es esencial para el equilibrio fisiológico, mientras que sus alteraciones se asocian con múltiples trastornos metabólicos y cardiovasculares.

Fuente y lecturas recomendadas:
- Ross, M. H. & Pawlina, W. (2020). Histología: texto y atlas: correlación con biología molecular y celular (8.ª ed.). Wolters Kluwer.
- Gartner, L. P. (2020). Textbook of Histology (5th ed.). Elsevier.
- Karp, G., Iwasa, J., & Marshall, W. (2019). Biología celular y molecular: conceptos y experimentos (8.ª ed.). McGraw-Hill Interamericana.

