El esófago es un órgano tubular muscular cuya función fundamental consiste en conducir el bolo alimentario y los líquidos desde la faringe hasta el estómago mediante una secuencia coordinada de contracciones peristálticas. Su actividad depende de la integración entre la musculatura esofágica, los esfínteres esofágicos, la inervación entérica y extrínseca, y los mecanismos sensitivos responsables de transformar estímulos mecánicos y químicos en percepciones como distensión, ardor o dolor. Por esta razón, una enfermedad esofágica puede expresarse principalmente como alteración del transporte del contenido, exposición anormal de la mucosa al contenido gástrico, lesión inflamatoria o estructural, alteración de la motilidad o modificación de la percepción visceral. Las manifestaciones clínicas resultantes no corresponden de manera exclusiva a una enfermedad determinada, sino que constituyen patrones sintomáticos que deben interpretarse conjuntamente con la historia clínica y, cuando está indicado, con la endoscopia, la monitorización ambulatoria del reflujo, el esofagograma con bario y la manometría esofágica de alta resolución.
Dos grandes problemas explican una proporción importante de las consultas por síntomas esofágicos: la dificultad para transportar adecuadamente el bolo alimentario y el contacto excesivo o anormal del contenido gástrico con el esófago. La primera situación puede deberse a una obstrucción mecánica, a una alteración inflamatoria que reduzca la luz o a una enfermedad de la motilidad. La segunda puede producir síntomas típicos de enfermedad por reflujo gastroesofágico, especialmente pirosis y regurgitación, aunque la presencia de estos síntomas por sí sola no demuestra necesariamente que exista una lesión mucosa ni establece con certeza que el reflujo sea la causa de todos los síntomas. Las pruebas fisiológicas modernas permiten distinguir entre enfermedad por reflujo, trastornos motores, alteraciones conductuales y trastornos funcionales cuando la evaluación estructural inicial no explica las manifestaciones clínicas.
La anamnesis constituye, por ello, uno de los componentes esenciales de la evaluación. No solamente interesa identificar qué síntoma presenta el paciente, sino establecer con precisión cuándo aparece, con qué alimentos se relaciona, cuánto tiempo dura, qué factores lo desencadenan o alivian y si está evolucionando. La pérdida de peso involuntaria puede indicar que la dificultad para deglutir está provocando una reducción progresiva de la ingesta o que existe una enfermedad estructural relevante. La hemorragia digestiva puede señalar lesión mucosa, ulceración u otra enfermedad que requiera investigación. El patrón de alimentación, el horario de las comidas, el consumo de alcohol y el tabaquismo también proporcionan información contextual importante, particularmente cuando se evalúan síntomas compatibles con reflujo o lesión de la mucosa. En la disfagia, la propia historia clínica puede ayudar a distinguir un problema predominantemente estructural de uno predominantemente motor y permite identificar características que incrementan la necesidad de una evaluación endoscópica.
Pirosis
La pirosis es una sensación de ardor localizada habitualmente detrás del esternón y que puede extenderse desde la región superior del abdomen hacia el tórax y, en algunos pacientes, hacia el cuello. Su característica fundamental no consiste simplemente en que exista dolor en el pecho, sino en una cualidad urente que suele relacionarse temporalmente con el reflujo del contenido gástrico hacia el esófago. La exposición de la mucosa esofágica al material refluido puede activar terminaciones sensitivas mediante mecanismos químicos y mecánicos. La percepción resultante depende tanto de la cantidad y composición del material refluido como de la sensibilidad individual del esófago. Por esta razón, la intensidad de la pirosis no se correlaciona necesariamente con la magnitud de las lesiones visibles durante la endoscopia.
La relación entre pirosis y enfermedad por reflujo gastroesofágico se explica porque el reflujo constituye el mecanismo fisiopatológico más característico de esta enfermedad. El paso retrógrado del contenido gástrico puede ocurrir de manera fisiológica en personas sanas, pero se considera patológico cuando produce síntomas problemáticos o complicaciones. La frecuencia y las circunstancias de aparición de la pirosis aportan información clínica importante: después de las comidas aumenta la cantidad de contenido presente en el estómago y pueden producirse episodios de reflujo; la posición recostada puede favorecer una exposición más prolongada del esófago al material refluido; y determinados movimientos o incrementos de la presión intraabdominal pueden favorecer el desplazamiento retrógrado del contenido. La respuesta al tratamiento con supresión de la secreción ácida puede apoyar la sospecha clínica, aunque no constituye por sí sola una demostración definitiva de que todos los síntomas sean producidos por enfermedad por reflujo.
La pirosis también puede presentarse sin erosiones visibles de la mucosa. La enfermedad por reflujo gastroesofágico comprende, entre otras posibilidades, formas en las que existe daño mucoso y formas en las que los síntomas aparecen sin erosiones endoscópicamente demostrables. Esto se debe a que la generación de síntomas depende de la interacción entre la exposición al contenido refluido, la integridad de la barrera mucosa y la sensibilidad esofágica. Además, un paciente puede experimentar síntomas atribuibles al reflujo aun cuando la endoscopia no demuestre una lesión característica; en esas circunstancias, la monitorización ambulatoria del reflujo puede aportar evidencia objetiva cuando la situación clínica lo justifica.
Regurgitación
La regurgitación se caracteriza por el desplazamiento retrógrado y generalmente pasivo del contenido gástrico o esofágico hacia el esófago proximal, la faringe o la boca. Su rasgo distintivo es que ocurre sin el conjunto de fenómenos motores y vegetativos propios del vómito. El contenido puede presentar sabor ácido o producir sensación de quemadura, debido a la presencia de material gástrico, y también puede contener alimentos parcialmente digeridos. La regurgitación relacionada con enfermedad por reflujo gastroesofágico se produce cuando el contenido gástrico atraviesa la unión entre el esófago y el estómago y asciende hacia segmentos superiores. La pirosis y la regurgitación pueden coexistir porque representan diferentes percepciones de un mismo fenómeno fisiopatológico de exposición al contenido refluido.
La relación con la postura y con los aumentos de la presión intraabdominal tiene una explicación mecánica. Cuando aumenta la presión dentro de la cavidad abdominal, el gradiente de presión entre el estómago y el esófago puede favorecer el desplazamiento retrógrado del contenido si la barrera antirreflujo no consigue impedirlo. La flexión del tronco y determinados esfuerzos pueden aumentar esta presión y desencadenar el síntoma. Sin embargo, la regurgitación no debe atribuirse automáticamente al reflujo gastroesofágico, porque también puede aparecer en trastornos de la motilidad y en alteraciones conductuales, especialmente cuando existe retención de contenido dentro del esófago. Por esta razón, la evaluación fisiológica del esófago puede ser particularmente útil en pacientes con regurgitación persistente cuya explicación no es evidente.
Es indispensable diferenciar la regurgitación del vómito. El vómito es un fenómeno motor complejo que habitualmente se acompaña de náusea y arcadas y que implica contracciones coordinadas del tracto gastrointestinal y de la musculatura abdominal. La regurgitación, en cambio, puede ocurrir sin náusea y sin arcadas, por lo que el contenido retorna de manera relativamente pasiva. Esta diferencia es clínicamente importante porque orienta hacia mecanismos fisiopatológicos diferentes y evita atribuir todos los episodios de retorno de alimentos a una enfermedad gástrica.
También debe distinguirse la regurgitación de la rumiación. En el síndrome de rumiación, el contenido ingerido recientemente vuelve a la boca de manera repetida después de las comidas y puede ser nuevamente deglutido. Se trata de un fenómeno conductual relacionado con un patrón motor adquirido, y no simplemente de episodios espontáneos de reflujo ácido. La diferenciación resulta especialmente importante porque los estudios fisiológicos pueden identificar patrones compatibles con rumiación y porque el tratamiento debe dirigirse al mecanismo conductual correspondiente en lugar de asumir que existe únicamente una alteración de la secreción ácida.
Dolor torácico
El dolor torácico de origen esofágico constituye una manifestación particularmente relevante porque puede reproducir las características clínicas del dolor de origen cardiovascular. El esófago y el corazón comparten vías de procesamiento sensitivo visceral en el sistema nervioso central, por lo que el cerebro puede interpretar estímulos procedentes del esófago como una sensación localizada en el centro del tórax. Esta convergencia explica por qué el paciente puede describir un dolor opresivo retroesternal que se irradia hacia la espalda, el cuello, la mandíbula o las extremidades superiores, aun cuando el estímulo inicial proceda del esófago.
La distensión de la pared esofágica puede activar mecanorreceptores y producir dolor cuando el grado de distensión o la sensibilidad visceral son suficientes. De manera semejante, la exposición a sustancias químicamente irritantes puede activar aferencias sensitivas de la mucosa. En los trastornos motores, las contracciones anormales también pueden contribuir a la aparición de dolor. Esto explica por qué el dolor torácico esofágico no constituye una enfermedad única, sino una manifestación final común de diferentes mecanismos. Los trastornos de la motilidad, el reflujo gastroesofágico y los trastornos funcionales pueden producirlo mediante mecanismos fisiológicos diferentes.
El reflujo gastroesofágico representa una de las causas esofágicas más frecuentes de dolor torácico no cardiaco. La asociación epidemiológica es importante: las personas con síntomas de enfermedad por reflujo gastroesofágico presentan una probabilidad considerablemente mayor de manifestar dolor torácico no cardiaco. No obstante, la similitud entre el dolor esofágico y el cardiaco impide establecer el origen exclusivamente a partir de las características del dolor. Por ello, ante un dolor torácico con características potencialmente cardiovasculares, la exclusión apropiada de una causa cardiaca constituye una prioridad clínica antes de atribuir el síntoma al esófago.
Una vez descartada una causa cardiaca y cuando se sospecha un origen esofágico, la evaluación puede orientarse de acuerdo con el patrón clínico. La investigación del reflujo puede utilizar endoscopia y monitorización ambulatoria del reflujo; cuando estas investigaciones no explican el síntoma y persiste la sospecha de un trastorno motor, la manometría esofágica de alta resolución permite evaluar objetivamente la actividad contráctil del esófago. Si las investigaciones no muestran una alteración estructural, de reflujo o motora que explique el dolor, puede considerarse un trastorno funcional caracterizado por una alteración de la percepción visceral y del procesamiento del dolor.
Disfagia esofágica
La disfagia es la percepción de dificultad o alteración del tránsito normal del alimento durante la deglución. En la disfagia esofágica, el paciente suele describir que el alimento se detiene, se queda adherido o parece alojarse después de haber iniciado correctamente la deglución. Esta sensación puede localizarse en el cuello o en el tórax, pero la localización percibida por el paciente no siempre coincide con el sitio anatómico real de la lesión. Las lesiones situadas en segmentos distales pueden percibirse como si el alimento se hubiera detenido en una región más proximal. Por ello, la localización subjetiva del síntoma no debe utilizarse de manera aislada para determinar el sitio de la enfermedad.
Una de las características clínicas más importantes es determinar si la disfagia aparece con alimentos sólidos, con líquidos o con ambos. Cuando el problema aparece predominantemente con sólidos, debe considerarse inicialmente la posibilidad de una reducción mecánica de la luz esofágica, como ocurre con una estenosis, un anillo, una lesión inflamatoria que produzca estrechamiento o un tumor. Un sólido requiere una luz suficientemente amplia para atravesar el esófago; por ello, una reducción de su calibre puede manifestarse inicialmente como dificultad para el paso de alimentos de mayor consistencia. A medida que una obstrucción mecánica progresa y disminuye todavía más el diámetro luminal, la dificultad puede extenderse posteriormente a alimentos de menor consistencia y líquidos.
Cuando la disfagia aparece desde el principio tanto con sólidos como con líquidos, la posibilidad de un trastorno de la motilidad adquiere mayor importancia. En estos pacientes, el problema no consiste necesariamente en que la luz esté estrechada, sino en que el esófago no consigue generar o coordinar adecuadamente las contracciones necesarias para transportar el contenido. La acalasia constituye el ejemplo clásico: se caracteriza por una relajación insuficiente del esfínter esofágico inferior durante la deglución y por pérdida de la peristalsis normal del cuerpo esofágico. Como consecuencia, tanto líquidos como sólidos pueden acumularse en el esófago y producir disfagia, regurgitación y, en algunos casos, dolor torácico y pérdida de peso.
La clasificación moderna de los trastornos motores demuestra por qué la disfagia no puede interpretarse únicamente como una consecuencia de una obstrucción. La manometría esofágica de alta resolución permite analizar la relajación de la unión esofagogástrica y el patrón de contracción del cuerpo esofágico. La clasificación de Chicago versión 4.0 distingue diferentes alteraciones, entre ellas la acalasia, la obstrucción del flujo de salida de la unión esofagogástrica, el espasmo esofágico distal, el esófago hipercontráctil, la motilidad esofágica ineficaz y la contractilidad ausente. Cada uno de estos patrones puede generar síntomas obstructivos, aunque su fisiopatología y su tratamiento sean diferentes.
La disfagia también debe diferenciarse de la disfagia orofaríngea. En la disfagia orofaríngea existe dificultad para iniciar la deglución y pueden aparecer tos, atragantamiento, aspiración o regurgitación nasal. Estos fenómenos indican alteración de las fases oral o faríngea de la deglución y tienen especial importancia por el riesgo de aspiración pulmonar. En cambio, en la disfagia esofágica el paciente suele iniciar la deglución de manera adecuada y posteriormente percibe que el alimento se detiene durante su tránsito por el esófago. La ausencia de síntomas orofaríngeos favorece, por tanto, la localización esofágica, aunque no permite excluirla de manera absoluta únicamente mediante la historia clínica.
La evolución temporal también proporciona información. Una disfagia progresiva, especialmente cuando se acompaña de pérdida de peso, obliga a investigar cuidadosamente una lesión estructural. Una disfagia intermitente puede aparecer con alteraciones mecánicas que producen obstrucción variable o con trastornos motores episódicos. Sin embargo, estos patrones no son diagnósticos por sí mismos. La evaluación contemporánea recomienda que, después de excluir una causa orofaríngea, la endoscopia con biopsias tenga un papel central para identificar lesiones estructurales e inflamatorias. Si la endoscopia no explica los síntomas, la manometría esofágica de alta resolución se utiliza para investigar los trastornos de la motilidad. El esofagograma con bario constituye una herramienta complementaria particularmente útil para valorar el tránsito y la retención del bolo.
La importancia de obtener biopsias durante la evaluación endoscópica se debe, entre otras razones, a que algunas enfermedades inflamatorias pueden producir disfagia sin que la alteración estructural sea suficientemente evidente. La esofagitis eosinofílica constituye un ejemplo importante de enfermedad inflamatoria que puede manifestarse con disfagia y cuya confirmación requiere evaluación histológica. Por ello, una endoscopia aparentemente poco llamativa no siempre excluye una enfermedad mucosa relevante si no se han obtenido las biopsias apropiadas cuando existe indicación clínica.
Odinofagia
La odinofagia corresponde a la aparición o intensificación del dolor durante el acto de deglutir. A diferencia de la disfagia, que describe una alteración o dificultad del tránsito, la odinofagia enfatiza el componente doloroso. Ambas manifestaciones pueden coexistir porque una lesión inflamatoria o ulcerativa puede dificultar el paso del bolo y, simultáneamente, activar terminaciones sensitivas de la mucosa cuando el alimento entra en contacto con la zona lesionada.
La odinofagia adquiere particular importancia cuando existe inflamación o ulceración de la mucosa esofágica. La esofagitis inducida por medicamentos constituye un ejemplo característico: determinados fármacos pueden permanecer en contacto prolongado con la pared esofágica y producir una lesión química directa. La lesión resultante puede manifestarse mediante dolor retroesternal, disfagia u odinofagia y, en casos más graves, puede producir ulceración intensa, estenosis o, excepcionalmente, perforación.
La esofagitis infecciosa también puede producir odinofagia porque la inflamación y las lesiones ulcerativas hacen que el contacto del bolo con la mucosa desencadene dolor. Por ello, cuando la odinofagia es prominente, especialmente si se acompaña de disfagia o dolor retroesternal, debe considerarse la posibilidad de una lesión mucosa y no interpretarse automáticamente como una manifestación típica de enfermedad por reflujo. En la enfermedad por reflujo gastroesofágico, cuando existe odinofagia, la presencia de erosiones profundas o ulceración puede explicar que la deglución sea dolorosa. La característica diferencial es que el dolor está directamente relacionado con el paso del bolo o con la deglución.
Sensación de globo faríngeo
La denominada sensación de globo faríngeo consiste en la percepción persistente o intermitente de una masa, cuerpo extraño, presión o plenitud en la garganta, habitualmente sin que exista un objeto que la obstruya. Una característica distintiva es que puede mejorar durante la alimentación o con la deglución. Esta característica ayuda a diferenciarla de la disfagia verdadera, porque en la disfagia el acto de deglutir es precisamente el momento en el que aparece o se hace evidente la dificultad para transportar el alimento.
La fisiopatología del globo faríngeo es compleja y no puede atribuirse exclusivamente a factores psicológicos. Se han relacionado con esta manifestación diferentes mecanismos, entre ellos alteraciones de la función faringoesofágica, fenómenos de irritación o inflamación, enfermedad por reflujo gastroesofágico, modificaciones de la sensibilidad visceral y factores psicosociales. La evidencia disponible indica que estas variables pueden interactuar y que no existe un único mecanismo capaz de explicar todos los casos.
La relación con la ansiedad y otros trastornos psicológicos merece una interpretación cuidadosa. Los pacientes con globo pueden presentar niveles elevados de ansiedad o comorbilidad psiquiátrica, y estos factores pueden modificar la intensidad con la que se perciben las sensaciones faríngeas y el grado de sufrimiento asociado. Sin embargo, la evidencia contemporánea no justifica considerar el globo simplemente como una manifestación de ansiedad ni utilizar una explicación psicológica como sustituto de una valoración clínica adecuada. La investigación actual favorece un modelo biopsicosocial en el que factores periféricos y centrales pueden contribuir simultáneamente a la percepción del síntoma.
La diferencia entre globo faríngeo y disfagia tiene consecuencias diagnósticas importantes. Un paciente que describe una sensación de cuerpo extraño independiente del paso de los alimentos y que mejora al comer puede presentar globo, mientras que un paciente que manifiesta que los alimentos no atraviesan adecuadamente el esófago presenta un síntoma obstructivo que requiere una evaluación diferente. La presencia de disfagia, odinofagia, pérdida de peso, hemorragia u otros signos de alarma modifica sustancialmente la prioridad diagnóstica porque aumenta la posibilidad de una enfermedad estructural, inflamatoria o neoplásica.
Integración fisiopatológica de las manifestaciones
Las seis manifestaciones descritas pueden entenderse como expresiones de cuatro mecanismos generales que frecuentemente se superponen. El primero es el reflujo del contenido gástrico hacia el esófago, que explica principalmente la pirosis y la regurgitación y que también puede participar en determinados casos de dolor torácico y globo faríngeo. El segundo es la obstrucción mecánica, que altera el tránsito del bolo y produce disfagia, inicialmente más evidente con sólidos cuando la reducción del calibre es parcial. El tercero es la alteración de la motilidad, que puede producir disfagia tanto para sólidos como para líquidos, regurgitación por retención del contenido y dolor torácico por contracciones anormales o distensión. El cuarto es la lesión inflamatoria o ulcerativa de la mucosa, que puede generar odinofagia, dolor y disfagia.
Estos mecanismos pueden coexistir en una misma persona. Por ejemplo, una enfermedad por reflujo gastroesofágico puede causar inflamación de la mucosa y producir pirosis, mientras que una estenosis secundaria al daño crónico puede añadir disfagia. De forma semejante, un trastorno motor puede provocar retención del contenido esofágico y regurgitación, y la distensión resultante puede generar dolor torácico. Esta superposición explica por qué la identificación de un solo síntoma rara vez permite establecer por sí misma el diagnóstico etiológico.
La relación entre los síntomas y las alteraciones objetivas tampoco es perfecta. La intensidad de la percepción depende de la integridad de la mucosa, de la sensibilidad visceral y del procesamiento central de las señales aferentes. En consecuencia, dos personas expuestas a un estímulo esofágico semejante pueden experimentar síntomas de intensidad diferente. Del mismo modo, una lesión anatómica importante puede producir pocos síntomas en algunos pacientes, mientras que una alteración fisiológica sin lesión visible puede generar síntomas intensos en otros. Esta discrepancia constituye una de las razones por las que la evaluación de los síntomas esofágicos requiere integrar la información clínica con pruebas estructurales y fisiológicas seleccionadas de acuerdo con el patrón de presentación.
La anamnesis no representa únicamente una etapa preliminar antes de solicitar estudios, sino una herramienta diagnóstica que permite formular hipótesis fisiopatológicas. La relación con las comidas y con la posición corporal orienta hacia el reflujo; la presencia de retorno pasivo de alimentos diferencia la regurgitación del vómito; la asociación del dolor con la deglución orienta hacia una lesión mucosa; la combinación de disfagia para sólidos y líquidos hace considerar un trastorno motor; la disfagia predominantemente para sólidos obliga a investigar una obstrucción mecánica; y la sensación de cuerpo extraño independiente de la deglución favorece el diagnóstico de globo faríngeo cuando no existen signos de alarma. Sin embargo, estos patrones deben considerarse orientadores y no sustituyen la confirmación diagnóstica cuando existe indicación para estudios objetivos.
La importancia clínica de reconocer correctamente estas manifestaciones reside, finalmente, en que un mismo síntoma puede representar enfermedades de gravedad y tratamiento muy diferentes. La pirosis puede corresponder a enfermedad por reflujo gastroesofágico, pero también puede formar parte de un trastorno funcional de la interacción entre el intestino y el sistema nervioso. La regurgitación puede deberse a reflujo, pero también a retención esofágica o rumiación. El dolor torácico puede originarse en el reflujo, en un trastorno motor o en un trastorno funcional, pero antes debe considerarse la posibilidad de una causa cardiaca. La disfagia puede ser consecuencia de una estenosis, un anillo, una neoplasia, una enfermedad inflamatoria o un trastorno motor. La odinofagia orienta especialmente hacia lesión mucosa cuando el dolor se relaciona directamente con la deglución. El globo faríngeo puede relacionarse con múltiples mecanismos y no debe reducirse exclusivamente a una causa psicológica.
Por ello, las manifestaciones de la enfermedad esofágica deben interpretarse como el resultado de la interacción entre anatomía, motilidad, exposición química, integridad de la mucosa y percepción visceral. La comprensión de estas relaciones permite explicar por qué síntomas aparentemente semejantes pueden proceder de mecanismos diferentes y por qué síntomas diferentes pueden ser producidos por una misma enfermedad. Esta perspectiva fisiopatológica constituye la base para seleccionar de manera racional la endoscopia, las biopsias, el esofagograma con bario, la monitorización ambulatoria del reflujo y la manometría esofágica de alta resolución, evitando tanto la atribución prematura de los síntomas a una causa específica como la realización indiscriminada de estudios que no responden a la pregunta clínica planteada.
Fuente y lecturas recomendadas:
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Originally posted on 3 de enero de 2023 @ 2:06 PM


