El útero, también denominado matriz, es una estructura anatómica esencial del aparato reproductor femenino cuya conformación y propiedades responden de manera precisa a su función biológica. Se trata de un órgano con paredes predominantemente musculares y un espacio interno definido, lo que le confiere tanto resistencia como capacidad de distensión. Esta combinación resulta indispensable para adaptarse a los profundos cambios de tamaño y forma que ocurren a lo largo del ciclo reproductivo y, en particular, durante el embarazo.
La cavidad uterina se encuentra revestida por una capa de tejido mucoso especializado, el endometrio, cuya función principal es crear un ambiente fisiológico adecuado para la implantación del óvulo fecundado. Este tejido experimenta modificaciones cíclicas reguladas por hormonas sexuales, de modo que puede nutrir al embrión en sus primeras etapas y permitir el establecimiento de la placenta, órgano clave para el intercambio de gases, nutrientes y productos de desecho entre la madre y el organismo en desarrollo. Gracias a estas adaptaciones, el útero no solo recibe el huevo fecundado, sino que también lo protege y sostiene durante todo el periodo de gestación.
A medida que el embrión crece y se transforma en feto, la naturaleza hueca y elástica del útero posibilitan su expansión progresiva sin comprometer la integridad de los tejidos maternos ni fetales. Las fibras musculares lisas de su pared, organizadas de manera compleja, permiten mantener al feto contenido y estable durante meses. Al final del embarazo, estas mismas fibras adquieren un papel activo fundamental, ya que su capacidad de contraerse de forma coordinada hace posible la expulsión del feto durante el parto. De este modo, la estructura muscular, la cavidad interna y el revestimiento mucoso del útero se integran funcionalmente para cumplir con las etapas de implantación, desarrollo y nacimiento.
Configuración externa del útero
Desde el punto de vista morfológico, el útero es un órgano impar y mediano cuya forma general recuerda a un cono aplanado en sentido anteroposterior. Esta disposición no es arbitraria, sino que responde a su localización dentro de la cavidad pélvica y a las relaciones que mantiene con los órganos vecinos. La base de este cono se orienta hacia arriba, mientras que su extremo inferior, truncado, se continúa con la porción superior de la vagina, en la que se inserta de manera firme y funcional.
El útero se sitúa entre dos órganos de importancia vital. Por delante se relaciona estrechamente con la vejiga urinaria, lo que explica la convexidad de su cara anterior, mientras que por detrás se encuentra el recto, relación que condiciona la forma y orientación de su cara posterior. Esta posición central dentro de la pelvis menor le permite cumplir su función reproductiva sin interferir de manera permanente con las funciones urinarias o digestivas.
Desde el punto de vista descriptivo, el útero se divide en tres regiones claramente diferenciadas: una porción superior voluminosa llamada cuerpo uterino, una porción inferior más estrecha denominada cuello del útero, y una región intermedia de transición conocida como istmo uterino. Cada una de estas partes presenta características morfológicas propias que reflejan funciones específicas dentro del ciclo reproductivo.
Cuerpo del útero
El cuerpo del útero constituye la porción más amplia y desarrollada del órgano. Es la región destinada a albergar el embarazo y, por lo tanto, la que experimenta los mayores cambios estructurales durante la gestación. Presenta dos caras, un borde superior y dos bordes laterales.
La cara anterior, también llamada vesical, es convexa, lisa y regular. Su convexidad se adapta a la forma de la vejiga urinaria, con la cual mantiene una relación anatómica directa. Esta superficie carece de relieves marcados, lo que facilita el deslizamiento entre ambos órganos durante los cambios de volumen vesical y uterino.
La cara posterior, conocida como intestinal, también es convexa, pero presenta en la línea media una elevación longitudinal que constituye el vestigio de la fusión embrionaria de los conductos paramesonéfricos. Esta cresta es un elemento de gran interés embriológico, ya que evidencia el origen del útero a partir de dos estructuras pares que se unen durante el desarrollo fetal.
El borde superior del cuerpo uterino recibe el nombre de fondo del útero. Esta es la región más ancha del órgano y tiene una relevancia clínica y obstétrica considerable, ya que su altura y consistencia se utilizan como indicadores del crecimiento uterino durante el embarazo. En los extremos laterales del fondo se forman los cuernos uterinos, zonas donde se insertan las trompas uterinas. El fondo se eleva por encima del nivel de la desembocadura de dichas trompas, lo que contribuye a la configuración característica del órgano.
Los bordes laterales del cuerpo uterino son gruesos y describen una curvatura compleja: son cóncavos de arriba hacia abajo y convexos de adelante hacia atrás. Estas regiones no se observan libremente, ya que se encuentran cubiertas por las hojas del peritoneo que forman los ligamentos anchos. A través de estos bordes penetran y emergen los principales vasos sanguíneos y nervios del útero, lo que convierte a estas zonas en áreas clave desde el punto de vista vascular y funcional.
Istmo del útero
El istmo uterino es una porción corta y estrecha que conecta el cuerpo con el cuello del útero. Su longitud aproximada es de un centímetro, y representa la región más angosta del órgano. Aunque sus límites no siempre se distinguen con claridad, su presencia se reconoce por una ligera depresión o surco visible en la cara anterior y en las superficies laterales, mientras que en la cara posterior esta delimitación suele estar atenuada o ausente.
Desde el punto de vista funcional, el istmo adquiere gran importancia durante el embarazo, ya que participa en la formación del segmento inferior del útero. Esta región experimenta modificaciones notables a medida que avanza la gestación, lo que demuestra que su aparente simplicidad anatómica contrasta con su relevancia fisiológica.
Cuello del útero
El cuello del útero, también denominado cérvix, corresponde al tercio inferior del órgano y presenta una forma aproximadamente cónica o casi cilíndrica. Sus dimensiones habituales oscilan entre ocho y doce milímetros de longitud, con un ancho aproximado de dos a dos coma cinco centímetros. A pesar de su menor tamaño en comparación con el cuerpo uterino, el cuello cumple funciones esenciales en la protección del contenido uterino y en la regulación del paso entre el útero y la vagina.
En el extremo inferior del cuello se localiza el orificio externo del útero, que generalmente es redondeado, aunque en muchas ocasiones se encuentra delimitado por dos labios transversales, uno anterior y otro posterior. Este orificio constituye la comunicación directa con la vagina y su morfología puede variar según antecedentes obstétricos.
La vagina se inserta alrededor del cuello uterino mediante una superficie circunferencial cuya altura varía entre seis y ocho milímetros. Esta inserción no es horizontal, sino oblicua, con una orientación de arriba hacia abajo y de atrás hacia adelante, lo que da lugar a una porción del cuello situada por encima de la vagina, denominada porción supravaginal.
La porción vaginal del cuello es la única parte del útero que puede observarse directamente desde el exterior mediante exploración vaginal. Entre el cuello y las paredes vaginales se forma un espacio circular profundo conocido como fórnix vaginal, que se divide en cuatro regiones: una anterior, una posterior y dos laterales. Estas depresiones tienen importancia clínica, ya que permiten el acceso indirecto a estructuras pélvicas durante procedimientos diagnósticos.
El límite superior de la porción supravaginal del cuello está marcado por el orificio anatómico interno del útero, estructura que establece la separación entre el cuello uterino y el istmo. Este punto de transición es fundamental tanto desde el punto de vista anatómico como funcional, ya que regula el pasaje entre las distintas regiones del órgano uterino.
Ubicación del útero en la pelvis
La localización del útero dentro de la pelvis femenina no es fija ni rígida, sino el resultado de un equilibrio dinámico entre su morfología, sus medios de sostén y las relaciones que mantiene con los órganos vecinos. Para comprender correctamente esta ubicación es necesario analizar tres aspectos fundamentales: la posición, la versión y la flexión del útero. Estos conceptos permiten describir con precisión cómo se orienta el órgano tanto con respecto a la pelvis ósea como dentro de sí mismo.
Posición del útero
La posición uterina establece la relación global del útero con la pelvis ósea. En condiciones normales, el útero se encuentra situado aproximadamente en el centro de la excavación pelviana, es decir, en la porción inferior de la pelvis delimitada por el estrecho superior y el estrecho inferior. Cuando el órgano se halla vacío, su localización queda por debajo del plano de la abertura superior de la pelvis, lo que confirma su carácter de órgano intrapélvico.
Esta disposición central permite que el útero mantenga relaciones equilibradas con la vejiga urinaria por delante y con el recto por detrás, sin ejercer presión constante sobre ninguno de ellos. La posición uterina puede variar levemente según el grado de llenado vesical o rectal, pero en condiciones fisiológicas conserva su ubicación general dentro de la cavidad pélvica.
Versión del útero
La versión uterina describe la relación entre el eje longitudinal del útero y el eje longitudinal de la pelvis. Ambos ejes no son paralelos, sino que se cruzan a nivel del istmo uterino. Como consecuencia de esta disposición, el cuerpo del útero se proyecta hacia la hemipelvis anterior, mientras que el cuello uterino se orienta hacia la hemipelvis posterior.
Esta inclinación hacia adelante del cuerpo uterino recibe el nombre de anteversión y constituye la situación más frecuente en la mujer en edad reproductiva. Debido a esta orientación, el eje del cuello uterino forma un ángulo con el eje longitudinal de la vagina que se abre hacia adelante y hacia abajo. Este ángulo explica que el orificio externo del útero se dirija habitualmente hacia la pared posterior de la vagina, hecho de gran importancia para la exploración ginecológica y para comprender la dinámica del paso de secreciones y del semen.
La versión, al igual que la posición, se refiere a la relación del útero con la cavidad pélvica en su conjunto y no a la forma interna del órgano.
Flexión del útero
La flexión uterina se refiere a la relación interna entre el eje longitudinal del cuerpo del útero y el eje longitudinal del cuello. Ambos ejes se intersectan a nivel del istmo uterino, formando un ángulo que, en condiciones fisiológicas, es aproximadamente de noventa y cinco grados y se abre hacia abajo y hacia adelante.
Esta disposición recibe el nombre de anteflexión y completa la configuración anatómica habitual del útero. A diferencia de la posición y la versión, la flexión es una relación intrínseca del órgano, ya que describe cómo se pliega el cuerpo uterino sobre el cuello. La anteflexión contribuye a que el útero adopte una forma ligeramente curvada hacia adelante, lo que favorece su adaptación al espacio pélvico y su relación con la vejiga urinaria.
Configuración habitual y distopias genitales
En la mayoría de las mujeres en edad reproductiva, el útero se presenta en anteversoflexión, lo que significa que se encuentra inclinado hacia adelante con respecto a la pelvis y, al mismo tiempo, flexionado hacia adelante sobre su cuello. Esta es considerada la situación fisiológica más frecuente.
Sin embargo, la posición, la versión y la flexión pueden alterarse por diversas causas, como debilidad de los medios de sostén, embarazos múltiples, procesos inflamatorios o tumores. Estas modificaciones reciben el nombre genérico de distopias genitales y pueden tener repercusiones clínicas, tanto funcionales como reproductivas.
Variaciones del útero a lo largo de la vida
El útero no es un órgano estático, sino que experimenta cambios significativos a lo largo de la vida de la mujer, influido principalmente por las hormonas sexuales y por los embarazos.
Durante la gestación, el cuerpo uterino aumenta de manera notable su volumen y su capacidad, adaptándose al crecimiento progresivo del embrión y del feto. El cuello uterino, por su parte, se ablanda y pierde progresivamente su longitud, proceso conocido como borramiento, que prepara el canal cervical para el parto.
Después de uno o varios partos, el cuello del útero suele volverse más voluminoso y su orificio externo se presenta más abierto, irregular y, en ocasiones, con pequeños desgarros cicatrizados. El cuerpo uterino también puede adquirir una forma más ancha y aplanada en comparación con el útero de una mujer que no ha tenido gestaciones.
Tras la menopausia, la disminución de la estimulación hormonal provoca una atrofia progresiva del útero. El órgano reduce su tamaño, sus paredes se adelgazan y su actividad funcional disminuye de manera significativa.
Alteraciones en el desarrollo embrionario pueden dar lugar a variaciones congénitas de la forma uterina, como úteros dobles, bífidos o bicornes, que reflejan una fusión incompleta de los conductos embrionarios. En casos de ausencia congénita de la vagina, el útero puede no presentar una comunicación con el exterior, lo que tiene importantes implicancias anatómicas y funcionales.
Configuración interna y constitución anatómica
El interior del útero está constituido por una cavidad central cuya forma responde a la organización general del órgano. Dicha cavidad se encuentra aplanada en sentido anteroposterior, lo que refleja la disposición del útero entre la vejiga urinaria y el recto. Esta cavidad no es un espacio aislado, sino que establece comunicaciones precisas con otras porciones del aparato reproductor femenino.
En su parte inferior, la cavidad uterina se continúa con la vagina a través del orificio externo del útero, mientras que en su porción superior y en ambos extremos laterales se comunica con las trompas uterinas mediante los orificios uterinos de las trompas. Gracias a estas conexiones, el útero ocupa una posición central en el trayecto que siguen los gametos y, eventualmente, el embrión.
La cavidad uterina presenta variaciones de calibre según el nivel considerado. En el cuerpo del útero es relativamente amplia, lo que permite la implantación y el desarrollo del embrión. A medida que desciende hacia el istmo y el cuello, la cavidad se estrecha progresivamente, formando un conducto más reducido. En el interior del cuello uterino, la superficie de la mucosa muestra una serie de pliegues oblicuos que se dirigen hacia abajo y hacia la línea media. El conjunto de estas estriaciones da lugar a una disposición característica conocida como el llamado “árbol de la vida”.
Esta región constituye el conducto cervical, que, a pesar de su estrechez, puede ser atravesado con relativa facilidad por los espermatozoides. Al mismo tiempo, cumple una función protectora, ya que actúa como una barrera frente a la flora microbiana habitual de la vagina. Gracias a este mecanismo, en condiciones fisiológicas la cavidad uterina se mantiene estéril, lo que resulta fundamental para la protección del embrión en las etapas iniciales de la gestación.
Desde el punto de vista histológico y estructural, la pared uterina está formada por tres capas concéntricas claramente diferenciadas: una capa interna mucosa, una capa media muscular y una capa externa serosa. Cada una de estas capas presenta características específicas que se relacionan directamente con la función del órgano.
Mucosa uterina o endometrio
La mucosa uterina, denominada endometrio, tapiza la cavidad del útero y no es uniforme en toda su extensión. En el cuerpo del útero, el endometrio está formado por glándulas tubulares simples que se encuentran inmersas en un tejido conjuntivo especializado llamado estroma. Estas glándulas están revestidas por un epitelio cilíndrico ciliado, cuyas células participan en la secreción y en el mantenimiento de un ambiente adecuado para la implantación embrionaria.
En el endometrio del cuerpo uterino se distinguen dos capas bien definidas. La capa funcional es la más superficial y es la que experimenta cambios cíclicos a lo largo del ciclo menstrual. Esta capa se engruesa, se vasculariza y, en ausencia de fecundación, se desintegra y se elimina durante la menstruación. En contraste, la capa basal es más profunda y no se descama; su función es regenerar la capa funcional en cada nuevo ciclo.
En la porción vaginal del cuello del útero, el epitelio cambia de tipo y se transforma en un epitelio pavimentoso estratificado, similar al de la vagina. En esta región, la mucosa contiene glándulas de disposición tubular o agrupadas, que producen una secreción mucosa. Este líquido cervical desempeña un papel importante en la supervivencia y el desplazamiento de los espermatozoides. Cuando estas glándulas se obstruyen, pueden formarse pequeños quistes benignos conocidos como quistes de Naboth.
El endometrio es un tejido altamente dinámico. A lo largo del ciclo menstrual se exfolia y sangra durante la menstruación, mientras que en el embarazo se transforma profundamente para permitir la inserción de la placenta. El estado del endometrio puede evaluarse mediante estudios citológicos o biopsias, ya que sus modificaciones reflejan con fidelidad la influencia de las hormonas producidas por los ovarios.
Capa muscular o miometrio
La capa media del útero está constituida por músculo liso y recibe el nombre de miometrio. Es la porción más gruesa de la pared uterina y la responsable de la notable capacidad contráctil del órgano. El miometrio está organizado en tres capas concéntricas de fibras musculares, cuya disposición compleja permite una contracción eficaz y coordinada.
La capa externa está formada principalmente por fibras musculares longitudinales que rodean el fondo del útero en forma de herradura, junto con fibras transversales que se extienden de un borde lateral al otro, adoptando en algunos sectores una disposición circular.
La capa media es la más desarrollada y presenta una organización plexiforme, con fibras que se entrecruzan en múltiples direcciones. En esta capa abundan las fibras dispuestas de forma circular y se alojan los principales vasos sanguíneos del útero, lo que le confiere una gran importancia desde el punto de vista funcional y vascular.
La capa interna del miometrio es comparable a la capa externa y se caracteriza por la presencia predominante de fibras longitudinales, aunque en algunas regiones estas fibras adoptan trayectos oblicuos o circulares, especialmente en los cuernos uterinos.
Durante el embarazo, las fibras musculares del miometrio se distienden de manera considerable para permitir el crecimiento del feto, pero conservan su capacidad contráctil. Esta propiedad resulta esencial en el momento del parto, cuando las contracciones uterinas permiten la expulsión del feto. El miometrio es también el tejido donde con mayor frecuencia se desarrollan tumores benignos conocidos como leiomiomas uterinos.
Serosa o perimetrio
La capa más externa del útero es la serosa, también llamada perimetrio. Está constituida por el peritoneo, que recubre solo una parte del órgano. Esta capa facilita el deslizamiento del útero con respecto a las estructuras vecinas y contribuye a su integración dentro de la cavidad pélvica.
Medios de fijación del útero
El útero se localiza en la pelvis menor, interpuesto entre la vejiga urinaria por delante y el recto por detrás. En condiciones fisiológicas, este órgano no se encuentra rígidamente inmovilizado, sino que presenta una movilidad limitada y controlada. Habitualmente está inclinado hacia adelante, situación conocida como anteversión, y forma con el eje de la vagina un ángulo abierto hacia anterior. Sin embargo, su posición puede modificarse de manera transitoria en función del grado de llenado de la vejiga urinaria o del recto, así como por cambios posturales. Estas variaciones se producen dentro de límites anatómicos precisos que no deben sobrepasarse.
La estabilidad del útero se basa en un equilibrio entre movilidad y fijación. Esta condición se logra gracias a una serie de estructuras anatómicas que, actuando de manera conjunta, mantienen al órgano en su posición normal dentro de la pelvis. Estos dispositivos constituyen los medios de fijación del útero e incluyen el peritoneo, diversos ligamentos, las inserciones vaginales y el piso pelviano.
Papel del peritoneo en la fijación uterina
El peritoneo reviste parcialmente al útero y contribuye a su sostén mediante pliegues y reflexiones que lo conectan con las paredes pélvicas y con los órganos vecinos. Se adhiere firmemente al cuerpo del útero tanto en su cara vesical como en su cara intestinal, donde resulta prácticamente inseparable del músculo uterino. En la región posterior desciende más profundamente, formando el fondo de saco rectouterino, mientras que por delante se refleja a nivel del fondo de saco vesicouterino.
En el istmo uterino, la cara posterior está cubierta por peritoneo, mientras que la cara anterior carece de este revestimiento y es subperitoneal. Al llegar a los bordes laterales del útero, las hojas anterior y posterior del peritoneo se separan y se extienden hacia las paredes laterales de la pelvis, constituyendo el ligamento ancho del útero. Esta formación peritoneal envuelve a las trompas uterinas, aloja los vasos uterinos y es atravesada en su base por los uréteres, lo que le confiere una gran importancia topográfica y clínica.
El peritoneo cubre casi por completo la superficie externa de la porción supravaginal del útero, con excepción de los bordes laterales y de la cara anterior del cuello uterino.
Ligamento redondo del útero
El ligamento redondo del útero desempeña un papel fundamental en el mantenimiento de la anteversión uterina. Se extiende desde la parte anterior de cada cuerno uterino, por delante y por debajo de la trompa uterina, y se dirige hacia adelante y lateralmente. En su trayecto, eleva el peritoneo del ligamento ancho y forma un pliegue peritoneal anterior.
Posteriormente, cruza el estrecho superior de la pelvis y los vasos ilíacos externos, recorre brevemente la fosa ilíaca y alcanza el anillo profundo del conducto inguinal, donde pasa en relación con la arteria epigástrica inferior. Atraviesa el conducto inguinal y emerge por el anillo superficial para fijarse en el tejido adiposo, la dermis del monte del pubis, el pubis y el tejido conectivo de los labios mayores.
Desde el punto de vista embriológico, el ligamento redondo representa, junto con el ligamento propio del ovario, el homólogo femenino del gubernáculo testicular. En su trayecto puede persistir un divertículo peritoneal llamado conducto de Nuck, cuya permeabilidad es responsable de la hernia inguinal congénita en el sexo femenino.
Este ligamento está constituido por tejido fibroconectivo y fibras musculares lisas, lo que le confiere cierta elasticidad. Durante el embarazo se alarga acompañando el crecimiento del útero, pero con frecuencia queda distendido después del parto. Su irrigación depende de la arteria del ligamento redondo, rama de la arteria epigástrica inferior.
Ligamentos rectouterinos o uterosacros
Los ligamentos rectouterinos, derecho e izquierdo, unen el istmo del útero con la cara anterior del sacro. Se dirigen de adelante hacia atrás, pasando a ambos lados del fondo de saco rectouterino y recorriendo la cara lateral del recto. Se sitúan en el espacio subperitoneal de la pelvis, entre el piso pelviano y el peritoneo.
El borde superior de cada ligamento eleva el peritoneo y forma una saliente marcada en la porción inferior del fondo de saco rectouterino, lo que contribuye a su estrechamiento. Inferiormente, estos ligamentos se continúan con el tejido del ligamento ancho. Su cara superior se relaciona con la vertiente posterior del ligamento ancho, mientras que su cara inferior se introduce entre el útero y el recto, por detrás del fórnix vaginal posterior.
Gracias a esta disposición, los pliegues rectouterinos dividen el fondo de saco rectouterino en dos compartimentos: uno superior, amplio, ocupado habitualmente por asas intestinales, epiplón y anexos, y otro inferior, normalmente vacío.
Estos ligamentos están formados por tejido conectivo elástico y fibras musculares, y contienen linfáticos, vasos y, especialmente, el plexo hipogástrico inferior. Debido a la riqueza nerviosa de esta región, los ligamentos rectouterinos son particularmente sensibles a la tracción.
Ligamentos uterolumbares
Los ligamentos uterolumbares son estructuras inconstantes que se extienden desde el istmo del útero hasta la quinta vértebra lumbar. Se sitúan entre los ligamentos rectouterinos y el estrecho superior de la pelvis, y cuando están presentes colaboran en el sostén posterior del útero.
Ligamentos vesicouterinos
Los ligamentos vesicouterinos se evidencian cuando el útero es traccionado hacia arriba y hacia atrás. Se extienden entre el istmo uterino y la cara posterolateral de la vejiga urinaria, formando dos pliegues peritoneales de orientación anteroposterior. Son equivalentes anteriores de los ligamentos rectouterinos y, cuando existen, subdividen el fondo de saco vesicouterino en una fosa paravesical y una fosa vesicouterina mediana.
Inserciones vaginales y sistema fascial
El útero se implanta firmemente en la porción superior de la pared anterior de la vagina, lo que determina que el eje uterino forme casi un ángulo recto con el eje del conducto vaginal. El istmo y el cuello uterino, junto con el fórnix vaginal, constituyen una unidad sólida que se fija a las paredes pélvicas mediante un sistema transversal de fibras fibroelásticas pertenecientes al paracérvix, situado en la base del ligamento ancho.
La porción inferior de este sistema transversal recibe el nombre de ligamento cardinal o cervicouterino transverso, también conocido como ligamento de Mackenrodt. En esta región, los elementos vasculonerviosos refuerzan las estructuras conectivas y forman un conjunto cervicovaginal que se une a la pared lateral de la pelvis. Además, un sistema longitudinal, prolongación inferior de los ligamentos rectouterinos, conecta estas estructuras con la fascia pelviana parietal, que se extiende desde el sacro hasta el pubis.
Piso pelviano
El piso pelviano constituye uno de los elementos más importantes en la estática uterina. El cuello del útero se apoya, a través de la vagina, sobre una sólida y contráctil cincha muscular formada principalmente por el músculo elevador del ano y los músculos del periné. Este conjunto muscular actúa como un verdadero sostén dinámico del útero.
La integridad del piso pelviano es esencial para mantener la posición normal del útero. Su debilitamiento, especialmente después del parto, favorece el descenso del útero hacia la vagina, situación conocida como prolapso uterino.
Relaciones anatómicas del útero
Las relaciones del útero describen los vínculos espaciales que este órgano mantiene con las estructuras vecinas dentro de la pelvis menor. Su análisis resulta fundamental para comprender la anatomía pélvica, la exploración ginecológica y la práctica quirúrgica. Desde el punto de vista descriptivo, estas relaciones se dividen en dos grandes grupos: las relaciones extravaginales, que corresponden principalmente al cuerpo y al istmo del útero, y las relaciones intravaginales, que conciernen al cuello uterino en su porción incluida dentro de la vagina.
Relaciones extravaginales o supravaginales
Las relaciones extravaginales afectan sobre todo al cuerpo y al istmo del útero. Estas porciones presentan diferencias importantes en cuanto a su revestimiento peritoneal, lo que condiciona sus contactos con los órganos vecinos. El cuerpo del útero se encuentra cubierto por peritoneo tanto en su cara anterior como en su cara posterior, mientras que el istmo solo está peritonizado en su cara posterior. Los bordes laterales, comunes al cuerpo y al istmo, se sitúan en la zona de separación de las dos hojas peritoneales que constituyen el ligamento ancho.
Relaciones anteriores: En su porción superior, la cara anterior peritonizada del cuerpo del útero se relaciona con órganos intraabdominales móviles, como asas del intestino delgado o el colon sigmoide. Estas vísceras pueden disponerse sobre el útero, de modo que, durante una exploración anatómica o quirúrgica, es necesario reclinarlas hacia arriba para exponer el órgano uterino.
Más inferiormente, el cuerpo del útero se relaciona con la vejiga urinaria. Ambos órganos están separados por el fondo de saco vesicouterino, cuya profundidad varía según el grado de llenado vesical. Esta disposición explica los cambios de posición uterina asociados a la repleción o vacuidad de la vejiga.
El istmo uterino, cuya cara anterior carece de peritoneo, se encuentra en contacto más directo con la cara posterior y el fondo de la vejiga urinaria. Entre ambos se interpone un plano de tejido conectivo denominado tejido vesicouterino, que resulta particularmente favorable para la separación anatómica y quirúrgica del útero y la vejiga, como ocurre en ciertos procedimientos ginecológicos.
Relaciones posteriores: En la región posterior, el útero está recubierto por peritoneo en toda su extensión supravaginal. Se relaciona con la cara anterior del recto a través del fondo de saco rectouterino. Este espacio peritoneal presenta una organización particular, ya que el borde superior de los ligamentos rectouterinos lo divide en dos porciones.
La porción superior del fondo de saco rectouterino es amplia, abdominopelviana, y se continúa hacia atrás de los ligamentos anchos. En esta región suelen disponerse asas intestinales, el colon sigmoide o el epiplón. En contraste, la porción inferior es más estrecha y profunda; se sitúa por detrás del cuello uterino y de la porción vaginal, y recibe el nombre de espacio retrouterino vaginal. Esta división tiene relevancia clínica, especialmente en la acumulación de líquidos patológicos.⸻
Relaciones laterales: En sus caras laterales, el útero se relaciona con el contenido del ligamento ancho. En la región superior del cuerpo uterino se encuentran la trompa uterina, el ligamento redondo del útero y los vasos arteriales y venosos uterinos. Estas estructuras acompañan al útero en su trayecto y participan tanto en su función reproductiva como en su irrigación.
Más inferiormente, a nivel del istmo, las hojas del peritoneo se separan ampliamente y delimitan la base del ligamento ancho, región que circunscribe al parametrio. Este espacio contiene tejido conectivo denso y es atravesado por estructuras de gran importancia topográfica. El uréter cruza esta región de atrás hacia adelante y de lateral a medial, pasando aproximadamente a dos centímetros por fuera del istmo uterino. La arteria uterina sigue un trayecto también de lateral a medial, pero pasa por delante y por encima del uréter, relación clásica de gran valor quirúrgico.
El tejido conectivo de la fascia pelviana, condensado alrededor de los vasos y atravesado por vasos linfáticos, ocupa el espacio pelviosubperitoneal. En su interior se prolonga el plexo hipogástrico inferior, que aporta la inervación autónoma a los órganos pélvicos. Este espacio se encuentra limitado por el peritoneo en su parte superior y por el piso pelviano y el diafragma pélvico en su parte inferior.
Relaciones intravaginales o vaginales
Las relaciones intravaginales corresponden al cuello del útero, que se encuentra rodeado por las distintas porciones del fórnix de la vagina, también denominado fondo de saco vaginal. Estas depresiones vaginales delimitan el cuello uterino y permiten su exploración directa.
El cuello del útero se orienta normalmente hacia abajo y hacia atrás, de modo que el orificio cervical externo se encuentra en contacto con la pared posterior de la vagina. Esta disposición es característica de la anteversión uterina fisiológica.
A través de las paredes vaginales, el cuello del útero se relaciona con varias estructuras vecinas. Por delante, corresponde al tabique vesicovaginal, el cual es atravesado lateralmente por los uréteres en su trayecto hacia la vejiga. Por detrás, se relaciona con el recto, lo que explica la proximidad anatómica entre ambos órganos y la importancia de esta relación en la exploración rectovaginal.
Lateralmente, el cuello uterino se vincula con la porción más inferior de los parametrios, situados en la base de los ligamentos anchos. En esta región discurren los vasos vaginales y vesicales, que contribuyen a la irrigación del cuello del útero y de la vagina.
Irrigación arterial
La irrigación arterial del útero es compleja y altamente especializada, en consonancia con la función reproductiva de este órgano y con los profundos cambios estructurales que experimenta a lo largo de la vida reproductiva, en especial durante el embarazo. El útero requiere un aporte sanguíneo abundante, adaptable y seguro, capaz de aumentar notablemente su flujo sin comprometer la integridad de los tejidos ni la circulación de los órganos vecinos.
Desde el punto de vista descriptivo, la irrigación uterina depende fundamentalmente de una arteria principal y de dos arterias accesorias. La arteria uterina constituye la fuente dominante de irrigación, mientras que la arteria ovárica y la arteria del ligamento redondo del útero participan de manera secundaria mediante anastomosis.
Arteria uterina
La arteria uterina es la principal responsable del aporte sanguíneo al útero. Se origina en el tronco anterior de la arteria ilíaca interna, lo que la vincula directamente con la circulación arterial de la pelvis menor. Desde su origen, adopta un trayecto inicialmente oblicuo, dirigiéndose hacia abajo y hacia adelante en estrecha relación con la pared lateral de la pelvis.
Posteriormente, la arteria cambia de dirección y se orienta transversalmente hacia medial, avanzando hasta alcanzar el borde lateral del útero. A partir de este punto, asciende paralela al órgano a lo largo de su borde lateral, siguiendo un trayecto que se vuelve progresivamente sinuoso. Esta disposición no es casual, ya que permite a la arteria adaptarse a los cambios de tamaño y forma del útero, especialmente durante el embarazo, periodo en el cual su calibre puede duplicarse para satisfacer las crecientes demandas metabólicas.
La arteria uterina finaliza a nivel del cuerno del útero, donde se bifurca en sus ramas terminales. A lo largo de todo su recorrido mantiene relaciones anatómicas de gran importancia clínica, especialmente con el uréter.
Relaciones anatómicas de la arteria uterina
En su porción inicial, la arteria uterina se comporta como un vaso parietal, situada entre la arteria umbilical por arriba y la arteria vaginal por abajo. Discurre por debajo del peritoneo y es cruzada medialmente por el uréter, que luego pasa a situarse por debajo y por detrás de la arteria.
En su segmento transversal, ubicado en la base del ligamento ancho, se produce un segundo cruce con el uréter. En esta región, la arteria uterina pasa por encima del uréter, que se dirige oblicuamente hacia abajo y hacia medial. Esta relación topográfica clásica tiene gran relevancia quirúrgica, ya que la identificación correcta del uréter es esencial para evitar lesiones durante procedimientos ginecológicos.
Antes de iniciar su trayecto ascendente, la arteria uterina describe un arco cuya convexidad se sitúa aproximadamente a un centímetro y medio por encima y lateralmente al fórnix vaginal lateral. Entre la arteria y el fórnix se interpone un plexo venoso y ramas de las arterias vaginales. La tracción inferior del útero modifica estas relaciones, separando al uréter de la pared pelviana.
Durante su ascenso, la arteria uterina recorre el borde lateral del útero entre las dos hojas del mesometrio del ligamento ancho, acompañada por venas satélites voluminosas. En esta región, el vaso se encuentra más próximo a la cara posterior del útero que a la cara anterior.
Ramas colaterales de la arteria uterina
A lo largo de su trayecto, la arteria uterina emite numerosas ramas colaterales destinadas a distintos territorios anatómicos.
Entre ellas se encuentran ramas peritoneales que discurren adosadas a las hojas del ligamento ancho y se anastomosan con los arcos tubáricos y ováricos. Estas ramas contribuyen a la irrigación de las serosas y de los anexos uterinos.
En el punto de cruce con el uréter se originan ramas ureterales, que penetran de inmediato en la pared del uréter y aseguran su irrigación local.
La arteria uterina también proporciona ramas vesicales inferiores, generalmente finas y múltiples, que se dirigen hacia el fondo de la vejiga urinaria siguiendo el tabique vesicovaginal. En algunos casos, estas ramas participan en la irrigación de la vagina o pueden ser reemplazadas por ramas provenientes de las arterias vaginales.
Otras ramas importantes son las ramas vaginales, que nacen medialmente al cruce con el uréter y se dividen en ramas anterior y posterior para irrigar la vagina y la porción vaginal del cuello del útero. Estas ramas reciben el nombre de arterias ácigos de la vagina.
La arteria uterina emite las ramas helicinas, también denominadas helicoidales, destinadas al cuerpo del útero. Estas ramas presentan un trayecto sinuoso en forma de espiral, semejante a un tirabuzón, lo que les permite adaptarse a las variaciones de grosor del miometrio. Atraviesan la pared uterina desde la superficie hacia la profundidad e irrigan las distintas capas del órgano. Las ramas dirigidas al cuello suelen ser más largas y pueden originarse a cierta distancia del borde lateral del útero.
Ramas terminales de la arteria uterina
La arteria uterina alcanza su terminación entre uno y dos centímetros por debajo de la desembocadura de la trompa uterina. En este nivel se divide en tres ramas terminales.
La rama tubárica se dirige lateralmente a través del mesosálpinx, en relación con el ligamento propio del ovario, y contribuye a la formación del arco arterial marginal de la trompa. Continúa hacia el infundíbulo tubárico, donde se anastomosa con una rama de la arteria ovárica.
La rama ovárica se orienta hacia el hilio del ovario y se anastomosa directamente con la arteria ovárica, reforzando la irrigación de este órgano.
La continuación principal de la arteria uterina constituye la arteria del fondo uterino, de gran calibre, que se distribuye por el cuerno y el fondo del útero e irriga además la porción medial de la trompa uterina.
Arteria ovárica
La arteria ovárica es una rama directa de la aorta abdominal, cuyo origen se sitúa aproximadamente a nivel de la segunda vértebra lumbar. Desde allí desciende hacia la pelvis siguiendo el ligamento suspensorio del ovario. En el mesoovario emite ramas para la trompa uterina y una arteria destinada al hilio del ovario, y se anastomosa ampliamente con las ramas de la arteria uterina, aunque su participación en la irrigación uterina es limitada.
Arteria del ligamento redondo del útero
La arteria del ligamento redondo procede generalmente de la arteria epigástrica inferior. Penetra en el ligamento redondo del útero y se divide en una pequeña rama que se dirige hacia el útero, donde se anastomosa con ramas de la arteria uterina, y otra rama que acompaña al ligamento hasta su terminación. Su contribución a la irrigación uterina es escasa.
Anastomosis arteriales
Las arterias del útero establecen numerosas anastomosis, tanto en la pared uterina como con vasos vecinos. Existen anastomosis entre ambas arterias uterinas, entre la arteria uterina y la arteria ovárica en el mesosálpinx o en el hilio del ovario, y entre la arteria uterina y la arteria del ligamento redondo.
Dentro de la pared uterina, las arterias forman redes vasculares complejas entre las distintas capas musculares. A pesar de estas comunicaciones, las regiones anterior y media del útero son relativamente menos vascularizadas. Este hecho fue aprovechado históricamente para realizar incisiones medianas durante la cesárea. Sin embargo, debido a las complicaciones asociadas, esta técnica fue reemplazada por la incisión transversal a nivel del istmo, en el segmento uterino inferior, que ofrece mayor seguridad vascular.
Drenaje venoso
El drenaje venoso del útero es tan complejo y adaptable como su irrigación arterial. Esta complejidad responde a la necesidad de evacuar grandes volúmenes de sangre, especialmente durante el embarazo, el ciclo menstrual y el parto. A diferencia del sistema arterial, las venas uterinas no siguen trayectos rígidos y definidos, sino que se organizan en amplias redes o plexos que permiten una circulación flexible y eficaz.
Las venas del útero se originan en todas las capas de su pared, particularmente en el endometrio y en el miometrio, donde recogen la sangre procedente de los capilares. Desde su origen, estas venas no forman conductos aislados, sino que confluyen rápidamente en plexos venosos de gran desarrollo, que constituyen las principales vías de drenaje del órgano.
Plexo venoso uterino
El plexo venoso uterino es la estructura central del drenaje venoso del útero. Se trata de una extensa red de venas entrelazadas que se localiza a ambos lados del útero, principalmente en el espesor de los parametrios y, de manera más marcada, en la base del ligamento ancho. Este plexo rodea al cuello y al istmo uterino, regiones donde la vascularización es particularmente abundante.
Una característica esencial del plexo venoso uterino es la presencia de numerosas comunicaciones con el plexo venoso vaginal. Esta interconexión permite una redistribución eficiente del flujo sanguíneo y actúa como un sistema de compensación frente a variaciones bruscas del volumen circulatorio, como ocurre durante el embarazo o el parto.
Venas uterinas
A partir del plexo venoso uterino se originan las venas uterinas, que constituyen los principales conductos de drenaje hacia la circulación venosa pélvica. Estas venas recogen la sangre del plexo y la conducen hacia la vena ilíaca interna, integrándose así en el sistema venoso profundo de la pelvis.
Las venas uterinas acompañan en gran parte de su trayecto a las arterias uterinas, aunque su disposición es más variable y su calibre suele ser mayor. Durante el embarazo, estas venas pueden aumentar notablemente de diámetro, adaptándose al incremento del flujo sanguíneo uterino.
Plexo venoso vaginal
El plexo venoso vaginal es una red venosa desarrollada alrededor de las paredes de la vagina. Este plexo mantiene múltiples conexiones con los plexos venosos vecinos, en especial con el plexo venoso uterino. Gracias a estas comunicaciones, el drenaje de la sangre proveniente del cuello uterino y de la vagina puede realizarse por diferentes vías, lo que confiere al sistema una gran capacidad de adaptación.
Desde el punto de vista funcional, el plexo venoso vaginal contribuye a la regulación del volumen sanguíneo local y participa en la congestión fisiológica de los órganos genitales.
Venas ováricas
Las venas ováricas son las venas satélites de la arteria ovárica y desempeñan un papel importante en el drenaje venoso de los anexos uterinos. Estas venas recogen sangre del ovario, de la trompa uterina y, por medio de anastomosis, de regiones del útero.
Durante el embarazo, las venas ováricas pueden duplicar su diámetro, fenómeno que también se observa en las venas uterinas. Esta dilatación refleja el aumento global del flujo sanguíneo pélvico y la adaptación del sistema venoso a las nuevas exigencias circulatorias.
Venas del ligamento redondo del útero
Las venas del ligamento redondo son vías accesorias del drenaje venoso uterino. Acompañan al ligamento redondo del útero y terminan, por una parte, en la vena epigástrica inferior, que es tributaria de la vena ilíaca externa, y por otra parte, en venas que desembocan en el sistema uterino.
Aunque su contribución al drenaje global del útero es limitada, estas venas adquieren importancia como vías alternativas de retorno venoso.
Drenaje linfático
El sistema linfático del útero cumple una función esencial en el equilibrio de los líquidos tisulares, en la respuesta inmunitaria local y en la diseminación de procesos patológicos. Su organización es compleja y responde tanto a la estructura del órgano como a sus relaciones con la pelvis. Desde el punto de vista anatómico, los vasos linfáticos uterinos se originan a partir de dos redes principales: una red superficial subperitoneal y una red profunda situada en la mucosa y en la capa muscular.
De estas redes nacen troncos linfáticos que siguen trayectos similares a los de las arterias uterinas y de sus ramas, lo que facilita su descripción y su comprensión. Estos troncos se agrupan en varias vías de drenaje bien definidas.
Vía superior: ligamento propio del ovario y mesosálpinx
Una primera vía de drenaje linfático se dirige hacia arriba y lateralmente, siguiendo el trayecto del ligamento propio del ovario y del mesosálpinx. Los vasos linfáticos de esta vía acompañan a los vasos ováricos y uterinos superiores, y conducen la linfa hacia los nodos linfáticos ilíacos externos y, posteriormente, hacia los nodos ilíacos comunes.
Esta vía establece una continuidad funcional entre el drenaje linfático del útero, de la trompa uterina y del ovario, lo que explica la posible propagación de procesos patológicos entre estas estructuras.
Vía anterior o del ligamento redondo
Existe una vía linfática anterior que sigue el trayecto del ligamento redondo del útero. Esta vía es menos importante desde el punto de vista cuantitativo, pero tiene un interés anatómico particular. Los vasos linfáticos recorren el ligamento redondo, atraviesan el conducto inguinal y alcanzan los nodos linfáticos inguinales superficiales, especialmente los del grupo superomedial del muslo.
Esta conexión explica por qué ciertas afecciones uterinas pueden asociarse, aunque de forma poco frecuente, con adenopatías inguinales.
Vía inferior: principal vía de drenaje
La vía inferior constituye la más rica y funcionalmente más importante del drenaje linfático uterino. Recoge la linfa procedente del cuerpo del útero y, de manera predominante, del cuello uterino. La mayoría de los troncos linfáticos de esta vía se dirigen lateralmente a través del parametrio, acompañando el trayecto de la arteria uterina.
Estos vasos alcanzan los nodos linfáticos situados en la región de la bifurcación de la arteria ilíaca común, localizados medialmente con respecto a la arteria ilíaca externa. Algunos troncos, en lugar de seguir un trayecto lateral, se dirigen hacia atrás a través del ligamento rectouterino y alcanzan los nodos de la región presacra.
El conjunto del sistema linfático uterino ocupa una superficie amplia que se extiende a lo largo de la pared lateral de la pelvis. Los vasos linfáticos llenan el ligamento ancho, desbordan hacia el estrecho superior de la pelvis siguiendo a los vasos ilíacos comunes y pueden llegar hasta la región preaórtica, adonde confluyen los linfáticos presacros.
Este conocimiento detallado del drenaje linfático uterino ha sido desarrollado de manera exhaustiva debido a su importancia en el tratamiento quirúrgico de los cánceres del útero. Constituye la base anatómica de la linfadenectomía asociada a las histerectomías realizadas por patología oncológica.
Inervación del útero
La inervación del útero depende principalmente del sistema nervioso autónomo, que regula las funciones involuntarias del órgano, como la contractilidad del músculo uterino, la sensibilidad visceral y la regulación vascular.
Los nervios uterinos proceden en gran parte de los segmentos sacros de la médula espinal, entre el segundo y el cuarto segmento sacro, a través de los nervios esplácnicos pélvicos. Estos nervios aportan fibras parasimpáticas que desempeñan un papel importante en la actividad funcional del útero.
Además, el útero recibe fibras nerviosas del plexo uterovaginal, el cual deriva del plexo hipogástrico inferior. Este plexo constituye una densa red nerviosa situada en la pelvis menor y es responsable de la inervación de la mayoría de los órganos pélvicos.
Los ramos nerviosos alcanzan el útero principalmente a través del ligamento rectouterino y se disponen en el espesor del parametrio, medialmente a los vasos uterinos. Desde el punto de vista descriptivo, se distinguen dos grupos principales de fibras nerviosas: un grupo lateral y posterior, que representa el contingente más importante, y un grupo lateral y anterior, de menor volumen.
Algunos filetes nerviosos adicionales llegan al útero siguiendo el trayecto de los vasos del mesosálpinx y del ligamento propio del ovario, lo que refuerza la interconexión funcional entre el útero y los anexos.

Fuente y lecturas recomendadas:
- Latarjet, M., Ruiz Liard, A., & Pró, E. (2019). Anatomía humana (5.ª ed., Vols. 1–2). Médica Panamericana.
ISBN: 9789500695923 - Dalley II, A. F., & Agur, A. M. R. (2022). Moore: Anatomía con orientación clínica (9.ª ed.). Wolters Kluwer (Lippincott Williams & Wilkins).
ISBN: 9781975154120 - Standring, S. (Ed.). (2020). Gray’s anatomy: The anatomical basis of clinical practice (42.ª ed.). Elsevier.
ISBN: 9780702077050 - Netter, F. H. (2023). Atlas de anatomía humana (8.ª ed.). Elsevier.
ISBN: 9780323793745

