El calcio constituye el mineral más abundante del organismo humano y representa uno de los nutrientes esenciales para el crecimiento y el desarrollo durante toda la infancia. Aproximadamente el noventa y nueve por ciento del calcio corporal total se encuentra depositado en el esqueleto y en los dientes en forma de cristales de hidroxiapatita, mientras que el uno por ciento restante se distribuye en el líquido extracelular y en el interior de las células, donde participa en procesos fisiológicos indispensables como la contracción muscular, la transmisión del impulso nervioso, la coagulación sanguínea, la secreción hormonal, la regulación enzimática y múltiples vías de señalización intracelular. Debido a la importancia de estas funciones, el organismo mantiene la concentración de calcio en sangre dentro de un intervalo extremadamente estrecho. Cuando la ingesta dietética resulta insuficiente, el calcio necesario para preservar dichas funciones se obtiene mediante la movilización del tejido óseo, lo que compromete progresivamente la mineralización del esqueleto en crecimiento.
Durante la edad pediátrica, el calcio adquiere una relevancia extraordinaria porque el esqueleto no constituye una estructura estática, sino un tejido vivo sometido a un remodelado continuo. Desde el nacimiento hasta el final de la adolescencia ocurre un proceso permanente de formación, resorción y remodelación ósea mediante la acción coordinada de osteoblastos, osteoclastos y osteocitos. Durante el crecimiento predomina claramente la formación de hueso nuevo sobre la resorción, permitiendo el aumento progresivo tanto del tamaño como de la densidad mineral del esqueleto. Este fenómeno recibe el nombre de acreción ósea y representa la incorporación neta de minerales al hueso durante el crecimiento.
Las recomendaciones dietéticas de calcio aumentan progresivamente conforme avanza la edad porque las necesidades fisiológicas cambian de manera paralela al ritmo de crecimiento corporal. Cada etapa del desarrollo infantil presenta una velocidad distinta de crecimiento longitudinal, expansión del volumen óseo, incremento de la masa muscular y modificaciones endocrinas. Como consecuencia, la cantidad de calcio necesaria para mantener un balance positivo también cambia. Las recomendaciones nutricionales buscan asegurar que exista suficiente calcio disponible para cubrir simultáneamente las funciones metabólicas del organismo y las demandas del esqueleto en formación.
En los primeros seis meses de vida, la Ingesta Dietética de Referencia del Instituto de Medicina de los Estados Unidos establece una ingesta adecuada de doscientos miligramos diarios. Esta cifra no deriva de estudios experimentales que identifiquen un requerimiento mínimo, sino del contenido promedio de calcio presente en la leche materna consumida por lactantes sanos alimentados exclusivamente al seno materno. La leche humana contiene una concentración relativamente moderada de calcio comparada con otras especies de mamíferos; sin embargo, posee una biodisponibilidad extraordinariamente elevada. Esto significa que una proporción considerable del calcio ingerido es absorbida y utilizada eficazmente por el organismo infantil.
La elevada eficiencia de absorción del calcio durante la lactancia responde a múltiples factores fisiológicos. La leche materna contiene lactosa, proteínas específicas, citrato y fosfopéptidos derivados de la caseína que mantienen el calcio en solución y favorecen su absorción intestinal. Además, la relación entre calcio y fósforo es particularmente adecuada para el metabolismo del lactante, evitando la formación de complejos insolubles que disminuirían la absorción. El intestino neonatal expresa elevados niveles de proteínas transportadoras dependientes de vitamina D, lo que incrementa la captación activa del mineral. Como resultado, el porcentaje de calcio absorbido desde la leche materna puede superar ampliamente al obtenido mediante fórmulas infantiles o alimentos sólidos.
Entre los seis y los doce meses la recomendación aumenta hasta doscientos sesenta miligramos diarios debido a varios cambios fisiológicos importantes. En esta etapa continúa el rápido crecimiento esquelético, aumenta el peso corporal, se incrementa la longitud de los huesos largos y comienza la alimentación complementaria. Aunque la leche sigue constituyendo una fuente importante de calcio, la incorporación progresiva de otros alimentos modifica la eficiencia global de absorción, por lo que resulta necesario aumentar la cantidad total ingerida para mantener un balance positivo de calcio.
Durante el período comprendido entre uno y tres años, la recomendación asciende a setecientos miligramos diarios. En estos años continúa un crecimiento corporal intenso acompañado por una expansión importante del esqueleto. El niño desarrolla mayor actividad física, aumenta significativamente la masa muscular y experimenta un rápido crecimiento de huesos, articulaciones y dentición permanente en desarrollo. Además, la dieta se vuelve mucho más variable y depende cada vez menos de la leche como alimento principal. Debido a esta transición alimentaria, el aporte de calcio puede disminuir si la alimentación carece de suficientes productos lácteos u otras fuentes ricas en calcio.
Entre los cuatro y ocho años la recomendación aumenta hasta mil miligramos diarios. Aunque la velocidad de crecimiento lineal es menor que durante la lactancia o la pubertad, continúa una intensa mineralización del esqueleto. En esta etapa los huesos aumentan considerablemente su diámetro, grosor cortical y contenido mineral. También se desarrolla progresivamente el hueso trabecular, especialmente en vértebras y metáfisis de los huesos largos. Este período constituye una preparación biológica para el rápido crecimiento que ocurrirá durante la pubertad.
El mayor incremento ocurre entre los nueve y los dieciocho años, cuando la recomendación alcanza mil trescientos miligramos diarios. Este aumento responde al fenómeno fisiológico conocido como pico de acreción ósea puberal, considerado el período de mayor incorporación de calcio al esqueleto durante toda la vida. Durante la pubertad se produce una aceleración extraordinaria del crecimiento longitudinal y transversal del hueso bajo la influencia coordinada de la hormona del crecimiento, el factor de crecimiento similar a la insulina tipo uno, los estrógenos, la testosterona, las hormonas tiroideas y otras señales endocrinas. El esqueleto experimenta un aumento acelerado tanto de tamaño como de densidad mineral.
Se estima que aproximadamente el cuarenta por ciento del contenido mineral óseo del adulto se incorpora únicamente durante la adolescencia. En algunos momentos del crecimiento puberal pueden depositarse más de trescientos miligramos de calcio por día en el esqueleto. Este extraordinario ritmo de mineralización explica por qué las necesidades dietéticas alcanzan su máximo precisamente durante este intervalo de edad.
La adquisición de una masa ósea máxima adecuada constituye uno de los determinantes más importantes de la salud ósea durante toda la vida. La masa ósea máxima corresponde a la mayor cantidad de tejido óseo que una persona alcanza al finalizar el crecimiento. Una vez completada la maduración esquelética, el organismo ya no continúa acumulando hueso de manera significativa, sino que mantiene un equilibrio dinámico entre formación y resorción. Cuanto mayor sea la masa ósea máxima alcanzada durante la adolescencia, mayor será la reserva mineral disponible para enfrentar la pérdida fisiológica de hueso que ocurre durante el envejecimiento.
Diversos estudios epidemiológicos han demostrado que un incremento relativamente pequeño de la masa ósea máxima puede traducirse décadas después en una reducción importante del riesgo de osteoporosis y fracturas. Por esta razón, la adolescencia representa una ventana biológica crítica durante la cual una nutrición adecuada puede ejercer efectos protectores que persisten durante toda la vida adulta.
Las diferencias observadas entre las recomendaciones internacionales no indican desacuerdo acerca de la importancia del calcio, sino diferencias metodológicas en la forma de estimar los requerimientos. Las recomendaciones del Instituto de Medicina de los Estados Unidos se desarrollaron utilizando estudios de balance de calcio, tasas de crecimiento, retención mineral, composición corporal y evidencia sobre salud ósea a largo plazo. El objetivo fue establecer una ingesta capaz de satisfacer las necesidades del noventa y siete al noventa y ocho por ciento de la población sana.
Las sociedades científicas de Alemania, Austria y Suiza proponen recomendaciones relativamente similares, aunque ligeramente inferiores en algunas edades y cercanas a mil doscientos miligramos diarios durante la adolescencia. Estas diferencias obedecen a variaciones en los modelos estadísticos utilizados, en las bases poblacionales analizadas y en la interpretación de los estudios de balance mineral.
Por su parte, las recomendaciones del Reino Unido son generalmente menores. Esto refleja diferencias históricas en la metodología para establecer las ingestas de referencia, considerando la absorción promedio observada en la población británica, los patrones dietéticos habituales y el objetivo de prevenir deficiencias clínicas más que maximizar la masa ósea. En consecuencia, los valores británicos representan niveles considerados suficientes para mantener la salud ósea en la mayoría de los niños, aunque sean inferiores a los propuestos por otros organismos internacionales.
La Organización Mundial de la Salud no establece recomendaciones específicas de calcio para cada grupo etario infantil en las tablas comparativas utilizadas habitualmente porque su enfoque principal consiste en desarrollar recomendaciones globales aplicables a poblaciones con características nutricionales muy heterogéneas. En cambio, suele enfatizar estrategias integrales para mejorar la nutrición infantil, la lactancia materna, la alimentación complementaria y la prevención de deficiencias múltiples, más que establecer valores detallados para cada nutriente en todos los grupos de edad.
Desde el punto de vista clínico, la Academia Americana de Pediatría no recomienda la suplementación rutinaria de calcio en niños sanos. Esta recomendación se fundamenta en que la mayoría de los niños puede cubrir sus necesidades mediante una alimentación equilibrada que incluya leche, yogur, queso y otras fuentes dietéticas de calcio, como bebidas fortificadas, verduras de hoja verde, tofu preparado con sales de calcio, pescados consumidos con espinas blandas y algunos frutos secos y semillas. La suplementación indiscriminada no ha demostrado beneficios adicionales en niños sin factores de riesgo y puede aumentar innecesariamente los costos, favorecer molestias gastrointestinales y, en casos excepcionales, contribuir a hipercalcemia o hipercalciuria cuando se combina con otros factores predisponentes.
La suplementación únicamente se considera cuando existe una ingesta insuficiente persistente, alergia a las proteínas de la leche de vaca, dietas muy restrictivas, enfermedades intestinales con malabsorción, enfermedad renal crónica, tratamiento prolongado con glucocorticoides, trastornos del metabolismo óseo u otras condiciones médicas que incrementan el riesgo de deficiencia de calcio.
Los estudios de balance de calcio realizados en lactantes han mostrado que ingestas aproximadas entre doscientos cuarenta y cuatrocientos miligramos diarios pueden favorecer una retención mineral óptima. Sin embargo, la cantidad ingerida representa solo uno de los determinantes del balance cálcico. También influyen decisivamente la eficiencia de absorción intestinal, la excreción urinaria, las pérdidas fecales, el estado nutricional, la disponibilidad de vitamina D, la relación entre calcio y fósforo, el contenido proteico de la dieta y la velocidad de crecimiento. Por ello, una ingesta moderada altamente absorbible puede resultar más eficaz que una cantidad mayor con baja biodisponibilidad.
Durante la adolescencia diversos estudios de balance mineral han sugerido que incluso la recomendación estadounidense de mil trescientos miligramos diarios podría no representar la cantidad máxima necesaria para optimizar completamente la acumulación de masa ósea. Algunas investigaciones indican que ingestas comprendidas entre mil doscientos cincuenta y mil cuatrocientos cincuenta miligramos diarios podrían aumentar discretamente la retención de calcio durante el período de crecimiento puberal más acelerado. No obstante, la evidencia disponible no ha demostrado de forma concluyente que incrementar sistemáticamente la recomendación poblacional produzca beneficios clínicos suficientes para justificar un cambio en las guías internacionales. Además, la respuesta al calcio depende de numerosos factores individuales, incluyendo genética, actividad física, estado hormonal, ingesta proteica y concentración de vitamina D. Por ello, las principales organizaciones científicas mantienen actualmente la recomendación de mil trescientos miligramos diarios para adolescentes sanos.
La vitamina D constituye un componente indispensable del metabolismo del calcio. Su principal función consiste en incrementar la absorción intestinal del mineral mediante la inducción de proteínas transportadoras específicas en los enterocitos. Cuando existe deficiencia de vitamina D, la absorción intestinal de calcio disminuye considerablemente, incluso aunque la ingesta dietética sea adecuada. Como consecuencia, aumenta la secreción de hormona paratiroidea, la cual estimula la resorción ósea para mantener constante la concentración sérica de calcio. Este mecanismo preserva temporalmente la homeostasis del calcio circulante, pero ocurre a expensas de la pérdida progresiva de mineral óseo. En los niños pequeños esta alteración puede culminar en raquitismo, mientras que en adolescentes puede disminuir la adquisición de masa ósea máxima y comprometer la resistencia del esqueleto.
La actividad física, especialmente los ejercicios con carga de peso e impacto, actúa de manera sinérgica con el calcio y la vitamina D para estimular la formación ósea. Las fuerzas mecánicas generadas durante el ejercicio activan los osteocitos, que coordinan la actividad de los osteoblastos e incrementan la deposición de matriz ósea mineralizada. Por ello, el desarrollo óptimo del esqueleto infantil depende no solo de una adecuada ingesta de calcio, sino también de una exposición suficiente a vitamina D, una alimentación equilibrada, actividad física regular y un adecuado estado general de salud.
En conjunto, el incremento progresivo de las recomendaciones de calcio desde la lactancia hasta la adolescencia refleja la evolución de las necesidades fisiológicas del organismo en crecimiento. Cada etapa del desarrollo presenta una demanda diferente de mineralización esquelética, alcanzando su máximo durante la pubertad, cuando ocurre la mayor acreción de masa ósea de toda la vida. Aunque existen pequeñas diferencias entre las recomendaciones internacionales debido a variaciones metodológicas, todas coinciden en un principio fundamental: garantizar una ingesta suficiente de calcio mediante la alimentación constituye una de las intervenciones nutricionales más importantes para favorecer el crecimiento normal, alcanzar una masa ósea máxima adecuada y reducir el riesgo de enfermedad ósea a lo largo de toda la vida.


Fuente y lecturas recomendadas:
- Abrams, S. A. (2021). Calcium and vitamin D requirements of enterally fed preterm infants. Pediatrics, 147(6), e2021051485.
- Abrams, S. A., Carpenter, T. O., Hawthorne, K. M., & Griffin, I. J. (2014). Calcium and vitamin D requirements of enterally fed infants. Pediatrics, 134(4), e1229–e1243.
- American Academy of Pediatrics. (2014). Calcium and vitamin D requirements of enterally fed preterm infants. Pediatrics.
- Institute of Medicine. (2011). Dietary Reference Intakes for Calcium and Vitamin D. National Academies Press.
- Organización Mundial de la Salud. (2004). Vitamin and mineral requirements in human nutrition (2.ª ed.).
- Public Health England. (2016). Government Dietary Recommendations.
- Sociedad Alemana de Nutrición, Sociedad Austriaca de Nutrición, Sociedad Suiza de Nutrición. (2021). Reference Values for Nutrient Intake.
- Weaver, C. M., Gordon, C. M., Janz, K. F., Kalkwarf, H. J., Lappe, J. M., Lewis, R., O’Karma, M., Wallace, T. C., & Zemel, B. S. (2016). The National Osteoporosis Foundation’s position statement on peak bone mass development and lifestyle factors. Osteoporosis International, 27(4), 1281–1386.

