Anasarca
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La anasarca debe entenderse como la expresión clínica extrema de un desequilibrio de las fuerzas que regulan el intercambio de agua entre el compartimento intravascular, el intersticio y las cavidades serosas. No constituye por sí misma una enfermedad, sino un síndrome que aparece cuando la filtración capilar supera de manera sostenida la capacidad de retorno linfático y renal para retirar líquido del espacio extravascular. Los mecanismos fundamentales incluyen aumento de la presión hidrostática capilar, disminución de la presión oncótica plasmática, incremento de la permeabilidad vascular y retención renal de sodio y agua. Cuando la alteración afecta de manera suficientemente extensa a los lechos capilares sistémicos, el edema deja de ser regional y se convierte en generalizado, pudiendo acompañarse de ascitis, derrames pleurales y, en determinadas circunstancias, derrame pericárdico.

Concepto y mecanismos fisiopatológicos

El intercambio de líquido a través de la pared capilar depende de un conjunto de fuerzas hidrostáticas y oncóticas y de las propiedades de la barrera endotelial. En términos simplificados, el líquido tiende a salir del capilar cuando aumenta la presión hidrostática intravascular o disminuye la presión oncótica plasmática, mientras que la integridad de la barrera endotelial limita el paso de proteínas y, con ellas, el movimiento osmótico de agua. El sistema linfático constituye el mecanismo fundamental para retirar el líquido y las proteínas que alcanzan el intersticio. Por ello, el edema aparece cuando la cantidad de líquido filtrado supera la capacidad de compensación linfática o cuando la propia función linfática está comprometida.

La anasarca representa, por tanto, una alteración sistémica y no simplemente una acumulación exagerada de líquido en las extremidades inferiores. En la insuficiencia cardíaca, por ejemplo, el aumento de las presiones venosas y capilares favorece la filtración de líquido hacia el intersticio, mientras que la disminución del gasto cardíaco efectivo activa mecanismos neurohormonales que aumentan la retención renal de sodio y agua. Esta combinación perpetúa la expansión del volumen extracelular y puede conducir a edema periférico, ascitis y derrames serosos.

La disminución de la presión oncótica plasmática constituye otro mecanismo fundamental. La albúmina es la principal proteína responsable de la presión oncótica plasmática, por lo que una reducción importante de su concentración favorece el desplazamiento de agua desde el espacio intravascular hacia el intersticio. Sin embargo, la hipoalbuminemia por sí sola no explica necesariamente todo el edema de las enfermedades sistémicas. En el síndrome nefrótico, por ejemplo, la pérdida urinaria masiva de proteínas puede reducir la presión oncótica, pero además existen mecanismos renales de retención primaria de sodio que amplifican la acumulación de líquido.

Esta distinción es importante en la práctica clínica. Una concentración baja de albúmina puede ser simultáneamente una causa, una consecuencia o un marcador de la enfermedad responsable de la anasarca. Puede disminuir por pérdida renal, pérdida gastrointestinal, disminución de síntesis hepática, desnutrición o extravasación hacia el espacio extravascular. En los síndromes de fuga capilar, por ejemplo, la albúmina abandona rápidamente el compartimento vascular junto con agua y otras macromoléculas debido al aumento de la permeabilidad endotelial.

Principales causas

Las enfermedades cardíacas, renales y hepáticas constituyen el primer grupo etiológico que debe investigarse, ya que pueden producir anasarca mediante mecanismos relativamente frecuentes y fisiopatológicamente bien establecidos. La insuficiencia cardíaca aumenta las presiones venosas y capilares y activa mecanismos de retención renal de sodio y agua. La enfermedad renal, particularmente el síndrome nefrótico, puede producir pérdida masiva de proteínas por la orina, hipoalbuminemia y retención de sodio. La cirrosis avanzada combina hipertensión portal, vasodilatación esplácnica, disminución de la presión oncótica en determinadas circunstancias y activación neurohormonal con retención renal de sodio y agua.

En el síndrome nefrótico, la proteinuria intensa puede reducir considerablemente la presión oncótica plasmática y favorecer la salida de líquido hacia los tejidos. Paralelamente, la activación de mecanismos renales de retención de sodio puede mantener el edema incluso cuando la concentración de albúmina no parece suficiente para explicar por sí sola toda la magnitud de la expansión de volumen. La fisiopatología moderna del edema nefrótico reconoce, por tanto, una interacción entre pérdida proteica, fuerzas de Starling, regulación tubular del sodio y volumen circulante efectivo.

La cirrosis merece una consideración particular debido a que puede generar simultáneamente ascitis, edema periférico y, en fases avanzadas, anasarca. La hipertensión portal incrementa la presión hidrostática en el territorio esplácnico y favorece la formación de ascitis. La vasodilatación arterial esplácnica reduce el volumen arterial circulante efectivo, lo que estimula sistemas neurohormonales que aumentan la retención renal de sodio y agua. El resultado es una expansión progresiva del volumen corporal total a pesar de que el volumen arterial efectivo pueda estar reducido.

La hipoalbuminemia de origen no renal constituye otro mecanismo importante. La enteropatía perdedora de proteínas puede provocar una pérdida gastrointestinal suficientemente intensa de albúmina y otras proteínas plasmáticas como para producir edema generalizado. Esta entidad puede aparecer en enfermedades erosivas de la mucosa intestinal, enfermedades no erosivas, trastornos linfáticos intestinales y situaciones caracterizadas por aumento de la presión venosa central o alteración del drenaje linfático.

En la enteropatía perdedora de proteínas, la pérdida de proteínas hacia la luz intestinal puede ser tan intensa que la síntesis hepática no logra compensarla. Una característica particularmente útil es que la hipoalbuminemia puede acompañarse de disminución de otras proteínas plasmáticas y, dependiendo del mecanismo, de linfopenia e hipogammaglobulinemia. La cuantificación de la eliminación fecal de alfa-1-antitripsina constituye una herramienta diagnóstica establecida para demostrar pérdida gastrointestinal de proteínas.

La desnutrición grave también puede contribuir a la anasarca mediante disminución de la disponibilidad de aminoácidos para la síntesis de proteínas plasmáticas y, en casos extremos, por alteraciones concomitantes de la función orgánica. Sin embargo, ante una anasarca intensa no debe atribuirse automáticamente el edema a desnutrición únicamente por encontrar una concentración baja de albúmina. Es necesario determinar si existe simultáneamente pérdida renal, pérdida gastrointestinal, hepatopatía, inflamación sistémica o aumento de la permeabilidad vascular.

Las infecciones parasitarias pueden constituir causas excepcionales de hipoalbuminemia y anasarca. Un ejemplo documentado es una infección grave por Blastocystis hominisasociada con diarrea prolongada, hipoalbuminemia y anasarca, en ausencia de otra explicación patológica identificable. La importancia de este hallazgo debe interpretarse con cautela, ya que la capacidad patógena de Blastocystis hominis ha sido objeto de controversia y la evidencia disponible para explicar anasarca se basa fundamentalmente en casos clínicos, no en estudios epidemiológicos que permitan considerarlo una causa frecuente.

También existen enfermedades capaces de producir anasarca mediante aumento primario de la permeabilidad vascular. En estos casos, el problema fundamental no es necesariamente una disminución de la albúmina por falta de síntesis o pérdida renal, sino la salida simultánea de agua y proteínas desde la circulación hacia los tejidos. El síndrome de fuga capilar se caracteriza precisamente por hiperpermeabilidad vascular, extravasación de líquido rico en proteínas, edema generalizado, derrames serosos, hipotensión y, en las formas clásicas, hemoconcentración.

El síndrome de fuga capilar sistémica puede ser idiopático, conocido como enfermedad de Clarkson, o secundario a otras enfermedades y tratamientos. En la forma idiopática clásica se reconoce una tríada particularmente característica constituida por hipotensión, hemoconcentración e hipoalbuminemia, acompañada por edema generalizado. Durante la fase de fuga, el líquido y las macromoléculas abandonan el compartimento vascular; posteriormente, cuando se restaura la integridad de la barrera vascular, el líquido extravascular puede regresar rápidamente a la circulación y producir sobrecarga intravascular y edema pulmonar.

La presencia de una inmunoglobulina monoclonal en sangre es frecuente en la enfermedad de Clarkson, aunque no es indispensable para establecer el diagnóstico. Esta asociación explica la utilidad de la electroforesis de proteínas séricas y de estudios destinados a identificar componentes monoclonales cuando una anasarca permanece inexplicada después de excluir las causas cardíacas, renales y hepáticas.

Las enfermedades autoinmunes e inflamatorias sistémicas también pueden generar un fenotipo semejante al síndrome de fuga capilar. Se han documentado cuadros de edema generalizado, hipoalbuminemia y derrames serosos asociados con enfermedades autoinmunes, en los cuales la hiperpermeabilidad vascular parece relacionarse con activación endotelial e inflamación sistémica. En pacientes con enfermedades del tejido conectivo, este mecanismo debe distinguirse de las causas más habituales de anasarca, especialmente síndrome nefrótico y enteropatía perdedora de proteínas.

En este punto conviene hacer una precisión respecto de la formulación original: la literatura disponible respalda de manera sólida la relación entre síndrome de fuga capilar, enfermedades autoinmunes y procesos hematológicos inflamatorios, pero no permite afirmar como asociación general establecida que el lupus eritematoso sistémico con una determinada gammapatía oligoclonal constituya una causa típica de anasarca. En lupus eritematoso sistémico se han descrito casos de anasarca relacionada con nefropatía, enteropatía perdedora de proteínas y fenómenos de hiperpermeabilidad vascular, pero estos mecanismos deben demostrarse individualmente.

La inflamación sistémica intensa puede aumentar la permeabilidad endotelial mediante mediadores inflamatorios y citocinas. Este mecanismo adquiere especial importancia en síndromes hiperinflamatorios, entre ellos la linfohistiocitosis hemofagocítica, en los que se ha documentado la coexistencia de síndrome de fuga capilar, hipotensión, hipoalbuminemia y edema grave. También se han descrito casos en los que un linfoma intravascular desencadena linfohistiocitosis hemofagocítica y síndrome de fuga capilar, con progresión desde edema periférico hasta anasarca.

La enfermedad de Still del adulto puede producir un estado inflamatorio sistémico intenso y, en casos excepcionales, un cuadro compatible con síndrome de fuga capilar y anasarca. La evidencia para esta asociación procede principalmente de casos clínicos, por lo que debe considerarse una manifestación rara y no una causa habitual de edema generalizado.

El edema relacionado con la administración de insulina constituye otra causa infrecuente pero reconocida. Se observa principalmente después de iniciar o intensificar el tratamiento con insulina en personas con diabetes mellitus recientemente diagnosticada o previamente mal controlada. La aparición suele producirse después de corregir rápidamente una situación de déficit importante de insulina y puede variar desde edema periférico hasta edema generalizado con derrames pleurales y, excepcionalmente, insuficiencia cardíaca.

La fisiopatología del edema asociado con insulina no está completamente definida. Se han propuesto varios mecanismos, entre ellos aumento de la retención renal de sodio, expansión del volumen extracelular y modificaciones de la permeabilidad vascular relacionadas con la corrección metabólica rápida. La relación temporal con el inicio o intensificación de la insulina, especialmente después de un período de descontrol glucémico importante, constituye una pista diagnóstica fundamental una vez descartadas las causas cardíacas, renales y hepáticas.

Los medicamentos también pueden provocar edema generalizado, ya sea por retención hidrosalina, alteraciones hemodinámicas, lesión renal, reacciones de hipersensibilidad o síndrome de fuga capilar inducido por fármacos. El síndrome de fuga capilar secundario a medicamentos puede aparecer después de determinados tratamientos inmunológicos, antineoplásicos y biológicos. También se ha descrito con agentes específicos, como gemcitabina y bortezomib, y puede manifestarse mediante edema generalizado, hipoalbuminemia, hipotensión y lesión renal.

En cuanto a la quimioterapia paliativa, es importante diferenciar entre edema relacionado con la enfermedad avanzada y síndrome de fuga capilar específicamente inducido por un fármaco. Existen series clínicas que demuestran que los edemas resistentes a diuréticos pueden aparecer en personas con enfermedad avanzada y responder a una estrategia combinada de compresión y diuresis, pero esta evidencia no demuestra que toda anasarca asociada temporalmente con quimioterapia sea causada por la quimioterapia.

Una categoría todavía más infrecuente corresponde a la anasarca quilosa. En este contexto, la alteración fundamental afecta al sistema linfático y permite la acumulación de linfa rica en proteínas y lípidos en las cavidades corporales. La obstrucción o lesión de los vasos linfáticos puede producir ascitis quilosa, quilotórax y, cuando la alteración compromete extensamente el drenaje linfático, un fenotipo de anasarca quilosa. Se ha descrito que la obstrucción del conducto torácico o de otras vías linfáticas centrales puede ser suficiente para producir extravasación quilosa extensa.

La ascitis quilosa idiopática constituye una situación diagnóstica particularmente compleja, ya que requiere excluir causas secundarias como malignidad, alteraciones linfáticas, traumatismos, cirrosis, infecciones y otras enfermedades capaces de alterar el drenaje linfático. Los casos idiopáticos están documentados, pero son extraordinariamente infrecuentes y no deben considerarse una explicación inicial de la anasarca.

Enfoque diagnóstico

La evaluación de una persona con anasarca debe comenzar determinando qué mecanismo fisiopatológico domina: sobrecarga hidrosalina, disminución de la presión oncótica, aumento de la permeabilidad vascular, pérdida de proteínas o alteración linfática. Esta clasificación es más útil que construir inicialmente una lista indiscriminada de enfermedades, ya que permite seleccionar estudios capaces de demostrar el mecanismo responsable.

La evaluación cardíaca debe buscar evidencia de insuficiencia cardíaca, aumento de las presiones de llenado, disfunción ventricular, enfermedad valvular o hipertensión pulmonar. La ecocardiografía es particularmente útil porque permite evaluar la función cardíaca y determinar si una alteración hemodinámica puede explicar la retención de líquido y la elevación de las presiones hidrostáticas. En cuadros sospechosos de síndrome de fuga capilar también puede ayudar a excluir una causa cardiogénica.

La evaluación renal debe incluir creatinina, estimación de la función renal, examen general de orina y cuantificación de la pérdida urinaria de proteínas. La presencia de proteinuria importante orienta hacia una enfermedad glomerular, particularmente síndrome nefrótico, mientras que una anasarca con hipoalbuminemia y ausencia de proteinuria significativa debe hacer considerar mecanismos alternativos, como enteropatía perdedora de proteínas o fuga capilar.

La evaluación hepática debe incluir pruebas de función hepática y valoración estructural del hígado cuando exista sospecha de cirrosis. En presencia de ascitis, la valoración no debe limitarse a confirmar la existencia de líquido, sino que debe establecer si existe hipertensión portal, infección, malignidad u otra etiología. La ascitis de aparición reciente o clínicamente significativa puede requerir paracentesis diagnóstica.

La concentración sérica de albúmina tiene un valor central en el estudio, pero debe interpretarse junto con el resto del perfil proteico. Una albúmina baja obliga a determinar si existe pérdida urinaria, pérdida gastrointestinal, disminución de síntesis o extravasación hacia el espacio extravascular. La electroforesis de proteínas séricas puede aportar información adicional cuando existe sospecha de una gammapatía monoclonal o de un trastorno hematológico asociado con síndrome de fuga capilar.

Cuando la evaluación cardíaca, renal y hepática no explica la magnitud del edema, deben ampliarse los estudios de acuerdo con el contexto clínico. La electroforesis de proteínas séricas y urinarias y la evaluación de cadenas ligeras libres son particularmente pertinentes cuando existe sospecha de una discrasia de células plasmáticas o un trastorno relacionado con inmunoglobulinas. Esta consideración es especialmente importante ante episodios recurrentes de hipotensión, hemoconcentración, hipoalbuminemia y anasarca, características que pueden sugerir síndrome de fuga capilar sistémica.

Si existe sospecha de enteropatía perdedora de proteínas, la cuantificación de la eliminación fecal de alfa-1-antitripsina puede demostrar pérdida gastrointestinal de proteínas. El diagnóstico debe integrarse con la historia clínica, la exploración gastrointestinal, los estudios endoscópicos y la investigación de enfermedades intestinales, linfáticas, cardíacas o sistémicas asociadas.

En una anasarca inexplicada acompañada de hipotensión y hemoconcentración, debe considerarse particularmente el síndrome de fuga capilar. La combinación de hipotensión, incremento del hematocrito, hipoalbuminemia y edema generalizado constituye una señal fisiopatológica mucho más específica que la presencia aislada de edema. La ausencia de proteinuria significativa y de una explicación cardíaca, hepática o renal fortalece todavía más esta posibilidad.

Los estudios inmunológicos deben seleccionarse de acuerdo con los hallazgos clínicos. La presencia de artritis, lesiones cutáneas, fiebre persistente, serositis, citopenias, alteraciones renales o manifestaciones multisistémicas puede justificar un panel autoinmune. La finalidad no es solicitar indiscriminadamente todos los autoanticuerpos, sino determinar si existe una enfermedad inflamatoria sistémica capaz de producir pérdida proteica, lesión renal o hiperpermeabilidad vascular.

Los estudios infecciosos también deben individualizarse. Las infecciones sistémicas graves pueden inducir aumento de la permeabilidad capilar y producir un fenotipo clínico semejante al síndrome de fuga capilar, con edema, derrames serosos, hipotensión y lesión renal. Por ello, el síndrome de fuga capilar idiopático es esencialmente un diagnóstico de exclusión.

Cuando existen derrames pleurales o ascitis de aspecto lechoso, debe investigarse una causa quilosa. La demostración de una concentración elevada de triglicéridos y, cuando sea necesario, de quilomicrones en el líquido confirma el carácter quiloso. Una vez establecido, debe buscarse malignidad, obstrucción linfática, traumatismo, enfermedad inflamatoria, infección y causas idiopáticas.

Tratamiento

El principio fundamental del tratamiento consiste en corregir el mecanismo causal. El uso de diuréticos puede disminuir el volumen extracelular cuando existe sobrecarga hidrosalina, pero no sustituye el tratamiento de la enfermedad responsable. Una anasarca causada por síndrome nefrótico, cirrosis, insuficiencia cardíaca, enteropatía perdedora de proteínas o fuga capilar requiere estrategias terapéuticas diferentes, aunque todas puedan producir una disminución transitoria del edema mediante eliminación de sodio y agua.

En la sobrecarga de volumen asociada con cirrosis, la restricción moderada de sodio y el tratamiento diurético constituyen medidas fundamentales. La combinación de un antagonista de la aldosterona con un diurético de asa permite actuar simultáneamente sobre diferentes segmentos de la regulación renal del sodio. La respuesta debe vigilarse mediante peso corporal, presión arterial, función renal y concentración sérica de electrolitos, debido al riesgo de hiponatremia, hipopotasemia o hiperpotasemia, lesión renal y encefalopatía.

En la ascitis cirrótica refractaria, la paracentesis evacuadora de gran volumen constituye una intervención fundamental. Cuando se extraen volúmenes superiores a 5 L, se recomienda reposición con albúmina para reducir el riesgo de disfunción circulatoria posterior a la paracentesis. En personas seleccionadas con ascitis refractaria, la derivación portosistémica intrahepática transyugular puede considerarse como una estrategia para disminuir la hipertensión portal y reducir la recurrencia de la ascitis.

En el edema resistente al tratamiento diurético puede utilizarse compresión multicomponente cuando la situación clínica lo permite. La compresión aumenta la presión tisular y favorece el desplazamiento del líquido intersticial hacia el sistema venoso y linfático, mientras que el diurético reduce simultáneamente el volumen intravascular y la retención renal de sodio. En una serie prospectiva de personas con enfermedad avanzada y edema bilateral resistente a diuréticos intravenosos, la combinación de vendaje compresivo multicapa de baja elasticidad y furosemida produjo una reducción media del volumen de las extremidades de 1.52 L, equivalente a 20.6 %, acompañada de reducción ponderal y mejoría de los síntomas. Esta evidencia apoya el concepto de combinar estrategias físicas y farmacológicas, aunque no permite extrapolar automáticamente el resultado a toda persona con anasarca ni demuestra específicamente eficacia para todas las formas de anasarca.

La reposición de albúmina requiere una consideración especial. La administración de albúmina puede aumentar transitoriamente la presión oncótica intravascular, pero si persiste la causa de la pérdida o extravasación de proteínas, el beneficio puede ser limitado. En consecuencia, la albúmina no debe considerarse un tratamiento etiológico universal de la anasarca. En cirrosis, su utilización tiene indicaciones concretas, entre ellas la reposición después de determinadas paracentesis de gran volumen; en otras etiologías, su utilidad depende del mecanismo fisiopatológico y del contexto clínico.

El tratamiento de la enteropatía perdedora de proteínas debe dirigirse principalmente a la enfermedad responsable. Si existe una enfermedad intestinal inflamatoria, infecciosa, linfática o inmunológica, el tratamiento debe modificar esa causa. El soporte nutricional es igualmente importante, ya que la pérdida gastrointestinal de proteínas puede generar un círculo de hipoalbuminemia, edema, deterioro nutricional y mayor susceptibilidad a complicaciones.

En el edema asociado con insulina, el reconocimiento de la relación temporal con la intensificación del tratamiento es fundamental. La mayoría de los casos descritos son autolimitados y mejoran al estabilizar el metabolismo, aunque se han comunicado formas graves con derrames pleurales y deterioro cardíaco. Antes de atribuir el edema a la insulina deben excluirse las causas más frecuentes de anasarca, particularmente enfermedad renal, hepática y cardíaca.

En el síndrome de fuga capilar, el tratamiento debe adaptarse a la fase clínica. Durante la fase de fuga existe una pérdida masiva de líquido y proteínas desde el espacio vascular, por lo que una administración indiscriminada de grandes cantidades de cristaloides puede aumentar posteriormente el edema cuando la barrera vascular se recupera. El manejo exige equilibrar cuidadosamente la perfusión de órganos con el riesgo de agravar la extravasación.

En las formas secundarias de síndrome de fuga capilar, el tratamiento de la enfermedad desencadenante es esencial. Cuando el mecanismo se relaciona con un proceso hematológico o inflamatorio, controlar la enfermedad causal puede producir resolución de la fuga vascular. Esto se ha observado, por ejemplo, en casos de linfoma intravascular asociado con linfohistiocitosis hemofagocítica, en los que el tratamiento dirigido contra la enfermedad hematológica consiguió la resolución del síndrome de fuga capilar.

En la anasarca quilosa, el tratamiento debe dirigirse a la alteración linfática subyacente. Las medidas pueden incluir modificación de la alimentación, tratamiento de la enfermedad causal, soporte nutricional, octreótido en situaciones seleccionadas y procedimientos intervencionistas o quirúrgicos cuando existe una fuga identificable o una obstrucción susceptible de corrección. En las formas idiopáticas, la ausencia de una causa corregible hace que el tratamiento sea particularmente complejo.

La anasarca debe interpretarse como el resultado final común de varios mecanismos fisiopatológicos distintos. La pregunta diagnóstica central no consiste simplemente en determinar por qué una persona está hinchada, sino en identificar qué proceso está permitiendo que una cantidad masiva de líquido permanezca fuera del compartimento vascular: aumento de la presión hidrostática, disminución de la presión oncótica, retención renal de sodio y agua, pérdida gastrointestinal de proteínas, aumento de la permeabilidad vascular o alteración del drenaje linfático. Esta distinción explica por qué el mismo fenotipo clínico puede requerir diuréticos en una persona, inmunomodulación en otra, tratamiento de una enfermedad renal en otra, paracentesis o derivación portosistémica en otra, y tratamiento específico de una alteración linfática en una quinta.

 

 

 

 

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